Las Bienaventuranzas

II. Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5,3)

 

Pienso que estamos ya en condiciones de abordar la lectura de las Bienaventuranzas: nos hemos colocado entre la muchedumbre que siguea Jesús al monte. Estamos convencidos de que la felicidad es un bien que deseamos todos en lo más escondido de nuestro corazón. Y hemos recordado el consejo de un filósofo: la llave que nos puede abrir la puerta de las Bienaventuranzas es la oración. Y tenemos presente que estamos viviendo en la vida consagrada y en toda vida cristiana, la necesidad de una confianza renovada en el amor de Dios.

Vamos a intentar escuchar a Jesús que nos quiere enseñar el camino que ha recorrido El para ser feliz. El nos enseña el camino y nos hace partícipes de su triunfo, de su camino hacia la Pascua y de su llegada al Padre. Estamos en cuaresma. Jesús nos dice que los pobres son bienaventurados. Y ¿qué bienaventuranza es ésa? ¿Cómo puede ser eso? ¿De dónde nos viene? Brevemente trataré estos puntos:

Qué entendemos por Bienaventuranza

Su fuente

Condiciones

Las actitudes de Cristo

El eco de la RB

 

1. Qué entendemos por Bienaventuranza. Si nos preguntaran qué entendemos por bienaventuranza, por felicidad, y nos dieran un bolígrafo y papel, creo que escribiríamos muchas cosas. Es una sed que anida en nuestros corazones, pero nunca saciada del todo en este mundo. Le preguntaron a uno "¿Qué es ser feliz en tu país?". Responde: "Poder llevar una vida normal. Salir fuera de la ciudad, sin que te secuestren, saber que el banco en el que están los ahorros de toda tu vida no va a ser desfalcado, comprobar que tu capacidad adquisitiva se mantiene estable con los años".

Hay un vocabulario variado para expresar la bienaventuranza: fortuna, dicha, felicidad, suerte, alegría. A veces la gente confunde la bienaventuranza con el placer, con el bienestar de un momento. Hay placeres que dejan a uno vacío, no son experiencias que nos plenifican: son momentáneos. Dice un autor: "Hay que reconocer la infelicidad intrínseca de una vida que termina, por muy feliz que parezca. Aunque esté colmada de felicidad hasta su término, es un engaño; la felicidad pende, en última instancia, de que la vida siga, de que no termina" (Julián Marías).

Se puede acabar todo en un momento. Por mucho que uno se esfuerce en realizarse, puede caer todo en un momento. Por eso, sólo Dios puede hacernos felices, bienaventurados, en plenitud de vida. La bienaventuranza no es una conquista humana, sino un don celestial. Se consigue por una participación en la Bienaventuranza de Cristo. Cristo es el gran protagonista de las Bienaventuranzas. Es el que las ha predicado y el que las ha vivido a lo largo de toda su vida. Y Cristo nos ofrece su camino, su Bienaventuranza.

 

2. De ellos es el Reino de los Cielos. Aquí está la fuente principal de esta Bienaventuranza, y también su objetivo. La expresión "Reino de los Cielos" es equivalente al "Reino de Dios". Los judíos dicen "Cielos" para no utilizar el nombre de Dios, por respeto. Jesús nos pone aquí mirando a Dios Padre. Mirando a una acción extraordinaria de Dios, que envía su victoria, su felicidad a la humanidad por medio de Jesús. Y aquí tendríamos que paramos un buen rato para recordar todo lo que supone este tema del Reino de Dios.

Significa que Dios ha empezado a establecer su vida, su felicidad con los hombres y mujeres del mundo, su salvación. Dios comunica su vida, su victoria. Por ejemplo, al terminar el cautiverio de Babilonia, un profeta anuncia la liberación de esta manera: "Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que dice a Sión: Ya reina tu Dios" (Is 52,7). Estamos al final del cautiverio de Babilonia. Israel ha terminado su estancia en Babilonia. Y ¿Cómo anuncia el profeta esta liberación? Dios empieza a ser Rey, es decir, a establecer su reinado, su victoria, su salvación. Esta liberación no es obra de hombres, es obra de Dios, es obra del poder de Dios. Y esta realeza de Dios, este Reino de Dios, traerá paz y alegría a Israel y se extenderá a todas las naciones.

Este mensajero que anuncia paz y alegría, ahora es Cristo. El que anuncia y el que realiza la victoria de Dios, la alegría y la felicidad de Dios, es Cristo. Con la llegado de Cristo, el Reino de Dios empieza ya una nueva etapa. Desde la llegada de Cristo la humanidad empieza una nueva etapa: se acerca algo grande.

Este acercarse del Reino de Dios tiene doble dimensión: Esta salvación -Reino de Dios- que nos ha traído Cristo, empieza a realizarse aquí en el tiempo actual. Toda la vida de Jesús, sus milagros, sus gestos, sus palabras, su muerte y resurrección, todo es señal de que la salvación de Dios está ya presente. La otra dimensión: esta salvación encontrará su plena realización en la segunda venida de Cristo, en la escatología.

Esta es la gran esperanza de la humanidad en busca de la felicidad, de la bienaventuranza: el Reino que empieza a realizarse, el sol que empieza a despuntar en la aurora, y la esperanza de que un día se realizará en su plenitud. La fuente de la Bienaventuranza es el amor de Dios, que se manifestó ya en la creación haciendo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, y ese mismo amor se manifiesta en Cristo ahora, y se manifestará definitivamente en la escatología. Ahí está el secreto de la Bienaventuranza, en participar en esa acción salvífica de Dios en Cristo. La Bienaventuranza que nos ha predicado Cristo es don, que debemos hacer fructificar. Es don y es exigencia

 

3. Las condiciones. ¿Qué condiciones hemos de cumplir para participar en ese Reino de Dios comunicado por Cristo? ¿Cómo participar en la Bienaventuranza de Cristo? S. Mateo tiene una condición importante: pobres de espíritu. Los pobres de espíritu son ya bienaventurados, porque están capacitados para aceptar el Reino de Dios. Es como una llamada urgente a tener las cualidades necesarias para participar en la salvación ofrecida por Cristo, y así entrar en la dicha del Reino. Es una llamada a la conversión. Vamos a intentar concretar el significado de esta expresión: pobres de espíritu.

No se trata aquí de la pobreza material, económica, como es en la redacción de Lucas, sino que se trata de una transposición de la idea de pobreza del plano material al espiritual: expresa una actitud interior del alma, manifestada y vivida día a día para poder entrar en el Reino de Dios y vivir la Bienaventuranza. No es una evasión de las realidades de la vida, sino cómo vivir las realidades de la vida con las actitudes con que ha vivido Cristo. Es una actitud que debe ser iluminada y dirigida por la muerte y resurrección de Cristo.

Qué no es "espíritu de pobreza": no expresa la actitud de una persona con poca capacidad intelectual, disminuida con los años. Se trata más bien de la humildad auténtica. Los Padres de la Iglesia han visto en esta expresión la humildad. Pobre de espíritu es una persona humilde; se siente amado por Dios y pone toda su confianza en Dios De ahí le viene la felicidad, la seguridad en su vida, no de sus logros.

La pobreza espiritual es la actitud de la persona disponible ante Dios y ante los demás, en especial con las personas necesitadas. Se sabe y se acepta incapaz de salvarse a sí mismo, pero seguro de ser salvado por Jesucristo. Se siente débil, pecador, pero la conciencia de ser pecador no le abruma, sino que le lanza hacia Dios con una confianza inmensa. Incluso se alegra de ser débil, porque sabe que los pobres y débiles y los pecadores tienen un privilegio especial en el Reino de Dios que ha inaugurado Cristo.

Sabe que la resurrección de Cristo es el triunfo completo de Dios para la humanidad. Sabe que toda su vida tiene sentido porque participa en el triunfo de Cristo resucitado. De ahí su bienaventuranza. Por eso, no se desanima con los fracasos humanos, la enfermedad, o cualquiera forma de pobreza, contrariedades, ni con su pecado. Todo eso lo acepta como purificación, para incorporarse a la cruz de Cristo y participar en su resurrección. Es sencillamente una actitud filial, una relación de hijo con el Padre, entrar en la dinámica que ha vivido Jesús durante su vida con su Padre.

Algunos textos de S. Mateo que aclaran esta expresión "pobres de espíritu":

- Mt 18,1-4: Tenemos la pregunta de los discípulos a Jesús: "Quién es el mayor en el Reino de los Cielos? La respuesta de Jesús es poner un niño en medio de ellos y decirles: "Si no cambiáis y os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos". Se trata de la posibilidad de entrar en el Reino, y el niño que tienen delante los discípulos, es el modelo que tienen que imitar. Esto debe hacer comprender a los discípulos lo que deben ser: tienen que abajarse. Se tata de hacerse pequeño como los niños. Y para eso es necesario convertirse, es necesario un cambio (si no cambiáis y os hacéis), porque instintivamente tendemos a afirmamos, a hacer ostentación de nuestras posibilidades. Este texto del sermón de la Comunidad, creo que puede ser un buen comentario de la expresión "pobre de espíritu". Es el camino auténtico de la Bienaventuranza.

- Mt 23,11: " El mayor entre vosotros será vuestro servidor". El camino del Reino que nos ha traído Cristo, y por lo mismo, el camino de la felicidad está en darse a los demás en servicio. Es la auténtica humildad, y por lo mismo, el camino de la felicidad.

 

4. Las actitudes de Cristo. Estas actitudes que estamos subrayando para ser felices, las encontramos en Cristo. En las Bienaventuranzas Jesús no hace más que proponer su experiencia. La dicha de que nos habla es su propia dicha. Las disposiciones de que nos habla, son sus propias disposiciones. ¿Cómo eran estas disposiciones de Jesús? Jesús es el Hijo pobre y obediente al Padre. Se ha hecho pequeño. Su mayor pobreza es vivir completamente volcado al Padre, vivir cumpliendo la voluntad del Padre constantemente. Toda su vida es expresión de su filiación. Jesús es todo disponibilidad, es todo receptividad. Vive recibiendo y vive dando. Su muerte ha sido la máxima expresión de su actitud filial. Y la resurrección ha sido la respuesta del Padre en que le engendra definitivamente como Hijo. Es la máxima bienaventuranza para El, y fuente de bienaventuranza para todos nosotros.

 

5. El eco de la RB. En este contexto tendríamos que leer el cap. Vll de la RB (ver anexo I): todo un tratado sobre la humildad. Es un camino que nos configura a Cristo, y esa configuración nos trae la bienaventuranza, porque caminamos hacia la resurrección. Cumpliendo este capítulo, nos hacemos pobres de espíritu.

 

Conclusión

Esta primera Bienaventuranza que nos promete Jesús, es don de Dios. Es la participación en el Reino inaugurado por Cristo como preparación para el Reino definitivo. Nos viene de la muerte y resurrección de Cristo. Es participar en la alegría de Cristo resucitado (Jn 15,11). Es una felicidad a la medida de nuestra fe en Cristo resucitado. Es una dicha donde queda sitio para la cruz.

Nos pide unas condiciones: pobreza de espíritu, que es sinónimo de humildad, de disponibilidad, de servicio, de entrega a Dios y a los hermanos. Es el camino de la felicidad como lo ha sido para Cristo.

Quisiera recordaros cómo S. Benito presenta la cuaresma como un tiempo en que el monje vive las Bienaventuranzas. Habla de la oración con lágrimas, de la lectura, de la abstinencia de manjares y bebidas, y añade: "De suerte que cada cual, además de la medida que tiene prescripta, ofrezca espontáneamente algo a Dios con el gozo del Espíritu Santo" (RB, 49,6). Aquí tenemos el resumen de las Bienaventuranzas: la cuaresma para el monje es el tiempo en que recibe el Espíritu Santo para convertir todo en actitud filial. El Espíritu que recibimos en el bautismo hace que seamos pobres de espíritu, humildes y disponibles, y así encontrar el camino de la felicidad, el gozo.

Para terminar una anécdota de un asceta indio. Nos cuenta su aventura espiritual: "Para encontrar a Dios renuncié al mundo. Años de penitencia encorvaron mi cuerpo. Horas de meditación surcaron de arrugas mi frente. Mis ojos se hundieron a fuerza de mirar. Y por fin me atreví a llamar a las puertas del templo, a extender delante de Dios mis manos cansadas de pedir limosna... mis manos vacías ¿Vacías? ¡Pero si estaban llenas de orgullo! Y volví a salir del templo en busca de humildad. Era verdad, era verdad. Yo había llenado mi vida de penitencia, pero los hombres sabían muy bien y me honraban... y a mí me complacía. Ahora procuré hacerme despreciar de todos. Busqué humillaciones sin cuento. Hice que me trataran como polvo del camino. Y volví al templo a extender mis manos ante Dios. ¡Mira tus manos! Todavía están llenas de tu humildad. No quiero ni tu humildad ni tu orgullo. Quiero tu nada. Y volví a salir para despedirme de mi humildad. Y ando por el mundo tratando de aprender la lección de la nada. Y entonces, cuando mis manos estén vacías de todo... de todo..., vacías de mi mismo, volveré al templo, y Dios depositará en mis manos vacías la limosna infinita de su divinidad, la bienaventuranza" (A. Aparicio Rodríguez, las Bienaventuranzas en la vida consagrada, pág. 92).

"Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los idólatras que se extravían con engaños" (Sal 39,5 Vulg.)

 

 

Anexo I

 

San Benito de Nursia: La Regla, cap VII: La humildad

1La divina Escritura, hermanos, clama diciéndonos: Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. 2Al decir esto nos declara que toda exaltación es una especie de soberbia, 3de la cual indica el Profeta que se guardaba, diciendo: Señor, no se ha ensalzado mi corazón, ni se han ensoberbecido mis ojos; no anduve en grandezas, ni en cosas maravillosas sobre mí. 4Pero ved lo que añade en seguida: Si no he sentido humildemente de mi alma, dadle su merecido como al niño que le apartan del pecho de su madre.

5Por tanto, hermanos, si queremos alcanzar la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar velozmente a aquella celestial exaltación a la cual se asciende por la humildad de la vida presente,6preciso es erigir con nuestros actos ascendentes aquella escala que se apareció en sueños a Jacob, por la cual se le mostraba que bajaban y subían ángeles. 7No otra cosa sin duda entendemos en este bajar y subir, sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. 8En cuanto a la escala misma así erigida, representa nuestra vida en el mundo, que a medida que se humilla el corazón va elevando el Señor hasta el cielo. 9Porque los lados de ella decimos ser nuestro cuerpo y nuestra alma, lados sobre los cuales la vocación divina ha dispuesto diversos grados de humildad y ascetismo por los que debemos subir.

10Así, pues, el PRIMER GRADO de humildad consisten que poniendo siempre ante sus ojos el temor de Dios, huya echarlo jamás en olvido; 11y acordándose siempre de cuanto Dios tiene mandado, considere de continuo en su corazón, cómo el infierno abrasa por sus pecados a los que menosprecian a Dios, y cómo la vida eterna está aparejada para los que le temen. 12 Y absteniéndose en todo tiempo de los pecados y vicios, de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies y de la voluntad propia, procure también atajar los deseos de la carne. 13Piense el hombre que Dios le está mirando a todas horas desde los cielos, y que la mirada de la divinidad ve en todas partes sus acciones y que los ángeles le dan cuenta de ellas a cada instante.14Esto nos demuestra el Profeta cuando nos inculca que Dios siempre tiene presentes nuestros pensamientos, diciendo: Dios escudriña nuestros corazones y todo nuestro interior.15Y también: El Señor conoce los pensamientos de los hombres. 16Y aun: De lejos conociste mis pensamientos, 17y: El pensamiento del hombre te será manifiesto. 18Y para que se prevenga solícito contra sus pensamientos perversos, diga continuamente el monje aprovechado en su corazón: Entonces seré puro en su presencia, si me mantuviere siempre alerta contra mi iniquidad.

19Por lo que atañe a la propia voluntad, se nos prohíbe hacerla al decirnos la Escritura: Apártate de tus voluntades. 20Y también rogamos a Dios en la Oración que se cumpla en nosotros su voluntad.

21Con razón, pues, se nos enseña que no hagamos nuestra propia voluntad, pues nos evitamos aquello que dice la Escritura: Hay caminos que a los hombres parecen rectos, cuyo fin, no obstante, conduce a lo profundo del infierno. 22Y también por temor de aquello que se ha dicho de los negligentes: Hanse corrompido y hecho abominables en sus apetitos.

23En cuanto a los deseos de la carne, creamos igualmente que Dios está siempre presente, cuando dice el Profeta al Señor: Ante ti está todo mi deseo.

24Debemos, pues, guardarnos del mal deseo, como quiera que la muerte está apostada junto al umbral del deleite. 25De aquí que nos intime la Escritura diciendo: No vayas en pos de tus concupiscencias.

26Luego si los ojos del Señor observan a buenos y malos, 27y el Señor mira constantemente desde el cielo a los hijos de los hombres, por ver si hay quien sea inteligente y busque a Dios, 28y los ángeles que nos están asignados anuncian noche y día nuestras obras al Señor, 29es preciso, hermanos, proceder con tiento a todas horas, como dice el Profeta en el salmo, no sea que vea Dos que nos inclinamos al mal y nos hemos hecho inútiles; 30y perdonándonos en este mundo, porque es piadoso y espera que nos convirtamos a una vida mejor, nos diga en el futuro: Esto hiciste y callé.

31El SEGUNDO GRADO de humildad es si no amando el monje la propia voluntad, no se complace en satisfacer sus deseos; 32antes bien, imita con hechos aquella palabra del Señor que dice: No vine a hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió. 33Y también dice la Escritura: “El placer merece pena y la necesidad engendra la corona”.

34El TERCER GRADO de humildad es que se someta el monje al superior por amor de Dios con una obediencia sin límites, imitando al Señor, de quien dice el Apóstol: Hízose obediente hasta la muerte.

35El CUARTO GRADO de humildad es que en esa misma obediencia, en cosas duras y contrarias y aun ante cualquiera injurias que se le infieran, se abrace calladamente en su interior con la paciencia, 36y soportándolo todo, no se canse ni desista, pues dice la Escritura: El que perseverare hasta el fin, se salvará. 37Y también: Cobre aliento tu corazón y soporta al Señor. 38Y mostrando que el siervo fiel debe sufrirlo todo por el Señor, incluso las cosas contrarias, dice en la persona de los que sufren: Por ti sufrimos muerte cada día; se nos mira cual ovejas destinadas al cuchillo. 39Pero seguros en la esperanza de la divina retribución, prosiguen gozosos y dicen: Mas en todas estas cosas triunfamos por Aquel que nos amó. 40Y en otra parte también la Escritura: Oh Dios, nos pusiste a prueba, nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas un fardo. Povástenos, oh Dios; nos hiciste pasar por el fuego, como en el fuego se acrisola la plata; hicístenos caer en el lazo y amontonaste tribulaciones sobre nuestra espalda. 41Y para mostrar que debemos estar bajo un superior, prosigue diciendo: Pusiste nombres sobre nuestras cabezas. 42Pero observando además por la paciencia en las adversidades y afrentas, el precepto del Señor, heridos en una mejilla, ofrecen también la otra; al que les quita la túnica, abandonan también el manto; forzados a andar una milla, andan dos;43soportan con el Apóstol Pablo a los falsos hermanos, y bendicen a los que les maldicen.

44El QUINTO GRADO de la humildad es si por una humilde confesión no oculta a su abad ninguno de los malos pensamientos que sobrevengan a su corazón y el mal cometido ocultamente, 45exhortándonos acerca de esto la Escritura al decir: Descubre el Señor tu camino y espera en Él. 46Y también dice: Confesaos al Señor, que es bueno, que es eterna su misericordia. 47Otra vez el Profeta: Te di a conocer mi delito y no disimulé mi injusicia. 48Dije: confesaré mi iniquidad al Señor contra mi mismo, y Tú perdonaste la impiedad de mi corazón.

49El SEXTO GRADO de humildad es que el monje esté contento en toda vileza y menosprecio, y para todo lo que le mandan se juzgue siervo malo e indigno, 50diciéndose a sí mismo con el Profeta: Fui reducido a la nada y no me percaté: como un jumento he venido a ser en tu presencia, mas yo siempre estoy contigo.

51El SÉPTIMO GRADO de humildad consiste en que no sólo se proclame con su lengua el último y más vil de todos, sino que lo crea así con íntimo sentimiento del corazón, 52humillándose y diciendo con el Profeta: Yo soy un gusano y no un hombre; oprobio de los hombres y desecho de la plebe. 53Me he ensalzado y he sido humillado y confundido. 54Y también: Bueno fue para mí que me humillaras, para que aprenda tus mandamientos.

55El OCTAVO GRADO de humildad es que nada haga el monje sino lo que persuade la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores.

56El GRADO NONO de humildad es si el monje reprime su lengua para hablar, y guardando silencio, no habla hasta ser preguntado, 57enseñándonos la Escritura que en el mucho hablar no se evita el pecado,58y que el hombre hablador no prospera en le tierra.

59El DÉCIMO GRADO de humildad consiste en no ser fácil ni pronto en reír, porque escrito está: El necio en la risa levanta su voz.

60El UNDÉCIMO GRADO de humildad consiste en que cuando el monje hable, lo haga suavemente y sin risa, humildemente y con gravedad, diciendo pocas palabras y razonables y sin levantar la voz, 61como está escrito: El sabio se da a conocer por las pocas palabras.

62El DUODÉCIMO GRADO de humildad es si el monje, no solo en su corazón, sino también en su mismo cuerpo manifiesta siempre la humildad a cuantos le ven; 63esto es,, que en la Obra de Dios, en el oratorio, en el monasterio, en la huerta, de camino, en el campo y en todo lugar, sentado, paseando o de pie, esté siempre con la cabeza inclinada, fijos los ojos en tierra; 64y juzgándose a todas horas reo por sus pecados, crea hallarse ya en el tremendo juicio, 65diciendo de continuo en su corazón lo que dijo aquel publicano del Evangelio con la mirada fija en la tierra: “Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar mis ojos al cielo”. 66Y también con el Profeta: He sido totalmente abatido y humillado.

67Subidos, pues, finalmente, todos estos grados de humildad, llegará el monje en seguida a aquella caridad de Dios que, siendo perfecta, excluya todo temor; 68por ella todo cuanto antes observaba no sin recelo empezará a guardarlo sin trabajo alguno, como naturalmente y por costumbre; 69no ya por temor del infierno, sino por amor de Cristo y cierta costumbre santa y por la delectación de las virtudes. 70Lo cual se dignará el Señor manifestar por el Espíritu Santo en su obrero purificado ya de vicios y pecados.