Getsemaní I

 

 

Entra dentro de ti… Cierra la puerta y ora a tu Padre,

que está en lo escondido de tu corazón… Y tu Padre, que es bueno

y que ve lo secreto de ti, no te dará una piedra, ni una amenaza,

sino el pan de su Palabra y de su Amor…

 

Ven, Espíritu Consolador, Espíritu de la Verdad,

Tú que estás presente en todo, Tú que lo llenas todo,

Tesoro de bienes y Dador de vida…

Ven y mora en nosotros,

Purifícanos de toda mancha, salva nuestras almas,

Tú que eres bueno y amigo de cada persona humana

(PLEGARIA DE LA IGLESIA DE ORIENTE)

 

 

lectio    meditatio    oratio

 

36 Entonces fue Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dijo a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras voy allí a orar”.

(MATEO 26,36)

 

Por mi Palabra, viva y eficaz que siempre se cumple (cf. HEBREOS 4,12), ahora voy con ellos y con vosotros, contigo, vamos a Getsemaní. Siéntate aquí, aquí en Getsemaní, no andes vagando por otros lugares, por otros pensamientos porque Yo voy allá, a orar. A donde Yo voy, tú no puedes venir ahora. Me acompañarás más tarde (cf. JUAN 13,36)

 

Señor, ¿por qué quieres que yo vaya contigo, que esté contigo en la oración, en Getsemaní? Pero te lo agradezco de veras, Señor. Quiero ir contigo. Todo mi ser necesita un “contigo”… Y nadie mejor que Tú, Señor.

 

 

37 Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a sentir tristeza y angustia. 38 Entonces les dijo: “mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”

 

En esta Palabra, en esta línea del Evangelio de Mateo, te revelo que tengo tristeza, que estoy triste y tengo angustia. Te lo revelo, te lo digo a ti, no a todos, a tantos que han pasado y pasan por este sendero del Evangelio sin enterarse. Te lo digo personalmente a ti… No es pura información lo que te paso, eso captan los que leen sin más el texto. Pero a ti te hablo de lo escondido de mi corazón, te hablo de eso que sólo se cuenta a un verdadero amigo: mi tristeza, mi angustia… No es información, es revelación, es confidencia, es trato de amistad. Te hablo como lo hacía con Moisés, cara a cara, como un hombre habla con su amigo (cf. ÉXODO 33,11). Quédate aquí conmigo. No te duermas. Vela conmigo en Getsemaní.

 

Señor, no te fíes de mí, ten compasión de mí… La certeza de morir ¡también te entristece a Ti, Dios hecho hombre! Y la proximidad de tanto desprecio, tantos padecimientos, tanta soledad, te angustia… Y te consuela la promesa del Padre: el amor divino derramado en el corazón de cada hombre, de cada mujer; la redención, el perdón de los pecados; la victoria sobre la muerte, sobre nuestra propia muerte… Tú te ofreciste a venir a curarnos, ¡gracias, Señor! Bendito seas por siempre. Alabado seas, Jesucristo, Redentor nuestro. ¡Tu amor por nosotros es verdadero amor: has preferido sufrir por nosotros que gozar sin nosotros! ¡Ay, Dios mío, qué singular, qué diferente y qué incomparable es tu amor! Sólo él hizo grandes maravilla. En nuestra humillación, se acordó de nosotros (cf. SALMO 135).

 

 

39 Él se adelantó un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa, pero no sea como Yo quiero, sino como quieras tú”.

 

Yo no podía dejar de decirle al Padre “como quieras Tú”, aunque me doliera, aunque me llenara de amargura la copa del Padre. Él es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano (cf. SALMO 15).  He deseado siempre obedecer al Padre porque siempre he amado al Padre. Y, aunque estamos infinitamente unidos en el Espíritu Santo, y somos uno, no dejamos de ser personas distintas. Del mismo modo que Abrahán amaba a Dios hasta el extremo de sacrificar a su Isaac, de un modo semejante, análogo, Dios ama tanto al mundo que os ha preferido, te ha preferido, hasta el extremo de sacrificar a su Isaac por vosotros, por vuestra salvación.

 

Dios mío de mis entrañas, detrás de cada instante de Getsemaní, detrás de cada sufrimiento de tu Pasión, está el Amor divino, el amor infinito de la Santísima Trinidad, la incomparable paciencia de Dios. “La caridad es paciente… todo lo excusa… todo lo cree… todo lo soporta (1 CORUNTIOS 13). Me quedo abrumado y como paralizado ante el infinito amor del Padre, ante la incondicionalidad de tu amor de Hijo, de tu amor por nosotros; ante el incomprensible e incomparable abrazo de amor y unidad del Espíritu Santo.

 

 

40 Volvió después donde los discípulos y los encontró dormidos. Dijo entonces a Pedro: “¿Con que no habéis podido velar una hora conmigo?

 

Date cuenta: me había adelantado “un poco”, la distancia espacial, en el lugar de Getsemaní, era muy poca; pero la distancia existencial, interpersonal, entre ellos y Yo, era enorme. Se puede vivir en una misma casa y estar muy lejos. Yo, hecho polvo, por los suelos, rostro en tierra, y ellos dormidos… Y eran verdaderamente mis amigos, mis mejores amigos: Simón Pedro y los hijos de Zebedeo… Incluso Juan estaba allí dormido. La soledad humana, el abandono, no fue el menor de los sufrimientos de mi Pasión. Yo que había crecido en un ambiente familiar entrañable, con María y José en Nazaret. Que me habían escuchado y seguido multitudes que me apretujaban, que querían tocarme para ser curadas. Que había elegido, entre tantos seguidores, a los Doce. Que había contado siempre, en las circunstancias especiales, como ahora, con Pedro, Santiago y Juan, a quienes quería tener siempre cerca… Ni una hora supieron acompañarme en mi sufrimiento, en mi angustia, en mi agonía… “Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme” (SALMO 40). Yo conozco bien la soledad, tu soledad. Conozco el amargo sabor de verse abandonado. Pero no me quejo, “como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca” (ISAÍAS 53,7). Vive tus soledades conmigo, en la oscuridad de Getsemaní.

 

Señor, Tú conoces todo… Señor, aquí estoy contigo, en Getsemaní.

 

 

41 Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.

 

Apréndelo bien, hoy te lo digo claramente: no puedes acompañarme, si no oras; no puedes tener trato de amistad conmigo, si no estás muchas veces a solas conmigo, con quien sabes te ama (cf. TERESA DE JESÚS). Velar no es sólo no dormirse, es algo más; no es sólo “estar ahí”, como un tronco, como una piedra…  Velar es “estar atento”, como el centinela en las puertas o en las murallas de la ciudad. Orar no es solamente recitar palabras (los rezos), es estar atento a mi presencia escondida, atento a mi persona, a mis penas y alegrías. Orar es el modo de tratarme, el modo de estar ahí. Orar es el trato que me das, el cómo me tratas.

Tu carne es débil, lo sabes. Y está cansada y gastada por los trabajos y los días. Y tu espíritu humano también lo es: tu memoria, tu inteligencia, tu fuerza de voluntad. La oración te fortalece, porque Yo vengo siempre en tu auxilio, vengo deprisa a socorrerte, y nada más verte, sin tardar, te entrego la fuerza de mi amor, la fuerza poderoso del Espíritu, Señor y Dador de vida.

 

Señor, yo creo en Ti, confío en Ti, espero en Ti… pero aumenta mi fe y mi esperanza en Ti, mi amor sobre todas las cosas a Ti.

 

 

 

 

Plegaria del rey Balduino (1)

 

Que importa si yo debo beber un amargo cáliz

y que sienta mi corazón triste hasta la muerte;

ya que eres tú, Jesús, quien quiere el sacrificio…

yo… yo no cuento.

 

Como tú quieras, Jesús: deja caer el velo,

muéstrame tu belleza, estréchame en tus brazos

o del cielo oscurecido esconde cada estrella,

yo… yo no cuento.

 

 

 

padrenuestro.