Bienaventuranzas IV.

Bienaventurados los que lloran; porque ellos serán consolados (Mt 5,5)

 

En la Bienaventuranza anterior, la de los no violentos o mansos, hemos visto que somos peregrinos, caminamos hacia la tierra definitiva, pero viviendo todavía en esta tierra, en este mundo. La tierra es el camino para el cielo. La experiencia de cada día nos recuerda que la vida es dura, que el sufrimiento está al orden del día, y a pesar de que intentamos alejarlo, nos acompaña.

¿Dónde está el remedio? ¿En rebelarnos? ¿En amargamos? El remedio está en asumir la realidad con entereza, con fe, desde el triunfo de la resurrección de Cristo. Las Bienaventuranzas, en este sentido, son una manera noble y digna de estar en el mundo. Nos ayudan a situamos en la vida desde la fe.

Esta tercera Bienaventuranza nos va a orientar en esta línea. No olvidemos que estamos en la presencia de Cristo en el monte, en presencia de Cristo que nos habla. Para nosotros este Cristo es el Cristo que ha pasado por la cruz y ha resucitado. Nunca nos cansamos de decir que las Bienaventuranzas hay que leerlas a la luz de la resurrección de Cristo, como toda la Biblia. Tenemos que proyectar la luz de la resurrección sobre esta Bienaventuranza y sobre nuestras vidas.

Como resumen de todo lo que vamos a decir en esta charla, quisiera adelantaros un texto de S. Pablo: Rm 8,35-37: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos amo". Pablo conoce bien la situación de la humanidad, pero conoce también el amor de Cristo que da sentido a la vida de los hombres. Podemos triunfar en medio de los sufrimientos porque sabemos que Cristo nos ama. Ahí está el secreto. Nos hace partícipes de su triunfo (Flp 2,17-18).

Os anuncio el esquema que seguiremos:

  • Recordar qué se entiende por "llorar", qué es lo que supone
  • Después veremos las promesas de consuelo
  • La realización en Cristo: dolor y alegría
  • Consuelo
  • Concreción de la RB

 

1. Empezamos por la primera parte: Los que lloran. Esta Bienaventuranza nos recuerda el mundo real de nuestros dolores y sufrimientos. El llanto -el llorar- es expresión de nuestro sufrimiento interior: expresamos, manifestamos al exterior con el llanto lo que vivimos en el interior. El hecho de que nos hayamos comprometido a seguir a Cristo no nos exime del sufrimiento. A veces nos cuesta aceptar esta realidad, pero no podemos rehuirla. La debemos superar.

Tenemos que decir muy alto que Dios nunca es el autor del sufrimiento, del mal, en nosotros. Dios no quiere la aflicción humana, como tampoco quiere las guerras, los terremotos, la violencia, los accidentes. Dios nunca suscita el miedo que nos hace sufrir, la angustia que a veces nos agobia. Dios no quiere nada de eso, pero comparte con nosotros el sufrimiento de la humanidad. Se ha hecho solidario con nosotros para comunicamos su consuelo. Dios irrumpe para consolar; de ahí la Bienaventuranza.

Cada uno llevamos nuestro mundo de sufrimiento. A veces nos viene de las circunstancias, de nuestro entorno social, religioso, del tiempo que nos ha tocado vivir nuestra consagración en la vida religiosa. Otras veces será nuestro carácter y manera de ser y de ver las cosas. La ausencia de Dios, la sequedad en la oración. Cada uno somos un mundo distinto. Es interesante que nos asomemos un poco a nuestro interior doliente, no para quedamos en él, sino para salir y llegar a la Bienaventuranza, que nos promete Cristo. No olvidemos que le estamos escudando.

 

2. Promesas de consuelo. Esta Bienaventuranza tiene como trasfondo el texto de Is 61,1-2b: "El espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, por cuanto que me ha ungido. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahvé, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran". El profeta ha sido ungido para consolar a todos los que lloran. Tenemos aquí los dos verbos de la Bienaventuranza: llorar y consolar.

Además de este texto del tercer Isaías, podemos leer algunos del segundo Isaías. Los dos profetas han sido suscitados por Dios, y la palabra que trasmiten es una palabra divina que ayuda a leer e interpretar los acontecimientos del cautiverio de Babilonia.

La palabra inicial del segundo Isaías es: "Consolad , consolad, a mi pueblo" (40,1). Es el pueblo que está desterrado, lejos de su patria, sin templo, sin profeta, en Babilonia. Algo más tarde el profeta se convierte en alegre mensajero, que saltando de monte en monte, anuncia a los desterrados una Buena Noticia: "Ya reina tu Dios". Es un momento importante en la historia: Dios ha empezado su intervención salvífica a favor de los que sufren.

Y hay una voz que se encarga de trasmitir esta Buena Noticia del mensajero: esta Buena Noticia ha de llegar hasta el pueblo que sufre en el cautiverio: "Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahvé a Sión. Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque ha consolado Yahvé a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén (Is 52,8-9).

Este sería el trasfondo que supone esta Bienaventuranza: la situación de dolor y sufrimiento que ha vivido el pueblo de Israel en el cautiverio. Sufrimiento físico y psíquico-espiritual. Pero Dios mismo les enviará el consuelo (cf. también Is 48,20;51,12). Cuando uno pierde el sentido de la vida, llega a un estado de angustia y desaliento. Pero siente la cercanía de Dios, y pone su confianza en El.

 

3 La actuación de Cristo. Cristo ha realizado las profecías del segundo y tercer Isaías: Lc 4,16-21. Aquí tenemos una luz importante para comprender nuestra Bienaventuranza. Ahora, con la llegada de Cristo, Dios demuestra que los que lloran serán consolados, porque ha inaugurado su Reino por medio de Cristo. Este es el motivo de la felicidad de los que sufren. Son los beneficiarios del Reino que Dios viene a inaugurar en Cristo.

Esta felicidad se basa en la obra salvadora de Cristo. Y Cristo no sólo anuncia la voluntad de Dios, sino que realiza en El lo que anuncia: vive primero la Bienaventuranza. De ahí nuestra esperanza. Algunos ejemplos de cómo Cristo ha vivido esta Bienaventuranza:

La primera parte:

  • Jesús llora ante la ciudad de Jerusalén que no quiere recibirle (Lc 19,41-44)
  • Llora la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,35)
  • Jesús sintió horror y angustia y tristeza en el huerto de los olivos (Mc 14,33)
  • Siente el silencio de Dios en la cruz (Mt 27,45-46)

La segunda parte:

  • En el huerto de los olivos en medio de la angustia dice al Padre "Hágase tu voluntad y no la mía" (Mc 14,36)
  • Muere en la cruz expresando su confianza en Dios: "En tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46)
  • La resurrección es su victoria: "Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ ánimo¡ yo he vencido el mundo" (Jn 16,33). Ha sido glorificado, ha entrado plenamente en la vida feliz del Padre
  • Desde entonces puede decir: "En verdad os digo que lloraréis y los lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo" (Jn 16,20.22)

Algunos casos en que la alegría se da como fruto de la resurrección de Cristo:

  • Mt 28,8: El ángel ha anunciado a las mujeres, que habían ido al sepulcro, la resurrección de Cristo (28,6.7). El resultado es: "Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo". Este es el fruto de la resurrección de Cristo.
  • Lc 24,41: Aparición de Cristo resucitado a los apóstoles: "Como ellos no acabasen de creer a causa de la alegría".
  • Lc 24,52: Después de la Ascensión del Señor, los apóstoles vuelven a Jerusalén con gran gozo.
  • Jn 20,20: La aparición de Cristo resucitado el día de la resurrección: "Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor"

La alegría de esta Bienaventuranza nace de Cristo resucitado, y es una alegría que es compatible con las tribulaciones de la vida. Aunque no desaparezcan las tribulaciones tenemos que alegrarnos porque Dios en Cristo ha salido a nuestro encuentro. El reino de Dios ha comenzado ya a realizarse. De ahí nuestra esperanza de una felicidad definitiva. Y Cristo nos ha prometido el Espíritu Consolador, que nos hará partícipes del triunfo de la resurrección de Cristo (Jn 16,6-8; 15,26).

 

4. El consuelo. La forma pasiva "serán consolados" indica que el consuelo viene de Dios. Dios es el autor del gozo. De esthemos hablado ya al hablar del trasfondo bíblico de la Bienaventuranza, y también al hablar de su realización en Cristo. Alguna concreción:

Pablo llama a Dios: "Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios" ( 2 Cor 1,3-4).

El consuelo que nos ofrece Dios en Cristo tiene el nombre de "Paráclito", el Espíritu Santo. "Consolator optime" le decimos en la secuencia de Pentecostés. Le hemos recordado ya. El Paráclito está con los discípulos para siempre (Jn 14,16-17). Anima por dentro la vida de los discípulos. Enseña a descubrir las palabras de Jesús (Jn 14,26; 16,13-15).

De esta manera, por medio del Espíritu, nos llega el consuelo de Dios. Es verdad que vivimos lejos del Señor, es verdad que caminamos por esta tierra que es camino hacia la Patria. Pero tenemos la esperanza firme de encontrarnos un día con el Señor. Entonces será realidad plena: "Vuestra tristeza se convertirá en gozo

 

5. S. Benito, hombre realista, reconoce la existencia del sufrimiento en la vide del monje. El monje para S. Benito es una persona que es peregrina, está de camino hacia a vida eterna (Prol 20), hacia la morada definitiva (Prol 24). Y S. Benito no duda en afirmar que este camino es estrecho: "Estrecho es el camino que conduce a la vida" (5,11). Pero mira el camino con optimismo, con alegría, porque el monje mira a Aquel que ha recorrido ya ese camino, es decir, a Cristo. Cristo nos invita a caminar con El. Ahí está la solución. Por ejemplo:

Prol 50: " De modo que, no apartándonos jamás de su magisterio, perseverando en su doctrina hasta la muerte en el monasterio, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, y merezcamos también acompañarle en su Reino". Es el consuelo de que nos habla la Bienaventuranza. Llegamos a participar en el consuelo de Cristo, en su triunfo, en su resurrección.

Prol 48-49: Benito afirma que los comienzos de la vida monástica son difíciles: "No puede iniciarse sino por un camino estrecho". Pero el corazón se dilata y se corre "con inenarrable dulzura de caridad". Es decir, que el Espíritu Santo dilata el corazón por el amor, y entonces se ama incluso lo difícil.

RB 7,38-39: S. Benito nos dice que incluso en el sufrimiento el monje debe llegar a la alegría interior: "Seguros en la esperanza de la divina retribución, prosiguen gozosos y dicen: mas en todas estas cosas triunfamos por Aquel que nos amó". Esta alegría en el sufrimiento es señal de que el corazón del monje está habitado por el Espíritu Santo (Ga 5,22). (cf también RB 35,3: evitar la tristeza; 31,7: no contristar a los hermanos)

 

Conclusión

Esta Bienaventuranza tiene aplicaciones para nosotros:

En primer lugar, nos invita a mirar a Dios, que no es indiferente ante el sufrimiento de la humanidad.

Nos invita también a mirar a Cristo, que ha pasado de la muerte a la vida, y desde su resurrección nos ofrece la luz para vivir con gozo.

Nos invita a mirar con esperanza nuestra vida de caminantes, peregrinos: vivir ahora la presencia-ausencia del rostro del Señor.

Un testimonio: El testimonio que dio un testigo que vio a D. Bonhófer, protestante que murió en los campos de exterminio nazi. Dice: "Estaba sereno y normal, y parecía estar a gusto, Su alma irradiaba paz en la sombría desesperanza de nuestra prisión. Era todo humildad y mansedumbre, y emanaba de él una atmósfera de felicidad y de alegría, hasta en los más insignificantes acontecimientos de la vida, así como de profunda gratitud por el hecho de vivir aún... Era uno de los pocos hombres que he conocido que realmente sentía a Dios próximo a él". (A. Aparicio Rodríguez, Las Bienaventuranzas evangélicas en la vida consagrada, pág. 173).