SAN BENITO

LA SANTA REGLA

1 en., 2 may., 1 set.

PRÓLOGO

 

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

1 Escucha, oh hijo, los preceptos del maestro e inclina el oído de tu corazón; acoge de grado y cumple con eficacia la admonición del padre piadoso, 2 a fin de que vuelvas por el trabajo de la obediencia a Aquel de quien te habías apartado por la desidia de la desobediencia.

3 A ti, pues, se dirige ahora mi palabra quienquiera que seas, que renunciando a tus propias voluntades, empuñas las fortísimas y esclarecidas armas de la obediencia, para militar bajo el verdadero rey, Cristo Señor

4-7. 4 Ante todo, pídele con oración muy fervorosa que perfeccione cualquier obra buena que emprendas; 5 para que, pues se ha dignado ya contarnos en el número de sus hijos, jamás deba enojarse por nuestras malas acciones. 6-7. 6. Porque de tal suerte hemos de servirle en todo tiempo con sus bienes que hay en nosotros, que no sólo cual padre airado no desherede algún día a sus hijos, 7 sino que ni como señor temible, irritado por nuestras maldades, condene a pena eterna, como siervos malvados, a los que no quisieron seguirle a la gloria.

2 en., 3 may., 2 set.

8-13. 8 Levantémonos, pues, de una vez a las excitaciones de la Escritura, que nos dice: Ya es hora de despertar. 9 Y abiertos nuestros ojos a la luz deífica, escuchemos atónitos lo que a diario nos amonesta la voz divina que clama: 10-13. 10Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. 11 Y también: El que tiene oídos para oír, escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias. 12 Y ¿qué dice? Venid, hijos, escuchadme; os enseñaré el temor del Señor. 13 Corred mientras tenéis la luz de la vida, para que no os envuelvan las tinieblas de la muerte.

3 en., 4 may., 3 set.

14-39. 14-20. 14 Y buscando el Señor a su obrero entre la muchedumbre del pueblo, al que endereza tales palabras, dice otra vez: 15 ¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea gozar días felices? 16 Y si tú, al oírlo respondieres: “Yo”, dícete el Señor: 17Si deseas gozar verdadera y perpetua vida, guarda tu lengua del mal y no profieran tus labios dolo alguno. Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y guela”. 18 Y cuando esto hiciereis, pondré mis ojos sobre vosotros y mis oídos atenderán a vuestros ruegos, y antes de que me invoquéis os diré: Aquí me tenéis. 19 ¿Qué cosa más dulce para nosotros, hermanos carísimos, que esta voz del Señor que nos invita? 20 Ved cómo en su piedad nos muestra el Señor el camino de la vida.

4 en., 5 may., 4 set.

21b. 21 Ceñidos, pues, nuestros lomos con la fe y la observancia de las buenas obras, sigamos sus caminos, tomando por guía el Evangelio, a fin de que merezcamos ver en su reino a Aquel que nos llamó.

22-34. 22 Si queremos habitar en la morada de su reino, no llegaremos a ella si no es corriendo con las buenas obras. 23 Mas preguntemos al Señor, diciéndole con el Profeta: Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo, o quién descansará en tu monte santo? 24 Tras de esta pregunta, hermanos, oigamos al Señor que nos responde y señala el camino del mismo tabernáculo, 25-27. 25 diciendo: Aquel que anda sin pecado y obra la justicia; 26 el que habla verdad en su corazón; que no tiene dolo en su lengua; 27 que no ha hecho mal a su prójimo; que no da oídos a cosas afrentosas contra su semejante. 28 Aquel que rechazando de la vista de su corazón al diablo maligno junto con la misma sugestión con que intentaba persuadirle, le redujo a la nada y frustró sus nacientes designios estrellándolos en Cristo. 29 Los que temiendo al Señor, no se engríen por su buena observancia, antes, reconociendo que estos mismos bienes que en ellos hay no los pueden tener de sí mismos, sino que son obra de Dios, 30 glorifican al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. 31 Como tampoco el Apóstol Pablo se atribuyó nada de su predicación, diciendo: Por la gracia de Dios soy lo que soy; 32 y en otra parte dice él mismo: El que se gloría, gloríese en el Señor.

5 en., 6 may., 5 set.

33-34. 33 Por donde dice también el Señor en el Evangelio: A quién oye estás mis palabras y las cumple, le asemejaré al varón prudente que edificó su casa sobre roca: 34 vinieron los ríos, soplaron los vientos y embistieron aquella casa, pero no se derrumbó porque estaba fundada sobre piedra. 35-39. 35 Al terminar el Señor de proferir estas palabras, espera que nosotros hemos de responder cada día con hechos a sus santos avisos. 36 Que por eso se nos dan de tregua los días de esta vida, para la enmienda de nuestros males, 37 según dice el Apóstol: ¿Ignoras tú que la paciencia de Dios te estimula a penitencia? 38 En efecto, el piadoso Señor dice: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

6 en.,7 may.,6 set.

39 Habiendo, pues, hermanos, preguntado al Señor quién moraría en su tabernáculo, oímos ya el precepto para habitar en él: si cumplimos el deber del morador. 40-44. 40 Por tanto, prepárense nuestros cuerpos y nuestros corazones para militar bajo la santa obediencia de los preceptos; 41 y roguemos al Señor que se digne otorgarnos el auxilio 'de su gracia, para lo que no es posible a nuestra naturaleza.

42 Y si huyendo de las penas del infierno, queremos llegar a la vida eterna, 43-44. 43 preciso es que, mientras hay tiempo aún y moramos en este cuerpo y nos es dado cumplir todas estas cosas a la luz de esta vida, 44 corramos y practiquemos ahora lo que nos conviene para la eternidad.

7 en., 8 may., 7 set.

45-50 45 Vamos, pues, a establecer una escuela del servicio divino, 46 en cuya institución no esperamos ordenar nada duro, nada penoso. 47 Mas si dictándolo alguna razón de equidad, debiera disponerse algo un tanto más severamente para la enmienda de los vicios y conservación de la caridad, 48 no rehúyas en seguida, sobrecogido de temor, el camino de salvación, que no puede iniciarse sino por un principio estrecho. 49 Pero, por el progreso en la vida monástica y en la fe, dilatado el corazón, córrese con inenarrable dulzura de caridad, por el camino de los mandamientos de Dios. 50 De modo que, no apartándonos jamás de su magisterio, perseverando en su doctrina hasta la muerte en el monasterio, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, y merezcamos también acompañarle en su reino. Así sea.