4. Trabajo monástico

1. Actividad

 

La última vez os hablaba de los cambios y las discusiones que van teniendo lugar actualmente en la iglesia, en el campo de la educación y del monacato. Decía que me daba la impresión de que esta inquietud iba a durar muchos años; nos vemos obligados por un tiempo considerable a vivir en un período muy inestable. Esto plantea un problema al individuo. E intentaba poner de relieve la importancia de no permitir que las cosas que se discuten, y que pueden modificar nuestro estilo de vida, perturben la paz interior de cada individuo o la paz de la comunidad. Señalaba que habíamos de aprender a aceptar la situación presente, en la que cada uno de nosotros se encuentra, tanto si son tareas que no cuadran con nuestra manera de ser, como si son problemas personales o ideas no aceptadas. Hice resaltar la importancia de aceptar la cruz cuando nos viene al encuentro, y por último, de tener una confianza y una esperanza ilimitadas en Dios.

Vivimos en una época agitada. Ponemos en cuestión y criticamos casi todos los aspectos de la vida de la iglesia y la vida religiosa también. Una crítica buena y honrada es sana. Pero es mala si perturba al individuo y lo pone en tensión. Existe otro subproducto de la crítica y de ponerlo todo en cuestión, que puede ser perjudicial a la vida espiritual del individuo, y por consiguiente, a la de la comunidad. Es lo que san Benito, tal como os lo he recordado en ocasiones anteriores, llama «murmuración». En la Regla, san Benito nos pone en guardia una y otra vez, contra la murmuración. «La obediencia –dice- será solamente aceptable a Dios y agradable a los hombres, si lo que se manda se lleva a cabo no por temor, ni rezagadamente, ni sin ganas, ni murmurando, ni con palabras que demuestran poca voluntad». Así mismo, los servidores cumplirán su oficio sin murmuración. Lo mismo que en lo que se refiere a la medida del vino que bebemos y así otras cosas, como esto: «Amonestamos por encima de todo, que no haya murmuración entre ellos». Y en otra ocasión, cuando trata la cuestión de si todos deben recibir el mismo trato, dice: «Que el mal de la murmuración no se manifieste ni por la más pequeña palabra o señal, por el motivo que fuese». Y para que no os penséis que todo lo encamino sólo en una dirección, leamos este pasaje: «Que el abad lo ordene y disponga todo de manera que las almas se salven, y que los hermanos puedan cumplir su obligación sin causa justa de murmuración». San Benito, desde luego, con su gran énfasis en las consultas y demás, reconoce la probabilidad, o la desea, de una crítica, pero sin amargura o un celo equivocado. El murmurar produce detrimento a la vida espiritual. Revela la no aceptación de la situación presente: y la situación presente en que nos encontramos, es en la que Dios quiere que estemos.

Hoy en día se habla mucho sobre la distinción que se ha de hacer entre la vida religiosa como tal y la vida clerical. Es verdad que para ser religioso no es necesario ser sacerdote, pero los religiosos son personas adecuadas para ser sacerdotes. Esta ha sido siempre nuestra tradición. Nuestra congregación, estoy hablando de los benedictinos ingleses, ha sido siempre una congregación activa, yo prefiero la palabra «mixta»: contemplación y acción. Históricamente hablando, nunca hemos trabajado para que esto fuera así. La vida monástica se ha ido desarrollando a lo largo de los años, con su cortejo de obligaciones, etcétera. Y también se ha desarrollado la dirección de un colegio. Pero me parece que si estas dos cosas se han de ajustar más fácilmente la una con la otra, se ha de hacer alguna modificación: yo abogo por que se haga alguna modificación en la observancia monástica, que permita aliviar las tensiones que pueden surgir entre una vida monástica a gran escala y una actividad en el colegio a gran escala. Hoy en día corren muchos esquemas para una reducción del Oficio 1, para hacer más simple la observancia monástica. Yo voy a favor de esto, en la medida en que sirva para unir la oración y el trabajo de una manera más equilibrada.

Nuestra vida incluye el compromiso en una actividad, y nuestra actividad es apostólica. No me impresiona la visión del monacato a partir de la premisa de que es una «huida del mundo». Históricamente, esta idea de la «huida» apareció bastante tarde, yo diría, hacia finales del siglo tercero. En los evangelios y en los Hechos de los apóstoles, el ideal era la vida apostólica. No es que me quiera adherir a esta tesis, pero es digna de tenerse en consideración. Por lo que a mí toca, nunca hubiera venido a esta comunidad si no hubiera tenido parroquias. Fuera lo que fuere lo que el futuro nos tenga preparado, tendríamos que tener bien claro que nuestros predecesores nos han transmitido algo sumamente precioso. Los que nos han precedido se han hecho santos en este género de vida, y han hecho una gran obra por Dios, tanto en nuestros colegios como en nuestras parroquias. Y no hay duda alguna de que nuestra acción en el colegio y en las parroquias no sólo es digna de consideración en ella misma, sino que también es sumamente provechosa para nuestras almas. El tratar con otras personas, ya sean muchachos del colegio o parroquianos, el ayudar a los demás, resulta ser uno de los medios más poderosos de acercarnos más estrechamente a Dios. Sería difícil explicar cómo se hace esto, pero es la experiencia de un gran número de personas. Nuestra doble actividad es sumamente satisfactoria, y esto es algo precioso, porque a lo largo de toda nuestra vida sentimos la bendición de saber que hacemos algo que vale la pena por sí mismo, que es de provecho para nosotros y, en todos los sentidos, simpático. Porque aunque es verdad que uno debe ver la cruz cuando le viene al encuentro y aceptarla, por otra parte, el trabajo ha de caer simpático y producir satisfacción, si es que la vida espiritual se ha de desarrollar normalmente. No puede ser todo cruz y austeridad.

Lo que quiero puntualizar es que nuestro trabajo, por su misma naturaleza, nos acerca más estrechamente a Dios, y es inmensamente beneficioso para nosotros individualmente. No hablo ya de la gran contribución que nuestro trabajo supone para la iglesia; digo simplemente que cada momento del día nos proporciona una oportunidad para acercarnos más estrechamente a Dios. Una dificultad, un problema, no son como a primera vista podría parecer una ocasión de tropiezo. Por el contrario, son escalones en nuestro camino hacia Dios.

 

 2. Profesor

 

El principio del curso ofrece una oportunidad para comunicaros algunos pensamientos básicos referentes al colegio. Como abad no puedo abandonar mi interés y mi responsabilidad por el colegio. Por el contrario, mi tarea consiste en asegurar que el colegio rinda la máxima contribución a la vida de la iglesia en este país. Actualmente hay dos puntos que se han de recalcar.

En primer lugar, hemos de hacer inventario y considerar cuidadosamente qué es lo que hacemos para enseñar y entrenar a los muchachos en la práctica de su religión, y así prepararlos para la vida en el mundo. Los principios básicos son siempre los mismos, pero estamos en el año 1966, no en el 1930 o en el 1920.

En segundo lugar, hemos de considerar qué es lo que podemos hacer para enseñar a los muchachos a trabajar por sí solos. Me parece que todos nos podríamos preguntar si en el pasado hemos tenido un cien por ciento de éxito en esta esfera. El arte de ser profesor se puede resumir de una manera muy simple: es enseñar a los chicos a que se enseñen a ellos mismos; enseñar a los muchachos a que ellos mismos se enseñen cómo han de vivir, cómo han de rezar, cómo han de trabajar, cómo han de dirigir sus vidas, cómo han de asumir una responsabilidad, etcétera. Y nosotros hemos de aprender qué es lo que podemos confiar a los muchachos y cuándo necesitaremos intervenir para mantener el equilibrio. El equilibrio implica saber lo que está pasando: qué es lo que podemos confiar a los muchachos y en qué momento necesitamos tomar las riendas en nuestras propias manos. El equilibrio significa saber lo que pasa, actuando en algunos casos y en otros haciendo parar la marcha de la acción.

Ser profesor es un arte difícil y también noble. Es difícil hasta el punto que siempre hemos de ser principiantes. Reflexionando sobre mi propia experiencia, muchas cosas las haría ahora de una manera totalmente distinta. Pero es un arte que se debe aprender, en parte por experiencia, y en parte, de aquellos que ya la han hecho. Y esto es muy importante. Yo aprendí a administrar la casa de los otros siete administradores, como se hacía entonces. Cuando somos jóvenes en el equipo, hemos de ser sensibles a la experiencia de los que nos han precedido, y mirad que hay una gran cantidad de experiencia en la comunidad.

Solamente añadiré que una gran fuente de satisfacción en nuestro colegio es la relación que hemos establecido con los muchachos.

Es ciertamente algo precioso y lo hemos adquirido con razón: lo hemos aprendido de aquellos que iban delante de nosotros. Ellos establecieron una maravillosa relación y un equilibrio que nosotros hemos heredado. Pero es algo que necesitamos vigilar, proteger y guardar como un tesoro. Hemos de tachar un equilibrio frívolo, estar en guardia contra una excesiva familiaridad, haciéndonos como «uno más entre los chicos», obteniendo así un falso éxito. Un cierto desprendimiento, un cierto control de uno mismo, la capacidad de decirse «no» a uno mismo conservando, sin embargo, cordialidad y amistad: ahí hemos de encontrar la llave para todo lo que podamos hacer por los chicos. Pero la nuestra, es una tradición preciosa que fácilmente podría acabar mal.

De la misma manera que el abad no puede llevar la dirección del colegio, por lo que delega a un director, tampoco el director puede dirigir cada uno de los departamentos. El también ha de delegar. Pero recordemos que básicamente es el director el que dirige el colegio, y esto lo hace por medio de un equipo. Pero el equipo está organizado jerárquicamente: administradores, prefectos de los alumnos más antiguos y otros oficiales. Y éstos, los administradores, los prefectos y los otros oficiales, deben saber cuándo han de remitir las cosas al director. Han de saber en qué momento las cosas que van siguiendo su curso han de pasar al examen del director: en este caso la equivocación estaría más bien en hablar demasiado que no en hablar demasiado poco.

Naturalmente, hay cosas que no se pueden remitir; cosas oídas bajo secreto de confesión, por ejemplo, un caso claro. Cosas también que podrían clasificarse como «confiadas en secreto». Pero el trabajo del colegio es un trabajo de equipo: toda la comunidad debe sentirse corporativamente y colectivamente responsable de todo lo que pasa en el colegio. Se ha de crear una comunidad que se considere como formando parte del show, del espectáculo. Digo que el colegio está organizado jerárquicamente, porque en una empresa tan enorme como ésta no podría ser de otra manera; pero cada uno tiene que desempeñar un papel, ha de aportar una contribución. Las ideas y las opiniones de cada uno son importantes y han de ser escuchadas. El director recibe a los miembros de la comunidad y a todos los de su plana mayor que van a hablar con él sobre el colegio y sus problemas, por más que es una persona cargada de ocupaciones. Aunque esto no lo he hablado con él, estoy seguro de que lo que digo es lo que él desearía que dijese: que, aunque tiene muchas ocupaciones, nadie tendría que hacer de esto un motivo para no molestarlo; si tenéis algo para decirle o deseáis que él os dé alguna explicación, tendríais que ir. Me aterroriza oír decir a la gente: «Oh, el abad está terriblemente ocupado, no debemos molestarlo». Esto no está bien. Si al abad hubiera de molestársele, debe ser molestado. Y lo mismo vale para el director.

Al abordar el nuevo curso, varias personas deben estar fuera del monasterio, ausentarse del coro y apartadas de la rutina de nuestra vida de monjes. Cuando era junior y joven sacerdote, acostumbraba a pensar: «Bien, se van. Esto significa el final de su vida monástica hasta la vigilia de navidad; y de todos modos, probablemente aun entonces estarán fuera». Después aprendí que de ningún modo es así.

Aquí, una casa tiene el monasterio por modelo 2. El prefecto de la casa es algo así como el abad, que vive en su comunidad: la casa. ¿Por qué? Para enseñar a los muchachos a ser cristianos entregados; y también el arte de vivir en comunidad. Esto es lo que él intenta hacer por sus sesenta muchachos, más o menos. Por esto está él allí con ellos. Cuando rezaba mi oficio, me gustaba pensar que era la contribución particular de la pequeña comunidad en la alabanza a Dios de la iglesia: la comunidad cuyo centro es la misa de la casa y las oraciones comunes. Acostumbraba a pensar que el modelo eran los doce monasterios benedictinos en Subiaco. Espero que esto no resulte ingenuo o fantástico, pero significaba mucho para mí, y tenía sentido. Como padre de esta pequeña comunidad, enseñaba a sus miembros a vivir la vida cristiana y a ser miembros de una comunidad. Estaba allá como su sacerdote, como si presidiera una pequeña parroquia. Y ésta es la razón por la que he estado siempre en contra de la idea de hacer asistir a misa a todo el colegio en un mismo lugar, todos al mismo tiempo.

Algunos no pueden asistir al coro porque nuestras obligaciones nos llaman a otra parte. En un monasterio ideal, en un mundo ideal, todos podríamos asistir al coro y también podríamos llevar a cabo nuestras tareas monásticas. De verdad, este es un ideal que nunca deberíamos perder de vista; pero mientras tanto, cada individuo ha de soportar el peso de interpretar la parte que le toca en el coro monástico, tan lejos como le sea posible. La misa conventual es un buen ejemplo, porque mi punto de vista ideal es que todo el convento estuviera presente a esta misa. Espero que un día esto será posible. Aunque no podamos asistir siempre, es y sigue siendo la responsabilidad corporativa de toda la comunidad, que la misa, centro del día monástico, sea celebrada dignamente y con la seriedad que corresponde a un acto que se hace por el honor y por la gloria de Dios. Por lo tanto os urjo, reverendos padres, a que cuando hayáis ordenado vuestro horario, lo repaséis cada uno de vosotros y anotéis los días en que con toda honradez os es posible asistir a la misa conventual, aunque sea a costa de alguna molestia o de algún esfuerzo extra en otro momento del día. Tal vez no podáis anotar sino un día, o posiblemente dos o tres, pero haced la decisión de asistir a la misa conventual los días que hayáis anotado, y perseverad. Si cada uno acepta este modo de ver —que la misa conventual es nuestra responsabilidad corporativa— nuestros principios estarán en orden.

A parte del principio en sí mismo, hay razones prácticas para esto, ya que precisamente en este año va a ser difícil hacer que las cosas marchen. Pero ahora habrá otro principio para los cantores. He hablado de esto con el director y nos hemos puesto de acuerdo en que cuando el trabajo es señalado por él o por los prefectos, algunos padres podrían estar disponibles algunos días para mantener el canto. Y así, en vez de dejar la responsabilidad de la asistencia a la misa conventual al abad o al prior, teniendo que ir a la caza de las personas, ahora será —como lo fue siempre o lo habría tenido que ser— la responsabilidad corporativa de todos.

Ahora debo proseguir con algunos puntos particulares, pero antes de hacerlo me gustaría citar a san Benito: «Por lo tanto, vamos a establecer una escuela del servicio del Señor y, al fundarla, esperamos no disponer nada duro o pesado. Pero si por una causa razonable, como es la enmienda de un vicio o la conservación de la caridad, hubiéramos de disponer algo más estricto, no te desanimes ni huyas del camino de la salvación, cuya entrada es estrecha». No me gustan las listas inacabables de prescripciones. Por otra parte, para conservar la caridad y la disciplina, es decir, para la marcha sin tropiezos de lo que está establecido, es necesario tener claros ciertos puntos. Pero que los anima el mismo espíritu que «acabo de decir sobre la misa conventual: se trata de nuestra responsabilidad corporativa.

Un último punto. Durante estos tres últimos años me he inquietado, sin saber qué hacer, por el número de monjes que salen del monasterio, durante el año, por navidad y por pascua. Para la marcha eficaz del colegio es necesario salir para trámites, para reuniones de profesores de ciencias, y demás. Esto es sumamente deseable. Y con toda franqueza, algunas personas necesitan salir, simplemente por salir. Reconozco todo esto y no deseo perjudicar la marcha eficiente del colegio ni la salud de los hermanos. Pero dicho esto, desearía que aprendiéramos a relajarnos aquí, más de lo que lo hacemos durante las vacaciones, con el sentimiento de que retirarse al monasterio, asistir al coro, y tomarse la vida más pausadamente, puede ser también relajante. Podemos caer en un estado mental en el que no podemos relajarnos a no ser que salgamos, y esto es malo para nosotros. Y no es bueno para la comunidad: porque cae fuera de lo ordinario el hecho de que nunca nos encontremos juntos, y si surgen desavenencias, es simplemente porque las personas están ausentes. Si estáis fuera la mayor parte de las vacaciones de navidad y pascua, y todo el mes de agosto, es fácil perder el contacto respecto a lo que la gente piensa, a lo que les preocupa, y demás. Y esto va especialmente para los prefectos de casas y otros sumergidos en el colegio: no proporcionan una oportunidad a los miembros más jóvenes de la comunidad para que los puedan conocer. Tendría que ser como una circulación a doble carril.

No puedo dictar reglas o principios respecto a esto. Me desconcierta dar con la manera de abordar el problema. Pero tal vez podríamos pensar todos sobre esto y no estar tan fácilmente dispuestos a tener ganas de salir. De nuevo lo repito, no se trata de reglas y reglamentos: es cuestión de calar el espíritu y la expectativa, queridos padres, de que a partir de ahora, más que la respuesta «Sí», preferiríais recibir como respuesta «No».

Ser profesor en el colegio, como la mayor parte de las cosas que hacemos por Dios, es un trabajo de «iceberg». Tal vez sea muy poco lo que se ve en la superficie, pero muy profundamente, bajo la superficie, hay algo que se va haciendo y que es muy, muy importante en la vida de un muchacho. Un verdadero contacto con hombres dedicados a Dios, conocidos como hombres dedicados a Dios y vistos como tales, tiene más valor que todo lo que nosotros pudiéramos decir o hacer. Los muchachos son muy perspicaces: son muchísimo más agudos de lo que pensamos, y saben reconocer si el hombre que cuida de ellos, o con el que ellos tienen que tratar, es auténtico o no. Pequeñas cosas pueden ejercer en los muchachos un efecto tremendo. Años más tarde, un hombre de veinticinco años, digamos, vendrá a vuestro encuentro y os dirá: «Siempre me acordaré de la primera cosa que Ud. me dijo. Yo llegué muy nervioso y preocupado de venir al colegio, y Ud. me dijo...». Tú, probablemente, no lo dijiste, o lo has olvidado, o fue algo muy trivial. Pero esto es lo que uno descubre trabajando como profesor en un colegio: son las mil y una cosas que uno dice o hace las que tienen una importancia y producen un efecto fuera de toda proporción. Es por esto por lo que vale la pena ser profesor: todo ayuda a la construcción de una vida. Lo que importa es lo que somos. Las cosas pequeñas son las que cuentan.

Una campana toca para el Oficio monástico del coro. Pero si yo continúo charlando sobre si esto debería ser así o asá, o así o asá en la formación de los equipos en el partido de rugby de mañana, o sobre si deberíamos llevar pantalones con tirantes o no, esto no es tan convincente como la obediencia a la campana. Cuando los muchachos ven que, como monjes, somos disciplinados y deseamos vivir plenamente nuestra vida monástica, esto produce un impacto mayor que el ir dando vueltas a lo que sea. Lo importante es lo que ellos ven que somos.

Así pues, queridos padres, solamente podremos ser hombres de Dios si somos hombres de oración. Seamos hombres de oración, y entonces seremos buenos monjes y, necesariamente, buenos profesores.

 

3. «...contemplata aliis tradere...»

 

La vida monástica es, por encima de cualquier otra cosa, una búsqueda de Dios. No consiste en la adquisición de las virtudes o en fomentar una integridad moral; no consiste en llevar la cruz, ni en ir decididamente al trabajo; ni en vivir bajo la obediencia; no proporciona al individuo un ambiente para descubrirse a sí mismo y trabajar para desarrollar su propia espiritualidad. Cada una de estas cosas constituiría una visión parcial de lo que es el monacato. Son parte componentes; medios, no fines. La finalidad es la búsqueda de la unión con Dios. En nuestro trabajo pastoral, nuestra tarea como monjes es, tal como lo formulé en ocasión de la renovación de los votos, contemplata aliis tradere: comunicar a los demás las cosas que han sido contempladas.

La contemplación no consiste solamente en mirar a Dios; para la mayoría de nosotros, ahora in via, consiste en buscar a Dios, y si de vez en cuando se nos concede alguna «visión» de él, esto será solamente un vislumbre otorgado por la gracia en lo que siempre será una «nube de desconocimiento». Así pues, cuando uso el término «contemplación» lo uso en el sentido de buscar a Dios. Esta búsqueda de Dios se hace a través de, con y en Cristo, en unidad con el Espíritu santo, de manera que en esta verdadera vida de la trinidad, podemos tributar todo honor y toda gloria a Dios, Padre todopoderoso. Creo que ésta es, en pocas palabras, la esencia de la vida monástica.

Es una búsqueda de Dios en comunidad. Este es un valor que se ha puesto de relieve en estos últimos años, y con razón. Y aunque piense que es verdad, que en el pasado nos hayamos podido sentir satisfechos precisamente de nuestra caridad como comunidad, sin embargo vamos a necesitar cada vez en mayor medida un sentido de comunidad, una conciencia de comunidad, un comprometerse en la comunidad. Sí, nuestra búsqueda de Dios es una búsqueda de Dios en comunidad, y es a la luz de esta idea como me gustaría proponer algunos cambios litúrgicos en nuestro modo de vivir. Estos cambios, en un sentido, son de naturaleza relajantes, pero en otro sentido son racionalizaciones, y creo que se han de justificar. Hoy en día, la iglesia está agitada, de esto estoy cierto; y estoy totalmente convencido que de aquí a uno o dos años habrá un gran número de vocaciones para la vida religiosa. Igualmente estoy totalmente convencido de que los jóvenes no vendrán al monasterio para ser monjes, a no ser que se dé un reto distintivo, y, si puedo decirlo así, a no ser que la vida se vea como algo que vale la pena, en la que un hombre puede ofrecerse a sí mismo y en la que hay un elemento de sacrificio. En estos últimos años se ha perjudicado a la vida religiosa pensando que la renovación es en cierta medida un dejarlo pasar casi todo y una relajación general. Esto ha sido un grave error.

Nuestra oración coral es importante y, como ya sabéis, algunos de nosotros hemos participado en grupos de oración, y estoy seguro que esto tendrá futuro: y ciertamente, es algo que vale para el presente. Una de las razones por lo que lo introduje, es porque el mundo va a tener que aprender a orar, y no pienso que el hombre moderno esté hecho para aprender a orar por medio de sermones: aprenderá a orar creando en sí disposiciones para la oración, y únicamente creará en sí mismo disposiciones para la oración si inicialmente ora con algún otro. Y me parece que son los grupos de personas que oran juntos los que van a difundir, como lo hicieron en otro tiempo, el «asunto» de la oración. Esta es una de las razones por lo que deberíamos hacerlo, intentar comprender lo que sucede. Cuando abrimos la boca en nuestros grupos de oración, me parece que no hemos descubierto todavía la manera de hacerlo, pero creo que todos hemos abierto la boca suficientemente, incluyéndome a mí mismo, para saber qué es lo que no se ha de decir. No tendríamos que predicarnos homilías los unos a los otros; ni tendría que ser un ejercicio estimulante de la conciencia practicado en comunidad; no tendríamos que tolerar el asemejarnos a un grupo de terapia; ni tendríamos que ser como gente que nos estamos descubriendo a nosotros mismos en profundidad; ni tendríamos que ser como quien está orientando a Dios hacia nosotros; ni tendríamos que limitar nuestra visión de Dios como alguien que está «allá arriba», y que conviene que nos comprenda hoy. ¿Qué es nuestra oración? Es una búsqueda de Dios en comunidad, esencialmente en silencio. Creo que se ha causado un perjuicio al dejarse de considerar que la oración, en primera instancia, es una espera de Dios en silencio. Esto me parece que es lo que tendría que ser en sumo grado la oración monástica. Cuando las personas abren la boca en esta clase de oración, es para romper el silencio en vistas a prepararse para el próximo silencio.

Lo que necesitamos es que la gente diga qué aspecto de Dios, o qué aspecto de la vida cristiana les ha impresionado, de manera que iluminen y ayuden al resto del grupo. Ha de ser teocéntrico, cristocéntrico, más que un pequeño grupo interesado en su pequeño mundo, en sus propios problemas. Hemos hecho un buen trabajo, y me parece que nos va a compensar a un buen número de nosotros. Por encima de todo, creo que nos ayudará a redescubrir el «alma» de la oración vocal comunitaria.

Nuestra vida es oración comunitaria; nuestra vida es trabajo comunitario. He llegado a ver cada vez con más claridad que en los escritores monásticos que desvalorizan el «trabajo» hay un peligro. Después de todo, si pensáis, en lo que hacéis cuando trabajáis, participamos de la acción creadora de Dios. Y esto es algo maravilloso. Y ¿qué cosa hay más creativa que la educación? ¿Qué cosa hay más creativa, que se asemeje más a Dios, que el imprimir la imagen de su Hijo en otra persona? Y esto es lo que hacemos nosotros. ¿Qué podrá haber de más creativo aunque no sea más que conseguir que otra persona aprenda y conozca? Cuanto más conozco más participo de la mente de Dios; así como cuanto más amo, tanto más participo de la actividad del amor de Dios. Y de esta manera, a un nivel muy elevado, hemos de ver nuestro trabajo monástico, como una participación de la creatividad de Dios mismo. Así pues, os urjo que os dejéis guiar por esta verdad vital en todo lo que penséis referente a vuestro trabajo.

No creo que Dios bendiga a una comunidad monástica que no es obediente; no creo que el trabajo de un individuo sea bendecido si no se hace de acuerdo con la obediencia. Y, ciertamente, no será bendecido si va contra los deseos expresados por un superior, por equivocado que esté o por estrecha que sea su visión. Cuando nos hicimos monjes sabíamos que seríamos gobernados por hombres con limitaciones: temperamentales, intelectuales y demás. Esto es lo que aceptamos; lo sabíamos. Y creedme, cuanto más viejos nos hacemos, más sorprendidos quedamos cuando miramos a los de nuestra edad que ocupan puestos de autoridad, y vemos lo limitados que realmente son. Esto es un hecho. Y digo esto, no porque todos nosotros nos hayamos pervertido respecto a esto; pero una mala doctrina puede penetrar y extenderse rápidamente, y quiero estar totalmente cierto de que esto no pasa aquí. Por ejemplo, la doctrina que afirma que si un superior hubiese conocido todas las circunstancias, no lo hubiera dispuesto como lo ha hecho, y en consecuencia, soy libre para no tenerlo en cuenta: esto, creo, es falso. Otro error es que una orden dada sólo puede llevarse a cabo dentro de todo el contextode lo que se debe hacer. Esto parece también razonable, pero es peligroso. También hay la doctrina que dice que la ley de la caridad ha de prevalecer siempre por encima de las reglas de obediencia. Esto es muy peligroso, porque puede ser verdad. Lo que intento decir es que se daría o se dará muy raramente el caso en que decidamos que la ley de la caridad debe prevalecer sobre las reglas.

Continuemos con esta cuestión de la obediencia. Querría recordaros, padres, que lo que acabo de decir no pretende perjudicar, desde luego, el uso de la iniciativa o del sentido común. Preferiría que una persona fuera desobediente a que tuviese a menos la obediencia; prefiero más que uno diga honradamente: “no voy a hacer esto por las buenas” que no que desacredite la doctrina. He llegado a ver cada vez más y más lo central que es precisamente la obediencia en la vida religiosa. Un religioso obediente ha adquirido una libertad interior. Mirad siempre la obediencia como libertadora y como algo que nos configura a Cristo.

Voy a añadir algo respecto a la organización del trabajo. En la industria, la definición de una tarea determinada, normalmente no es dada por el empleado; normalmente un hombre se emplea para llevar a cabo una tarea definida por otro. Y tanto en la industria como en el comercio, se prevé que el individuo usará de iniciativa, tendrá un plan, tendrá libertad. Pero no podréis dirigir eficientemente una sección, pongámoslo a este nivel, a no ser que la gente esté preparada a realizar su tarea de la manera indicada por la autoridad. Y cuando lo que tú piensas choca con lo que piensa la autoridad, entonces, en interés de la eficacia, aparte de cualquier otra cosa, uno se ha de someter al punto de vista de otro. Frecuentemente la gente realiza su trabajo de una manera que la autoridad superior no conoce, o tal vez no desee, de manera que uno ha de ser sensible para preguntar si esto es lo que se desea. En un nivel más profundo, si intentamos planificar nuestras vidas, hacer nuestras propias vidas, llevar a cabo nuestro trabajo como nos gusta, lo podemos hacer más fácilmente que adoptar una total disponibilidad, sumisión, que es la liberación definitiva de nuestra mente y la señal de que el amor de Dios habita en nosotros. Disponibilidad y sumisión no tendrían que significar fuerza, pena, agonía, lucha, sino alegría, porque definitivamente no me busco a mí mismo, ni promuevo mis propios intereses, sino que busco al Señor. Si adquirimos esto correctamente en nuestra vida de oración, correctamente en nuestros corazones, resultará que lo ejecutaremos correctamente en la práctica. Por lo tanto no hemos de trabajar por competencia; ni hemos de utilizar nuestro trabajo para ascender; ni utilizar nuestro trabajo para hacernos ver, ni para encontrar en él nuestra realización, porque nuestro tesoro está en otra parte.

El ideal que acabo de proponeros es elevado, reverendos padres, y siento pesadumbre y temblor cuando considero el atrevimiento que he tenido para deciros esto yo, que he cometido estos errores evidentes a lo largo de toda mi vida. Acaso sea por el hecho de haber cometido los errores por lo que uno puede mirar atrás y darse cuenta de que fue una lástima. Pero lo que yo querría que retuvierais es esta visión tremenda del trabajo como participación de la creatividad de Dios. Esto se tendría que ponderar. Las facultades que yo tengo, sean cuales fueren, son facultades que Dios mantiene, y yo actúo como un instrumento divino para hacer lo que él quiere que yo haga. Este pensamiento es formidable, y no hay una manera más elevada de realizarlo que por medio de la educación, la comunicación; y nada hay de más elevado en la educación que transmitir a los demás un sentido de Dios. En esto consiste nuestra vida: contemplata aliis tradere 3.

 

4. Devoción

 

He estado pensando sobre renovación, renovación monástica. Mientras que por una parte, sería odioso estar satisfecho de como va nuestra vida aquí, se ha de reconocer, sin embargo, que hay un buen número de cosas que marchan bien. También sería odioso ser hipercrítico respecto a la manera como se efectúa la renovación en otros monasterios u órdenes religiosas. Pero creo que tal como lo he sugerido ya en otras ocasiones, en muchos casos las comunidades corren el peligro de cometer un error muy grave, si van demasiado de prisa en lo que podríamos llamar una dirección permisiva. Los que han intentado conscientemente hacer la vida más fácil a sus miembros, me parece que están cometiendo un grave error. Ciertamente, creo que hay una correlación entre el reclutamiento y las exigencias que una orden requiere de sus miembros. Ahora voy a intentar explicar lo que me parece que presupone la exigencia. Y en tanto en cuanto nos atañe, hay un principio orientador con el que puedo contar: que cualquier cosa que hagamos, planeemos, o cambiemos, hay cinco cosas a las que hemos de permanecer fieles, si hemos de seguir siendo algo de lo que hemos sido, si realmente y a fin de cuentas hemos de continuar. Las he mencionado antes, y no necesito excusarme de volver a mencionarlas de nuevo, por lo importantes que son: oración, obediencia, trabajo intenso, vida comunitaria, pobreza. Estas son las cualidades básicas, esenciales que ha de tener nuestra vida monástica.

Más aún, una cuestión que suena como un desafío me ha sido propuesta dos veces en los últimos diez días por personas que se sienten atraídas por la vida monástica; ciertamente es digno de admiración. La cuestión propuesta, la indecisión que sienten, su problema, se reduce a lo siguiente: «En cierto sentido ¿no habéis optado; no habéis creado para vosotros un ambiente agradable en el que evitáis ampliamente el género de responsabilidades que nosotros hemos de soportar en la batalla que es para nosotros la vida de cada día?». Mi pensamiento se dirige a X, casado hace diez años, siendo ya algo mayor, padre de cinco hijos; perdonad que insista, cerca de los cincuenta años, sobrecargado de inquietudes y problemas. O Y, enloquecido por una salud enfermiza, consciente de haber cometido un error casándose y habiendo de pasar el resto de sus días con una mujer incompatible, y ella con un esposo incompatible a su vez. O Z, que ejerce un empleo que no le gusta, y que para él es una gran prueba; no puede cambiar a su edad; tiene un hijo subnormal. ¿Por qué X, Y, Z? La mayoría de nosotros tenemos casos semejantes en nuestra propias familias; y ciertamente, si nos ponemos a pensar, X, Y y Z podríamos haber sido tú y yo. Sí, cuando se plantea esta cuestión, a uno se le ocurren estos ejemplos, que se pueden ir multiplicando una y otra vez.

Mi respuesta es: Sí, tenemos muchas ventajas: tenemos tres comidas diarias aseguradas, tenemos un techo sobre nuestras cabezas, estamos vestidos, vivimos en compañía de personas orientadas hacia un mismo fin, tenemos nuestra ancianidad asegurada. Y proseguiré diciendo que solamente puede haber una justificación del don de Dios que significan todas estas cosas maravillosas, estas grandes ventajas, siendo así que la mayoría de los hombres no las disfrutan. Esto solamente puede justificarse, digo, bajo el supuesto de que vivimos una vida que re-quiere exigencias de nosotros de la misma manera que la vida ordinaria requiere exigencias de vosotros. Y en nuestra vida monástica, los dos terrenos en que se nos exige son nuestra vida de oración y nuestro trabajo. La oración tiene sus exigencias, y cuanto más responsable es una vida de oración, tanto más nos exige el Señor a través de ella. Y el trabajo tiene sus exigencias porque trabajamos durante largas horas: trabajamos intensa-mente, en siete días hacemos el trabajo que corresponde a más de siete. Y hasta cuando no estamos comprometidos a trabajar con tanta intensidad, hemos de cumplir igualmente nuestras obligaciones: el Oficio coral. Y también hay las reivindicaciones de los votos tradicionales de castidad, pobreza y obediencia.

En los primeros años de la vida monástica son las cosas pequeñas las que parecen pesadas, pero después, son las cosas más importantes. La castidad, la pobreza y la obediencia, en el curso de los años, pueden ser pruebas mayores de lo que eran al principio. Y ahora empiezo a preguntarme si lo que estoy diciendo es convincente. Hay una especie de desagradable ir machacando detrás de mi pensamiento que tal vez sea la manera como tendría que ser, pero en mi caso, desgraciadamente, no lo es.

Todo lo que he mencionado: las reivindicaciones de los votos y las exigencias de nuestras actividades, pueden presentarnos con las mismas posibilidades de heroísmo o terca intrepidez que la gente del mundo han de sacar de sí misma en diversas circunstancias de sus vidas. A veces me pregunto a mí mismo, ¿por qué la vida humana tiene sus exigencias? Entonces me acuerdo de los estremecimientos que nos sobrecogen cuando hablamos de las dificultades de la vida monástica, o cuando se menciona la cruz, y reconocemos que la vida, una vida monástica, edificada sobre una especie de masoquismo espiritual, sería una perversión de lo que tendría que ser el monacato. Reconocemos en nosotros un espectro curioso, acechante, en lo profundo del espíritu, cuando tenemos la impresión de que de alguna manera, aunque las cosas vayan bien, debe haber algo que va mal; o que si la vida no es horrenda, no puede ser buena. Este es un espectro que también debe ser exorcizado: tú no puedes basar una vida humana o una vida monástica en esto. También hay un sentimiento en nosotros, que nos afecta; un sentimiento, no algo racional, de que cuantas más cosas hagamos más virtuosos somos; cuantas más oraciones recitamos, más virtuosos somos, y así. Este principio no es teológico y no tiene ninguna base en la escritura ni en la tradición. Tal como ya sabemos, el principio del mérito es la caridad, no la cantidad de cosas que hacemos, soportamos o decimos en nuestras oraciones. Sí, el principio del mérito es la caridad. Y habiendo dicho esto, se ha de admitir que la devoción a la oración y al trabajo es una señal de caridad, una señal de vida.

Estoy cierto del papel vital que desempeña el trabajo en nuestro estilo de vida monástico. Sin trabajo, dejaremos de ser lo que hemos sido, y más aún, dejaremos de ser. Y el trabajo hecho por los hermanos no es un salir de sí mismo para darse a la actividad, podría serlo; ni es una escalera que se ha de subir, como el que quiere sobresalir en una carrera. Es una participación de la creatividad de Dios; el fluir, en la actividad, de nuestro amor a nuestro Señor y Maestro, y a nuestro prójimo. Es una devoción desinteresada a los que servimos en el colegio, en las parroquias o en cualquier otra parte. Recordamos con admiración, para fijar la atención en un monje de nuestro pasado, al H. Stephen Marwood: claramente un hombre de Dios, un hombre que alcanzó un nivel muy alto de oración, y sin embargo, entre nosotros, fue uno de los hermanos más ocupados y más dedicado. Hasta el día de hoy se le cita como quien ha ejercido una profunda influencia. Y me parece que fue la figura representativa, y fue solamente uno, del tipo de monje más excelente que ha producido esta casa. Como digo, solamente lo tomo como figura representativa..Podría haber mencionado otros nombres, pero surgió él: qué persona más plenamente humana, tan eminentemente humano y humanitario.

Y si continúo hablando de ser humano en la vida monástica, y esto lo digo no como un reproche, ni con la implicación de que nosotros no tengamos estas cualidades, me gusta pensar que las cosas sobre las que voy a hablar son una descripción de lo que nosotros estamos intentando ser, y de lo que la mayoría de nosotros somos la mayor parte del tiempo. Pero las cualidades más delicadas, si las podemos llamar así, son importantes: ser considerado, precavido, disponible, formal, dispuesto a colaborar, útil, jovial, aceptado y acogedor; sensible para con los demás, que sabe perdonar, generoso, desinteresado. Bien, todos tenemos nuestra lista de cualidades, lo que pensamos que podría constituir un ser humano excelente y un excelente monje, y no creo que ninguno de nosotros pudiera tener en poca consideración estas cualidades. Pero ahí están como ideales formidables para todos nosotros: consideración, capacidad de perdonar, desinterés para uno mismo, generosidad. Estas son las cualidades más delicadas, más atractivas, sin las que no hay vida verdaderamente humana, ni vida monástica tolerable. Pero una vida monástica ha de dar también al monje un sentido de responsabilidad, y aquí me voy a referir a tres puntos.

En primer lugar, he de ser capaz de entregarme a mi vocación por toda la vida; y habiéndome entregado, perseverar pase lo que pase. Y las personas, los jóvenes, en general, se muestran vacilantes en dar este paso. Pero cuanto más avanzo en la vida, me voy dando más cuenta de que la vacilación es una señal de inmadurez, porque se llega a un punto en el que uno ha de ser capaz de dar un paso responsable de este género y perseverar en él, venga lo que venga. El otro día encontré a una señora que había llegado ya a los setenta años. Ha pasado y está pasando una vida horrible, no es católica; una vida horrible con un marido pendenciero, algo desequilibrado diría. Ella decía: «Podría abandonarlo, padre, podría; pero no lo haré a causa de mis votos». Tal era su lealtad y devoción a una promesa, hecha hace unos cincuenta años, y que le ha proporcionado poca satisfacción, poca alegría.

Existe otra forma de esta responsabilidad, o de esta cualidad responsable, que me gustaría exponeros: ser digno de confianza. No serás una persona responsable, a no ser que los otros puedan contar contigo; de manera que cuando se te confía una tarea, uno puede estar seguro de que será llevada a término, y estará bien hecha, con perseverancia y eficiencia. Me parece que esto es importante en nuestro trabajo, en nuestro trabajo en el colegio.

Y el tercer nivel, que recubre este terreno de la responsabilidad, se refiere a toda la cuestión de afrontar las propias obligaciones, los propios deberes, de una manera viril y valiente. Pensad en el efecto tremendo que hace un monje que ha salido con un grupo de chicos, o que está de vacaciones, y se retira para rezar su Oficio, se retira para orar. Y esto no es acción consciente, como no lo fue la de aquel otro de nuestros padres, que echó al aire su libro, y dijo: «Ahora me he de cargar con la piedra de molino». Digo esto porque me parece que los más jóvenes se eximen a sí mismo demasiado fácilmente del Oficio. Nunca he buscado informarme de si cuando participáis en una salida o en un camping, o cosas de este género, os retiráis aparte unos cuantos metros, para rezar una «hora menor». Esto produce una profunda impresión en la gente. Uno no lo ha de hacer por esto, sino porque se toma con seriedad y responsablemente su vida de oración, tal como se nos exige. Nos escabullimos para rezar el Oficio como una madre podría escabullirse para ir a planchar la colada.

Siento una incomodidad creciente con respecto a la pobreza en nuestra congregación y en nuestra confederación. Es uno de estos temas difíciles porque no tenemos muy claro de qué manera, con nuestras obligaciones, con nuestro trabajo, podemos realmente dar testimonio de una pobreza que sea verdaderamente evangélica. Podemos reunirnos para discutir esto, y hablar y hablar y hablar. Lo que yo urgiría es que guardáramos como un tesoro las formas tradicionales de expresar nuestra pobreza. Tendríamos que ser escrupulosos cuando se trata de pedir permiso para cosas que se nos han dado o nos han enviado; o para pasar cuentas cuando hemos estado de viaje o de vacaciones —y dicho sea de paso, esto va bien. Tendríamos que disuadir de que nos hicieran regalos, especialmente regalos superfluos, sin herir desde luego, a los que desean hacérnoslos. Sí, es importante no pedir a la gente que puede dar. Me parece que no hay cosa más horrible en la iglesia que un sacerdote pesetero. No creo que aquí tengamos sacerdotes peseteros.

Otro aspecto de la pobreza que tendríais que tener pre­sente es el no olvidar de dar las gracias a una persona cuando os da alguna cosa, especialmente con una carta de agradecimiento. El «dar gracias» no se puede decir que sea una virtud evidentemente clerical. A veces es difícil decir “no”; pero en general, tendríamos que hacer desistir a la gente de que nos den cosas. Lo que quiero indicar es que nuestro estilo de vida, nuestras actitudes, nuestras reacciones, nuestros valores —éstas son todas las palabras— han de dar testimonio de la presencia de Dios, de la presencia del reino de Cristo, más que no de un estilo de vida modelado a la manera de como viven los seglares. ¡Es difícil juzgar sobre esto! Pero permitidme que os recuerde que si abandonáis los vestidos clericales —en las vacaciones, por ejemplo— rápidamente os identificáis con el estilo de vida que hombres prudentes y sensibles se guardarán bien de llamar monástico. Es difícil definir lo que significa frugalidad y simplicidad de vida; y naturalmente, dadas las diferencias de ambientes y de educación entre nosotros, nuestros puntos de vista serán diferentes. En general, hemos actuado correcta-mente en esto. Sin embargo, es algo precioso que hemos de conservar. Creo, padres, que éste es todo el espíritu de este capítulo. Tenemos valores preciosos, que nos han legado nuestros predecesores. Pero se han de conservar con solicitud, con amor, y con un cierto orgullo. Sea lo que fuere lo que lleguemos a ser, o lo que hagamos en el futuro, estas cosas deben formar parte de nuestra vida monástica. Creo que si aflojamos en alguna de estas cosas, no sobreviviremos; iría hasta el punto de decir que ni siquiera mereceríamos sobrevivir. Pero porque tenemos estos valores, sobreviviremos.

 

5. Simplicidad

 

Tenemos en nuestra comunidad, reverendos padres, gran número de cosas por las que deberíamos dar gracias a Dios cada día. En nuestra vida de cada día, somos conscientes de cosas que no parecen ir fácilmente, y somos conscientes de los problemas que afronta la iglesia y la vida monástica en nuestro tiempo. Pero sería una locura dejarlo estar, quedarse atrás y afirmar lo felices que hemos sido. Una de las cosas más remarcables que han surgido en estas últimas semanas ha sido el evidente interés de la comunidad por su vida de oración, ya sea en la controversia que hemos tenido sobre nuestra liturgia, ya sea el interés que ciertos miembros de la comunidad van tomando por movimientos de oración contemporáneos y el poder del Espíritu. Todas estas cosas son importantes. También hemos de reconocer que la comunidad trabaja intensa y eficazmente. No es fácil guiar y educar a los jóvenes hoy día, vosotros lo sabéis mejor que yo. Desde el punto de vista académico, cultural y atlético, en cuanto me es posible juzgarlo, diría que el colegio marcha mejor ahora, como tal vez no haya marchado nunca en el pasado. Nuestra mayor incumbencia es, desde luego, la formación cristiana de los muchachos, y no supongo que vosotros, los que pertenecéis a la plantilla del colegio, penséis que habéis llegado a la perfección en esto.

También ha sido una bendición, me parece, la manera como hemos podido ayudar a varios grupos de personas que han venido aquí, y el trabajo generoso que han hecho los que se han comprometido con ellos. Tal como digo, si uno mira lo que se va haciendo en la comunidad, podemos decir: es sólido, vital y eficaz. Hubo un tiempo en que la comunidad, en la época de mi vida más monástica, se miraba tal vez demasiado a sí misma, y en el que la complacencia era un peligro. Hoy día, en una época crítica, tendemos probablemente a caer en el otro extremo: perder la confianza; mirar lo que va mal y no edificar sobre lo que va bien. Reconocemos que, por la providencia de Dios, es mucho de lo que podemos estar orgullosos y que puede hacernos in adelante con entusiasmo.

Hoy en día, los monasterios van a ser cada vez más importantes en la iglesia; de esto no hay la menor sombra de duda ; y para nosotros es algo precioso contribuir. Como siempre, depende de que cada uno de nosotros ayude a quienquiera que sea a alcanzar las más elevadas metas en nuestra devoción a Dios. Hay tres terrenos en nuestra vida, sobre los que quiero hablar brevemente, porque son fundamentales para el estilo de vida que se lleva en este monasterio: oración, simplicidad y frugalidad, obediencia.

Oración. La controversia sobre la liturgia ha revelado la verdad, digna de consideración, de que la comunidad se interesa por su vida de oración y la considera muy importante. Sin embargo, me gustaría decir algo sobre lo que yo he dado en llamar «controversia litúrgica». En la reunión dije que los cambios que se introdujeron en octubre fueron promovidos por mí. Digo esto, porque más de una persona me ha insinuado, algunos con más delicadeza que otros, que, de hecho, yo era el objeto o el sujeto de un grupo de presión. Esto no es verdad: se trataba de mis ideas —malas, por más que parece que resultan— a excepción de dos, me parece. Yo tomo la responsabilidad por estos cambios y pido de todo corazón excusas a la comunidad por ellos y por la forma en que os los presenté. Pero no me gusta que se reproche a otras personas por cosas que yo he hecho. Y me excuso sin ninguna dificultad, porque para los superiores es cosa buena equivocarse de vez en cuando. Hay cosas irritantes que se han de apartar de los cambios. Recordad que formé un grupo que formuló un cuestionario; las respuestas las encontraréis en la mesa de la sala de comunidad. Como resultado de un estudio y después de una discusión, parece que se requieren los siguientes cambios: Volveremos a la salmodia que usábamos antes; tendremos la misa en el coro y no iremos al otro lado dando la vuelta al altar. La «hora de laudes» será después de la comunión.

En cuanto a la simplicidad y frugalidad. Me gustaría explicaros una historieta contra mí mismo. Me parece que desde que el Crow Hotel fue construido, hace unos veinte años, he estado allí tres veces. Hace seis meses estuve a almorzar en este hotel, que es de los buenos. En la mesa de al lado había un grupo que observaba a este clérigo y se preguntaba quién podría ser. ¿Podría ser el abad de Ampleforth? Decidieron que era imposible: un abad nunca hubiera ido a un hotel de este calibre. Sin embargo, con el deseo de superar sus dudas uno de ellos se me acercó y dijo: ¿Es usted el abad de Ampleforth? Y entonces, todo fue muy divertido. Pero después, topé con alguien que me dijo que Mary, o quien fuera, dijo que me había visto, pero que pensó que no era yo, porque un abad, así pensaba ella, no podía estar en un hotel de primera clase. No me avergüenza haber estado en el Crow; pero hace que uno se pregunte qué es lo que la gente verdaderamente razonable y sensible espera de nosotros. Podemos muy fácilmente, en nuestra manera de comportarnos —en nuestras actitudes, en la manera de tratarnos o que permitimos que otros nos traten, en el ambiente en que nos movemos—, encontrarnos en situaciones en que personas razonables nunca hubieran esperado ver a un monje. Simplicidad y frugalidad no significa necesariamente vivir en una habitación con pocas cosas: es una actitud mental, y para nosotros es fácil resbalar en «los caminos del mundo». Hemos de estar en guardia, no por lo que pueda decir o pensar la gente, este no tendría que ser el motivo, sino porque un monje, tanto en su estilo de vida como en sus actitudes, debería ser simple y frugal, en el sentido correcto. Incidentalmente, me parece que la actitud de la señora era equivocada, pero la idea general queda clara.

La obediencia ocupa un lugar central en la vida monástica. Cuanto más tiempo hace que vivo como monje, tanto más pienso que es importante el que hayamos escogido —o mejor, hayamos sido escogidos— para una vida en la que la obediencia y el celibato son valores importantes. Son tan contrarios a lo que nuestras naturalezas parecen exigir para sí mismas; es decir, una total independencia en nuestras opciones, y una total realización en el estado matrimonial. Es importante optar por la obediencia y el celibato, pero son señales poderosas del reino de Dios en medio de nosotros y de nuestra dedicación. La obediencia es la señal exterior de mi determinación a dedicar toda mi vida a Dios, mi Padre; es una expresión de mi amor a Cristo, mi deseo de seguirlo. Es una liberación, es un quedar libre para ser un verdadero instrumento del Espíritu. Un estudio de la obediencia monástica inclina a admitir que ha sido influenciada por elementos que me parece que solamente pueden ser juzgados como no monásticos. El concepto de «como un cadáver» de la obediencia, que, cosa bastante curiosa, pertenece a san Francisco, no es obediencia monástica; un concepto «militarista» de obediencia, no es monástica; la idea de «sumisión de pensamiento» no es monástica. Igualmente es verdad que la obediencia monástica puede verse afectada por elementos de la espiritualidad contemporánea que pueden ser ajenos a la espiritualidad monástica; tales como la primacía de la conciencia, el papel de la responsabilidad personal, la obediencia como obediencia antes que nada a la comunidad; las reivindicaciones de la caridad que sobrepasan las exigencias de la obediencia, ciertos elementos sacados de la sicología moderna. Estas cosas pueden, y sin duda lo harán, aportar su contribución a la doctrina de la obediencia, pero en modo alguno tendrían que disminuir el papel central de la obediencia en la vida monástica; y mucho menos aún, deberían dar ocasión a una decepción personal y a buscar hacer la propia voluntad.

Creo que la obediencia varía en las diferentes órdenes religiosas. En algunas, la obediencia juega un papel menos importante que en la vida monástica, y hay también diferentes interpretaciones. Cada orden tiene su propio carisma; cada casa monástica, su propio carisma; y la obediencia siempre ha representado un papel central en esta casa, y me parece que ha sido la fuente de considerables bendiciones. Se necesita una buena dosis de fe, una visión madura, para ver en los superiores humanos y en las disposiciones de la comunidad la acción de la divina providencia. Pero no podemos vivir como monjes genuinos y verdaderamente alegres a no ser que tengamos esta fe. En nuestra casa hay una gran tradición de obediencia, y hoy en día —como en el pasado— se dan ejemplos evidentes que constituyen en gran manera materia de edificación. Cada uno de nosotros deberíamos estimularnos a nosotros mismos y animar a los otros a la consecución de la obediencia. Dedicación a la oración, simplicidad y frugalidad —en la actitud, el pensamiento y el comportamiento— y la obediencia, son el legado del pasado en nuestra tradición monástica. En nuestra casa se dan señales de muchas bendiciones de Dios, como hemos dicho antes. Me gusta pensar que es porque nos interesamos por la oración, por la obediencia y por la pobreza, por lo que nos vienen estas bendiciones. De vez en cuando necesitamos reafirmar nuestra fe en estos valores, porque me parece que para nosotros son los prerequisitos para nuestra búsqueda de Dios, nuestro amor de Dios, y nuestro amor y servicio al prójimo.