San Benito

La santa Regla

 

Introducción al Prólogo

 

El Prólogo es una exhortación paternal, persuasiva y convincente, saturada de doctrina y destina a situar a cualquiera que tome el código monástico en sus manos en el ambiente espiritual que ha de sustraerle al orden temporal para elevarle al eterno. Una nota dominante, en efecto, se acusa a lo largo de su contenido, y es la que va inclinando insensiblemente el espíritu hacia un centro de gravedad y de atracción irresistible: Dios. Con esta idea san Benito hace penetrar al hombre en una esfera de transcendencia que le arranca constantemente de su limitación, introduciéndole en las profundidades de lo que es más importante para él: el orden del espíritu.

En unos pocos conceptos sintetiza san Benito los grandes hechos de la creación, caída del hombre y redención, haciendo resaltar la necesidad de la colaboración humana en la obra salvífica de Cristo. Bajo el impulso del mismo espíritu divino la humanidad, a su vez, debe ponerse en movimiento y volver a la fuente pura de donde tiene su origen. La institución que crea el santo no tiene otro fin: “para que vuelvas a Aquél del cual te has apartado” (prol. 2). Iluminado por el ideal de la búsqueda de Dios, el hombre lo abandona todo, inclusive lo que tiene de más personal, la propia voluntad, y emprende el camino del gran retorno. Este es el mismo que el del alejamiento, pero siguiendo la dirección diametralmente opuesta: a la desobediencia corresponde la obediencia. En su legislación se propone el patriarca hacerlo converger todo en un objeto supremo: que la naturaleza se revista de los dones que perdió. Si aparece lo duro y áspero, esto sólo servirá para purificarla, levantarla, sublimarla. Y aun constituido el monje en un estado de perfección, no podrá sustraerse a la exigencia que pesará sobre él, de un progreso más y más grande en el servicio de Dios.

La fuente de esta dirección terminal está en la visión de la dependencia que existe entre el ser contingente, que es el hombre, y el Bien sumo, la Verdad absoluta, el Inmóvil por esencia, que exige por sí mismo el retorno a Él de todo lo que es de Él y para Él. La majestad de Dios deberá invadir y dominar y dominar por completo el alma. Así, san Benito, le nombrará “nuestro Creador”, “Señor del universo”, “Omnipotente”. He aquí el centro, el punto de confluencia que reduciendo el alma a la humildad, la atrae irresistiblemente hacia sí.

El alma del monje vivirá envuelta en la inmensidad de Dios. Por tanto, no queda al margen de su acción. Presente por el conocimiento y por el poder, e inefablemente por su esencia, es Señor y domina el espacio, omni loco, y el tiempo, omni hora, semper,  y ni los repliegues del corazón  humano escapan a su mirada. Él habita en la región inaccesible, de caelis, desde  donde observa el movimiento de todos los seres, y sobre todo del hombre, que es el preferido, siguiendo de continuo con su mirada todo lo que hace, tanto en el ámbito externo, como en su intimidad. Dios, pues, no vive desinteresado del hombre. Éste está completamente ligado a Él por estrechos vínculos de dependencia que no pueden romperse jamás. Es la criatura delante del Creador, La idea, por tanto, del hombre espiritual es para san Benito cabalmente la del que camina a todas horas en la presencia de Dios.

Ya al principio del Prólogo recuerda san Benito una relación que existe entre Dios y nosotros, , que informa radicalmente toda nuestra vida y que al hombre regenerado le evoca toda una cadena de realidades de predilección de parte de Dios a su criatura. Al iniciarse la trayectoria ascensional –que se desarrolla en la primera parte de la Regla-, san Benito se limita sencillamente a recordar esas realidades. Dios, que es Padre ha fijado su atención, su pensamiento en nosotros, y nos ha escondo gratuitamente. He aquí un hecho real y el de más trascendencia para el hombre poder llamar a Dios: Padre. Sólo una palabra, pero que entraña maravillosamente y nos revela toda la economía de adopción. Abarca toda la obra: la realidad temporal preconcebida por Dios en su voluntad gratuita, que se pierde en la eternidad, y las consecuencias que de ella fluyen en  derechos de herencia, si la correspondencia es fiel: “Se ha dignado contarnos entre sus hijos”; “que ni cual padre airado se vea obligado por nuestras malas acciones, a desheredarnos de su gloria” (5-7).

Concebido el plan divino eternamente, Dios ha querido garantizar su realización, ligándonos tan estrechamente a Él, que podemos adivinar su mano y su presencia en todos los estadios sucesivos de ese plan.

No cabe duda que es Dios mismo quien ha tomado la iniciativa en el negocio de nuestra eterna felicidad. Por eso, después que el monje ha puesto todo su empeño en corresponderle siguiendo con fidelidad el camino indicado por Jesucristo para ver a Dios en su Reino, san Benito muestra al monje el verdadero orden de las cosas. La llave está en mano de Dios: Qui nos vocavit (21). Es esta la claridad que ilumina el trabajo oculto del obrero fiel. Estaba lejos, perdido… y es Dios quien le ha tendido la mano. Van al Padre aquellos que el Padre atrae. Y en este llamamiento inicial se encierra la forma especial del camino que conduce al Padre. Él que da un orden a un fin, da al mismo tiempo el medio para el logro de este fin.

Hay que percatarse del predominio que tiene la voluntad de Dios sobre todo lo que puede realizar el hombre. Es Dios quien impera con su voluntad sobre nosotros, y así pedimos en la oración que se cumpla esa voluntad soberana. La escala de la perfección puede estar constituida por nuestra humildad, pero quien la endereza a su fin es el Señor.

Al resolvernos a seguir la invitación de Dios –respuesta indispensable para ir hacia Él-, se nos acerca inmediatamente para asegurar nuestros pasos: ecce adsum (18). Es que Dios posee, según el mismo plan con que predestina el poderoso medio de su gracia, para ayudarnos en lo que la naturaleza no alcanza (41); no sólo para ayudarnos a apartar el mal –avertit spiritum elationis (4,42). Dada la condición frágil y enfermiza del hombre, este contacto saludable con la virtud de Dios tendrá lugar a menudo a través de acontecimientos dolorosos y aflictivos, que obedeciendo a su mismo plan providencial, le transformarán purificándolo –passionibus Christi per patientiam participemur (50)-, y puesto en movimiento con miras a una acción buena, únicamente de Él podrá esperar el llevarla a cabo con perfcción: ab eo perfeci… (4).

El ideal, pues, de san Benito está informado por la presencia de Dios. Hay que tener presente, no obstante, que no se ciñe el patriarca a una contemplación de Dios único, grande, poderoso,… pero temible del Antiguo Testamento sino que gusta plenamente del fulgor de la luz nueva, traída por Jesucristo. Y es justamente a la configuración con Cristo, a la plasmación de una actitud profundamente obediente y humilde hasta el sacrificio, a lo que está vinculada la obra del monje para llegar a la plenitud espiritual que hace ya pregustar san Benito desde ahora, en esta exhortación preliminar.

En la exposición de las ideas se acusa una trabazón lógica, natural y espontánea, cual sería la de una alocución viva y hablada.

He aquí el contenido del Prólogo:

1-3

Alocución preliminar del padre y maestro

4-7

Presupuesto fundamental: la gracia y la felicidad

8-13

Invitación general de la Escritura

14-39

El tabernáculo

 

14-20

Invitación particular del Señor

 

21

El camino

 

22-34

Condiciones para vivir en el tabernáculo

 

35-39

Conclusión

40-44

Exhortación final

45-50

Justificación de la Regla: institución de la “escuela del servicio divino”