Introducción al capítulo LXIV

 

3. Institución monástica (c. 64-65) 

Si se tiene presente la importancia capital del abad en la organización monástica, se comprenderá fácilmente el interés que encierra este capítulo. Unido al siguiente, matiza un punto delicadísimo: la institución de la jerarquía del monasterio. S.B. trata de la institución del abad, piedra angular que sostiene todo el edificio monástico: en él descansa y de él depende en gran parte la manera de ser, las orientaciones y la vida dé la comunidad.

Contenido del capítulo:

1-6

Institución del abad.

 

1.

Cómo se procede.

 

2.

A quién se ha de elegir.

 

3-6

Precauciones que conviene tomar.

7-22

El abad constituido, cómo ha de conducirse y gobernar

 

7-8

Sentido de responsabilidad

 

9-10

Ornamento personal

 

11-15

Prudencia en el gobierno

 

16-19

Discreción

 

20-22

Fidelidad a la Regla y recompensa

 

 

 

Capítulo LXIV. De la ordenación del abad.

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

20 abr., 20 ago., 20 dic.

1En la ordenación del abad ha de seguirse como norma que sea instituido aquel a quien toda la comunidad unánimemente elija inspirada por el temor de Dios, o bien una parte de la comunidad, aunque pequeña, pero con un criterio más recto. 2La elección se hará teniendo en cuenta los méritos de vida y la prudencia de doctrina del que ha de ser instituido, aunque sea el último por su precedencia en el orden de la comunidad.

3Pero, aun siendo toda la comunidad unánime en elegir a una persona cómplice de sus desórdenes, Dios no lo permita, 4cuando esos desórdenes lleguen de alguna manera a conocimiento del obispo a cuya diócesis pertenece el monasterio, o de los abades, o de los cristianos del contorno, 5impidan que prevalezca la conspiración de los mal intencionados e instituyan en la casa de Dios un administrador digno, 6seguros de que recibirán por ello una buena recompensa, si es que lo hacen desinteresadamente y por celo de Dios; así como, al contrario, cometerían un pecado si son negligentes en hacerlo.

21 abr., 21 ago., 21 dic.

7El abad que ha sido instituido como tal ha de pensar siempre en la carga que sobre sí le han puesto y a quién ha de rendir cuentas de su administración; 8y sepa que más le corresponde servir que presidir. 9Es menester, por tanto, que conozca perfectamente la ley divina, para que sepa y tenga de dónde sacar cosas nuevas y viejas; que sea desinteresado, sobrio, misericordioso, 10y “haga prevalecer siempre la misericordia sobre el rigor de la justicia”, para que a él le traten de la misma manera. 11Aborrezca los vicios, pero ame a los hermanos. 12Incluso, cuando tenga que corregir algo, proceda con prudencia y no sea extremoso en nada, no sea que, por querer raer demasiado la herrumbre, rompa la vasija. 13No pierda nunca de vista su propia fragilidad y recuerde que no debe quebrar la caña hendida. 14Con esto no queremos decir que deje crecer los vicios, sino que los extirpe con prudencia y amor, para que vea lo más conveniente para cada uno, como ya hemos dicho. 15Y procure ser más amado que temido.

16No sea agitado ni inquieto, no sea inmoderado ni terco, no sea envidioso ni suspicaz, porque nunca estará en paz. 17Sea previsor y circunspecto en las órdenes que deba dar, y, tanto cuando se relaciones con las cosas divinas como con los asuntos seculares, tome sus decisiones con discernimiento y moderación 18pensando en la discreción de Jacob cuando decía: “Si fatigo a mis rebaños sacándoles de su paso, morirán en un día”. 19Recogiendo, pues, estos testimonios y otros que nos recomiendan la discreción, madre de las virtudes, ponga moderación en todo, de manera que los fuertes deseen aún más y los débiles no se desanimen.

20Y por encima de todo ha de observar esta regla en todos sus puntos, 21para que, después de haber llevado bien su administración, pueda escuchar al Señor lo mismo que el siervo fiel por haber suministrado a sus horas el trigo para sus compañeros de servicio: 22“Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes”.