Getsemaní III

 

 

Entra dentro de ti… Cierra la puerta y ora a tu Padre,

que está en lo escondido de tu corazón… Y tu Padre, que es bueno

y que ve lo secreto de ti, no te dará una piedra, ni una amenaza,

sino el pan de su Palabra y de su Amor…

 

Ven, Espíritu Consolador, Espíritu de la Verdad,

Tú que estás presente en todo, Tú que lo llenas todo,

Tesoro de bienes y Dador de vida…

Ven y mora en nosotros,

Purifícanos de toda mancha, salva nuestras almas,

Tú que eres bueno y amigo de cada persona humana

(PLEGARIA DE LA IGLESIA DE ORIENTE)

 

 

lectio    meditatio    oratio

 

 

47 Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo numeroso con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.

 

Mi Palabra les estaba diciendo que estaba cerca “el que me va a entregar”, y en ese momento llega Judas. Mi Palabra se cumple una vez más, se cumple siempre. Yo veo en la oscuridad, como leo los pensamientos, como camino sobre las aguas.

Vienen con espadas y palos a prenderme como a un malhechor; como si fueran necesarias las espadas, pensando que Yo me resistiría con violencia. Pero habían olvidado mi Palabra y, sobre todo, que Yo hago lo que digo, no como los fariseos (cf. MATEO 23,3),  no como tú que no siempre haces lo que dices. Habían olvidado que Yo, el maestro y el Señor (cf. JUAN 13,14), había predicado claramente el amor al enemigo, el “hacer el bien a los que os persiguen y calumnian (cf. MATEO 5,44).

 

¡Dios mío de mi corazón y de mis entrañas!...

 

 

48 El que le iba a entregar les había dado esta señal: aquel a quien yo dé un beso, ése es; prendedle”.

 

Hijos míos, así fue. Me entregaron, me traicionaron con un beso, con un beso envenenado. Las palabras humanas, los saludos y despedidas, las palabras amables, no son necesariamente siempre palabras de respeto y amor, de afecto. Aprende esto también en mi Pasión, la ambigüedad de mis gestos, las palabras, las apariencias humanas… apréndelo en la escuela de Getsemaní, para que no apoyes nunca tu vida en lo humano, sino en Mi (JEREMÍAS 17,5).

No siempre quiere tu bien, sino el suyo, quien te trata con buenas maneras, con amabilidad y hasta con afecto. Ni siempre quieres bien tú, cuando tratas cariñosamente. A veces, en ello, te buscas a ti mismo, buscas dar buena imagen, buscas intereses personales, que te valoren, que te quieran, que te prefieran. No buscas sencillamente el bien de la otra persona. “Nada más falso y enfermo que el corazón. ¿Quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta” (JEREMÍAS 17,10). Yo conozco tu conducta. Yo soy el Señor de vivos y muertos… Y mejor que sea Yo tu Juez.

Me alegro de confirmarte desde la Palabra estas cosas que has podido aprender en la experiencia de la vida, porque así se convierten para ti en experiencia sagrada… Porque Yo siento ternura por ti (JEREMÍAS 31,20), porque me conmueves como la criatura a su madre (JEREMÍAS 31,20), porque Yo quiero guardarte en mi Palabra, quiero rodearte con el amor de mi Palabra, como Jerusalén está rodeada de montañas; como Yo rodeo a mi pueblo, te rodeo a ti con mi eterna Palabra, ahora mismo y por siempre (SALMO 124,2). Quiero vincularte conmigo en el amor y la unidad del Espíritu Santo. “Yo en ellos y Tú en Mí” (JUAN 17,23), el Padre en Mí y Yo en vosotros, en ti.

 

¡Dios mío de mi vida y de mi corazón!…

 

 

 

49 Y al instante se acercó a Jesús y le dijo: “¡Salve, Rabí”! Y le dio un beso.

 

Se acerca a Mi… Pero soy Yo quien ha hecho el tramo más largo del camino para este encuentro, bajando del cielo y haciéndome hombre, porque “soy Yo quien os ha elegido” (JUAN 15,16). Me saluda llamándome “maestro”… cuando había decidido olvidar todas mis enseñanzas y venderme, como se vende una cosa, un par de sandalias, un esclavo. Ay, las palabras de los hombres…

No te vayas tú de la escuela de mi Palabra. A pesar de los años, todavía estás en construcción, todavía “tengo muchas cosas que deciros” (JUAN 16,12). No te vayas de la lectura, la escucha y la meditación de mis Palabras. No me dejes, como Judas, abandonando la oración, viviéndola en la rutina, cuando es el centro vital de tu vida. Sin trato intenso con el maestro, no hay discípulo. No te vayas, no hay jubilación para los discípulos de mi escuela, del Evangelio. Esta historia tuya y mía la he iniciado Yo. En medio de tus infidelidades, Yo he sido fiel a ti, fiel al Padre y fiel a ti, siempre. Ahora tengo que completar mis favores contigo, porque es eterna mi misericordia y no abandono nunca la obra de mis manos (cf. SALMO 137), no dejo las cosas sin terminar.

 

Señor, déjame besar tus pies, como aquella pecadora del Evangelio. Aunque no tengo perfume, aunque no tengo lágrimas… Déjame expresarte mi inmensa gratitud por todo lo que has hecho conmigo, por todo lo que me prometes… Déjame estar a tus pies, bajo tus ojos, y expresarte con mi silencio, con mis pobres y gastados besos, lo que no sé decirte con mis palabras.

 

 

50 Jesús le dijo: “Amigo, ¡a lo que estás aquí! Entonces aquellos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron.

 

Le llamé amigo con sinceridad, porque no hay engaño en mi boca. No hubo reproche: le conminé a hacer lo que iba a hacer, a pasar de las intenciones a los hechos, como ya se lo había dicho en el cenáculo. Le invité a definirse ya claramente, a no esconderse en el saludo, en el “maestro”, en el beso.

No basta con decir “Señor, Señor”, hay que obrar. No basta con una apariencia religiosa, piadosa; hay que definirse ante Mí, no ante la sociedad… Hijo, ¡a lo que estás aquí!, ¡a lo que viniste a la congregación, a lo que sellaron tus votos! Dame tu corazón, dame tu persona, dame tu vida, para que Yo sea verdaderamente tu Señor y tu Dueño.

Guarda tu corazón (PROVERBIOS 4,23), cuida más lo que no se ve. Conságrate a Mí en lo secreto de tu corazón. Entrégame a Mí tu persona en toda su antigua fragilidad. Entrégate a Mí en el Espíritu Santo y la Verdad; no te conformes con lo oficial, con lo exterior. No temas, tú y Yo somos diferentes, pero somos uno en el Espíritu Santo. Y jamás tu pecado superará a mi perdón, a mi misericordia.

 

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer; vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno, disponed a vuestra voluntad… Dadme vuestro amor y gracia, que eso me basta (IGNACIO DE LOYOLA).

 

 

 

 

 

Plegaria del rey Balduino (3)

 

Que mi corazón sea martirizado, incluso por lo que amo,

qué importa, Jesús mío, si seguirás amándome…

si incluso el bien que hago levanta sospechas…

yo… yo no cuento.

 

Si con incesantes trabajos quieres que te honre,

o si debo languidecer en la impotencia, ay,

qué importa, Jesús mío, tú lo quieres así, yo te adoro,

Yo… yo no cuento.

 

 

padrenuestro