Introducción al capítulo LXV

 

San Benito prefiere organizar el monasterio por decanías, multiplicando así los colaboradores del abad. Parece que es la necesidad lo que le mueve a admitir el sistema prioral, ya que un monasterio poco numeroso no es susceptible de decanías. Aquí, pues, más que una rectificación de lo dicho en el c.21, completa el patriarca la legislación sobre la forma de gobierno, para el caso de que la primera forma no sea factible.

Praeposito. En la tradición monástica anterior y contemporánea de S.B. era llamado con este nombre ora el abad ora su lugarteniente. Este último personaje, en el ambiente del patriarca, llevaba a veces el nombre más exacto de secundus, el que venía después del abad (cf. por ejemplo Dial. II 22). La palabra prior, que ha prevalecido en nuestros días, para S.B. significa ante todo el abad o superior (cf. 6,7; 7,41; 13,12; 20,5). Otras veces tiene un sentido más relativo: el que es superior a otro, en oposición muy a menudo a iunior (cf. 63,10,12 y 15; 71,4,6 y 7).

Contenido del capítulo:

1-10

Equivocación y consecuencias funestas en la elección del prepósito.

11-15

Ordenamiento  ideal  del monasterio y  nombramiento  del prepósito.

16-17

Cómo ha de conducirse el prepósito.

18-22

Disposiciones  en  el  caso  de  infidelidad.

 

 

 

 

Capítulo LXV. Del prepósito del monasterio.

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

22 abr., 22 ago., 22 dic.

1Ocurre con frecuencia que por la institución del prepósito se originan graves escándalos en los monasterios. 2Porque hay algunos que se hinchan de un maligno espíritu de soberbia, y, creyéndose segundos abades, usurpan el poder, fomentan conflictos y crean la disensión en las comunidades, 3especialmente en aquellos monasterios en los que el prepósito ha sido ordenado por el mismo obispo y por los mismos abades que ordenan al abad. 4Fácilmente se puede comprender lo absurdo que resulta todo esto cuando desde el comienzo su misma institución como prepósito es la causa de su engreimiento, 5porque le sugiere el pensamiento de que está exento de la autoridad del abad, 6diciéndose a sí mismo: “Tú también has sido ordenado por los mismos que ordenaron al abad”. 7De aquí nacen las envidias, altercados, calumnias, rivalidades, discordias y desórdenes. 8Y así, mientras el abad y el prepósito sostienen criterios opuestos, es inevitable que peligren las almas por semejante discordia 9y que sus subordinados vayan hacia su perdición, adulando a una parte o a la otra. 10La responsabilidad de esta peligrosa desgracia recae, en primer término, sobre los que la provocaron, como autores del gran desorden.

 

23 abr., 23 ago., 23dic.

11Por eso, nosotros hemos creído oportuno, para mantener la paz y la caridad, que el abad determine con su criterio la organización de su propio monasterio. 12Y, si es posible, organice por medio de los decanos, como anteriormente lo hemos establecido, todos los servicios del monasterio, 13pues, siendo varios los encargados, ninguno se engreirá. 14Si el lugar lo exige, y la comunidad lo pide razonablemente con humildad, y el abad lo cree conveniente, 15el mismo abad instituirá a su prepósito con el consejo de los hermanos temerosos de Dios.

16Este prepósito, sin embargo, ejecutará respetuosamente lo que el abad le ordene, y nunca hará nada contra la voluntad o el mandato del abad, 17pues cuanto más encumbrado esté sobre los demás, con mayor celo debe observar las prescripciones de la regla.

18Si el prepósito resulta ser un relajado, o se ensoberbece alucinado por su propia hinchazón, o se comprueba que menosprecia la regla, será amonestado verbalmente hasta cuatro veces. 19Si no se enmendare, se le aplicarán las sanciones que establece la regla. 20Y, si no se corrige, se le destituirá de su cargo de prepósito y en su lugar se pondrá a otro que sea digno. 21Pero, si después no se mantiene dentro de la comunidad tranquilo en la obediencia, sea incluso expulsado del monasterio. 22Mas piense el abad que rendirá cuentas a Dios de todas sus disposiciones, no sea que deje abrasar su alma por la pasión de la envidia o de los celos.