CONSTITUCIÓN ORGÁNICA DEL MONASTERIO (CP. 1-3)

      La constitución orgánica del monasterio, que San Benito expone en los capítulos 1-3, es bien simple. Los monjes son los que componen la sociedad cenobítica. Todos se mueven en un plano de igualdad relativa, bajo el yugo de una regla y de un abad. Ésta es la forma, el principio vital, la autoridad única en la que todo estriba espiritual y temporalmente. La Regla (la ley eclesiástica) y el temor de Dios son los únicos límites fijados a su acción. Como auxiliares e los negocios, los monjes podrán aconsejarle, quedando, empero, en manos del abad la decisión final. Se trata, pues, de una constitución monárquica.

       

      Introducción al capítulo I

      El capítulo primero empieza hablando de los distintos géneros de monjes. Auténticos o falsos, dentro del mundo monástico existían monjes que diferían mucho los unos de los otros, a causa de los principios por que se regían, la forma de vida que llevaban y el ideal que perseguían. San Benito habla de una clasificación y precisa su pensamiento. A los monjes se les concibe como hombres que lo abandonan todo y se retiran a la soledad para consagrarse de lleno a la búsqueda de una vida sobrenatural y vivir sólo para Dios .

       

      Contenido del capítulo:

1.

Tema: géneros de monjes

2.

Cenobitas

3-5.

Anacoretas

6-9.

Sarabaítas

10-11.

Giróvagos

12-13.

Conclusión

    

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

Capítulo I. De los géneros de monjes

 

8 en., 9 may., 8 set.

1Sabido es que hay cuatro géneros de monjes.

2El primero es el de los cenobitas, es decir, monasterial, que militan bajo una regla y un abad.

3Luego, el segundo género es el de los anacoretas, esto es, de los ermitaños, quienes, no por un fervor de vida novicio, sino por larga prueba en el monasterio, 4instruidos ya con la ayuda de muchos, aprendieron a combatir contra el diablo; 5y bien adiestrados en las filas de sus hermanos para el singular combate del yermo, seguros ya, sin el socorro ajeno, se bastan con el auxilio de Dios, para luchar con sólo su mano y su brazo, contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

9 en., 10 may., 9 set.

6 El tercero y sumamente detestable género de monjes, es el de los sarabaítas, quienes, sin haber sido probados por regla alguna, con el magisterio de la experiencia, como oro en el crisol, antes ablandados a la manera del plomo, 7guardando todavía en sus obras fidelidad al mundo, se les ve mentir a Dios con la tonsura. 8Los cuales, de dos en dos o de tres en tres, o también solos, sin pastor, recluidos no en los apriscos del Señor sino en los propios, tienen por ley la satisfacción de sus caprichos; 9pues canto piensan o eligen llaman santo y lo que no les place juzgan ser ilícito.

10El cuarto género es el de los monjes que llaman giróvagos, que a lo largo de su vida se hospedan tres o cuatro días por regiones, en distintos monasterios, 11siempre vagabundos y nunca estables, sirviendo a sus propias voluntades y a los deleites de la gula y peores en todo que los sarabaítas. 12De la misérrima vida de todos los cuales es mejor callar que hablar.

13Prescindiendo, pues, de éstos, vengamos con la ayuda del Señor, a reglamentar el fortísimo linaje de los cenobitas.

 

 

Capítulo II. Cuál debe ser el abad

Introducción al capítulo II

Conocido el género de monjes a quien se dirige la legislación monástica, o sea, los cenobitas, que militan bajo una regla y un abad, San Benito habla largamente del principio vital de esta sociedad: el abad. El abad es el que da forma al monasterio. Él es quien coordina todas las energías, tanto en el orden material como en el espiritual. Es el Señor que ejerce una autoridad absoluta; el padre que tiene providencia en todas las necesidades espirituales y temporales de sus hijos y que da al monasterio su carácter de familia; el maestro de quien procede la doctrina y la eliminación espiritual en la búsqueda de Dios y de la perfección; el pastor que conduce caminos del Evangelio; el médico que fortalecerá a los débiles para que no desfallezcan, y curará a los enfermos, evitando que se agraven sus dolencias y les lleven a la muerte, y amputando el miembro enfermo que pueda comprometer la vida de todo el cuerpo. En una palabra, el abad ocupará el lugar de Cristo y conformará su vida y acción a la de Él, perpetuando así su presencia y su gracia. La necesidad y absolutismo de esta autoridad no admite en la mente del patriarca contradicción alguna. Es uno de los principios fundamentales de la institución cenobítica y en la misma proporción en que se intente aminorarla, o abolirla, se esteriliza y se destruye la eficacia de la vida monástica en orden a la santidad y perfección. La Iglesia ha concretado algunos puntos más complejos en el ejercicio de esta autoridad, fijando normas para orillar los peligros que puedan ofrecerse, pero ha dejado intactas las ideas básicas que caracterizan la institución y le dan la forma precisa para poder crecer, desarrollarse y obtener la perfección.

Para los monjes no es éste un capítulo que les constituya en jueces o fiscalizadores del abad. Éste ocupa un lugar primordial e insustituible en la santificación de cada uno de ellos. La buena marcha de sus relaciones con el abad será para los monjes un síntoma de la propia rectitud y el mejor medio para ir a Dios. Alejarse o separarse de este principio vivificante, constituirá la disminución o el total rompimiento de la comunión con Dios. Faltando la fe y la confianza en el abad, la vida se termina. El único camino para el monje benedictino es, pues, el de la obediencia.

Contenido esquemático del capítulo:

1-3

El abad, vicario de Cristo. Dignidad.

4-10

Administrador de los intereses de Dios. Responsabilidad.

11-15

Maestro de la “escuela del servicio divino”. Misión.

16-40

Normas de gobierno:

 

 

a) 16-22. Imparcialidad

 

 

b) 23-29. Corrección juiciosa

 

 

c) 30-32 Flexibilidad y adaptabilidad

 

 

d) 33-36 El espíritu antes que la materia

 

 

e) 37-40. Principio estimulante y moderador: el juicio de Dios.

 

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

 

Capítulo II. Cuál debe ser el abad.

10 en., 11 may., 10 set.

1El abad que es digno de presidir un monasterio, debe siempre acordarse del nombre que se le da y llenar con obras el apelativo de superior. 2Porque se cree que hace las veces de Cristo en el monasterio, como quiera que se le llama con su mismo nombre,3según lo que dice el Apóstol: Recibiste el espíritu de adopción de hijos, por el cual llamamos: Abba, Padre. 4Por lo mismo, el abad nada debe enseñar, establecer o mandar que se aparte de los preceptos del Señor; 5antes bien, sus mandatos y doctrina, a modo de fermento de la divina justicia, han de difundirse en las almas de sus discípulos; 6acordándose siempre que de su doctrina y de la obediencia y de la obediencia de sus discípulos, de entrambas cosas se le pedirá cuenta en el tremendo juicio de Dios.

7Y sepa el abad que se imputará a culpa del pastor todo lo que el pare de familia pudiera echar de menos en el provecho de sus ovejas. 8Por otra parte, no es menos cierto que si hubiere desplegado toda la diligencia del pastor con la grey inquieta y desobediente, y aplicado a sus actos malsanos todo su cuidado, 9será absuelto como pastor de la misma en el juicio de Dios, y podrá decir con el Profeta al Señor: No escondí tu justicia en mi corazón: he manifestado tu verdad y tu salvación, pero ellos, menospreciándome, me desoyeron. 10Y entonces, por fin, sea la misma muerte la pena que prevalezca sobre la ovejas rebeldes a sus cuidados.

11 en., 12 may., 11 set.

11Luego Cuando alguno recibe el nombre de abad, debe presidir a sus discípulos con doble doctrina, 12esto es, que muestre todas las cosas buenas y santas más con hechos que con palabras; de suerte que a los discípulos capaces les proponga los mandatos del Señor verbalmente, y en cambio, a los duros de corazón y a los simples muestre los divinos preceptos con sus obras. 13Y todo aquello que enseñare a sus discípulos serles perjudicial, indique él con sus actos que no deben hacerlo, 14no sea que predicando a los demás, sea él hallado réprobo; y que al pecar le diga Dios algún día: ¿Por qué anuncias tú mis preceptos y tomas en boca mi alianza? Siendo así que has aborrecido mi ley y has echado a tus espaldas mis palabras. 15Y: Tú que veías una mota en el ojo de tu hermano, no viste una viga en el tuyo.

12 en., 13 may., 12 set.

16No haga acepción de personas en el monasterio. 17No ame a uno más que a otro, si no es al que hallare mejor en las buenas obras y en la obediencia. 18No se anteponga el noble al que procede de condición servil, de no existir otra causa razonable; 19mas, si dictándolo la justicia, así le pareciere al abad, lo hará de cualquier rango que sea; de lo contrario, conserven sus propios puestos, 20porque tanto el esclavo como el libre, todos somos uno en Cristo y prestamos bajo un solo Señor la milicia de una misma servidumbre, que ante Dios no hay acepción de personas. 21Sólo en este sentido se nos distingue anta Él: si somos hallados mejores que los otros en las buenas obras y humildes. 22Tenga, pues, igual caridad con todos, observando con todos la misma línea de conducta, según los méritos.

13 en.; 14 may.; 13 set.

23En su gobierno debe el abad observar siempre aquella norma del Apóstol que dice: Reprende, exhorta, amonesta; 24es decir, que combinando tiempos y circunstancias y el rigor con la dulzura, muestre la severidad del maestro y el piadoso afecto del padre, 25o sea: que a los indisciplinados e inquietos debe reprenderlos más duramente; en cambio, a los obedientes, pacíficos y sufridos debe exhortarles para que aprovechen más; a los negligentes y a los que menosprecias [la observancia], le amonestamos que les reprenda y castigue.

26Y no disimule los pecados de los delincuentes, sino que tan pronto como empiecen a nacer, córtelos de raíz con todas sus energías, acordándose de la desgracia de Helí, sacerdote de Silo. 27Corrija verbalmente amonestándoles una o dos veces a los más dóciles e inteligentes; 28a los malos, empero, y a los duros, a los soberbios y desobedientes, reprímalos en seguida que asome el vicio, con azotes y otras penas corporales, sabiendo que está escrito: El necio no se enmienda con palabras. 29Y también: Pega a tu hijo con vara y librarás su alma de la muerte.

14 en., 15 may., 14 set.

30Debe acordarse siempre el abad de lo que es, acordarse del nombre que se le da, y saber que a quien más se le confía, más se le exige. 31Y sepa cuán difícil y ardua cosa emprende: gobernar almas y adaptarse a los temperamentos de muchos; y a uno precisamente con halagos, a otro con reprensiones, a otro con la persuasión; 32y según la condición e inteligencia de cada cual, de tal manera se conforme y adapte a todos, que no sólo no sufra detrimento la grey que se le ha confiado, sino que se goce del aumento del buen rebaño.

15 ene., 16 may., 15 set.

33Ante todo, que descuidando o estimando en poco la salvación de las almas a él confiadas, no preste mayor solicitud por las cosas transitorias, terrenas y caducas; 34sino que piense siempre que ha recibido almas para gobernar, de las cuales habrá de rendir cuenta. 35Y para que no pretexte una posible penuria de bienes, acuérdese de lo que está escrito: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura.36Y en otra parte: Nada falta a los que le temen.

37Sepa que el que ha recibido almas que gobernar, debe prepararse para dar razón de ellas. 38Y tenga por cierto que según el número de monjes que sabe bajo su cuidado, de todas estas mismas almas habrá de dar razón al Señor el día del juicio, añadiendo sin duda la de la suya propia.

39Y así, temiendo siempre el futuro examen del pastor acerca de las ovejas a él confiadas, mientras se preocupa de la cuenta ajena, se va haciendo solícito de la suya propia; 40y al par que con sus exhortaciones procura la enmienda de los otros, va él mismo enmendándose de sus defectos.

 

 

Capítulo III. De convocar los monjes a consejo

 

Introducción al capítulo III

Toda la responsabilidad de los negocios del monasterio recae, según la Regla, sobre el abad. Él es quien debe resolver todos los problemas materiales y espirituales que se plantean durante su gobierno. Hallar la solución es a menudo cosa muy ardua. El abad es un hombre sujeto a error, como los demás, y San Benito, que desea que la casa de Dios sea bien administrada, le recuerda un principio de prudencia que esta vez ha colocado al final del capítulo: “haz las cosas con consejo y así no tendrás que arrepentirte”. El abad, pues, consultando el parecer de sus monjes, esclarece su propio pensamiento y puede resolver los asuntos del monasterio con más acierto. Con esta disposición quedará completa la constitución del cenobio.

Contenido del capítulo:

1-3

Convocación de toda la comunidad

4-6

Conducta del que aconseja y del que decide

7-11

Autoridad de la Regla

12-13

Convocación sólo de los ancianos

 

Comentario espiritual sobre la Regla de san Benito por Denis Huerre

16 en., 17 may., 16 set.

1Siempre que hubieren de tratarse cosas de importancia en el monasterio, convoque el abad a toda la comunidad y exponga él mismo de qué se trata. 2Y oído el consejo de los monjes, examínelo consigo mismo y haga lo que juzgue más útil. 3Y hemos dicho que sean todos llamados a consejo, porque a menudo revela Dios a un joven lo que es mejor.

4Emitan entonces los monjes su dictamen con toda sumisión y humildad, y no presuman defender procazmente lo que a ellos les parece; 5antes dependiendo de la resolución del abad, obedézcanle todos en lo que él estimare ser más conveniente. 6Pero así como conviene que los discípulos obedezcan al maestro, así procede también que él disponga todas las cosas con madurez y justicia.

17 en., 18 may., 17 set.

7Así, pues, en todas las cosas sigan todos la Regla como maestra y nadie se aparte de ella temerariamente.

8Nadie siga en el monasterio los impulsos de su propio corazón, 9y ninguno se atreva a discutir con petulancia con su abad o fuera del monasterio; 10y si tal hiciese, quede sometido a la disciplina regular. 11Mas el abad, por su parte, hágalo todo con temor de Dios y observancia de la Regla, sabiendo que indudablemente dará cuenta de todas sus determinaciones a Dios, justísimo juez.

12Pero si hubiere de tratarse cosas de menor monta para utilidad del monasterio, tome consejo únicamente de los ancianos, 13según está escrito: Hazlo todo con consejo y después de hecho no te arrepentirás.