3. RENOVACIÓN DE VOTOS

1. Ofrecimiento

Desearía, reverendos padres, que esta ceremonia de la renovación de los votos pudiera tener lugar durante el sacrificio de la misa 1. Nos recordaría la unión entre nuestra oblación y la de nuestros Señor. Haría presentes de nuevo las circunstancias de nuestra primera Profesión, especialmente el gesto de colocar nuestra cédula de profesión en el altar sobre el que se ofreció este sacrificio. También subrayaría el carácter de acción de gracias que debería tener siempre nuestro ofrecimiento. Esta ceremonia en la que ahora tomamos parte, os asegura que la renovación de vuestros votos es un ofrecimiento genuino de vosotros mismos a Dios, juntamente con todo vuestro trabajo en los años que vendrán.

Hay dos aspectos de nuestro ofrecimiento que me gustaría poner de relieve.

En primer lugar, no hay vida humana que, en cierta manera, no participe de la cruz de Cristo. Para los que están destinados a seguir a Cristo, no hay manera de escapar de la necesidad de cargar con la cruz. Si esto es verdad de la vida humana en general, cuanto más lo será de aquellos llamados a seguirle por el camino de la vida monástica. En cada una de nuestras vidas se dan circunstancias que, inevitablemente, causan sufrimiento en cierta medida. Este sufrimiento puede venir del temperamento, de las relaciones con los demás, de los problemas de la obediencia; pero no hay vida monástica sin un cierto grado de dolor que, si ha de dar fruto, ha de ser considerado como un llevar la cruz a cuestas. Así pues, me parece que esta es una oportunidad admirable, al ofrecernos a nosotros mismos, para aceptar con corazón amplio y agradecido las dificultades con que tropezará nuestro camino; y aceptarlas llenos de alegría, hasta —¿osaré decirlo?— con entusiasmo.

En segundo lugar, al ofrecernos nosotros mismos a Dios, es importante ofrecernos tal como somos, sin sentirnos ansiosos por lo que desearíamos ser o por los dones que no nos han sido dados, sino nosotros mismos tal como somos aquí y ahora.

Además, nos tendríamos que ofrecer en acción de gracias por lo que encontramos en la vida de la comunidad. Porque no tengo la menor duda de que las cuatro cosas más importantes en nuestras vidas se han de encontrar en esta comunidad, en todos los niveles : obediencia, humildad, caridad y oración. Para mí ha sido una fuente de consuelo ver prosperar estas cualidades —y entre los monjes más jóvenes, no menos que entre sus hermanos. Es un buen presagio para el futuro.

Más aún, si la renovación de nuestro ofrecimiento se hiciera durante el sacrificio de la misa, subrayaría el aspecto comunitario de nuestra vida y nuestro ofrecimiento de él. Nunca hemos de olvidar esto: aunque estemos comprometidos en diferentes actividades, aunque tengamos diferentes ideas y temperamentos, sin embargo hemos alcanzado una unidad en la única cosa que puede unirnos: un ferviente servicio de Dios.

Solamente hay dos cosas que pueden arruinar una comunidad, y son puestas de relieve constantemente por san Benito. Las mencionaré, no porque crea que faltamos en ellas, sino porque si hemos de perseverar en verdadero espíritu monástico, tenemos que atajar, cada uno en sí mismo, cualquier manifestación de estas faltas: voluntad propia y murmuración. La voluntad propia es una forma de soberbia y de ella se sigue, casi automáticamente, la crítica destructiva.

Finalmente, me gustaría decir que, según mi opinión, solamente hay una cosa hacia la que debería tender cada uno de nosotros, y esta cosa es la oración. Ella es el unum necessarium: la forma más elevada de unión con Dios que podemos alcanzar en este mundo. Si cada uno de nosotros se esfuerza constantemente para ser un hombre de oración, como consecuencia será un hombre de oración. Y si esto es así, esta casa será lo que tendría que ser, la casa de Dios.

2. Humildad

Hay dos peligros particulares para el sacerdote y para el religioso. El primero es desánimo por la propia incapacidad; el segundo, un sentido de frustración.

Pensad en la escena del evangelio que describe la vocación de san Mateo (nota), una persona sumamente desagradable. Era un recaudador de impuestos, un cuerpo formado por hombres notoriamente deshonestos, tenidos por pecadores, que trabajaban para un poder extranjero, y que parecían echar por la borda todo aquello que los judíos tenían por más valioso. Los fariseos se ofendieron con nuestro Señor porque se juntaba con Mateo y sus amigos, «publicanos y pecadores». Y fue a estos mismos fariseos a quienes Jesús dijo estas palabras de oro: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos».

Lejos de mí hacer de la flaqueza humana una especie de mística, pero es un consuelo saber que si yo soy inepto, ineficaz, la mano del médico divino está ahí para sanarme. Es de verdad adecuado para nosotros el  mensaje que María y Marta enviaron a Jesús: «Señor, aquel a quien amas está enfermo». El evangelio nos muestra, fuera de cuestión, que en una actitud verdaderamente cristiana no hay lugar para el desánimo y el desengaño, en cuanto que la constatación de lo que somos es una constante petición a Dios.

Más aún, nuestra experiencia cotidiana de ineptitud y flaqueza, nos fuerza de una manera notable a ser humildes; y la humildad es la base de la vida espiritual, base en el sentido de que es el principio: ya que, como por el resultado del pecado original tendemos a centrarnos en nosotros mismos, a buscarnos a nosotros mismos, hemos de aprender a centrarnos en Cristo, y a través de Cristo, a centrarnos en Dios, de manera que nuestras vidas estén dedicadas a Dios y no a la exaltación de nosotros mismos.

Y si aprendemos a ser humildes, deseamos una conversio morum; y deseamos expresar esto por un mayor desprendimiento de las cosas materiales, y una consagración más profunda de nuestras afecciones y de nuestros cuerpos a Dios.

Intentamos resolver el problema de la frustración, forzando y cambiando las circunstancias, pensando remover así dificultades y obstáculos. Pero el verdadero religioso hace esto, no cambiando las circunstancias, sino cambiándose a sí mismo, rehusando permitir que su paz y la profundidad de su unión con Dios sean afectadas por lo que se mueve a su alrededor. Todavía más, llega a ver cómo las dificultades, los obstáculos, que son el origen de sus frustraciones, no son obstáculos para la unión con Dios sino peldaños para esta unión. Ve a Dios actuando en su vida en las variadas circunstancias que componen su vida: la acción de Dios a través del conservadurismo de algunos, el progresismo de otros; la incomprensión de algunos, la luz que irradian otros. Hemos de constatar que en la vida de comunidad, Dios lleva a término su designio por caminos apropiados para nosotros. Pero en un verdadero religioso no puede haber frustración profunda, porque la frustración es «sí mismo»; cosas que ocasionan frustración, sí, pero frustración interior, no. Este es el sentido más profundo de nuestro voto de estabilidad: echamos nuestra suerte con una comunidad concreta, haciendo de su fuerza nuestra fuerza, de su flaqueza, nuestra flaqueza. De esta manera, el todo aporta una unidad en la que experimentamos tolerancia, mentalidad abierta, buen humor y comprensión. Y esto es estabilidad en el sentido más profundo.

Nada se necesita tanto hoy en día en la iglesia como un entusiasmo por las cosas de Dios. Es difícil hablar de esto, porque en cierta medida el entusiasmo y sus manifestaciones dependen del temperamento, y una demostración artificial estaría fuera de lugar. Sin embargo, al renovar nuestros votos, tendríamos que renovar en nosotros mismos la convicción de que nuestra vida vale la pena, no inquietarse excesivamente por las cosas exteriores, y guardar como un tesoro nuestro secreto interior: unión con Dios y con nuestros hermanos, en una verdadera caridad. Ha de haber alegría en nuestro servicio de Dios —tenemos derecho a ello—, y también paz y serenidad, que son las señales de una vida con Dios. Sí, tenemos derecho a esto. Estamos obligados a estar alegres. Sobre todo, es esencial para nuestro trabajo: los chicos en nuestra escuela, los parroquianos en nuestras parroquias, tendrían que captar algo de nuestro entusiasmo por las cosas de Dios. Y más que esto, tendrían que detectar en nosotros un entusiasmo por la vida que hemos profesado. Nos tendrían que ver alegres cuando obedecemos, nos tendrían que ver alegres en nuestro servicio a Dios.

3. Estabilidad

En la iglesia contemporánea se ve cada vez más la mano conductora de Dios. Se aproximan cambios y reformas. Y necesariamente habrá un tiempo de reajuste, y cuando se hagan los cambios, habrá también dificultades, inquietudes, desasosiegos. Diré una palabra sobre tres causas del desasosiego. La primera es la inestabilidad; la segunda es una especie de activismo, y la tercera es la «mundanidad».

El correctivo contra la inestabilidad es nuestro voto de estabilidad. El correctivo contra el activismo es dar a la oración la prioridad que tendría que tener en nuestras vidas. El correctivo contra la mundanidad, es una concepción correcta del papel de la pobreza.

En las órdenes religiosas, hombres y mujeres abandonan la práctica de la vida religiosa. También los sacerdotes seculares se olvidan de sus obligaciones. Se dan muchas razones. Algunos afrontan dificultades respecto a su fe. Algunos se sienten aburridos. Algunos piensan que podrían servir mejor a Dios en otra parte. Algunos, al mirar atrás hacia los orígenes de su vocación, llegan a la conclusión de que se equivocaron. Algunos se sienten vencidos por dificultades temperamentales. Hoy en día, es fácil en la iglesia racionalizar las dificultades a la luz de los puntos de vista modernos: el papel de la conciencia para el cristiano; la dignidad de la persona humana; la distinción entre la vida religiosa y la vida civil, y sus valores respectivos; el temor de emitir un juicio sin la madurez que corresponde a un adulto.

Estos problemas no se dan en nuestro propio conventus, pero somos humanos, y lo mismo nos puede pasar a nosotros. Todo religioso tiene la obligación de clarificar su modo de pensar sobre estos problemas, aunque no sea sino por el hecho de que es un deber ayudar a sus hermanos. De verdad que está implicada la verdadera naturaleza de nuestra vocación.

Es fácil olvidarse del significado de las palabras: «Yo os he escogido a vosotros; no sois vosotros los que me habéis escogido a mí». Una vocación, siendo como es una llamada de Dios, no es algo que nos pasó hace veinte, treinta o cuarenta años. La voz que nos habló entonces, nos sigue hablando todavía con la misma insistencia, en espera de la misma respuesta generosa. Hodie si vacem eius audieritis, nolite obdurare carda vestra 2.

Al emitir nuestros votos, nos entregamos a nosotros mismos al servicio de Dios. Como en el matrimonio, estábamos preparados a hacer cara a lo que nos tuviera reservado la vida. En el día de nuestra profesión, firmamos un cheque en blanco, pagable al Señor. Se hizo una promesa solemne. Irrevocable. Sin posibilidad de volver atrás. Dios nos ha llamado. Y si tenéis alguna duda sobre vuestra vocación, reverendos padres, no penséis ni discutáis sobre ello si no os habéis arrodillado antes ante el santísimo sacramento y habéis renovado solemnemente vuestros votos.

Estas defecciones suceden también, a causa de un defecto en comprender el papel de las dificultades en una vida escondida con Cristo en Dios. A veces quedo atónito ante la poca comprensión de la gente de lo que significa seguir a nuestro Señor. «Si quieres ser mi discípulo, has de tomar tu cruz a cuestas y seguirme». Ningún religioso, digno de su audacia, puede considerar esto como un programa negativo y deprimente, porque la cruz es la llave que nos abre todo el misterio de Cristo y de la santísima trinidad, y además, nos introduce en este misterio. San Pablo enseña que no hay resurrección para nosotros a no ser que participemos en los sufrimientos de Cristo. Y es sin duda axiomático en la vida espiritual el hecho de que no nos podamos acercar a Dios si no es por el sufrimiento. Esta es una palabra muy dura. De aquí la exclamación de Teresa de Ávila: " No es extraño, Señor, que tengáis tan pocos amigos, cuando los tratáis así!».

Las dificultades son la voz de Dios que nos habla. Dios nos habla a través de los acontecimientos, de las circunstancias. Y cuando éstos son difíciles de soportar, lo que él procura es hacernos menos confiados en nosotros mismos, enseñándonos a tener más confianza en él. Lo que estoy diciendo ahora sé que no será del agrado de algunos de vosotros: la doctrina que estoy predicando no está de moda hoy en día. Pero creedme, reverendos padres, cometemos un gran error en la vida religiosa si no aprendemos, si no aceptamos de corazón, que las dificultades no son obstáculos entre Dios y nosotros: son el camino que nos llevan a él. Estamos muy equivocados si no nos damos cuenta de que este cargar con la cruz es totalmente compatible con la paz, la serenidad y la felicidad. Desde luego que toda la vida no es así; desde luego hay alegrías en la vida que vivimos, en la vida religiosa que vivimos. Pero cuando se nos pone la cruz sobre nuestros hombros, es el momento de acordarnos de lo que estoy diciendo, y de abrazarla con alegría, casi con entusiasmo, siendo como es el camino cierto, el camino propio de nuestro Señor, para una unión más estrecha con él.

Nosotros nos entregamos a Dios en un género de vida particular, en un lugar particular, junto con compañeros particulares. Este es nuestro camino: en esta comunidad con este trabajo, con estos problemas, con estas deficiencias. El significado interior de nuestro voto de estabilidad es que abrazamos la vida tal como la encontramos, sabiendo que este camino, y no otro, es nuestro camino a Dios. De vez en cuando, por una y otra razón, estamos agobiados de trabajo, demasiado apretados. Cuando esto es así, es correcto exponer nuestro caso al superior. Muchos de vosotros lo habéis hecho, y me he dejado conmover por vuestra humildad y vuestro sentido común. Una precisión más: el vivir en esta comunidad, con estos problemas y estas deficiencias, no quiere decir que uno no haya de desear que cambie esto o lo otro; sino que uno ha de estar básicamente contento. Cuando los religiosos buscan a Dios en primer lugar y por encima de todo, encuentran verdadera satisfacción, mientras que si se buscan a sí mismos, no pueden encontrar descanso y están descontentos. Así pues, no nos hemos de desviar de nuestro primer motivo al unirnos a la comunidad: buscar a Dios.

En la búsqueda de Dios, necesitamos preguntarnos constantemente a nosotros mismos si la oración tiene el lugar que le debería corresponder en nuestras vidas. ¿Pensamos y actuamos realmente como si la oración ocupara el primer lugar, antes que cualquier otra cosa? Es verdad que tenemos la ventaja del coro, una ventaja muy considerable. Pero aunque sea ventajoso, tiene también sus peligros. Queridos padres, las observancias a las que estamos obligados, la recitación del breviario, etcétera, serán para nosotros experiencias rebosantes de oración, en la medida en que al mismo tiempo vayamos adquiriendo el hábito de la oración privada. La oración privada y la lectura espiritual, tal como lo he acentuado en repetidas ocasiones, son dos prácticas en las que debemos persistir, si es que hemos de dar sentido y vitalidad al resto de nuestra vida de oración.

Y referente a esto, me gustaría decir a la comunidad que, sea lo que fuere lo que se diga o se predique en cualquier otra parte, yo debo insistir en que antes y después de la eucaristía debería hacerse una preparación adecuada y una adecuada acción de gracias. Es un error argüir que estas cosas no son necesarias.

La pobreza en la iglesia es de gran importancia en el mundo moderno. Además, es necesario distinguir entre la pobreza del individuo y la de la comunidad; toda la pobreza comunitaria, la pobreza de la iglesia en general, es algo sobre lo que la iglesia tendrá que examinarse a sí misma cuidadosamente. Pero aquí, es sobre la pobreza individual sobre la que me gustaría decir algo. En nuestras vidas siempre hay el peligro de que podamos faltar en la observancia de nuestra pobreza. Os urjo a cada uno de vosotros, padres y hermanos, a que examinéis vuestra conciencia sabre esta materia. El uso que hacemos del dinero. ¿En qué clase de vacaciones lo gastamos? ¿Y qué, sobre las cosas que adquirimos que de hecho no necesitamos? Y como éstos, podríamos ir pensando muchos otros ejemplos: la clase de cosas que nos pueden hacer demasiado dependientes de las criaturas y que se pueden interponer fácilmente entre nosotros y Dios. Esta es una materia que en el presente exige una urgente consideración.

Padres, vamos a renovar nuestros votos. Nuestra vida es una vida llena de estímulos, porque cada momento puede proporcionarnos una oportunidad para una unión más estrecha con Dios. Así pues, llenos de gozo y alegría, renovemos nuestra donación, demos nuestra respuesta a una voz que nos llamó no sólo en el pasado, sino que también nos está llamando hoy.

4. Disponibilidad

La renovación de los votos tendría que ser una ocasión para abrirnos a las sugerencias y a las mociones del Espíritu santo. En un pasado lejano la profesión monástica se comparó frecuentemente al bautismo, en cuanto que, de una manera especial, el bautizado se abre a la acción del Espíritu. Cuando hacemos los votos por vez primera, y cuando después los renovamos, me gusta pensar que una voz del cielo nos dice, como a Cristo en su bautismo: «Este es mi Hijo, a quien yo quiero». Y también me gusta pensar: «Yo soy tu hijo, a quien tú quieres, tu predilecto». Cuando nos entregamos a Dios, cuando vivimos nuestros votos, esto es sin duda agradable a nuestro Padre celestial.

¿Qué finalidad tiene el abrirnos al Espíritu? ¿Qué es lo que hace que el Padre vea en cada uno de nosotros a su querido Hijo, que vea en nosotros el reflejo de su Hijo, Cristo nuestro Señor? Esta es la finalidad, la razón de todo lo que hizo Cristo: que nosotros llegásemos a amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra mente, toda nuestra alma, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Cuando dos personas están enamoradas, en cada una de ellas hay un deseo, una necesidad de la otra. A desea a B. B necesita y desea a A. Y es de suma importancia que cada una sepa que esto es verdad de la otra. Esto es preeminentemente así en la vida matrimonial. Y también es así en la amistad.

En lo profundo del corazón de cada uno de nosotros hay sin duda alguna un deseo y una necesidad de Dios, y este deseo y necesidad de Dios están presentes en nosotros solamente porque Dios mismo nos desea y nos necesita. Nunca podríamos empezar a amar a Dios o a entender lo que esto pueda significar si primero no nos hubiese Él amado a nosotros. El porqué Dios nos desea y nos necesita es un misterio. Pero es verdad: si no fuera así no nos hubiera creado y la vida en último término no tendría ningún sentido para nosotros. Es bueno recordar que en Dios hay una constancia, una consistencia de actitud que nunca cambia, independiente de lo que somos o de lo que hacemos: él nunca cambia cuando nos desea, cuando nos necesita. Por el contrario, nosotros nos desviamos, nos distraemos fácilmente, somos inconstantes. Esta es una de las razones por las que nos obligamos con votos. La promesa del matrimonio sirve para proteger el amor original y ayudarlo a crecer. Me atrevería a sugerir que no habría ninguna necesidad de hacer votos si nosotros tuviéramos la constancia y la consistencia de Dios. Por lo tanto, me gustaría decir algo sobre nuestro voto de estabilidad, que refleja nuestro intento de vivir la consistencia y la constancia que es Dios.

Es característico del amor que el amado sea digno de confianza: siempre fidedigno, siempre contento de verte, siempre acogedor, siempre dispuesto a escuchar, firme como una roca. Dios tiene estas cualidades, y se nos ha dicho que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. En nuestras relaciones, en nuestra vida de comunidad, debe de haber una confianza mutua, cada uno poniendo completamente su confianza en los otros; siempre a punto a escuchar con simpatía; siempre acogedor, abierto a los demás. Es claro que en una comunidad siempre habrá diferencias en la consistencia de las relaciones; pero hemos de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, y hemos de esforzarnos por fomentar entre nosotros esta confianza de los unos para con los otros que caracteriza el amor de Dios hacia nosotros. Cada miembro de la comunidad ha de saber que cada uno de los otros miembros lo desean y lo necesitan, y él mismo debe necesitar y desear a cada uno de los otros. El voto de estabilidad nos arraiga en esta comunidad, y si su significado fundamental no consiste en estabilizarnos en nuestra búsqueda del amor de Dios y en fortalecer los lazos que nos atan los unos a los otros como a hermanos, este voto es de poco valor.

De la misma manera que la confianza mutua es característica del amor, así también lo es la disponibilidad, no la disponibilidad que consiste en reservar quince minutos entre compromiso y compromiso; es mucho más profundo que eso. Significa que deseo compartir, que deseo dar, que deseo hacer algo por el otro. Cuando consideramos la disponibilidad de nuestro Señor, vemos hasta qué punto la disponibilidad para con los otros puede ser urgente, exigente. Dios tiene esta especie de disponibilidad, y Cristo es el sacramento de la disponibilidad de Dios. Nosotros debemos tomar a Cristo como modelo y ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto: estar disponible para con Dios y disponibles los unos para con los otros. Deseo compartir, deseo dar. «Que no se haga mi voluntad, sino la tuya» resuena como un eco en el «Cúmplase en mí lo que has dicho» de nuestra Señora.

Es bajo esta pauta como me gustaría reflexionar sobre la obediencia esta noche. Mi obediencia es una señal de mi disponibilidad, no sólo necesariamente en términos de acción, de hacer —que connotan las palabras «compartir» y «dar»—, sino también en términos de aceptación, de estar preparado a aceptar la voluntad de Dios hasta en el caso que ello significara ser pasado por alto, que se me pidiera abandonar una responsabilidad; o solamente, ser olvidado. La obediencia vista desde este ángulo es un correctivo constante de mi falta de disponibilidad. ¿Qué es lo que hace dudar sobre el compartir, sobre el dar, sobre el estar abierto? ¿Qué es lo que me hace vacilar sobre el permitirme a mí mismo ser amado? Frecuentemente son nuestra inhibiciones, que pueden ocultar un egoísmo, un estar centrado en sí mismo, un buscarse a sí mismo. La obediencia puede ser mi liberación: puede librarme de mí mismo y hacerme disponible a los demás.

La obediencia, en el sentido en que ahora la estoy considerando, no se limita a los preceptos de los superiores. o a las prescripciones de las constituciones o cosas semejantes. Estoy pensado en términos que hacen referencia a las circunstancias de cada día: la clase a la que he de asistir, la reunión que he de presidir, la asistencia a un enfermo, la reunión del consejo, todas las exigencias que me piden estar preparado, disponible. El timbre de la casa parroquial -o la campana en nuestro monasterio: ambos son la voz de Dios que nos amonesta a estar disponibles. Ser capaz de depender de otro, estar disponible para otro: esto es lo que significa amor, lo que significa vida monástica.

Estos ideales son elevados y difíciles de vivir, y sin duda, casi más allá de nuestras facultades, porque en las realidades de la vida de cada día nuestra conciencia del amor de Dios no siempre se mantiene viva en nuestras mentes. Tanto si se trata de nuestros hermanos como de las personas a las que servimos, somos conscientes de nuestros defectos. Todo lo que entra dentro de este terreno de desaliento, ineptitud, un sentido de fracaso, me parece que puede hacer mucho más daño que cualquier otra cosa a la espontaneidad de nuestro amor a Dios y al prójimo. Y hoy en día, estas actitudes están ampliamente difundidas entre los sacerdotes. Pero el desánimo es un hecho y una experiencia que hemos de soportar todos nosotros un día u otro. Sin embargo, permitidme compartir con vosotros una palabra de aliento. Me habréis oído preguntar en ocasiones precedentes, si es mejor estar de pie ante el Señor ofreciendo una lista de los propios dones, talentos y realizaciones, o ser el «don nadie» al final de la iglesia que sólo puede golpear su pecho diciendo: « ¡Dios mío ! Ten compasión de este pecador». Uno se siente confortado al saber que no tiene mucho que ofrecer, que uno ha llevado a término pocas cosas. ¿No es esto sobre lo que habla san Benito en su capítulo sobre la humildad? ¿Y no hay una profunda sabiduría humana en todo esto? ¿Y no tenemos la aprobación divina de esta humilde actitud, si todo lo que yo he hecho no es sino remitiros a la parábola de nuestro Señor?

Es también en este contexto en el que tendríamos que pensar, tal vez, sobre nuestro voto referente a la «conversión de costumbres»: conversio morum. Desde un punto de vista, la renovación presupone un aumento de humildad, un reconocimiento genuino y profundo de la necesidad que tenemos de Dios. Y cuando me doy cuenta de que necesito a Dios, entonces lo deseo. Y ahora me parece que hemos vuelto al punto de partida. No podemos amar si no somos humildes, y no podemos amar hasta que Dios tome la iniciativa. Acaso todo lo que podamos realizar se reduzca a ser humildes. Y si somos humildes, el Espíritu puede poseernos:

5. Conversio morum

Es bueno, reverendos padres, estar juntos durante estos días. Además, considero los acontecimientos de estas veinticuatro horas como uno solo. Nuestra misa conventual de mañana será el punto culminante, y esta renovación de nuestros votos forma parte de esta misa, y de este acto central se derivan nuestras discusiones y nuestras decisiones.

La importancia de esta renovación de nuestros votos es evidente para todos nosotros, porque este es el momento en que nos esforzamos para redescubrir los ideales que nos incitaron a hacernos monjes y a entregarnos para toda la vida. Es el momento de reasumir nuestra generosidad juvenil para el servicio de Dios: de procurar también experimentar de nuevo la maravillosa libertad de que disfrutábamos en el momento en que declaramos ante Dios y sus santos que le serviríamos en el monasterio hasta el final.

Es el momento de evaluar los grandes votos monásticos de estabilidad, conversio morum y obediencia. Nuestra adhesión a esta familia monástica y nuestro compromiso con ella, con toda su fuerza y toda su flaqueza, con su futuro, que sólo Dios conoce y que tal vez será diferente de todo lo que nosotros hayamos podido concebir; esta conversio morum que nos impulsa a actuar y a reaccionar y a pensar como monjes verdaderamente dignos de este nombre; ésta caracteriza nuestro estilo de vida, junto con nuestra obediencia que es la prueba real de nuestro amor a Dios, de la misma manera que entre los amantes, una obediencia mutua es una señal de auténtica y genuina donación de sí mismo.

El monacato es un «camino de vida», y la palabra «camino» nos recuerda el carácter de peregrinación de esta vida y nuestra historia monástica. En un período, la escena cambia lentamente, en otro, rápidamente. Nosotros mismos cambiamos, y debemos cambiar. A veces nuestra marcha será ágil y segura, a veces lenta y el andar, pesado. Este es un momento, en el curso del año, en que por el mutuo estímulo y el mutuo ejemplo, y por la afección genuina que tenemos los unos para con los otros, la marcha puede acelerarse y los pasos ser más decididos. Es verdad, y en una ocasión como ésta es apropiado recordarlo, que nuestro progreso a lo largo del camino puede retrasarse si nos vamos por los lados y nos metemos por caminos desviados. Y ahora me gustaría recordaros algunos de estos caminos desviados, porque cada uno de nosotros puede ser, y debería ser corregido por los votos que hemos proferido.

Vivimos en una época inquieta, en una sociedad inquieta. Pero ¿qué período de la historia no ha sido en gran parte así? Tal vez somos más conscientes de este fenómeno en nuestros días; pero si nos sentimos inquietos, por la razón que sea, es importante reconocer que esto es un obstáculo entre nosotros y nuestro servicio de Dios. Aprender el arte de ser críticos respecto a lo que somos y a lo que hacemos de una manera propia y correcta, y de permanecer al mismo tiempo dedicado de todo corazón al trabajo que tenemos entre manos, y los unos para con los otros; mantener una paz interior, cuando se es consciente al mismo tiempo de la voz del Espíritu que nos habla individualmente o colectivamente, como para llevarnos por caminos desconocidos e imprevistos; ser conscientes de la llamada del Espíritu en las necesidades de nuestros tiempos; ser conscientes de la llamada de la iglesia y al mismo tiempo mantenerse en la paz, en la quietud: esto solamente es posible si nuestro empeño es constante y nuestra intención, una. El camino que con mucha facilidad podemos seguir todos es el de buscarnos a «nosotros mismos», no tengo ninguna necesidad de recordároslo. San Benito nos recuerda lo pernicioso que puede llegar a ser. «El amor no se busca a sí mismo».

Existen tests simples por los que podemos descubrir si nuestro corazón está puesto en Dios, o si estamos preocupados por nosotros mismos. Ahí van algunos ejemplos. ¿Cómo reacciono cuando se me pide que deje una tarea y me ocupe en otra; cuando un trabajo que hubiera podido presentárseme a mí es asignado a cualquier otro; cuando se me exige que haga algo de una manera, siendo así que yo desearía hacerlo de otra; cuando me dejo llevar por la frustración porque no se han seguido mis ideas, porque no han sido reconocidos mis ideales? No es necesario entretenerse en esto.

Otro camino desviado es la mundanidad. Esta es difícil de definir. Se encuentra en el corazón y en la mente más que en lo que hacemos. Podríamos preguntar ¿cuál es nuestra actitud cuando nos encontramos lejos del monasterio? Echando una mirada retrospectiva a unas vacaciones, ¿podemos decir que nos hemos sentido siempre orgullosos de ser monjes?, o ¿hemos intentado emanciparnos de nuestra condición de monjes por nuestro comportamiento o por los vestidos que llevamos? Disfrutemos de ser monjes. Estemos orgullosos de ser monjes.

¿Qué es lo que nos mantiene en nuestro sendero? ¿Qué es lo que nos disuade de torcer por caminos desviados? ¿Cuál es la incumbencia principal de cada uno de nosotros? La cuestión proporciona la respuesta. En nuestros corazones sabemos que es la búsqueda del amor de Dios, lo que no solamente nos llenará en nuestra vocación monástica sino que también nos hará alcanzar la verdadera estatura como seres humanos. Tendríamos que ponderar frecuentemente la benignidad y la amabilidad de Dios, especialmente la benignidad y la amabilidad de su Hijo hecho hombre, a través del cual él nos habla; ponderar la vida de Cristo como una revelación del amor de Dios, considerándola y comprendiéndola bajo esta luz; ponderar la belleza de la creación de Dios, y todo lo más noble y excelente de los logros humanos; ponderar también la amabilidad de las otras personas: ahí está la llave que nos abrirá el misterio del amor que es Dios. ¿Qué clase de miedo, qué clase de vacilación provocada por el miedo es ésta, que nos intimida respecto a las reacciones a que tenemos derecho cuando nos encontramos ante la belleza o las cualidades maravillosas de los demás? En todo lo que experimentamos, en todo lo que conocemos, encontremos, o al menos busquemos el amor de Dios. Las palabras no bastan, pero permitidme citar a la mística Juliana de Norwich:

«El más elevado amor de Dios por nuestra alma es tan maravilloso que sobrepasa todo conocimiento. No hay ser creado que pueda conocer la grandeza, la ternura, el amor que nuestro Hacedor tiene por nosotros. Sin embargo, por su gracia y con su ayuda, irgámonos en espíritu y contemplemos, maravillándonos eternamente, el amor supremo, sobreabundante, único, que Dios, por su bondad, nos tiene. Entonces podemos pedir reverentemente a nuestro amante todo lo que queramos porque, por naturaleza, nuestra voluntad desea a Dios y la benevolencia de Dios nos desea a nosotros. No podemos dejar de desearlo y de anhelarlo hasta que lo poseamos con plenitud y alegría: entonces ya no tendremos ningún otro deseo. Mientras tanto, su voluntad es que prosigamos conociendo y amando hasta que seamos perfectos en el cielo» 8.

Me gusta pensar que la tradición mística inglesa tuvo una influencia en la época en que nuestra congregación fue fundada de nuevo; y que se adapta de una forma tan maravillosa a lo que la gente busca hoy en día, que haríamos bien en leer y seguir esta enseñanza, y adquirir algo de esta panorámica.

Perdonadme si también recuerdo, como ya he hecho en otras ocasiones, otra tradición que es muy nuestra: la tradición de los mártires. Es una locura, y falso al mismo tiempo, olvidar que el camino que lleva a Dios ha de ser en un período o en otro, el de la cruz. Es injusto ocultar esta realidad a aquellos con los que tenemos trato. El evangelio es claro. La tradición que llega hasta nosotros es que la cruz es gozosa, aunque cuando se siente con todo su peso, estamos lejos de experimentarlo así. Dejad que comparta un pensamiento con vosotros. Siempre que uno de nosotros se sienta doblegado por el peso de la cruz hasta el punto que esta persona en concreto —monje o no— tiene la sensación de que no la acepta, no la desea y no puede, es de veras la cruz. Y si, interiormente, se tiene la sensación de rebelión, no os perturbéis. Cuando resulta fácil «ofrecer» alguna cosa, no es eso realmente. Perdonadme si me entretengo en este punto, pero todos nosotros necesitamos saber cómo hemos de sacar provecho de estas situaciones. Me parece que también necesitamos saber cómo aconsejar a otros que se encuentran en una situación semejante. Cuando la cruz es demasiado pesada de llevar y caigo al suelo; cuando no quiero aceptarla, entonces se trata de algo impuesto realmente sobre nosotros por el Señor. Además, nuestra fe viva y verdadera nos dice que este es el camino que nos lleva a una nueva vida, un momento de crecimiento. Los mártires iban con el corazón alegre a afrontar sus pruebas. Lo mismo tendríamos que hacer nosotros.

Como monjes somos los herederos de una tradición que se remonta a un pasado muy lejano. Me chocó una lectura que tuvimos en el refectorio. 4 La encontré impresionante porque los autores eran también ellos grandes hombres. Y escuchar a grandes hombres, admirando y evaluando realmente la nobleza de las personas, sin rebajarles la talla, como sucede con frecuencia, es notablemente refrescante. Me parece que ahí tenemos una lección sobre nuestra caridad, nuestro respeto mutuo, nuestra tolerancia. Tendríamos que estar siempre preparados a admirarnos mutuamente, a respetarnos los unos a los otros; a sentir, también, un interés profundo y una profunda compasión. Después de todo, nuestra búsqueda de Dios es nuestra respuesta a un amor que él nos ha manifestado primero. Y así podemos aprender los unos de los otros y todos juntos, como comunidad, a volver de nuevo a él.

Ahora hemos de proceder a la renovación de nuestros votos. Hagámoslo con sinceridad, con plena esperanza, sabiendo que, haciéndolo así, Cristo está en medio de nosotros y el Padre nos mira complacido: «Cierto, estos son mis hijos, a los que yo quiero, mis predilectos».

6. Reafirmación

Una vez, nuestro Señor hizo una pregunta fuera de lo común: no una pregunta como la que en circunstancias ordinarias pueden hacerse los hombres unos a otros; cierto, es una pregunta que probablemente no se ha hecho nunca, o, en todo caso, raramente.

La pregunta es: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?», «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Y aún una tercera vez. San Pedro, desconcertado, dice finalmente: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero».

Es muy humano sentir la necesidad de una reafirmación, muy humano. Pero posiblemente ¿no es también algo divino? Lo digo con interrogante, no como una afirmación categórica. Me daría temblor considerarlo como una visión interior, pero ¿quién puede conocer el misterio de Dios? Y sin embargo, me parece que las palabras de Jesús me piden a mí y a vosotros que le demos una seguridad, una reafirmación que dudaríamos de pedírnosla los unos a los otros. Por más que entre nosotros sean necesarios gestos sinceros y, a su manera, elocuentes; también son necesarios en nuestra relación con Dios: un gesto de reafirmación a Dios de que lo amo, o al menos, deseo amarlo.

Nuestro Señor no hubiese hecho la pregunta si no hubiera sido importante para él, si Pedro, como persona, le hubiera importado poco. «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Esta pregunta se nos hace a cada uno de nosotros. Nuestra respuesta puede dar a entender que estamos desconcertados: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». En nuestra mente se acumulan toda clase de problemas, personales y monásticos, pero dudo de que en otras circunstancias la respuesta hubiera sido más sincera. El amor no conoce los límites del espacio, el tiempo y las circunstancias: es un lazo entre dos personas que transciende estas cosas: en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, tanto si los tiempos son buenos como malos, la realidad perdura.

Nuestro Señor dice tres cosas en respuesta a la triple contestación de Pedro. Considerémoslas en orden inverso. Su último mandato a Pedro es: «Sígueme». ¿Pedro no había sido ya llamado? Quizás esta «llamada» después de la resurrección fue la definitiva, la última llamada. Cuando la primera llamada, la atmósfera es completamente diferente; es más estimulante: el Mesías ha venido, el reino será restaurado. «Lo hemos encontrado» dice Andrés. Andrés lo dice a Pedro, y al día siguiente es llamado Felipe; después, Natanael. Hay grandes esperanzas: «veréis los cielos abiertos y los ángeles subir y bajar, y al Hijo del hombre». Abandonan las barcas a las orillas del lago de Galilea y dejan las redes a secar.

¿Se sintió Pedro desilusionado alguna vez? «Nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido. En vista de eso, ¿qué nos va a tocar?». Aquellos ingenuos argumentos sobre quién tendrá el puesto más elevado en el reino, son muy humanos. La idea que Pedro tenía del reino no era la que tenía nuestro Señor. Pero si Pedro, cuando arrastró la barca a la orilla, hubiese visto al héroe que acababa de encontrar doblegado bajo otra carga en suprema humillación, y hubiese previsto su despreciable comportamiento —su huida y la traición a su maestro—, ¿habría dicho que «sí» tan rápidamente? Era un hombre joven, lleno de vigor, de esperanzas y planes: «Puedes estar seguro: si de joven tú mismo te ponías el cinturón para ir a donde querías, cuando seas viejo extenderás los brazos y será otro el que te ponga un cinturón para llevarte a donde no quieres» 5. Nuestro Señor dijo esto, así consta, para indicar la muerte por la que Pedro había de glorificar a Dios. San Pablo vio en eso algo más que la muerte física que sería la de Pedro: para san Pablo era una muerte que significaba vida, un morir cotidiano para vivir con más plenitud. No el aniquilamiento del vigor y de los planes, sino su transformación en el vigor y en los planes de Dios: «Si de joven tú mismo te ponías el cinturón para ir a donde querías, cuando seas viejo extenderás los brazos y será otro el que te ponga un cinturón para llevarte a donde no quieres».

El reino no es lo que suponemos que es, o lo que desearíamos que fuera: es el reino de Dios y viene por su camino, no por el nuestro. Y Pedro se ha de hacer pequeño. No serás eficaz hasta que ames, y por esto es por lo que se le preguntó tres veces. Y él lo reafirmó: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Y es ahora cuando se le da una orden, se le confía una tarea: «Lleva mis ovejas a pastar». Dales esperanza, dales alegría, dales libertad, dales vida, dales a Cristo. Ellas no tienen las mismas esperanzas, pero cada una de ellas debe esperar todavía; no todas tienen alegría, pero cada una de ellas tiene derecho a tenerla; todas desean la vida, y vida con más abundancia: se han de amar las unas a las otras como yo, el Señor, os he amado. Así pues, todas las cosas cooperan para el bien. Nuestra tarea es esforzarnos en amarlo y amar todo lo que le concierne, y llevar a pacer a sus ovejas.

La pregunta se nos hace a vosotros y a mí: «¿me amas?» y nuestra respuesta es: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Reafirmadlo a pesar de vosotros mismos, sean cuales fueren vuestras inquietudes, vuestras aspiraciones, vuestras diferencias, vuestros fallos: cuentan poco en comparación con esta vocación al amor, que es la vocación cristiana. Al renovar vuestra profesión, reafirmad a Dios que queréis retornarle el amor que él primero nos ha dado. Una vez se haya dicho y hecho todo, esto es lo único que importa.