9. SERMÓN PREDICADO SEIS DÍAS DESPUÉS DE LA NOTIFICACIÓN DE SU ELEVACIÓN A LA SEDE DE WESTMINSTER

¿Qué es lo que os he de decir en una ocasión como ésta? Sería demasiado fácil ponerme sentimental respecto a Ampleforth y todo lo que ha significado para mí desde que llegué por primera vez en el año 1933 ; esto me pondría en un aprieto. O podría refugiarme en clichés y frases piadosas para enmascarar la profunda tristeza que siento al irme; esto me pondría también en una situación difícil.

No, estamos en la presencia de Dios, y esto es cosa seria. Y como estoy hablando a la comunidad —monjes, muchos padres de los alumnos, me complace decirlo, y jóvenes— me parece bien reflexionar ante vosotros sobre unas pocas cosas que están en primera línea en mi pensamiento, y haceros mis confidentes.

Antes que nada, pienso en los primeros seguidores y amigos de nuestro Señor, Pedro, Mateo, Pablo: lo humanos que eran, los defectos que tenían, y, humanamente hablando, lo totalmente inadecuados que eran para su elevada vocación y las tareas que les iban a ser encomendadas: predicar el evangelio a todos y ser ejemplos resplandecientes de lo mejor que hay en la vida cristiana. Y sin embargo, Pablo pudo escribir estas palabras que han ido resonando en mis oídos durante estos últimos seis días: «la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres. Y si no, hermanos, fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia». Y ahora viene el quid: «lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios; lo que no existe, para anular a lo que existe, de modo que ningún mortal pueda engallarse ante Dios».

La generosidad de la prensa y las esperanzas de tantas personas, expresadas en más de mil cartas y cerca de cuatrocientos telegramas, me han causado un impacto profundo. Amados míos entrañables, es por lo que necesito vuestras oraciones y vuestra amistad. La brecha que existe entre lo que se piensa y se espera de mí y lo que yo sé que soy es considerable y espantosa. Hay momentos en la vida en los que un hombre se siente muy pequeño y, en toda mi vida, éste es uno de estos momentos. Es bueno sentirse pequeño porque yo sé que cualquier cosa que yo lleve a término es Dios quién la lleva a término, no yo.

Y vosotros, ¿qué? Es tanto el bien que cada uno de vosotros puede hacer. Yo creo realmente que estamos a punto de entender realmente lo que Dios significa y puede significar para nuestro mundo moderno, y cómo esto puede ser una fuente de alegría e inspiración en las vidas de millones de hombres. Hace una semana no habría podido decir esto; es ahora, precisamente ahora. Qué alegría no sería para mí saber que todos los que estáis en esta iglesia sentís lo mismo; cuánto bien podéis hacer con toda una vida por delante. Lo que a mí me ha pasado debe pasaros a vosotros. He sido elevado a cosas más altas a pesar mío; vosotros también debéis ser elevados a cosas más elevadas a pesar vuestro. Parémonos a pensar; que haya solamente pensamientos nobles en vuestras mentes y hechos nobles en vuestras acciones, que no haya nada ruin y mezquino. Los ojos de millones de personas se dirigen a vosotros lo mismo que a mí, porque vosotros sois Ampleforth, y yo solamente paso a Westminster porque he sido abad de Ampleforth. Una jugada de la historia ha hecho que aparezca como cabeza de esta comunidad de monjes, de seglares que trabajan con nosotros, y de este colegio. Lo que yo soy es lo que vosotros habéis dado. Y he sido responsable de una comunidad maravillosa, pero muy humana. Os urjo, insisto, mantened viva la comunidad monástica y el cuerpo de seglares, sed su soporte en los próximos años, y especialmente en los próximos meses. Os necesitáis los unos a los otros, y recordad que muchos os observan lo mismo que me observan a mí.

Permitidme añadir un punto: Ampleforth ha de ser una comunidad de amor. Cristo nos está diciendo hoy de una manera especial, lo acabamos de leer en el evangelio: «Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado», y esto significa una comprensión ilimitada de las mutuas fragilidades, perdón, tolerancia; todo esto es noble y hermoso. «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos», y cada uno en esta gran comunidad que llamamos Apleforth debe ser amigo del otro. Esto no es sólo una ley divina, es el único camino para la paz y la justicia, es el único camino para encontrar la verdadera felicidad. No hay mayor traición que se pueda hacer a otra persona que el no amarla, y uno de los aspectos más trágicos de nuestra sociedad moderna es que los hombres se traicionan los unos a los otros, fallan en el amor. Hay tan poco amor en nuestro mundo, y qué cosa más difícil y delicada es el actuar; en qué trampas podemos caer. Pero el amor de Dios por nosotros y nuestro mutuo amor son el corazón del mensaje cristiano.

Es extraño; en estos últimos días he encontrado una nueva confianza en Dios y espero que vosotros también. Yo seguiré dependiendo de una total confianza entre nosotros, vosotros y yo, porque vosotros sois un caso especial. No voy a deciros “adiós”. Seguiremos trabajando juntos, y confío que mis ideales serán los vuestros.

Que san Pablo diga la última palabra: “Por último, hermanos, todo lo que sea verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo limpio, todo lo estimable, todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso tenedlo por vuestro.

24.4.76