Introducción al capítulo XII.

El oficio de la mañana tenía señalado un momento del día que se mantenía fijo contra todas las contingencias posibles. Era la hora de la luz. La habían tenido en gran estima los cristianos, y la tradición monástica comparte ese aprecio haciéndola inamovible. Así se conservaba el simbolismo del triunfo de la luz sobre las tinieblas como expresión de la victoria de Cristo sobre la muerte, la gracia sobre el pecado. El contenido del capítulo lo constituye solamente una parte de la ordenación del oficio de la mañana, ya que no comprende más que el domingo; en el capítulo siguiente se completará con los días feriales.

Su esquema, para el domingo, es el siguiente:

Introducción

 

Verso (43,10), el salmo 66 sin antífona y el 50 con aleluya.

Parte central:

 

a) Dos salmos (117 y 62) y el cántico de los tres jóvenes en el horno de fuego (Benedictiones), y los Laudate (salmos 148, 149, 150)

 

b) Una lección breve (del Apocalipsis), responsorio, himno, verso, cántico del Evangelio (o sea el Benedictus)

Parte conclusiva:

 

Letanía y las otras plegarias finales, y el Pater noster (13,12-14) antes o después de las plegarias finales, como en Vísperas (17,8)

 

 

Capítulo XII. Cómo ha de celebrarse el oficio de Laudes.

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre 

14 feb., 15 Jun., 15 oct.

 

1En las laudes del domingo se ha de decir, en primer lugar, el salmo 66, sin antífona y todo seguido. 2Después, el salmo 50 con aleluya. 3A continuación, el 117 y el 62; 4luego, el Benedicite y los Laudate, una lectura del Apocalipsis, de memoria, y el responsorio, el himno ambrosiano, el verso, el cántico evangélico, las preces litánicas, y de esta manera se concluye.