2. FORMACIÓN MONÁSTICA

3. Profesión simple

a) Revestirse del pensamiento de Cristo

Durante toda esta tarde me he roto la cabeza pensando lo que podría deciros: algo que valiese la pena, algo que os pudiera ayudar. Entonces se me ocurrió que lo que importa no es lo que yo pueda deciros, sino lo que el Espíritu santo os revela en vuestros corazones.

Sin pensáis en los tres votos que normalmente se hacen en la vida religiosa —obediencia, pobreza y castidad—, una serie de pormenores vienen al pensamiento. Sea cual fuere su interpretación en la teología moderna sobre cómo en la práctica son vividos, en ésta o en otra orden, os recomendaría que reflexionaseis sobre el núcleo fundamental de cada uno de ellos.

Hacer el voto de obediencia es, en primer lugar, consagrar a Dios la propia libertad. Es reconocer el hecho preexistente de que en la vida humana la libertad está limitada por las exigencias de Dios: él es el autor de nuestra libertad, el objeto de esta libertad, el dueño de esta libertad. Cuando profesáis, reconocéis su omnipotencia, su derecho total sobre vosotros.

Al profesar pobreza reconocéis que Dios es nuestro tesoro; que, como seres humanos, si en cierta manera no le poseemos, somos pobres, muy pobres: expoliados.

Por vuestro voto de castidad (celibato) reconocéis que Dios es el objeto de todos vuestros deseos; que él es en definitiva el amor esencial que solamente puede satisfacer el intranquilo corazón del hombre. En nuestra vida religiosa, la tragedia es que podemos hacer trampa y, realmente, la hacemos. Hacemos trampa cuando olvidamos que hemos profesado públicamente hacer nuestra la voluntad de Dios. Hacemos trampa cuando hacemos de otras cosas nuestra satisfacción fundamental y olvidamos lo que hemos profesado. Y podemos hacer trampa en nuestro voto de castidad cuando buscamos o nos permitimos una satisfacción sensual ilícita.

Si nos hemos de revestir del pensamiento de Cristo, nosotros que ya estamos incorporados a él por el bautismo, por nuestra profesión conformamos nuestras vidas a la suya. Deseamos ser obedientes como él fue obediente a la voluntad de su Padre ; deseamos ser pobres porque él fue pobre; deseamos ser célibes porque él fue célibe. En nuestra intimidad con nuestro Señor, en nuestra vida de oración, llegaremos a ver en su obediencia, en su pobreza, en su castidad, algo del secreto que fue el móvil de su existencia y que, a medida que la vida avanza, tendría que llegar a ser nuestro secreto.

A nosotros nos toca revestirnos del pensamiento de Cristo, porque es en nuestra relación con él y a través de él como vamos al Padre. En nuestro marco monástico, la vida es una búsqueda de Dios —con y en Cristo—, del Padre. Es una peregrinación. Pero juntándoos a esta comunidad no vais a estar solos. Por vuestro voto de estabilidad, echáis raíces en la comunidad y avanzáis con ella. Tenéis que estar preparados para los cambios. No podéis permitiros permanecer estáticos en vuestra manera de pensar, o en el grado de oración que habéis alcanzado, o en vuestros puntos de vista. Tenéis que cambiar, porque así os preparáis para el final de la jornada.

El final de la jornada. Esto me lleva a decir unas palabras sobre la esperanza, la confianza y la fe en Dios. Muchos de nuestro problemas son consecuencia del hecho de que no ponemos nuestra confianza en Dios; de que nos permitimos replegarnos sobre nosotros mismos, depender de nosotros mismos, buscar nuestra salvación por nuestros propios recursos: nuestro pensamiento, nuestra habilidad, nuestros talentos. La constante confianza de que habla Juliana de Norwich, «todo irá bien, y cualquier cosa irá bien», tendría que ser nuestra meta. Es difícil. Hemos de vivir en el presente, con la tarea que hoy nos incumbe, con la gente con la que ha sido echada nuestra suerte. Hemos de vivir en este mundo renovado y reformado por Cristo en la encarnación. Hemos de mirar adelante hacia el futuro, cuando todo será paz, serenidad, alegría.

Tal vez en nuestra espiritualidad contemporánea pensemos demasiado poco en el gozo del cielo, en la alegría del cielo. Es bueno mirar adelante con expectación, con estímulo, hacia el momento en que «desapareceremos y estaremos con Cristo» 5, estaremos con Cristo en el Padre. Esta es la gracia que esperamos, y así ponemos bajo esta perspectiva, la perspectiva de Dios, las cosas de este mundo.

b) Una búsqueda continua

De ningún modo las cosas van derechas en la vida monástica hoy en día. Como ya sabéis, hay diferencias de opinión en muchas materias: la clase de trabajo que tendríamos que hacer, el tipo de colegio que tendríamos que dirigir; cómo se tendría que organizar el colegio; los valores que tendría que inculcar; nuestra vida de oración; formas de celebrar la eucaristía; la manera de recitar el Oficio en el coro. Hay diferencias de opinión en lo que concierne a los mismos principios de la vida espiritual. Estas diferencias de opinión son realidades, y en cierta medida, proporcionarán la tela de fondo ambiental de vuestra profesión. Más aún, se ha de tomar parte en estas diferencias de una manera constructiva, con caridad, buen sentido y buen humor. Ha de haber una mutua tolerancia, paciencia, y, sobre todo, una búsqueda continua de la voluntad de Dios, que es más importante que los sueños monásticos de cada uno. Necesitamos recordar que las fuerzas destructivas de la vida comunitaria y de la alegría de la comunidad actúan más rápida y eficazmente que las que construyen y edifican la casa de Dios.

Así pues, este es el contexto en el que vais a emitir vuestros votos. No los vais a emitir en un vacío. Os juntáis a un grupo particular de hombres comprometidos actualmente en actividades específicas, con todo lo bueno y lo malo que podáis captar en cualquiera de ellos que, inevitablemente, son imperfectos.

Vuestro voto de estabilidad os hace echar raíces en esta comunidad y os exige lealtad hacia ella y hacia sus monjes, vuestros compañeros: no tendríais que hacer nada que hiriese, dañase o levantase sospechas. Viviendo vuestro voto de estabilidad según la más elevada observancia, no quedáis privados de la crítica, pero vuestra crítica debe ser siempre constructiva, simpática, y nunca corrosiva.

Amad vuestros votos. Estimadlos como un tesoro, vividlos y no esquivéis sus exigencias. Exteriormente, para el ojo no entrenado, las exigencias tal vez no parezcan considerables; pero interiormente, en vuestras mentes y en vuestros corazones, serán grandes. Estas exigencias alcanzarán el punto en el que formaros nuestro propio juicio sobre cómo tendrían que ser las cosas... y hasta forzarán nuestro pensamiento y sofocarán nuestra felicidad personal. No podéis hacer los votos y vivir en una comunidad monástica sin ser llamados cada día a hacer sacrificios. Si esto os es igual, os suplico que no sigáis adelante.

La obediencia es el test de toda nuestra total disponibilidad hacia Dios: la medida de nuestro amor por él. Os urjo que en vuestra obediencia no seleccionéis de manera que interpretéis las reglas o el pensamiento del superior en formas favorables a vuestra personal manera de pensar. Si solamente obedecéis cuando una exigencia parece razonable y se acomoda a vuestra filosofía de la vida, os advierto que por este camino iréis al desastre o a la infelicidad. Podéis considerar que vuestros votos son personales, y que son una entrega personal de nosotros a Dios, pero la comunidad vive como una corporación y los votos tienen un aspecto comunitario.

Dejad que ilustre esto a partir del voto llamado «conversión de costumbres»: conversio morum. Cada uno de nosotros está llamado por este voto a la santificación personal: un cambio de corazón, un cambio en la manera de comportarnos, una purificación de intenciones. Pero la comunidad ha de trabajar colectivamente para la misma finalidad.

Considerad la comunidad a la que os vais a incorporar, sin reserva, tal como deberían hacerlo hombres de Dios. Procurad ver el valor de lo que somos y de lo que hacemos. Aceptad que una buena parte de la vida monástica, tal como se practica aquí, es agradable a Dios, que hay muchos monjes de oración, que trabajan intensamente, que tienen ideales elevados, que trabajan en el anonimato, concienzudamente, y sin quejarse. Sed uno de éstos. Encontraréis alegría y recibiréis la bendición de Dios si persistís en su búsqueda y en el cumplimiento de su voluntad. No es una vida muelle: ciertamente una vida así sería indigna de nosotros como seres humanos, si no fuera por nuestra vocación de seguir a Cristo. La paz que trae consigo se consigue duramente y, creedme, ocasiona sufrimiento. Y sin embargo, es una paz que no pueden perturbar las tempestades que nos asaltan de aquí y de allá. Es la paz de saber que, sean cuales fueren nuestras deficiencias personales, nuestras limitaciones, sin embargo hay un Dios que nos quiere y nos ama a cada uno de nosotros.

4. Profesión solemne

a) El amor es atrevido

En esta semana he participado en tres acontecimientos históricos para nuestra congregación: La consagración de un obispo benedictino y la elección de dos abades. Pero ninguno de ellos me ha dado una alegría mayor de la que me dará vuestra Profesión mañana.

Estáis respondiendo a la llamada de Dios a seguirlo: «Id, vended todo lo que tenéis y seguidme». Durante los días después de vuestra Profesión 6, cuando estéis totalmente solos con Dios, podréis meditar en el paso que habéis dado: un paso, queridos hermanos, que es definitivo, irrevocable. Y éste no es un pensamiento que nos desanime o deprima; todo lo contrario, es estimulante. En toda vuestra vida no habrá tres días que os aporten una tal felicidad. Y el don que hacéis es definitivo. No sabéis lo que os reserva el futuro. No sabéis las dificultades que os esperan. No sabéis por qué tortuosos caminos os conducirá Dios. Todo lo que sabéis es que os habéis entregado vosotros mismos a Dios. Y esto aportará gozo, paz y bendición, porque Dios nunca es vencido en generosidad. Pero si en vuestra entrega os reserváis algo; si hay segundos pensamientos, os lo advierto, será grande vuestra aflicción.

Estáis respondiendo a la invitación: «Sígueme». Pero ¿cómo?, preguntáis. Dios os lo ha dicho a través de las circunstancias de vuestra vida, los acontecimientos que os han traído aquí, los años que habéis pasado con nosotros. El dice: «Id a esta comunidad y aprended mis caminos. Aprenderéis de la experiencia de otros que os han precedido. Id a esta dominici schola servitii, esta escuela del servicio del Señor. Aprenderéis de la experiencia colectiva de los monjes que han estado ocupando esta casa».

Habéis venido aquí para aprender los caminos de Dios, a través de la experiencia de otros a la que ajustaréis la vuestra propia. Pero no habéis venido aquí, queridos hermanos, sólo para tomar, para recibir. También habéis venido para dar. Un monasterio no es estático: se mueve con el tiempo. Os dais cuenta de lo que ha cambiado esta comunidad desde su fundación en Dieulouard, en 1608 7. Y con todo, a pesar del cambio, han surgido ciertas características que son la expresión de nuestra vida aquí. No son exclusivamente nuestras: buen número de ellas se encuentran en cualquier parte. Pero son nuestras características, gracias a Dios, y estamos orgullosos de ellas; y vosotros también debéis estar orgullosos.

¿Cuáles son estas características? Subrayaré algunas de ellas.

En primer lugar, la convicción de todos los monjes que estamos aquí, aunque no siempre vivamos de acuerdo con ello, de que «lo primero es lo primero». Espero que hayáis descubierto que los monjes de nuestra comunidad procuran amar a Dios al máximo de su capacidad. Se aprecia la eucaristía. Se aprecia el Oficio, aunque no lo entiendan siempre; no quiere decir que a veces no sea pesado; pero constatan que cuando están en el coro, es el lugar en que desean estar, y saben que si la obediencia los llama fuera del coro, no es un alivio, es una privación.

En segundo lugar, la caridad. En esta comunidad la caridad es real. El perdón viene rápidamente. Somos tolerantes los unos con los otros con nuestros puntos flacos, con nuestras estupideces, nuestras flaquezas. Sí, somos generosos mutuamente. Repito, hay caridad en esta comunidad. Y allí donde hay caridad, allí está Dios.

En tercer lugar, trabajo duro. Nuestro servicio de Dios nos compromete en el colegio; y también en la cura de almas en ciudades industriales. Es un servicio que exige darse de todo corazón, y que trae consigo la negación de uno mismo. Trabajando duramente nos ganamos la vida; y como nuestro trabajo es creativo, participamos en la obra creadora de Dios. Creamos. Edificamos. Edificamos la imagen de Cristo en los jóvenes. Llevamos a Cristo a los terrenos paganos en que prestamos nuestro servicio. También reconocemos que, de todas las actividades ascéticas de que hablan los autores espirituales, no hay ninguna que pueda substituir al trabajo.

En cuarto lugar, la lealtad. A veces esto es mal entendido por la gente de afuera como una especie de presunción. Tal vez demos esta impresión. Pero no es presunción; es lo que un monje de otro monasterio, hablando de nuestra comunidad, llamó pietas —pietas en el sentido correcto: pietas respecto a Dios, pietas de los unos para con los otros. Una lealtad que nos lleva a soportarnos mutuamente en las dificultades, una lealtad que deriva de la caridad.

Esperamos encontrar en vosotros estas cuatro cualidades. Seguro que no os habríamos aceptado a la profesión, si hubiésemos creído que carecíais de ellas. Pero se han de hacer cada vez más fuertes y profundas. Y será así si vivís vuestros votos, si vuestra vida se convierte en una conversio morum, si tenéis una verdadera visión profunda de la estabilidad, que significa la aceptación de la comunidad en su totalidad: su trabajo, su fuerza, su flaqueza, las cosas que os gustan y las que no os gustan. Queridos hermanos. Vais a hacer vuestra Profesión mañana. Aceptadnos tal como somos, amadnos tal como somos.

Y la obediencia. Os entregáis a Dios: «Id, vended lo que tenéis». Dais vuestras riquezas a los pobres, y os dais vosotros mismos a Dios; no tenéis nada que podáis llamar propio, ni siquiera, en cierto sentido, a vosotros mismos. Vosotros mismos estáis simbólicamente tendidos sobre el altar, cuando vuestra cédula de profesión se pone sobre él en el ofertorio. Esto significa, vosotros, vuestros dones. Todas las cosas que Dios os ha dado. Y la iglesia, que acepta este don de vosotros mismos en nombre de Dios, os dirigirá en nombre de Dios. «El que os escucha, a mí me escucha». Os entregáis a Dios, en y con Cristo. Os conformáis a la obediencia de Cristo, que se hizo obediente hasta la muerte de cruz; y por esto ha sido exaltado y ha recibido un nombre que está por encima de cualquier otro nombre.

Haced vuestra donación con un corazón ensanchado. Hacedla atrevidamente. El amor es atrevido.

A toda costa.

Es una alegría para nosotros cuando un joven decide entregarse a Dios en esta comunidad. Inevitablemente ahora, después de haber estado aquí algunos años, os conocemos en vuestros aspectos sólidos y en vuestras fragilidades, y por vuestra parte, podéis presumir que nosotros hemos disfrutado de vuestra compañía y hemos llegado a valoraros. Confiamos también y esperamos que vuestra Profesión solemne os proporcionará una profunda alegría, no solamente porque os consagráis a Dios, sino también porque deseáis, así lo esperamos, vivir, orar y trabajar con nosotros.

La única cosa de la que siempre podremos estar orgullosos es de ser monjes. En la medida en que esto nos concierne, dicho esto se ha dicho ya todo. No tenemos otra vanagloria que la de ser monjes. Y el monje es un cristiano que ha sido llamado por Dios a vivir la lógica de sus promesas bautismales de una manera particular. La vida cristiana exige a la mayoría de las personas, sobre todo cuando nos acercamos a la edad madura, una especie de consagración. Para algunos es el estado de matrimonio. Para nosotros es el estilo de vida monástico en el que determinamos buscar a Dios de una manera especial, esforzándonos constantemente por la unión con Dios. No tenemos otra fuente de orgullo: no deseamos ser conocidos por otra cosa, sino por monjes. Cuando hayáis emitido vuestros votos, compartid nuestra suerte sin reservas. Perseverad con nosotros a toda costa. Si mañana hubierais de estar ante el altar no para hacer los votos monásticos, sino para declarar públicamente vuestro amor a vuestra prometida por las promesas matrimoniales, prometeríais serle fiel tanto en la riqueza como en la pobreza, en la enfermedad y en la buena salud, «hasta la muerte». El voto que vais a hacer mañana aquí ¿es algo menos que esto? No, es lo mismo. Os habéis ofrecido a nosotros, para compartir nuestra fuerza, nuestros fallos. Para bien o para mal.

Las rúbricas exigen que os expongamos las dificulta-des de la vida monástica. Tenéis claro que son muchas, y sin duda, encontraréis aún más. Pero no permitáis que os dominen vuestros pensamientos. Que os domine el pensamiento de que el amor de Dios os ha escogido. No podéis tener una certeza matemática o física de que Dios os ha llamado, que vosotros sois aptos para el estilo de vida monástico; esta clase de certidumbre nunca podréis tenerla. Pero podéis estar moralmente ciertos de que nosotros en comunidad, por nuestra parte, hemos decidido que sois llamados por Dios, que sois aptos para lo que se os exige. Y vosotros habéis declarado que así lo deseáis. No dudéis en absoluto que Dios os haya llamado. Si sentís la tentación de la duda, podéis presumir, y con razón, que el diablo está en acción.

Haced vuestra entrega de todo corazón, estad preparados para cualquier eventualidad, cualquier posibilidad. Comprobaréis que la obediencia es una prueba. Es curioso, lo que hiere no son las cosas que os dicen que hagáis, sino el tener que dejar de hacer las cosas que os gustan. Con frecuencia un monje puede aceptar ante Dios en sus oraciones el ser alejado de una tarea que tiene entre manos; pero a veces es muy difícil aceptarlo sicológicamente. Es posible aceptarlo en la oración, y con todo, seguir «fuera de quicio». Creo que se ha de aprender de joven la manera de dejar las tareas que a uno le gustan sin «perder los estribos». Recuerdo que aquí había un monje que se daba de todo corazón a todo lo que hacía, con tanto entusiasmo que uno hubiera pensado que en esto consistía toda su vida. Pero interiormente, estaba desprendido. Cuando se le pedía que dejase las ocupaciones a que se había dedicado durante largo tiempo, lo aceptaba con extraordinaria simplicidad y facilidad. En aquel momento se revelaba el verdadero valor de aquel monje: aceptaba bajo obediencia las circunstancias que habían determinado sus superiores, y éstas le santificaban.

c) Obedeceos los unos a los otros

La vida monástica es una búsqueda de Dios inexorable, penetrante, llena de alegría. Ni el trabajo que hacemos ni la comunidad que compartimos con nuestros hermanos tiene la primacía en nuestras vidas. Lo que tiene la primacía para nosotros es buscar la faz de Dios en toda circunstancia, en todas las personas. Es una lástima, más aún, es una tragedia, cuando un monje pierde el deseo de hacer oración, pierde su nostalgia de Dios. Por ocupados que estéis, por distraídos que estéis, por compleja que pueda llegar a ser vuestra vida, no debéis perder el deseo de hacer oración. El deseo de orar es una cosa, la obligación es otra, y no son necesariamente incompatibles. Hago esta distinción solamente porque hay épocas en nuestra vida en que no es fácil hacer oración; en que nos parece que hemos perdido el deseo de orar. De aquí la importancia de reconocer la obligación que se nos ha impuesto, que en nuestra fragilidad y debilidad, nos facilita el perseverar. En la vida de oración, la fidelidad y la perseverancia frente a toda fuerza que parezca superarnos, contra toda dificultad, son de capital importancia. Esta obligación nos facilita el encontrar de nuevo el deseo de hacer oración que nos parecía haber perdido.

Al abrazar la vida monástica abrazamos una serie de valores diferentes de los que generalmente prevalecen en el mundo. Lucha por el éxito, alcanzar puestos elevados, procurar una apariencia vistosa: nosotros damos la espalda a todo esto.

El abrazar el celibato es una cosa asombrosa y difícil de verdad. Sin embargo la experiencia os enseñará el porqué en la tradición de la iglesia ha sido un valor constante. Es difícil controlar las emociones, el lado afectivo de nuestras vidas. Permitid que os diga solamente esto: lo que es más profundamente humano en nosotros debe ser tocado y guiado por el Espíritu al que se le apropia la palabra amor. Hemos de ser humanos, plenamente humanos, con todo el calor y el afecto que es propio de lo que es plenamente humano. Pero ya habréis comprendido que ser plenamente humano en el sentido en que estoy hablando, presupone un control, a veces una abnegación, no siempre fácil de llevar a cabo. Pero un control y un calor profundamente humano no son necesariamente incompatibles.

En la vida de cada día encontramos toda clase de situaciones que coaccionan nuestra iniciativa y nuestra libertad en el cumplimiento de nuestras tareas. Los planes de los demás, las combinaciones de los demás, las ideas de los demás, o simplemente los demás, nos frustran de una manera o de otra. Se nos impide llevar a término nuestros propósitos, realizar nuestras ideas tal como desearíamos, porque hay otros que tienen planes e ideas, o simplemente, porque hay otros. Me parece que esto es a lo que se refería san Benito cuando hablaba de obedecerse los unos a los otros: más bien quería decir aceptar las limitaciones que los demás nos imponen por el simple hecho de que son «los demás».

La gran cualidad benedictina: la humildad. No se puede tener un verdadero amor a Dios, un verdadero amor al prójimo, a nos ser que venga de un corazón humilde. Y ser humilde es muy, muy difícil. Y no viene tanto de dentro como de fuera. Encontraremos situaciones, circunstancias y personas que nos impondrán la necesidad de ser humildes, una cualidad difícil de alcanzar y, sin embargo, básica, porque nos fuerza a vaciarnos de nosotros mismos para ser llenados del espíritu de Cristo. Leed lo que dice san Benito y traducirlo en términos de pensamiento contemporáneo.

«...un paso atrevido, una lógica diferente...»

El proceso por el que llegamos a una decisión respecto a una vocación monástica puede parecer intrincado: todo el conjunto desde las visitas y las entrevistas iniciales hasta el momento presente, la vigilia de la Profesión solemne. No somos infalibles, ni que decir tiene. Pero en esta comunidad hay mucha experiencia, sabiduría y buen sentido; los hermanos son excelentes cuando se les consulta en materias de grave importancia. El paso que estáis dando es ciertamente de grave importancia, y se os permite darlo porque creemos que es lo justo para vosotros. ¿Dónde está la mano de Dios en todo esto? Necesitamos tener fe para reconocer la acción de Dios en materias de esta clase. Habéis de tener fe, no en la sabiduría y argumentos humanos, sino en el hecho de que Dios habla de esta manera, a través de las circunstancias. Dios hasta puede guiar a un hombre a una decisión correcta por medio de una razón falsa. La convergencia de opinión en la comunidad respecto a vosotros es un hecho importante que ni vosotros ni yo podemos considerar a la ligera.

Dios habla también en vosotros: a través de vuestras inclinaciones, deseos y pensamientos. La voz no es siempre clara y constriñente. A veces aparece camuflada. No siempre es fácil interpretar dudas y temores, pueden venir de los más profundo de nosotros mismos o de tiempos lejanos en la historia de nuestras vidas. La guía de otro puede ser nuestra única salvación. Pablo quedó ciego después de su visión inicial; también Tomás tuvo dudas. Al fin se debe dar un paso atrevido; para algunos en la oscuridad, para todos nosotros, en lo desconocido; un paso atrevido, resuelto, valiente, sin mirar atrás.

Mañana, cuando hagáis vuestra Profesión, no lo consideréis como el final de un debate con vosotros mismos y con los demás, sino como vuestra respuesta a la llamada de Dios. Vuestro futuro no estará ya más en vuestras manos; se os dará a conocer a través de los diferentes actos de obediencia que se os exijan. Lo vuestro no es una carrera, en el sentido que se da normalmente a esta palabra; vuestra conversio morum implica otra lógica basada en otras premisas: el seguimiento de Cristo a lo largo del camino de la vida monástica. Y vosotros seréis uno de nosotros, un miembro de esta familia, para siempre. Y este es el punto para deciros de una manera especial: « ¡Bienvenidos!« Lo que haréis mañana, agradará a Dios. Y también nos complace grandemente a nosotros.

5. Ordenación: Tu es sacerdos in aeternum

Faltando ya pocos días para la ordenación, puede parecer original empezar a hablar del sacerdocio haciendo referencia a la crisis actual del clero. Pero una crisis es un momento de cambio. Y sin duda alguna sea cual fuere el papel que el sacerdocio haya de asumir finalmente en la iglesia, esto se hará bajo la guía del Espíritu santo. Veréis cómo esto va a ser un párrafo importante en la agenda del Sínodo de los obispos en el próximo octubre. Se ha hecho circular por las Conferencias episcopales un escrito titulado De sacerdotio ministeriali, para que se discuta en la iglesia en diferentes niveles. Es un escrito de cara al trabajo, no un esquema, ni siquiera el esbozo de un esquema. Por supuesto, ha sido muy criticado.

El debate se refiere al sacerdote en búsqueda de su identidad. Ahora todos reconocemos que el papel del sacerdote en la iglesia ha cambiado y está cambiando. También se reconoce, generalmente, que el estamento social del sacerdote es diferente del de tiempos atrás. Además, el problema del celibato es agudo. Se ha dicho: «Sin duda se da una falta de fe entre un cierto número de sacerdotes, pero entre la gran mayoría de los que se encuentran en un estado de crisis, el meollo de su fe no se ve afectado. Pero ya no pueden por más tiempo asumir la "fe" en fórmulas dogmáticas ligadas a la historia, en principios morales y disposiciones eclesiásticas». Es cierto que hay un malestar entre los sacerdotes en todo el mundo. Más aún, el estudio de las Escrituras y la investigación histórica han re-orientado, tal vez, el pensamiento de la gente hacia los orígenes del sacerdocio.

Hay dos grandes documentos del concilio Vaticano II, que se han de entender primero, me parece a mí, para poder desarrollar una teología propia del sacerdocio hoy en día. Estos son Lumen gentium sobre la iglesia, y Gaudium et spes sobre el papel de la iglesia en el mundo actual: estos son dos documentos clave del concilio Vaticano II. Y es axiomático que no se puede entender la teología del sacerdocio, a no ser en relación con la actitud de la iglesia hacia el mundo. Para ser breves, Lumen gentium subraya la iglesia como pueblo de Dios reunido para escuchar y para responder a la palabra de Dios, Jesucristo, que libra y reconcilia a todos los hombres por la efusión del Espíritu. En este contexto, ya no se considera más al sacerdote como un funcionario representante de un sistema, sino, como se ha dicho muy bien, como un testimonio de la esperanza. Gaudium et spes ofrece una actitud fresca y positiva hacia el mundo: hacia la ciencia, la tecnología, la política, la guerra, hacia los intereses y las necesidades de todos los seres humanos. Y considerado ante el telón de fondo de la enseñanza de Gaudium et spes, el sacerdote no se puede considerar a sí mismo como fuera del mundo, como quien ha rehusado sus valores o le ha dado la espalda. Se ha de considerar más bien como un profeta que da sentido a la creación de Dios y canta sus alabanzas. Es con el telón de fondo de la Gaudium et spes como se entenderá y se desarrollará el papel del sacerdote. Por ejemplo, la idea de trabajo profesional a jornada limitada y compromiso político, son cuestiones actuales hoy en día.

No es mi incumbencia señalar la importancia de estas diferentes aproximaciones al sacerdocio: son todavía objeto de debate y exigen una ulterior reflexión. Pero si se me permite arriesgar una conjetura, los sacerdotes serán ordenados cada vez más de entre las filas de los laicos, particularmente hombres que, en un mundo en el que cada vez más habrá menos trabajo, se retirarán a una edad temprana. Esto puede ser importante, porque llegaremos a ver que el sacerdocio no se ha de mirar como una cosa a parte, sino como teniendo una función dentro del pueblo de Dios, todo entero.

Nuestra situación como benedictinos es algo diferente, porque nosotros somos monjes-sacerdotes. Digamos, como ya lo hemos hecho en otras ocasiones, que una cosa es la vocación monástica, y otra, la vocación al sacerdocio, pero en todo caso, en un futuro que ya se puede prever, los sacerdotes seguirán viniendo del pueblo de Dios, ya sean laicos o religiosos. En nuestro caso particular, esta combinación de monje y sacerdote es algo que hemos heredado de nuestro pasado y no ha de prevalecer necesariamente en el futuro; pero en nuestras presentes circunstancias, es indispensable. ¿La combinación de sacerdote y monje empaña tal vez la claridad de cada una de estas vocaciones? Yo pondría el énfasis en el hecho de que la vocación monástica da un carácter especial al sacerdocio ejercido por los monjes, y viceversa. Nunca podremos afirmar del monje-sacerdote todo lo que podemos afirmar del sacerdote en general, porque al ordenarnos y en el ejercicio de nuestro sacerdocio, no podemos dejar de ser monjes.

La cuestión que más se discute hoy en día es el sacerdocio de los fieles. Todos los bautizados, ¿no somos ya sacerdotes? Sabemos que es así, en el sentido de que solamente existe el único sacerdocio de Cristo, y que en este sacerdocio hay una diversidad de funciones. El sacerdocio ministerial se ha de distinguir del sacerdocio de los fieles, llamado a veces el «sacerdocio general de los fieles». Una sentencia del Presbyterorum ordinis (decreto del Vaticano II sobre el sacerdocio) me parece que es esclarecedora: «A través de este ministerio —refiriéndose al sacerdocio ministerial—, el sacerdocio de Cristo llega hasta el cuerpo eclesial, y el sacerdocio común de los fieles alcanza así el pleno ejercicio de su oficio». Se dice que el papel del sacerdocio ministerial es llevar a su pleno ejercicio y a su plena expresión el sacerdocio del Cuerpo de Cristo entero. Y así, ante el altar, el sacerdote está presente para expresar, para dar efecto al sacerdocio del pueblo de Dios allí reunido. Me parece que siempre tenemos que retroceder hasta el hecho fundamental del único sacerdocio que es el sacerdocio de Cristo, del cual todos nosotros participamos en grados diferentes; y para los que están consagrados para el sacerdocio ministerial de la iglesia existe una diferencia de cualidad.

También se plantea hoy en día la cuestión de si el sacerdote es el delegado de la comunidad o el representante de Cristo. Desde un punto de vista es el representante de la comunidad, en cuanto ha sido llamado de entre los de la comunidad, en cuanto es uno de la comunidad, realmente la comunidad lo presenta al obispo para la ordenación. Por otra parte, es representante de Cristo, en cuanto ha sido especialmente consagrado para ser la imagen de Cristo, cuando ejerce sus funciones en el altar: Cristo, cabeza de toda comunidad que se reúne en asamblea, y la presencia de Cristo manifestada a través de este signo del que el sacerdote forma parte. Esta es la doctrina del Presbyterorum ordinis cuando dice: «Cada sacerdote representa a su manera la persona del mismo Cristo». De aquí la solemnidad que, con ocasión de esto, vamos a celebrar el próximo domingo: la consagración solemne de cuatro miembros de nuestra comunidad, para esta tarea, esta gran función en la iglesia que es el sacerdocio, el sacerdocio ministerial.

Es difícil comunicar lo que significa el decir por vez primera las palabras de la consagración y darse cuenta que el adjetivo que usamos es el de la primera persona del singular: «mi cuerpo»; «corpus meum». Conozco poca cosa de la teología del sacerdocio, pero sé algo de los debates actuales. Hay una experiencia que transciende toda teologización en la mente de uno y que es más grande que el debate que se debe proseguir en la iglesia en lo que toca a estas materias. Es la pura verificación de que yo uso la primera persona del singular, que es mi voz, mis manos, mi mente, que están comprometidos en este acto tremendo, centro de la eucaristía, en el que Cristo se manifiesta a través de mi persona. En este momento que sobrepasa a todos los demás, yo soy el icono de Cristo, la imagen de Cristo. Soy utilizado por Cristo de tal manera que me asocia a mí mismo a todo lo que él hizo en la última Cena, en el Calvario, en su obra redentora. Más aún, cuando yo presido esta asamblea eucarística, introduzco a los otros que se hallan presentes en la obra de Cristo.

Hay otras palabras en el Presbyterorum ordinis que me impresionan: «La consagración recibida no es un signo pasivo, sino más bien una fuerza dinámica que dirige toda la vida del sacerdote hacia el servicio de Dios y del hombre de manera que penetra toda su persona». En mi ordenación, yo soy el recipiente de una «fuerza dinámica», y uno no puede sino preguntar por qué esta fuerza ha sido tan poco evidente. Cada sacerdote ha de ser consciente, sin duda, de sus deficiencias. Pero a veces yo me pregunto si éstas no son debidas a que en el ejercicio del sacerdote uno comete la equivocación de depender demasiado de la propia experiencia, de la propia habilidad y de las propias dotes, y de no darse cuenta suficientemente de que la consagración del sacerdote, la ordenación del sacerdote, es una comunicación del Espíritu santo; y de que uno no confía suficientemente en el poder de este mismo Espíritu, no se confía suficientemente a él, no está suficientemente en contacto con el Espíritu. Es verdad que al hablar como hablo, no hago la distinción que algunos de nosotros hemos traído a colación, entre las acciones del sacerdote ex opere operato y sus acciones ex opere operantis. No soy yo quien ha de decir si esta distinción es válida hoy en día o puede sernos de alguna ayuda. Pero lo que yo pregunto es ¿por qué nosotros, que hemos recibido tan tremendos poderes, parecemos hacer poco uso de ellos? La respuesta puede darse en parte: ninguno de nosotros puede medir el bien que hace, y para la mayoría de nosotros el bien que hacemos no se ve. Así pues, frecuentemente, no somos capaces de ver el bien que hacemos, pero gracias a Dios, vemos frecuentemente el bien que han hecho los demás. Así pues, colectivamente ¿no se puede decir que el sacerdocio —o los sacerdotes en general— no da, no contribuye en proporción con los dones conferidos en el día de la ordenación? Simplemente planteo la cuestión y así la dejo.

En la vida espiritual, habrá habido para cada uno de nosotros una experiencia, tal vez no verificada al momento, pero sí retrospectivamente, de que algo nos ha pasado; tal vez se nos ha otorgado una comprensión, implantado una convicción o revelado un cambio de dirección que después vemos ser la obra de Dios, la obra del Espíritu.

El momento de la ordenación es para el ordenado un momento de transformación; y una de las alegrías de este día es la verificación de que aunque se os pueda privar de cualquier cosa, hasta de la razón, nadie os puede privar de vuestro sacerdocio: Tu es sacerdos in aeternum. La tragedia de dejar el sacerdocio choca más a uno cuando reflexiona que si bien renuncias a vivir como sacerdote, no puedes renunciar a tu sacerdocio. Tú eres sacerdote in aeternum. En el día de la ordenación, verificáis que os ha sido dado un poder tremendo, un poder del que no se os puede privar. En el día de la ordenación hay la alegría de la misa, un deseo de celebrar la misa. Por un tiempo esto permanece vívido; pero tal vez, al pasar los años, se hace menos vívido. Lo que intento dejar bien asentado es que en nuestro servicio de Dios, hay y han de haber momentos de luz, momentos de calor. Normalmente no duran, pero tenemos el consuelo de vivir en el calor vivo que dejan atrás.

El domingo, nuestra oración por los que han de ser ordenados al sacerdocio es que en su ordenación reciban de Dios luz, fervor; y por el resto de nosotros, que las ascuas se enciendan otra vez. En esta «crisis del sacerdocio», sea cual sea su explicación, es importante insistir en el hecho de que tenemos algo que no se nos puede quitar. Hemos recibido una fuerza dinámica en la que, en el mundo moderno, hemos de llegar a creer cada vez más, de tal manera que, de acuerdo con los principios de la Gaudium et spes y la comprensión de la Lumen gentium, podamos ofrecer al mundo nuestra contribución a través del sacerdocio de Cristo.