II. El arte espiritual (c. 4-7)

 

En el capítulo cuarto, empieza la constitución espiritual del monasterio que abarca hasta el capítulo séptimo. Es el núcleo doctrinal más importante de la Regla. El contenido es fundamentalmente para la vida interior del monje. Las normas aquí establecidas constituyen la ascesis monástica, el medio poderoso de purificación del espíritu, el conjunto de disposiciones internas y externas que sitúan al alma delante de Dios, los axiomas principales de la ciencia espiritual: en suma, las bases de todo progreso del monje hacia Dios.

El no dedicar san Benito ex profeso ningún capítulo a hablar de los caminos de oración y del método y forma de los progresos del alma en la vida de intimidad con Dios, sino dejarlos sólo insinuados, parece demostrar que para él la vida monástica tiene por objeto inmediato elevar la vida humana, rectificar y purificar la naturaleza de sus desviaciones y debilidades, lavar el alma por medio de las renuncias más profundas, sumergirla en un ambiente de santidad donde se respire sobrenaturalmente, obtener, en fin, una pureza de vida y colocar al hombre en un plano lo más apto posible para entablar comunicación directa e íntima con Dios; y entonces, obtenida ya esa pureza de vida, la oración será su natural consecuencia, si bien Dios se reservará siempre la fijación y la medida de su forma y grado. No quiere decir esto que renuncie san Benito a las elevaciones magníficas propias del que ha encontrado ya a Dios, al contrario.  Mas esas elevaciones son el fin último, del cual la Regla no se hace normativa, ya que el Espíritu obra como quiere. La legislación se refiere nada más a la parte que atañe al hombre y en la cual deberá emplear toda su vida y actividad, si quiere que Dios le llene de sus dones.

La ascesis de san Benito es bien tradicional en el fondo, sin que en las formas admita las exageraciones del monaquismo precedente. Preséntase así mismo en una forma dinámica, muy lógica y sensata. La concepción del monje como un obrero, que aparece ya en el prólogo, se confirma una vez más por los instrumentos que pone a su alcance. La actividad ascética del monje toma a menudo un aspecto negativo en lo que se refiere a la parte aflictiva corporal, a la que no parece darle más que el valor secundario que le corresponde. Las grandes renuncias son en el orden del espíritu: una humildad y obediencia llevadas hasta sus últimos límites y que constituyen el despojo más absoluto de todo lo que el hombre puede apreciar fuera de Dios. Su ascetismo conduce a las almas con suavidad a los grados heroicos de la virtud y deja bien palpable la virilidad de la savia cristiana.

 

Introducción al capítulo IV

El capítulo cuarto no es más que una colección de preceptos, consejos, sentencias y normas de vida cristiana y monástica, redactados en forma breve que facilita su memoria. Por lo común proceden de la Sagrada Escritura o son principios de moral cristiana ya existentes en otros autores. Piensan algunos que san Benito no hizo más que recoger aquí, retocándola acaso, una de las numerosas series de sentencias espirituales tan amadas de los antiguos cristianos y particularmente de los monjes –recuérdense los opúsculo de Evagrio-; mas, según objetan otros autores, tal opinión, si bien no es inverosímil, está lejos de ser segura. San Benito pudo muy bien componer esta lista utilizando sus fuentes de costumbre y Linderbauer observa que el lenguaje de este capítulo es idéntico al de los demás.

Asimismo se ha interpretado de varias maneras la frase instrumenta bonorum operum. Pero dando de mano a sutilezas inútiles y teniendo presente el final del capítulo, resulta evidente que se trata aquí de “instrumentos” de trabajo, naturalmente en sentido metafórico, que el monje debe emplear constantemente en la obra de su perfección espiritual.

Se consideran como instrumentos aptos para el perfeccionamiento del espíritu, desde las leyes fundamentales decretadas por Dios en el Sinaí y que se imponen a todos por igual, hasta los pequeños consejos que matizan la vida del monasterio, los diferentes aspecto de renuncia, abnegación y sujeción de la carne al espíritu, dominando las tendencias inherentes a la naturaleza humana, las obras positivas de caridad y misericordia, los pensamientos y verdades profundas que rebasan los límites del tiempo y que introducen al monje en un ambiente de eternidad, y una serie de otros medios de santificación más específicos de la vida monacal.

San Benito no ha seguido un orden lógico. Algunos grupos van jalonándose con cierta homogeneidad, como por ejemplo, el decálogo, las obras de misericordia y los novísimos; en tanto que otros se agrupan por cierta unidad de materia. No obstante, no guardan un orden riguroso. Para facilitar su comprensión, los agrupamos con arreglo a la siguiente forma esquemática:

Contenido del capítulo:

1-9

El decálogo.

10-13

Abnegación y renuncia.

14-19

Obras de misericordia.

20-21

Absolutismo por Cristo.

22-43

Dominio de las malas tendencias espirituales y corporales.

44-47

Novísimos.

48-73

Otros medios de santificación:

 

84-49

guarda de sí mismo;

 

50

manifestación de la conciencia;

 

51-54

silencio y seriedad;

 

55-56

lectura y oración;

 

57-58

compunción;

 

59-64

superación del orgullo y de la sensualidad;

 

65-73

ejercicio de la caridad.

74

Abandono en manos de Dios

75-78

Exhortación conclusiva

  Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

Capítulo IV. Cuáles son los instrumentos de las buenas obras.

18 en., 19 may., 18 set.

 

1Ante todo, “amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas”, 2y además “al prójimo como a sí mismo”. 3Y no matar. 4No cometer adulterio. 5No hurtar. 6No codiciar. 7No levantar falso testimonio. 8Honrar a todos los hombres y 9“no hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo”.

10Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. 11Castigar el cuerpo. 12No darse a los placeres, 13amar el ayuno. 14Aliviar a los pobres, 15vestir al desnudo, 16visitar a los enfermos, 17dar sepultura a los muertos, 18ayudar al atribulado, 19consolar al afligido.

20Hacerse ajeno a la conducta del mundo, 21no anteponer nada al amor de Cristo.

19 en.; 20 may.; 19 set.

22No consumar los impulsos de la ira 23ni guardar resentimiento alguno. 24No abrigar en el corazón doblez alguna, 25no dar paz fingida, 26no cejar en la caridad.

27No jurar, por temor a hacerlo en falso; 28decir la verdad con el corazón y con los labios.

29No devolver mal por mal, 30no inferir injuria a otro e incluso sobrellevar con paciencia las que a uno mismo le hagan, 31amar a los enemigos, 32no maldecir a los que le maldicen, antes bien bendecirles; 33soportar la persecución por causa de la justicia.

34No ser orgulloso, 35ni dado al vino, 36ni glotón, 37ni dormilón, 38ni perezoso, 39ni murmurador, 40ni detractor.

41Poner la esperanza en Dios. 42Cuando se viera en sí mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo; 43el mal, en cambio, imputárselo a sí mismo, sabiendo que siempre es una obra personal.

20 en.; 21 may.; 20 set.

44Temer el día del juicio, 45sentir terror del infierno, 46anhelar la vida eterna con toda la codicia espiritual, 47tener cada día presente ante los ojos a la muerte. 48Vigilar a todas horas la propia conducta, 49estar cierto de que Dios nos está mirando en todo lugar. 50Cuando sobrevengan al corazón los malos pensamientos, estrellarlos inmediatamente contra Cristo y descubrirlos al anciano espiritual. 51Abstenerse de palabras malas y deshonestas, 52no ser amigo de hablar mucho, 53no decir necedades o cosas que exciten la risa, 54no gustar de reír mucho o estrepitosamente.

55Escuchar con gusto las lecturas santas, 56postrarse con frecuencia para orar, 57confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas, 58y de esas mismas culpas corregirse en adelante.

59No poner por obra los deseos de la carne, 60aborrecer la propia voluntad, 61obedecer en todo los preceptos del abad, aun en el caso de que él obrase de otro modo, lo cual Dios quiera que no suceda, acordándose de aquel precepto del Señor: “Haced todo lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen”.

62No desear que le tengan a uno por santo sin serlo, sino llegar a serlo efectivamente, para ser así llamado con verdad.

21 en.; 22 may.; 21 set.

63Practicar con los hechos de cada día los preceptos del Señor; 64amar la castidad, 65no aborrecer a nadie, 66no tener celos, 67no obrar por envidia, 68no ser pendenciero, 69evitar toda altivez. 70Venerar a los ancianos, 71amar a los jóvenes. 72Orar por los enemigos en el amor de Cristo, 73hacer las paces antes de acabar el día con quien se haya tenido alguna discordia.

74Y jamás desesperar de la misericordia de Dios.

75Estos son los instrumentos del arte espiritual. 76Si los manejamos incesantemente día y noche y los devolvemos en el día del juicio, recibiremos del Señor la recompensa que tiene prometida: 77“Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman”.

78Pero el taller donde hemos de trabajar incansablemente en todo esto es el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad.