Introducción al capítulo XXVII

 

El espíritu cristiano y monástico juzga de las penas bajo un aspecto sobre todo medicinal. Al mismo tiempo no considera al culpable como un ser al que hay que abandonar a su miseria, sino como a un enfermo que necesita de todas las atenciones. San Benito se mueve constantemente en este ambiente tan bellamente indicado por Cristo, y escribe una de las páginas de más rectitud, comprensión y bondad que salieron de su pluma.

Contenido del capítulo:

1-4 El abad como médico de las almas
5-9 El abad como pastor de las almas

 

 

Capítulo XXVII. Cuán solícito debe ser el abad con los excomulgados
Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

4 mar., 4 jul., 3 nov.

 

1El abad se preocupará con toda solicitud de los hermanos culpables, porque “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. 2Por tanto, como un médico perspicaz, recurrirá a todos los medios; como quien aplica cataplasmas, esto es, enviándoles monjes ancianos y prudentes, 3quienes como a escondidas consuelen al hermano vacilante y le muevan a una humilde satisfacción, animándole “para que la excesiva tristeza no le haga naufragar”, 4sino que, como dice también el Apóstol, “la caridad se intensifique” y oren todos por él.

5Efectivamente, el abad debe desplegar una solicitud extrema y afanarse con toda sagacidad y destreza por no perder ninguna de las ovejas a él confiadas. 6No se olvide de que aceptó la misión de cuidar espíritus enfermizos, no la de dominar tiránicamente a las almas sanas. 7Y tema aquella amenaza del profeta en la que dice Dios: “Tomabais para vosotros lo que os parecía pingüe y lo flaco lo desechabais”. 8Imite también el ejemplo de ternura que da el buen pastor, quien, dejando en los montes las noventa y nueve ovejas, se va en busca de una sola que se había extraviado; 9cuyo abatimiento le dio tanta lástima, que llegó a colocarla sobre sus sagrados hombros y llevarla así consigo otra vez al rebaño.