Introducción al capítulo VII.

Este capítulo contiene el núcleo más substancial de los principios ascéticos de la Regla. San Benito aborda el tema de la humildad y lo desarrolla mucho más ampliamente de lo que exigiría la sola virtud. El concepto de la humildad en el santo patriarca parte de la consideración de la distancia que media entre Dios y el hombre con todas las consecuencias teóricas y prácticas que de ella se derivan. Y la inmensidad de esta distancia queda bien patente, dada la absoluta desproporción entre el Ser supremo y la criatura. La humildad reduce al hombre a lo que es,  y le lleva a comprender la verdad de lo que Dios le ha dado. Por eso la considera el santo como la fuerza ascensional de más eficacia y que le pone en más íntimo contacto con Dios. La humildad engendra simultáneamente en el alma la conciencia de la propia vileza y la visión clara de la magnífica obra que Dios hace en ella. Merced a esta virtud se obtiene aquella perfecta pureza de corazón que hace expeditos los caminos del mundo sobrenatural y las sendas de la unión con Dios.

 

Contenido del capítulo:

1-9

Introducción.

 

1-4

La humildad es necesaria.

 

5-9

Figura simbólica de la humildad

10-30

1º grado: Temor de Dios y desestima de sí mismo.

31-33

2º grado: Renuncia a la propia voluntad y búsqueda de la de Dios.

34

3º grado: Obediencia a un hombre representante de Dios.

35-43

4º grado: Paciencia hasta el heroísmo.

44-48

5º grado: Manifestación de la conciencia.

49-50

6º grado: Alegría en la humillación.

51-54

7º grado: Conciencia de la propia vileza.

55

8º grado: Huir la singularidad.

56-58

9º grado: Guarda de la lengua.

59

10º grado: Seriedad

60-61

11º grado: Gravedad en todas las manifestaciones.

62-66

12º grado: Expresión externa de la humildad.

67-70

Conclusión.

 

 

  Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

Capítulo VII. De la humildad.

25 en., 26 may., 25 set.

1La divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos:“Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. 2Con estas palabras nos muestra que toda exaltación de sí mismo es una forma de soberbia. 3El profeta nos indica que él la evitaba cuando nos dice: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad”. 4Pero ¿qué pasará “si no he sentido humildemente de mí mismo, si se ha ensoberbecido mi alma? Tratarás a mi alma como al niño recién destetado, que está penando en los brazos de su madre”.

26 en.; 27 may.; 26 set.

5Por tanto, hermanos, si es que deseamos ascender velozmente a la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar a la exaltación celestial a la que se sube a través de la humildad en la vida presente, 6hemos de levantar con los escalones de nuestras obras aquella misma escala que se le apareció en sueños a Jacob, sobre la cual contempló a los ángeles que bajaban y subían. 7Indudablemente, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se sube. 8La escala erigida representa nuestra vida en este mundo. Pues, cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo. 9Los dos largueros de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha hecho encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por ellos.

27 en.; 28 may.; 27 set.

10Y así, el primer grado de humildad es que el monje mantenga siempre ante sus ojos el temor de Dios y evite por todos los medios echarlo en el olvido; 11que recuerde siempre todo lo que Dios ha mandado y medite constantemente en su espíritu cómo el infierno abrasa por sus pecados a los que menosprecian a Dios y que la vida eterna está ya preparada para los que le temen. 12Y, absteniéndose en todo momento de pecados y vicios, esto es, en los pensamientos, en la lengua, en las manos, en los pies y en la voluntad propia, y también en los deseos de la carne, 13tenga el hombre por cierto que Dios le está mirando a todas horas desde el cielo, que esa mirada de la divinidad ve en todo lugar sus acciones y que los ángeles le dan cuenta de ellas a cada instante. 14Esto es lo que el profeta quiere inculcarnos cuando nos presenta a Dios dentro de nuestros mismos pensamientos al decirnos:“Tú sondeas, ¡oh Dios!, el corazón y las entrañas”. 15Y también:“El Señor conoce los pensamientos de los hombres”. 16Y vuelve a decirnos “De lejos conoces mis pensamientos”. 17Y en otro lugar dice: “El pensamiento del hombre se te hará manifiesto”. 18Y para vigilar alerta todos sus pensamientos perversos, el hermano fiel a su vocación repite siempre dentro de su corazón: “Solamente seré puro en su presencia si sé mantenerme en guardia contra mi iniquidad”.

28 en.; 29 may.; 28 set.

19En cuanto a la propia voluntad, se nos prohíbe hacerla cuando nos dice la Escritura: “Refrena tus deseos”. 20También pedimos a Dios en la oración “que se haga en nosotros su voluntad”. 21Pero que no hagamos nuestra propia voluntad se nos avisa con toda la razón, pues así nos libramos de aquello que dice la Escritura santa: “Hay caminos que les parecen derechos a los hombres, pero al fin van a parar a la profundidad del infierno”. 22Y también por temor a que se diga de nosotros lo que se afirma de los negligentes:“Se corrompen y hacen abominables en sus apetitos”.

23Cuando surgen los deseos de la carne, creemos también que Dios está presente en cada instante, como dice el profeta al Señor:“Todas mis ansias están en tu presencia”.

29 ene.; 30 may.; 29 set.

24Por eso mismo, hemos de precavernos de todo mal deseo, porque la muerte está apostada al umbral mismo del deleite. 25Así que nos dice la Escritura: “No vayas tras tus concupiscencias”.

26Luego si “los ojos del Señor observan a buenos y malos”, 27si “el Señor mira incesantemente a todos los hombres para ver si queda algún sensato que busque a Dios28y si los ángeles que se nos han asignado anuncian siempre día y noche nuestras obras al Señor, 29hemos de vigilar, hermanos, en todo momento, como dice el profeta en el salmo, para que Dios no descubra cómo “nos inclinamos del lado del mal y nos hacemos unos malvados”; 30y, aunque en esta vida nos perdone, porque es bueno, esperando a que nos convirtamos a una vida más digna, tenga que decirnos en la otra: “Esto hiciste, y callé”.

30 en.; 31 may.; 30 set.

31El segundo grado de humildad es que el monje, al no amar su propia voluntad, no se complace en satisfacer sus deseos, 32sino que cumple con sus obras aquellas palabras del Señor: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado”. 33Y dice también la Escritura: “La voluntad lleva su castigo y la sumisión reporta una corona”.

31 en.; 1 jun.; 1 oct.

34El tercer grado de humildad es que el monje se someta al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor, de quien dice el Apóstol: “Se hizo obediente hasta la muerte”.

1 feb.; 2 jun.; 2 oct.

35El cuarto grado de humildad consiste en que el monje se abrace calladamente con la paciencia en su interior en el ejercicio de la obediencia, en las dificultades y en las mayores contrariedades, e incluso ante cualquier clase de injurias que se le infieran, 36y lo soporte todo sin cansarse ni echarse para atrás, pues ya lo dice la Escritura: “Quien resiste hasta el final se salvará”. 37Y también: “Cobre aliento tu corazón y espera con paciencia al Señor”. Y cuando quiere mostrarnos cómo el que desea ser fiel debe soportarlo todo por el Señor aun en las adversidades, dice de las personas que saben sufrir: “Por ti estamos a la muerte todo el día, nos tienen por ovejas de matanza”. 39Mas con la seguridad que les da la esperanza de la recompensa divina, añaden estas palabras: “Pero todo esto lo superamos de sobra gracias al que nos amó”. 40Y en otra parte dice también la Escritura: “¡Oh Dios! ; nos pusiste a prueba, nos refinaste en el fuego como refinan la plata, nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas la tribulación”. 41Y para convencernos de que debemos vivir bajo un superior, nos dice: “Nos has puesto hombres que cabalgan encima de nuestras espaldas”. 42Además cumplen con su paciencia el precepto del Señor en las contrariedades e injurias, porque, “cuando les golpean una mejilla, presentan también la otra; al que les quita la túnica, le dejan también la capa; si le requieren para andar una milla, le acompañan otras dos; 43como el apóstol Pablo, soportan la persecución de los falsos hermanos y bendicen a los que les maldicen.

2 feb.; 3 jun.; 3 oct.

44El quinto grado de humildad es que el monje con una humilde confesión manifieste a su abad los malos pensamientos que le vienen al corazón y las malas obras realizadas ocultamente. 45La Escritura nos exhorta a ello cuando nos dice:“Manifiesta al Señor tus pasos y confía en él”. 46Y también dice el profeta: “Confesaos al Señor,  porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. 47Y en otro lugar dice: “Te manifesté mi delito y dejé de ocultar mi injusticia. 48Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor mi propia injusticia, y tú perdonaste la malicia de mi pecado”.

3 feb.; 4 jun.; 4 oct.

49El sexto grado de humildad es que el monje se sienta contento con todo lo que es más vil y abyecto y que se considere a sí mismo como un obrero malo e indigno para todo cuanto se le manda, 50diciéndose interiormente con el profeta: “Fui reducido a la nada sin saber por qué; he venido a ser como un jumento en tu presencia, pero yo siempre estaré contigo”.

4 feb.; 5 jun.; 5 oct.

51El séptimo grado de humildad es que, no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea también así en el fondo de su corazón, 52humillándose y diciendo como el profeta: “Yo soy un gusano, no un hombre; la vergüenza de la gente, el desprecio del pueblo”. 53“Me he ensalzado, y por eso me veo humillado y abatido”. 54Y también: “Bien me está que me hayas humillado, para que aprenda tus justísimos preceptos”.

5 feb.; 6 jun.; 6 oct.

55El octavo grado de humildad es que el monje en nada se salga de la regla común del monasterio, ni se aparte del ejemplo de los mayores.

6 feb.; 7 jun.; 7 oct.

56El noveno grado de humildad es que el monje domine su lengua y, manteniéndose en la taciturnidad, espere a que se le pregunte algo para hablar, 57ya que la Escritura nos enseña que “en el mucho hablar no faltará pecado” 58y que “el deslenguado no prospera en la tierra”.

7 feb.; 8 jun.; 8 oct.

59El décimo grado de humildad  es que el monje no se ría fácilmente y en seguida, porque está escrito: “El necio se ríe estrepitosamente”.

8 feb.; 9 jun.; 9 oct.

60El undécimo grado de humildad es que el monje hable reposadamente y con seriedad, humildad y gravedad, en pocas palabras y juiciosamente, sin levantar la voz, 61tal como está escrito: “Al sensato se le conoce por su parquedad de palabras”.

9 feb.; 10 jun.; 10 oct.

62El duodécimo grado de humildad es que el monje, además de ser humilde en su interior, lo manifieste siempre con su porte exterior a cuantos le vean; 63es decir, que durante la obra de Dios, en el oratorio, dentro del monasterio, en el huerto, cuando sale de viaje, en el campo y en todo lugar, sentado, de pie o al andar, esté siempre con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. 64Y, creyéndose en todo momento reo de sus propios pecados, piensa que se encuentra ya en el tremendo juicio de Dios, 65diciendo sin cesar en la intimidad de su corazón lo mismo que aquel recaudador de arbitrios decía con la mirada clavada en la tierra: “Señor, soy tan pecador, que no soy digno de levantar mis ojos hacia el cielo”. 66Y también aquello del profeta: “He sido totalmente abatido y humillado”.

67Cuando el monje haya remontado todos estos grados de humildad, llegará pronto a ese grado de “amor a Dios que, por ser perfecto, echa fuera todo temor”; 68gracias al cual, cuanto cumplía antes no sin recelo, ahora comenzará a realizarlo sin esfuerzo, como instintivamente y por costumbre; 69no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por cierta santa connaturaleza y por la satisfacción que las virtudes producen por sí mismas. 70Y el Señor se complacerá en manifestar todo esto por el Espíritu Santo en su obrero, purificado ya de sus vicios y pecados.