III. LA ORACIÓN (C. 8-20)

 

La sección que componen los capítulos 8-20 está dedicada exclusivamente a la obra principal del cristiano y del monje: el culto de Dios. Ya sea el culto público, oficial y colectivo (8-19); ya sea el privado, particular y personal (20)

 

  1. El “Opus Dei” (8-19)

Todo el universo, salido de las manos de Dios, canta un himno al Creador. Sus perfecciones y belleza constituyen una sublime armonía. Es una alabanza que le dan con su propia existencia; una alabanza muda, propia de los seres faltos de libertad y de razón. El hombre se encuentra en medio de ellos como el engarce racional que une lo que está debajo de él con el Altísimo. Con los dones que Dios le ha concedido es el sacerdote natural que debe llevar a la presencia de Dios un homenaje de servidumbre y de alabanza en nombre de todo el universo. La virtud de religión induce al hombre a ofrecer este culto. Y el valor y elevación de sus obras depende del grado que posea de ordenación a este fin. No obstante, aunque el tributo de este homenaje sea cosa debida a Dios, por ser justa y razonable, con todo, ni le es esencial ni tiene necesidad de él.

La elevación al orden sobrenatural ha colocado al hombre en un rango muy superior de intimidad con Dios. Ha perfeccionado de una manera divina su naturaleza y le ha dado un colorido más intenso y de más subida trascendencia. Desde el momento que ha sido asociado a la obra de Cristo, su homenaje ha llegado a las profundidades de Dios. Con Cristo se inmola, redime y glorifica, y da a Dios la máxima complacencia. El centro de toda esta obra lo constituye Cristo que en el correr del tiempo permanece con nosotros de manera misteriosa en la Eucaristía.  Y en su derredor la Iglesia, esposa sin mancha y señora de su amor y de sus tesoros, ha tejido una corona, en la que ha engastado todo el afecto, toda la delicadeza, toda la profundidad de comprensión y toda la generosidad y reconocimiento de que es capaz su corazón, movido y guiado por el mismo Espíritu de Dios. Esta diadema luminosa es el Oficio divino.

El monasterio, la Domus Dei, es también la casa del culto de Dios. Los que en ella viven, como hombres, como cristianos y como monjes procuran ofrecer de su pobreza alguna cosa a Dios, y satisfacer con alegría el “deber de su servidumbre”. Para el monje, hombre interesado únicamente por las cosas de Dios, y que comprende que su máximo bien es darle honor, el Oficio divino es la obra primordial, la mejor. Así la ha considerado el monaquismo benedictino, que se ha distinguido en el decurso de su historia por el esplendor y la delicadeza en la celebración litúrgica. San Benito no hace de ella la finalidad de su institución, pero sí la ocupación principal, siendo la purificación ascética su mejor preparación. En ella el monje ha de encontrar la glorificación de Dios, al par que su propia santificación. Debe hallar además la gracia de Cristo, que será el norte de su espiritualidad y el banquete espléndido en donde hallará todo lo que debe asimilar para el perfecto desarrollo de su organismo sobrenatural. La vida espiritual del monje está íntimamente unida al altar.

La oración privada, forma del culto interno y personal, es como una preparación para el culto público y común, y su natural consecuencia.

La importancia dada al Oficio divino exige una ordenación circunstanciada para que se despliegue con naturalidad y perfección. Sus formas, sabias y ricas de contenido, son el medio por el que el monje llega a Dios y al prójimo. Éste saca gran provecho no solamente del contenido de los ritos, sino también de la forma pulcra y austera con que se desarrollan.

San Benito ordena únicamente lo que atañe al Oficio divino, y distribuye la materia con arreglo al siguiente plan: c. 8-11, Oficio de la noche para los días feriales y domingos; c. 12-13, Oficio de los días festivos de santos; c. 15, uso del aleluya; c. 16-17, horas diurnas; c. 18, salterio monástico; c. 19, disposiciones que deben animar al monje en la recitación del Oficio divino.

 

 

Introducción al capítulo VIII

San Benito empieza por los Oficios de la noche porque es la primera de las obras que realiza el monje después del descanso nocturno. En todos los tiempos del año es el Oficio más largo. Su lugar es parecido al que ocupaban en la vida cristiana, las vigilias de las grandes solemnidades. El monaquismo ha tenido siempre en gran estima este consagrarse a la salmodia y lecturas santas, durante las horas de la noche. De esta manera el espíritu se orienta hacia Dios para toda la jornada.

Contenido del capítulo:

1-2

Hora de levantarse durante el invierno.

3

El intervalo entre los Nocturnos y el Oficio de la mañana (Laudes).

4

Hora de levantarse durante el verano.

   Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

Capítulo VIII. Los Oficios divinos por la noche..

10 feb., 11 jun., 11 oct.

 

1Durante el invierno, esto es, desde las calendas de noviembre hasta Pascua, se levantarán a la octava hora de la noche conforme al cómputo correspondiente, 2para que reposen hasta algo más de la media noche y puedan levantarse ya descansados. 3El tiempo que resta después de acabadas las vigilias, lo emplearán los hermanos que así lo necesiten en el estudio de los salmos y las lecturas.

4Pero desde Pascua hasta las calendas de noviembre ha de regularse el horario de tal manera, que el oficio de las vigilias, tras un cortísimo intervalo en el que los monjes puedan salir por sus necesidades naturales, se comiencen inmediatamente las Laudes, que deberán celebrarse al rayar el alba.