V. Administración de la “Casa de Dios” (31-57)

 

mainFrame Introducción al capítulo XXXI.

La razón de ser del monasterio, el fundamento de la sociedad cenobítica, el aglutinante de los monjes, es la vida sobrenatural, una comunión de ideales y una concordancia en la elección de los medios para alcanzarlos. Pero al ser instituida esta sociedad, por la misma naturaleza de sus componentes y la forma de vida que llevan en el monasterio, salen al paso una serie de dificultades de orden temporal que es preciso aceptar y resolver para asegurar el normal desarrollo de todo el organismo monástico. Las necesidades de la vida individual de los miembros en el orden material, tienen que ser atendidas; cada uno de los componentes de la comunidad ha de ocupar un lugar determinado; deben relacionarse los hermanos, y son necesarios unos principios que regulen tales relaciones. Es menester, en fin, un horario preestablecido para que todo corra por un cauce de continuidad y orden, un programa de vida según las condiciones y necesidades peculiares del monasterio. Finalmente, el monasterio como tal vive y se mueve dentro de una sociedad con la cual debe alternar y ha de tener sus contactos. Todo ello precisa normas fijas y determinadas, para no dar lugar a arbitrariedades y exponer el conjunto monástico al desorden y al fracaso.

 

Bienes temporales. (31-34)

El abad en su monasterio no puede extender su solicitud, al menos de una manera directa e inmediata, a las cosas materiales, administrándolas por sí mismo. Por lo que a la persona de los monjes atañe, queda este tramo tratado suficientemente (21-30). Ahora abordará san Bento el tema del mayordomo, en quien descansa la administración de las cosas temporales. Ejerce éste un oficio diaconal con respecto al abad y a los monjes. Provee a la comunidad de todo lo necesario: instrumentos de trabajo, manutención y vestido y su solicitud abarca a todos los que viven en el monasterio, especialmente a los niños, ancianos y enfermos, y también a aquellos que de diversos modos han trabado relación con el cenobio, como son los pobres, peregrinos y toda clase de huéspedes. Los capítulos 31-34 los dedica san Benito a tratar en concreto de la administración de los bienes temporales (31-32) y de su uso (33-34)

 

Contenido del capítulo:

1-2

Figura del mayordomo.

3-9

Cualidades del mayordomo en relación con los monjes.

10-12

Cualidades del mayordomo en relación con las cosas materiales.

13-16

Las tres virtudes fundamentales en el ejercicio de su cometido.

17-19

Ayuda que se le proporciona al mayordomo.

 

 

Capítulo XXXI. Cuál debe ser el mayordomo del monasterio.

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

8 mar., 8 jul., 7 nov.

 

1Para mayordomo del monasterio será designado de entre la comunidad uno que sea sensato, maduro de costumbres, sobrio y no glotón, ni altivo, ni perturbador, ni injurioso, ni torpe, ni derrochador, 2sino temeroso de Dios, que sea como un padre para toda la comunidad. 3Estará al cuidado de todo. 4No hará nada sin orden del abad. 5Cumpla lo que le mandan. 6No contriste a los hermanos. 7Si algún hermano le pide, quizá, algo poco razonable, no le aflija menospreciándole, sino que se lo negará con humildad, dándole las razones de su denegación. 8Vigile sobre su propia alma, recordando siempre estas palabras del Apóstol: “El que presta bien sus servicios, se gana una posición distinguida”. 9Cuide con todo su desvelo de los enfermos y de los niños, de los huéspedes y de los pobres, como quien sabe con toda certeza que en el día del juicio ha de dar cuenta de todos ellos. 10Considere todos los objetos y bienes del monasterio como si fueran los vasos sagrados del altar. 11Nada estime en poco. 12No se dé a la avaricia ni sea pródigo o malgaste el patrimonio del monasterio. Proceda en todo con discreción y conforme a las disposiciones del abad.

 

9 mar., 9 jul., 8 nov.

13Sea, ante todo, humilde, y, cuando no tenga lo que le piden, dé, al menos, una buena palabra por respuesta, 14porque escrito está: “Una buena palabra vale más que el mejor regalo”. 15Tomará bajo su responsabilidad todo aquello que el abad le confíe, pero no se permita entrometerse en lo que le haya prohibido. 16Puntualmente y sin altivez ha de proporcionar a los hermanos la ración establecida, para que no se escandalicen, acordándose de los que dice la Palabra de Dios sobre el castigo de “los que escandalicen a uno de esos pequeños”.

17Si la comunidad es numerosa, se le asignarán otros monjes para que le ayuden, y así pueda desempeñar su oficio sin perder la paz del alma. 18Dése lo que se deba dar y pídase lo necesario en las horas determinadas para ello, para que nadie se perturbe ni disguste en la casa de Dios.