Introducción al capítulo LVIII

 

VI. La Comunidad (c.58-65)

El cenobio es un organismo vivo con todas las contingencias y exigencias que la vida importa. Se renovarán, por tanto, necesariamente los elementos que integran la comunidad, y necesitará para su desarrollo natural y ordenado una organización jerárquica que asegure con precisión la consecución de su fin, así como una constitución jurídica que sirva de base a su acrecentamiento y progreso.

Este capítulo inicia una sección de la Regla (58-65), que se ocupa especialmente de tres puntos plenamente justificados: la admisión del personal en sus diferentes formas, ordinaria y extraordinaria; la ordenación jerárquica de los miembros del cuerpo monástico; y la constitución vital y necesaria de su cabeza, el abad, que es el fundamento.

 

1. Admisión del personal (c.58-61)

Es uno de los capítulos más importantes de la Regla y el primero del grupo dedicado a la admisión del personal que desee ingresar en la comunidad. Se trata de los candidatos adultos, y que no pertenecen ni al orden monástico ni al eclesiástico. Reviste, una importancia especial por la extensa exposición de todo el proceso de entrada y formación de los monjes desde que llegan al monasterio hasta su incardinación definitiva a la comunidad.

Contenido del capítulo:

1-4

Período de postulantado.

5-16

El noviciado.

17-29

Profesión

 

 

Capítulo LVIII. Del modo de recibir a los hermanos.

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

11 abr., 11 ago., 11 dic.

1Cuando alguien llega por primera vez para abrazar la vida monástica, no debe ser admitido fácilmente. 2Porque dice el apóstol: “Someted a prueba los espíritus, para ver si vienen de Dios”.

3Por eso, cuando el que ha llegado persevera llamando y después de cuatro o cinco días parece que soporta con paciencia las injurias que se le hacen y las dificultades que se le ponen para entrar y sigue insistiendo en su petición, 4debe concedérsele el ingreso, y pasará unos pocos días en la hospedería.

5Luego se le llevará al lugar de los novicios, donde han de estudiar, comer y dormir. 6Se les asignará un anciano apto para ganar almas, que velará por ellos con la máxima atención.

7Se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios, si pone todo su celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones. 8Díganle de antemano todas las cosas duras y ásperas a través de las cuales se llega a Dios. 9Si promete perseverar, al cabo de dos meses, se le debe leer esta regla íntegramente 10y decirle: “Esta es la ley bajo la cual pretendes servir; si eres capaz de observarla, entra; pero, si no, márchate libremente”. 11Si todavía se mantiene firme, llévenle al noviciado y sigan probando hasta dónde llega su paciencia.

12Al cabo de seis meses léanle otra vez la regla, para que se entere bien a qué entra en el monasterio. 13Si aún se mantiene firme, pasados otros cuatro meses, vuélvase a leerle de nuevo la regla. 14Y si, después de haberlo deliberado consigo mismo, promete cumplirlo todo y observar cuanto se le mande, sea entonces admitido en el seno de la comunidad; 15pero sepa que, conforme lo establece la regla, a partir de ese día ya no le es lícito salir del monasterio, 16ni liberarse del yugo de una regla que, después de tan prolongada deliberación, pudo rehusar o aceptar.

 

12 abr., 12 ago., 12 dic.

17El que va a ser admitido, prometa delante de todos en el oratorio perseverancia, conversión de costumbres y obediencia 18ante Dios y sus santos, para que, si alguna vez cambiara de conducta, sepa que ha de ser juzgado por Aquel de quien se burla. 19De esta promesa redactará un documento en nombre de los santos cuyas reliquias se encuentran allí y del abad está presente. 20Este documento lo escribirá de su mano, y, si no sabe escribir, pedirá a otro que lo haga por él, trazando el novicio una señal, y la depositará con sus propias manos sobre el altar. 21Una vez depositado, el mismo novicio entonará a continuación este verso: “Recíbeme, Señor, según tu palabra, y viviré; no permitas que vea frustrada mi esperanza”. 22Este verso lo repetirá tres veces toda la comunidad, añadiendo Gloria Patri. 23Póstrese entonces el hermano a los pies de cada uno para que oren por él; y ya desde ese día debe ser considerado como miembro de la comunidad.

24Si posee bienes, antes ha debido distribuirlos a los pobres o, haciendo una donación en la debida forma, cederlos al monasterio, sin reservarse nada para sí mismo. 25Porque sabe muy bien que, a partir de ese momento, no ha de tener potestad alguna ni siquiera sobre su propio cuerpo.

26Inmediatamente después le despojarán en el oratorio de las propias prendas que vestía y le pondrán las del monasterio. 27La ropa que le quitaron se guardará en la ropería, 28para que, si algún día por sugestión del demonio consintiere en salir del monasterio, Dios no lo permita, entonces, despojado de las ropas del monasterio, sea despedido. 29Pero no le entreguen el documento que el abad tomó de encima del altar, porque debe conservarse en el monasterio.