Notas al capítulo XXXVII:

De los ancianos y niños.

 

 

1. Aún cuando... El corazón humano se inclina de por sí a la benevolencia ante un anciano o un niño. Es un hecho de experiencia. Tal inclinación, sin embargo, puede ser excesivamente natural, y por lo mismo insuficiente. Además, queda al margen de toda regla, y en el monasterio todo debe seguir una ordenación establecida. S.B. siente el deseo de poder decir también él en su legislación algo en favor de estas dos edades. Asi se verán protegidas por la misma autoridad de la Regla, y todas las excepciones conservarán un cariz regular de obediencia que las elevará a un rango sobrenatural.

2. Considérese... El patriarca no echa nunca en olvido el juicio y sensatez humanos. Es menester ser profundamente hombres y comprender a los demás. Los niños y ancianos son seres débiles que tienen sus necesidades propias: por tal razón son acreedores a todas las consideraciones. Exigirles la observancia regular estricta; es exponerlos a una cadena de dificultades que llenará su vida de pesadumbre y congoja. Donde se pueden sentir más débiles e incapaces, es en lo relativo a los alimentos. Acaso no precisarán comer en gran cantidad, pero tendrán necesidad de una comida más sustanciosa y frecuente.

3. Pero... La Regla, pues, les tiene compasión y les permite comer fuera del tiempo en que lo hace la comunidad, anticipando las horas regulares. No obstante, como quiera que los niños comen también en el refectorio (63,18) y en menos cantidad (39,10), parece que el privilegio de que gozan consiste más bien en poder hacerlo más veces que los demás.

Este capítulo, junto con el precedente, es un ejemplo magnífico le la bondad del patriarca. En él asoma todo el amor paternal de su corazón. La ternura que aquí muestra con los débiles es el contrapeso de esa exigencia severa jamás desmentida a lo largo de la Regla. Legislador de gran alcance, sabe hacerse flexible ante las necesidades de la naturaleza humana para obtener de ella el fin principal y único de la vida monástica: la sublimación del espíritu cristiano.

Horas canónicas… Esta expresión significa, en los escritores eclesiásticos, las horas del oficio divino, y así la emplea, en efecto, S.B. en 67,3. Pero en este pasaje tiene el valor general de "horas establecidas por la Regla". Se entiende, horas de refección. Por lo demás, ya en Casiano encontramos repetidas veces refectio canonica y tempus canonicum para denotar respectivamente las horas de comida y del sueño, fijadas por la regla de cada monasterio.