2.- Formación Monástica

2.- Perseverancia

a) La plaza del mercado y el desierto

Me gustaría decir algo sobre el papel que juegan el desierto y la plaza del mercado en la vida monástica, particularmente en la vida tal como se vive en este monasterio. Por desierto quiero indicar el retirarse de la actividad y de la gente, para encontrar a Dios. Por plaza del mercado quiero indicar el encontrarse implicado en diversos géneros de situaciones pastorales. La tensión entre estas dos cosas es una constante en toda la tradición monástica, y la historia del monacato es un comentario sobre esta tensión. ¿Tendríamos que estar retirados en el desierto o tendríamos que estar comprometidos en la plaza del mercado? San Agustín, hablando de los obispos, dice que si por una parte el hombre es conducido a buscar un santo ocio por amor a la verdad, por otra parte las exigencias de la caridad requieren su compromiso: Otium sanctum quaerit caritas veritatis, negotium justum suscipit necessitas caritatis 3.

En la vida monástica, la reforma va siempre en dirección del desierto, porque el «tirón», la atracción de la plaza del mercado, lleva consigo sus inherentes peligros, y puede llegar a provocar que un monje o un monasterio se haga olvidadizo de los valores del desierto. La tensión que encontramos a lo largo de toda la historia del monacato existe, creo, en todos los monasterios; cierto, en todos los monjes existe el «tirón» dentro de cada uno de nosotros, entre la alternativa del deseo de retirarse y el deseo de comprometerse. El arte de ser monje consiste en saber cómo estar en el desierto, y cómo estar en la plaza del mercado. Esta es la razón por la que en nuestra vida monástica proporcionamos, en términos de tiempo y espacio, un desierto, es decir, una situación de desierto en la que el silencio es preciso, en la que se requiere el silencio.

Sería una tontería pensar en términos de reglas de silencio, como si éstas fueran una disciplina externa impuesta por la sencilla razón de que la vida monástica ha de estar sujeta a una disciplina. Más bien tendríamos que considerar estos lugares y tiempos de silencio como la verdadera base de una vida espiritual madura, adulta. No tendríamos que ver el silencio como una interrupción de nuestra recreación; tendríamos que considerar nuestra recreación como puntuando nuestro silencio. Pero el desierto ha de ser algo existente en la mente, y es la apreciación y la comprensión del papel de la soledad y del silencio interior —y la relación entre esta actitud interior y los medios exteriores que nos proporcionamos a nosotros mismos— las que nos hacen aptos para adquirir o para habitar en el desierto interior de soledad y de silencio. Estos tiempos y lugares de silencio son refugios a donde nos retiramos, porque los deseamos, porque los necesitamos, porque es allí donde buscamos a Dios.

Ahora bien, la plaza del mercado ocasiona distracciones. De por sí, tiene atractivos, y en ella encontramos responsabilidades que se han de llevar a término. Podemos también escaparnos a la plaza del mercado porque nos da miedo el desierto, porque tememos la soledad, el silencio; porque tememos enfrentarnos con las exigencias y las reivindicaciones que Dios pudiera hacernos y que, en realidad, nos hace. Nunca podremos estar a salvo en la plaza del mercado, a no ser que nos sintamos como en casa en el desierto. Esta es la razón por la que los primeros años en el noviciado son de importancia vital; porque el noviciado es un intento de crear una situación de desierto; la ausencia de ocupaciones en él, la falta de contactos humanos, tienen, precisamente, esta finalidad: que podamos descubrir las reivindicaciones y las exigencias de Dios. Tal vez sonriáis al oírme hablar de falta de ocupaciones, pero ya entendéis lo que quiero decir. La falta de contactos, aparte de los que uno tiene con los que comparte el noviciado, presenta problemas; y en este contexto, permitidme volver al tema del desierto para que os quedéis con un pensamiento. El corazón también ha de aprender a vivir en su desierto, si es que ha de ser capaz de comprometerse en la plaza del mercado. Es únicamente en el desierto en donde podéis aprender a convertir soledad en «solitud», y será únicamente cuando hayamos aprendido la «solitud» y la libertad —la capacidad de estar solos— cuando podremos comprometernos con otros sin peligros.

Aquí, nuestra vida monástica se desarrolla en la plaza del mercado: tenemos un colegio, parroquias, una Granja 4. Algunos de nosotros están comprometidos en la administración. Esta es nuestra vida. Este es el camino que nos ha forjado la historia. Parece ser que ésta es la voluntad de Dios para nosotros. Y porque estamos comprometidos en la plaza del mercado, para nosotros es crucial apreciar el desierto. Un monje será apreciado en la plaza del mercado, si conserva la nostalgia del desierto: la nostalgia de ser un hombre de oración, ocio para dedicarse a la oración, el deseo de orar, persistiendo en esto, sin dejarlo nunca pasar; esto es lo que nos hace aptos para la llamada de Dios a comprometernos con la gente y en una actividad. Muy simple, nuestra vida es una vida de oración y de servicio en comunidad, y la vivimos con sus contradicciones y complejidades, sobre todo según el espíritu de la Regla de san Benito. Para vivir felices todos juntos, para alcanzar los fines que cada uno pone ante sí cuando profesa, hemos de ser una comunidad disciplinada, que valora las doctrinas fundamentales de san Benito. Y dos de éstas se refieren a la humildad y a la obediencia. Ambas, un tesoro. Esta noche he leído: «La oración es la suma de nuestra relación con Dios. Somos lo que oramos. El grado de nuestra fe es el grado de nuestra oración. Nuestra capacidad de amar es nuestra capacidad de orar». A esto añadiría: el genuino amor a Dios y al hombre se aprende en el desierto. Apréndelo allí, y tendrás algo para vender en la plaza del mercado: la perla de gran valor.

b) Humildad

Hay muchas formas de oración, las unas se adaptan a ciertos temperamentos, las otras, a otros. El Espíritu santo sopla donde quiere. Pero voy a hablar sobre una forma que por el hecho de estar íntimamente ligada con toda la búsqueda monástica de Dios, se tendría que guardar especialmente como un tesoro: la oración de quietud.

Esta oración, tanto si dura cinco minutos como media hora, renuncia a las palabras, las imágenes y las ideas. Aunque esto no quiere decir que hayan de ser totalmente excluidas. Lo que importa es adquirir la capacidad de estarse silenciosamente en la presencia de Dios: que cultivemos una silenciosa atención en la que el alma encuentra a Dios en lo más profundo de sí misma.

Hay diferentes puntos de partida de acuerdo con nuestra manera de considerar la vida, nuestro temperamento, nuestras lecturas, nuestra educación, etcétera. Un buen punto de partida, diría, es una conciencia de pobreza, lo que podríamos llamar una pobreza radical; o, si me perdonáis la expresión, una pobreza metafísica: un darse cuenta de nuestra limitación como criaturas, del sí mismo detrás del cual se halla la nada en la que encontramos a Dios. Este darse cuenta de nuestra pobreza en la presencia de Dios despierta un sentido de dependencia, nos permite encomendarnos, con mucha paz, a la divina providencia, y ver su mano guiándonos en las actividades de la vida diaria.

Otra forma que toma la pobreza es un sentido de nuestra insuficiencia, que clama incesantemente a la misericordia de Dios, una misericordia que, de acuerdo con el uso bíblico de la palabra, implica un derrumbar al que puede más para elevar al que puede menos. «Porque el Poderoso ha hecho tanto por mí». Hay momentos en que nos equivocamos o hacemos un papel ridículo, pero a continuación viene una paz profunda porque la satisfacción del error que se nos otorga, permanece en Dios. Un sentido de nuestra ineptitud, de nuestra fragilidad, que sin una fe verdadera puede llevarnos a perder la confianza, es, creo, una profunda actitud monástica: la realización de que tanto da lo ridículo que pueda yo sentirme ante mis propios ojos o ante los ojos de los demás, porque he experimentado una vez más lo mucho que necesito de la misericordia y de la ayuda de Dios. Y así, esta pobreza —la pobreza de la primera bienaventuranza: «Dichosos lo que eligen ser pobres, porque esos tienen a Dios por rey»— es un buen punto de partida porque es la experiencia de todos nosotros en nuestra vida de oración: fracaso, frustración, la impresión de que no se va a ninguna parte. Habitando en esta pobreza que se presenta en las dificultades de nuestra oración, encontramos a Dios, o, para ser más exactos, somos descubiertos por Dios.

Esta es la razón por la que la humildad es una virtud clave en la vida monástica, una virtud clave en la vida cristiana. Por esto es por lo que san Benito pone un énfasis tan grande en ella, y obrando de esta manera se hacía eco de toda una tradición monástica. El describe los doce grados de la humildad de una manera distinta de como lo haríamos nosotros hoy en día, pero la meta a la que cada uno de ellos conduce es la misma: la realización de nuestra pobreza y, por consiguiente, una actitud mental y una forma de comportamiento respecto a nuestro servicio de Dios y del prójimo.

Pero el silencio es y tendría que ser un silencio lleno de paz, en el que en primer lugar, estamos a la escucha. En la oración se da lugar para hablar, pero el silencio juega un papel de gran importancia. Pensemos solamente en nuestra Señora, la esclava del Señor: su humildad. Ella «conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior». Fue bendita porque escuchó la voz del Señor. Recibió la Palabra, no solo físicamente, sino en todos los repliegues de su ser. De esta manera, en la oración de silencio, en la oración de quietud, recibimos el Espíritu.

Perdonadme por expresar estas cosas tan chapucera-mente: he de admitir que en este terreno no me muevo con demasiada facilidad; pero uno ha tenido ya la suficiente experiencia para saber que es a lo largo de esta pauta donde hemos de buscar un tipo de oración que siempre existirá en nuestra vida monástica. Esta es la razón por la que tenemos esta media hora de oración mental. Y es importante no mirarla desdeñosamente.

Si podéis adquirir esta actitud en los primeros años de vuestra vida monástica, os librará de convertiros en unos «activistas», en el sentido de uno que se sumerge en mil y una cosas que se han de hacer. Más bien esta clase de oración puede impregnar cualquier cosa que hagamos. Cuando nos ponemos a nuestro trabajo diario Dios está presente, como si estuviera en el trasfondo, permitiéndonos ver a Cristo en nuestro prójimo y la voluntad divina en aquello que nos tiene ocupados. O, mirándolo de otra manera, tenemos una presencia hacia la que nos podemos girar en todo momento. De aquí la importancia del silencio: lugares de silencio; desiertos en los que podemos encontrar a Dios en la soledad.

Si de vez en cuando encontráis que el Oficio no va bien, si se os hace una carga, tengo un par de consejos que os pueden ser útiles. Haced la práctica de dirigir la atención hacia el próximo Oficio. Cuando te vas a la cama por la noche, date cuenta del hecho de que, pasadas siete horas, volverás a estar en el coro alabando a Dios en los maitines. Es extraordinario el efecto que esta pequeña estratagema puede tener a la mañana siguiente. Y no es una mala idea el tener una intención especial para un Oficio particular, o una razón especial por la que deseas levantarte y cantar las alabanzas de Dios aquella mañana. Aún otra cosa: procura encontrar en el Oficio del día siguiente a un «amigo» entre los salmos. Cuando el Oficio va por malos derroteros, una lectura de los salmos es un ejercicio admirable. Hemos de ser prácticos.

c) Obediencia

Seguro que os sentís constreñidos por la vida algo estrecha de vuestro noviciado. Es difícil justificar la manera como funciona un noviciado. Ahora hay aquellos que hablan de lo que ellos llaman un «noviciado abierto». El cínico diría: «¡Nada de noviciado!». Pero esto depende de vuestro punto de partida. Aquí, nosotros no creemos en un «noviciado abierto», y no me es posible ver cómo algún día podamos aceptarlo. Sin embargo, es justo revisar de vez en cuando cómo hacemos las cosas en el noviciado, y hacer las adaptaciones necesarias, pues una generación de novicios difiere de otra. Así pues, espero y ruego para que nuestra actitud sea abierta y flexible. Sin embargo, tal como lo entiendo, en lo que toca a nosotros no hay vacilación alguna: en el ámbito del sistema damos en el clavo y lo que hemos heredado es eficaz; pero constriñe y delimita, y no habrá muchos que después de haber dejado el noviciado, y ya en el grupo de los que llamamos juniores en la comunidad, tengan ganas de volver a la vida del noviciado. Sin embargo, todos nosotros hubiéramos deseado aprovechar más cuando estábamos en él.

Lo más importante en el noviciado es que estéis protegidos contra las distracciones lo máximo posible, y esto, sólo por una razón: que aprendáis a ser hombres de oración, que aprendáis el arte de la oración, la práctica de la presencia de Dios, que lleguéis a ser hombres de Dios. Esta es la razón fundamental de todo, y me parece que si perseveráis, y pasados los años miráis atrás, veréis, realmente entenderéis lo importante que este año puede ser para la formación, o lo importante que fue, o, por desgracia, no fue. En este año se ponen los cimientos. En este año tenéis que haceros «monjes» en vez de vivir simplemente como monjes. Es un período crucial. Y es difícil entender todo esto cuando uno lo está viviendo. Todavía no podéis tener una visión retrospectiva para evaluarlo. Estáis sufriendo un proceso que no es fácil comprender mientras os encontráis en él; y por esto necesitáis una buena dosis de paciencia y de receptividad que os permitan aceptar las cosas que en apariencia carecen para vosotros de importancia y hasta pueden pareceros estúpidas. Sed sensibles a la experiencia de aquellos que os ayudan y os guían. Antes de criticar, procurad apreciar y comprender. No permitáis que vuestra reacción inmediata sea la de criticar: haced que sea la de apreciar, un intento de comprensión. En cualquier monasterio, si buscáis cosas para criticar, encontraréis las suficientes para manteneros ocupados todo el día. Si sois sensibles y comprensivos, estáis en una buena posición para hacer sugerencias constructivas y razonables.

Es verdad que se dan muchas dificultades en lo que podíamos llamar la «teología de la obediencia». También es verdad que en la historia de la iglesia, en la historia de la vida religiosa, ha habido abusos en el ejercicio de la autoridad. Todo esto se ha de admitir. Y es verdad, me parece, que la obediencia fuera del contexto de la vida religiosa, podría tender, y a veces tiende, a debilitar al individuo. Pero hemos de procurar comprender el porqué la obediencia ha entrado en la vida espiritual; el porqué fue importante para personas como san Benito y todos los escritores espirituales a lo largo de los siglos este vínculo misterioso forjado entre nuestra obediencia y la obediencia de Cristo. A veces se nos dice que la obediencia es una liberación. No siempre es fácil ver el significado que yace bajo esta paradoja.

¿Permitís que apunte un par de peculiaridades? Si hacéis un voto de obediencia, perderéis la libertad de escoger lo que queréis hacer en el monasterio. Hoy en día, las cosas se hacen más basándose en el diálogo y en la discusión, y la autoridad se ejerce de una manera más humana que en el pasado. Sin embargo, perderéis la libertad de escoger vuestro propio género de vida; y esto, en sí, es una liberación. Porque aceptáis lo que os piden vuestros superiores, os veis libres de hacer planes para el futuro. Vosotros sois algo así como viajeros furtivos a través de la vida, no como aquel que por adelantado se ha trazado con esfuerzos el camino. Desde luego, vosotros tenéis que estar seguros en vuestro interior... habéis de estar ciertos de vuestras convicciones respecto a Dios y a las cosas de Dios. Pero la verdadera incertidumbre, humanamente hablando, en lo que se refiere al futuro, es un estímulo a tener fe y confianza en la divina providencia.

Más aún, la obediencia es una defensa contra la voluntad propia: no hay lobo más astuto que la voluntad propia cuando se pone una piel de cordero. Lo que dice san Benito sobre este defecto hace sentir un escalofrío por la espina dorsal. Parece que va contra lo que hoy día llamamos auto-expresión (self-expression), auto realización, etcétera. Pero en él hay algo peculiar aquí. Es fácil para nosotros hacernos el centro de nuestro pequeño universo, vivir nuestras vidas para nuestro propio engrandecimiento, para nuestra propia satisfacción. Las «buenas» personas caen en esta trampa. En su celo intentan competir con los demás, pisotearlos bajo los pies. No estéis tan seguros de que la enseñanza de san Benito sobre la propia voluntad está pasada de moda. La experiencia nos muestra de que manera tan sutil, muy sutil, nos podemos buscar a nosotros... «mismos». El arte de ser cristiano y, por consiguiente, de ser monje, es aprender a poner a Dios en el centro: el amor de Dios y de nuestro prójimo; estar entregado a Dios y al prójimo. Encuentras personas que aparentemente son muy espirituales, muy santas y, cuando las conoces más de cerca, descubres que la búsqueda de ellos mismos gana en prioridad a la búsqueda de Dios o al servicio del prójimo.

d) «..una suave reprimenda!»

Conocéis más que entendéis sobre la vida monástica y los que la vivimos. La comprensión viene despacio, arrastrándose detrás del conocimiento.

No hay límites para lo que un hombre humilde puede hacer en el servicio de Dios y de su prójimo. Por el contrario, no hay obstáculo mayor que el reverso de la humildad: el orgullo. El capítulo de san Benito sobre la humildad es todo un programa espiritual.

Tengo la vaga impresión —lo digo así, porque puedo matizar, o podéis desear que matice lo que voy a decir—, tengo la vaga impresión de que entráis en el noviciado para probarnos a nosotros en vez de entrar para que nosotros, tal como es corriente en la vida monástica, os probemos a vosotros! Ahora bien, no queremos que seáis acríticos. Ni tampoco os queremos cerrados y sin ventilación. No tenemos la pretensión de haceros creer que tenemos todas las respuestas; no las tenemos, como ya os habréis dado cuenta, sin duda.

Pero es importante recordar que si vais a aprender realmente algo sobre la vida monástica, una buena parte de cosas las tendréis que aceptar por simple confianza, creyendo que son eficaces o importantes. Posiblemente he dicho estas cosas con más fuerza de lo que me había propuesto, pero ya nos conocemos lo suficiente para hacer las reservas necesarias. Sin embargo, no trato de eliminar una leve reprimenda.

Ya habéis descubierto, ¿no es verdad?, que ocho personas viviendo juntas crean problemas dignos de consideración. Es cuatro veces más difícil que si sólo fuerais dos, y supongo que lo más fácil sería si solamente hubiera uno. Pero habéis descubierto el problema. Os encontráis juntos una serie de compañeros que no habéis escogido, y no lo habéis encontrado fácil. Es tan fácil hablar de comunidad; tan simple pensar de la comunidad como un «estar juntos» temporal. Pero cuando tenéis que vivir la vida en términos de una dura realidad, esto trae problemas. Pero vosotros habréis descubierto vuestros propios defectos en lo que toca a la vida de comunidad. También habréis descubierto que tiene su recompensa, que nos apoyamos los unos a los otros. Y me parece que es evidente lo mucho que habéis aprendido aquí, y que empezáis a apreciaros mutuamente por lo que sois y no por lo que os gustaría que los demás fueran. Esta es una cuestión de primera importancia cuando se vive en comunidad: aceptar las personas tal como son, no tal como os gustaría o hubierais esperado que fuesen. Una profunda tolerancia y aceptación del otro: ésta es la base de la comunidad. A fin de cuentas, ésta es la base de la caridad, a la que la comunidad está subordinada.

Diría que vuestro noviciado, hasta ahora, no ha sido fácil; pero tiene rasgos que son enormemente alentadores. Formáis un noviciado muy competente; y que un abad pueda decir esto se ha dado raramente en el pasado. Sí, sois competentes en todos los conceptos. Esta no es la mayor de las virtudes; no es el atributo monástico más importante, pero ayuda. Sois alegres: esto también es importante. Y creo que podéis reíros de vosotros mismos, que es muy importante.

Tenéis dos cosas que apreciamos. Procuráis recitar vuestras oraciones, y en vuestra vida de oración dais un buen ejemplo a la comunidad: Y ésta es vuestra dualidad más importante. Sois hombres con ideales, y esto también es importante. Manteneros en vuestras oraciones, conservad vuestros ideales, y el resto se pondrá en su sitio por sí solo.

e) Compromiso

Hubo un tiempo aquí, en el monasterio, en que después de un año de noviciado se hacían ya votos perpetuos. Después se tomó la decisión de que en primer lugar se hiciesen votos por tres años, pasados los cuales se permitía al novicio, si era considerado apto, hacer los votos solemnes. Cuando un novicio hacía los votos simples, se sobreentendía que realmente tenía la intención de permanecer en el monasterio durante toda su vida.

Desde entonces el pensamiento de la iglesia ha cambiado. Un documento de Roma, Renovationis causam, pone de manifiesto que el período de formación monástica se extiende hasta la profesión solemne: hasta este momento estáis en período de prueba. El corolario de esta manera de pensar es que nosotros no contraemos con vosotros una obligación similar a la que hasta ahora habíamos tenido con los profesos simples.

Me explicaré. Desde el momento que aceptábamos a alguien para los votos temporales, no nos podíamos deshacer de él —si es que puedo usar esta frase espantosa—fuera del caso en que se diera una culpa grave; la idea era que aceptándolo para los votos temporales lo aceptábamos virtualmente a los votos solemnes. Este no es el caso ahora. No contraemos las mismas obligaciones. Por esto, en cierto sentido, no estáis seguros, aun pasados dos años, porque a los dos años de los votos temporales, vuestro caso será considerado de nuevo. La iglesia ha tomado esta decisión a la luz de la experiencia de estos últimos años.

Sin embargo, espero que hagáis los votos temporales por dos años. Y un voto es una cosa importante: es un contrato que hacéis directamente con Dios. Y os urjo, si es que vais a solicitar el permiso para hacer votos temporales por dos años, a que entendáis plenamente que es por dos años. Si prevéis que probablemente, pasados seis meses o un año, vais a cambiar de opinión, no hagáis, por favor, los votos temporales. Si en este período de dos años, vais a ir mirando por encima del hombro, por decirlo así, por favor no hagáis los votos temporales: es solemne e importante y os liga por dos años: por lo tanto entrad en este período con entusiasmo y determinación, comprometiéndoos a vivir para Dios en este género de vida durante este período de tiempo.

Esto es razonable en cualquier nivel, porque solamente descubriréis si esta vida es o no para vosotros si entráis en ella con entusiasmo, de una manera positiva, con alegría. Aún más, una vez os hayáis comprometido experimentaréis una sensación de alivio y descargo, pues el debate que se iba desarrollando en vuestra mente —¿lo he de hacer, o no lo he de hacer?— llega a su fin. Cierto que no hay nada que dé más libertad que la profesión solemne: el debate se ha acabado, estáis comprometidos, no se puede ir atrás, el futuro es desconocido, y entregáis a Dios vuestro voto. Esta es la actitud que habéis de tener al hacer la profesión solemne. Sean cuales fueren vuestras dificultades, es un pensamiento liberador. Os dais a Dios y no hay vuelta atrás. Y esta es la actitud que habéis de tener durante los próximos dos años si hacéis estos votos temporales.

Cuando erais postulantes y discutíamos si entraríais o no en el monasterio os decía que había tres preguntas que os teníais que hacer a vosotros mismos: ¿Deseo vivir con estas personas? ¿Deseo hacer lo que ellas hacen? ¿Me veo a mí mismo convirtiéndome en la clase de personas que ellas son? Estas son tres preguntas que podríais muy bien volvéroslas a plantear de nuevo. ¿Quieres ser uno de nosotros? ¿Quieres hacer lo que hacemos nosotros? ¿Te ves a ti mismo convirtiéndote en la clase de persona que somos nosotros? En cuanto a este tercer punto: advierte lo diversos que somos, lo diferentes que somos los unos de los otros. Lo que quiero decir con esto no es que hayáis de asumir las maneras y actitudes de cualquier persona particular; tenéis que seguir siendo vosotros mismos, tal como sois. Pero necesitáis tener una especie de instinto: la manera de reaccionar que tenemos por el hecho de ser monjes, y no por cualquier otra razón.

Sin duda alguna, durante este último año habréis tenido algunas sacudidas violentas respecto a vosotros mismos; si no, vuestro noviciado se ha echado a perder hasta cierto punto. Por ahora habréis aprendido mucho sobre vosotros mismos, y reconoceréis, posiblemente de una manera que no lo habíais hecho anteriormente, que tenéis defectos. En cada uno de vosotros hay un defecto que puede llegar a ser vuestra ruina, de esto no hay duda. Un defecto de esta naturaleza puede llevarnos a hacer un papel ridículo, a cometer una grave equivocación. Reconocer este defecto y aprender a luchar contra él es una de las maneras de permanecer en la vida monástica.

Ahora no importa que tengáis defectos, con tal de que dos factores permanezcan inconmovibles. En primer lugar, tendríais que estar dedicados a la oración. Y esto no quiere decir que os encontréis bien en la oración o que sintáis gusto por la oración. Esto significa que deseáis orar, no a nivel emocional, sino con la voluntad; que sabéis lo que queréis hacer y estáis determinados a continuar; que a veces —digamos, en el curso de este último año— ha habido una nostalgia de la oración, un deseo real de oración que, aunque en algún momento se haya vuelto frágil, casi olvidado, os impide, sin embargo, abandonar. En segundo lugar tendríais que desear sinceramente pertenecer a esta comunidad: echar vuestra suerte con nosotros, a pesar de vuestros defectos y debilidades; tendríais que estar dispuestos a enfrentar un futuro desconocido en compañía de estos hombres que caminan a través de la vida buscando a Dios.

Si nos criticáis, si no os gustamos, si tenéis la sensación de que os vamos a irritar, no os quedéis. Sabemos que tenemos defectos, que somos una comunidad imperfecta, pero al menos estamos juntos en nuestras imperfecciones y flaquezas. Y si os juntáis a nosotros, es vital que os mantengáis con nosotros, y, si fuera necesario, que os hundáis con nosotros. Pero cuando seáis profesos tendréis que desear ser uno de nosotros. Se os requiere que seáis hombres humildes, que reconocen el valor de la obediencia, no solamente porque os conforma a Cristo, sino también porque os conduce, os ayuda en vuestra búsqueda del Padre. Tenéis que estar preparados a afrontar las dificultades varonilmente, valerosamente, alegremente. No podemos tener en la comunidad hombres que «llevan a cuestas una astilla en el hombro»; no podemos tener hombres desilusionados; no podemos tener aquellos que todo lo encuentran mal; no podemos tener aquellos que suponen que si cambiásemos todas las cosas, todo iría mejor. No, tenéis que aceptarnos tal como somos, y recordad que en un monasterio la murmuración es una amenaza contra la unidad y la caridad. Esto no excluye, os lo puedo decir, una crítica positiva: realmente tendríais que trabajar en cuanto os fuera posible para cambiar lo que, según vuestra opinión, necesita ser cambiado, pero de una manera constructiva. Todo es cuestión de actitud.

Pongo énfasis en esto porque estamos viviendo en una época de protesta, una época de contestación. Ciertamente en todo esto hay mucho de bueno, pero si esto ha de formar parte integral de la vida monástica, entonces me parece que esta vida no tiene futuro alguno. Las personas que hoy día entran en el monasterio están como obligadas a reflejar las actitudes del mundo; pero no podemos permitir que las actitudes del mundo prevalezcan en el monasterio. En los viejos tiempos, cuando nosotros entramos, teníamos actitudes que tuvimos que abandonar. Lo mismo se aplica a vosotros. Esto es a lo que se refiere la conversio morum.

Acordaos también de que si hacéis los votos, seguiréis siendo la persona que erais antes, con las tentaciones y los deseos que tienen los demás. Es casi cierto —yo diría, cierto del todo— que en vuestra vida podríais encontrar a alguien con quien podríais instalaros felizmente en el estado de matrimonio. No habría nada de sorprendente en esto. Pero antes de hacer los votos, tenéis que enfrentaros con el hecho de que se van a dar estas tentaciones y dificultades. Hacedles frente ahora, y si sois hombres de Dios y de oración —verdaderos monjes—seréis capaces de salir airosos.

Como noviciado, habéis sido lentos para aprender una serie de cosas. Me parece que tenéis una comprensión correcta de la teoría del monacato, una comprensión mucho mejor, si puedo decirlo así, que la del noviciado del que yo formaba parte. Os habéis formulado algunas preguntas bastante profundas: todo esto es bueno y merecéis que se os felicite. Sin embargo, no habéis sido igualmente buenos en la adquisición de los instintos monásticos. Me parece que habéis sido lentos en dar en el clavo. Una cosa es saber el rasgo característico, otra es verlo, otra es vivirlo. El maestro de novicios me dice que le parece que en vuestro entrenamiento general estáis varios meses de retraso respecto a la mayoría de noviciados. Da algo de pena; así pues, vais a tener que imponeros un esfuerzo. Y como sois hombres hábiles y de buena voluntad, podréis hacerlo. Tenéis tiempo para conseguirlo: Yo os urjo a que lo hagáis así.

f) Realización personal

Habéis venido aquí, y lo sabéis muy bien, para buscar a Dios. Cada persona ha de descubrir en cuanto le sea posible, cuál es su camino. Esta es la llave: la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Vinisteis aquí porque pensasteis, y otros a los que consultasteis estuvieron de acuerdo, que Dios os llamaba a la vida monástica. Por ahora, en cuanto podemos decirlo —y sin duda alguna, en cuanto podéis verlo— esto es lo que Dios desea de vosotros. Como comunidad os hemos dado la bienvenida para que viváis, oréis y trabajéis entre nosotros en este período de prueba para vosotros. Deseamos que seáis felices, que estéis contentos. Deseamos que vuestra vida sea de provecho. Deseamos que alcancéis la realización personal.

Sin embargo, si estáis obsesionados por la realización personal, es muy probable —es una manera suave de decirlo— que no lleguéis nunca a alcanzarla. Es verdad, que la realización personal se alcanza solamente cuando los objetivos o metas que nos proponemos están por encima de nosotros. Desde luego, hay una realización personal de mala calidad, y la hay también de buena calidad. La de mala calidad, que es buscarse a sí mismo, afirmarse a sí mismo, mirarse a sí mismo, os conducirá — y no necesitáis que yo os lo diga— a una considerable miseria, sea cual fuere el sendero de la vida que vosotros mismos os tracéis. San Benito es casi cruel en esta cuestión del buscarse a sí mismo de la propia voluntad. A lo que apunta es a arrancar de raíz de nuestras vidas, para salvarnos de nosotros mismos, aquellas formas de afirmación propia y propio asentimiento que nos conducen a la miseria y constituyen una barrera entre nosotros y Dios. No hay nada más sutil y penetrante que la entronización de «uno mismo» a expensas de los demás y de Dios.

Esta es la realización personal de mala calidad. La de buena calidad se expresa en el evangelio en una paradoja: perder la vida para salvarla. Pero esto puede sonar un poco negativo. Si miráis a san Pablo podéis encontrar la inspiración contenida en el mensaje evangélico: hemos de permitir que Cristo viva en nosotros; tendríamos que ser receptivos, y prontos a responder a los toque del Espíritu; tendríamos que vivir como hijos de Dios, dirigirnos a él como Abba, Padre. Un secreto de la vida cristiana, y por lo tanto de la vida monástica, es el ver en cada momento, en cada situación, en cada persona, la posibilidad de un encuentro con Cristo y, en Cristo, con el Padre y el Espíritu santo.

Tal vez pueda ayudar el distinguir entre estar resignado a la voluntad de Dios o abandonarse a su voluntad. La palabra «resignado» sugiere aguantar una cosa, soportarla. «Abandono», aunque la palabra tenga una connotación de debilidad, tiene mucho más el sentido de aceptación, aceptación voluntaria, un abrazar la voluntad de Dios, un salir al encuentro de su voluntad.

Si miramos cada momento como un instante en el que encontramos a Dios, y hacemos de este instante un momento de amor y abandono a su voluntad, entonces cada momento de nuestra vida, puede y debe llegar a ser un momento en el que buscamos y encontramos a Dios. Esto es para lo que habéis venido aquí. Y la mayor parte de la vida aquí, está organizada para hacer esto posible; para proporcionar oportunidades de reflexionar, de pensar, y para llegar a ser cada vez más conscientes de la presencia de Dios.

Hemos dicho que hay una buena calidad de realización personal y una mala. Nos podemos engañar a nosotros mismos pensando que la mala es la buena. Y también podemos, por otra estratagema mental, concebir la buena como si fuera la mala; de manera que cuando las cosas van bien, cuando la vida fluye tranquila, cuando tenemos éxito, podemos pensar que la cosa va mal. De vez en cuando encontramos entre los cristianos esta vena de pensamiento; así pues, en esta materia se ha de mantener un equilibrio delicado entre nuestro pensamiento y nuestra acción.

Dejad que la palabras de nuestro Señor resuenen como un eco en vuestra mente: para encontrar vuestra vida la habéis de perder, de manera que viváis, pero no ya vosotros, sino Cristo en vosotros.

¿Tenéis la mutua impresión de no pareceros a Cristo? Permitid que lo formule con más dureza. ¿Os parece que los demás os sacan fuera de quicio? Probablemente habréis descubierto que es así. Permitid que os formule este pensamiento que os hará reflexionar: Si alguien os saca fuera de quicio, podéis estar seguros que vosotros sacáis fuera de quicio a algún otro. Este es un pensamiento simple, directo, fuerte; pero es una ayuda cuando la idiosincrasia de otras personas nos hace perder nuestro sentido de perspectiva. Pero lo hemos de entender correctamente. La vida de comunidad está hecha de una serie de cosas pequeñas. Me refiero a pequeñas muestras de cortesía: pequeñas formas de consideración, a pensar en los otros, a ser sensible para con los otros, conscientes de sus necesidades, de su estado de ánimo, a tratarlos con tacto, amables cuando se les corrige, apacibles. En la vida de comunidad inevitablemente hay choques. No deberíamos aceptar esto demasiado a la ligera; deberíamos considerarlos siempre como algo que nos duele y hacer todo lo posible para deshacernos de las cosas que en nosotros pudieran causar irritación a los demás. No todos somos igualmente sensibles a las necesidades de los demás. No es que podamos hacer mucho por esto, pero si no somos sensibles para con los demás, es cosa buena descubrir la verdad e intentar reajustarnos para ser sensibles.

Me gustaría hablar de la soledad, particularmente en la vida monástica. Nos llevaría mucho tiempo, es una lástima.

Sin embargo, hay una soledad de buena calidad y otra de mala calidad. La mayor parte de las personas en el mundo se sienten solas. Y frecuentemente, pequeñas muestras de consideración, pequeñas gentilezas: una mera inclinación de cabeza o un «buenos días», pueden hacer que todo cambie. Aquí vienen huéspedes. Ellos aprecian este género de cortesía y consideración. Y reunidos como estáis en la atmósfera delimitada del noviciado, esto lo tendríais que practicar en vuestras mutuas relaciones. Vosotros no decidís conjuntamente juntaros a la comunidad; cada uno de vosotros lo decide por separado. Las circunstancias son las que os han reunido. Ahora como cristianos y como monjes tenéis que aprender a vivir juntos.

g) Relaciones personales

Hay un gran número de maneras de relacionarse con los demás. No podemos evitar que unas personas nos agraden más que otras. En todas nuestras relaciones es necesario que recordemos este hecho tan importante: que cada persona está hecha a imagen y semejanza de Dios. Más aún, cada persona es única, y por esto, él o ella, ha de manifestar algo especial que ninguna otra tiene. Esta es la razón por la que cada persona que encuentro tiene derecho a mi respeto. También es verdad que, en cierto aspecto, cada persona me es superior, porque en mi experiencia, cualquiera que encuentro tiene cualidades y capacidades que no tengo yo, o las tiene en mayor grado. Aun si esto no fuera verdad, la persona seguiría teniendo su propia unicidad, que le pertenece solamente a ella.

Podemos seguir adelante y hacer la siguiente reflexión: Haciéndose hombre se puede decir que Dios se ha hecho a imagen y semejanza del hombre. Para ser absolutamente preciso, subrayaría que el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, no se hace Dios de la misma manera que Dios, haciéndose a imagen y semejanza del hombre, se hizo realmente hombre. Tal vez podamos ver con más claridad lo que intento decir, si pensamos en el hecho de ver a Cristo en los demás. ¿Qué es lo que esto significa? Insinúo que cuando una persona es transformada por el amor de Dios, esta persona se hace semejante a Cristo.

Esto es importante para todos nosotros, tanto si estamos casados como si no lo estamos. Es una gran ayuda para entender cómo ha de amar el célibe. Tendría que intentar ver la imagen y semejanza de Dios en todos: debe ver a Cristo en todos los hombres. Si el célibe se siente atraído hacia una persona particular, su inclinación natural podrá enseñarle a ver a Cristo en esta persona —sin embargo, tendrá que luchar para no quedar sofocado por esta atracción—; puede utilizar esta experiencia para buscar a Cristo en todo hombre y en toda mujer. Esta sugerencia es aplicable a todos, pero me estoy dirigiendo a célibes.

No nos hemos de espantar de nuestra capacidad de amar. Si el amor es fuerte en nosotros, y a veces lo será, podemos usar la experiencia para reflexionar sobre el amor que Dios nos tiene, y puede ayudarnos a descubrir el significado de las palabras de san Juan cuando decía: «Dios es amor». Este es el secreto: intentad descubrir el sentido de todo esto, y podréis descubrir el verdadero sentido del celibato. El amor humano nos lleva a descubrir el sentido del amor divino; conscientes de este amor de Dios por nosotros, empezaremos a amar a los demás en Dios. Este descubrimiento viene después de buscar mucho, una búsqueda honesta y cordial también en nosotros mismos. No podemos sobrevivir como célibes si no somos fieles a la oración. Es en la oración donde nuestras experiencias se harán inteligibles y manejables.

h) Celibato (1)

Estáis aprendiendo ahora el arte de la vida comunitaria. Es un arte, un arte delicado, en el que se pueden cometer toda clase de excesos. Sin duda estáis descubriendo ya por vuestra propia experiencia aquello que ya sabíais, a saber, la profunda diferencia que puede llegar a haber entre nosotros; y esto puede hacer surgir dificultades evidentes.

Cada uno de nosotros es único, absolutamente único, y detrás de esta unicidad hay una intención que en último término es la intención de Dios; y esta intención de Dios está determinada por su amor. Esta es la explicación total de su obra creadora y redentora; y así, su amor por cada uno es diferente, pero diferenciado únicamente por el objeto de su amor, que somos nosotros, cada uno de nosotros. Como amor que viene de Dios no puede cambiar en sí mismo, aumentar o disminuir. Somos nosotros los que lo diferenciamos, usando términos simples, según el grado de nuestra buena voluntad en recibirlo.

La relación entre Dios y nosotros, entre él y yo, es única, y cuando consideramos que en él no hay cambio, ni aumento ni disminución, se sigue que la totalidad de su amor se concentra en cada uno de nosotros individualmente. Un pensamiento asombroso, que produce vértigos. Encontraréis paz, alegría, tranquilidad y libertad en vuestra vida monástica en la medida en que este pensamiento llegue a dominar vuestra mente y a inspirar vuestras acciones. Y porque habéis descubierto que lo que es verdad en lo que toca a vosotros lo es también respecto a cualquiera, esto guiará y determinará vuestra actitud hacia los demás. En cada individuo hay una amabilidad única que ningún otro posee, y que por esto, a los ojos de Dios es infinitamente preciosa; uso estas palabras deliberadamente. Estas reflexiones son elementales, obvias; pero es fácil estar tan preocupado por mil y una cosas que pasemos por alto lo fundamental, y la razón que se encuentra detrás de todo esto.

El aspecto de la vida de comunidad sobre el que deseo reflexionar ahora, es la comprensión y la manera de tratar —en nuestra propia vida y en la guía de los demás—nuestra parte afectiva: el nivel emocional, nuestras afecciones. No os tenéis que espantar nunca de vuestras afecciones. Si no os sintieseis más inclinados a ciertas personas que a otras, me parece que seríais unos seres humanos muy raros. Esto es lo primero: no sorprenderse ni asustarse nunca. En segundo lugar, recordad que no podéis ignorar vuestras emociones, como si no existieran; no podéis vivir como si no tuvierais afecciones. En tercer lugar, éstas no pueden sofocarse: es peligroso intentar sofocarlas, extinguirlas, vivir como si no las tuvierais. Son parte de vosotros.

No es siempre fácil el comprender el papel de las propias afecciones en la vida cristiana, en la vida monástica. Sería arrogante que pretendiera proporcionar soluciones fáciles, dejemos a parte las infalibles. Sin embargo, me parece que el arte de competir con relaciones personales en las que se encuentran implicadas las emociones de uno, es el de decir «sí» a los demás, y, muy frecuente-mente, decirse «no» a uno mismo. ¿Qué significa esto? Significa que hemos de adquirir una libertad en nuestras relaciones con los demás, una naturalidad, pero al mismo tiempo debe haber un control. Al decir «sí» a los demás, me hago asequible a ellos: no me aterroriza amar a los demás o ser amado por ellos. Frecuentemente la gente se aterroriza más de lo último que de lo primero. Y por control, quiero indicar un darse cuenta de donde están los límites. «Sí» a los demás traduce libertad y naturalidad; «no» a uno mismo, control. Es en este terreno donde se encuentra la llave.

Es difícil comprender el papel del celibato en la vida cristiana. La explicación que se da en tiempos modernos, de que «es una dimensión escatológica del reino de Dios», para mí personalmente, no constituye una ayuda particular, aunque puedo seguir adelante con ella. Para consagrarse a sí mismo a Dios de una manera particular, tenemos que ser plenamente humanos. Pero ¿podéis ser plenamente humanos viviendo como célibes? Esta es la pregunta que muchos hacen. Y si echaseis una ojeada a las páginas de algunos sicólogos, quedaríais bien admirados. Por lo que a mí toca, no he leído todavía una explicación convincente. La única luz que me guía es Cristo nuestro Señor, al que acepto como plenamente humano y célibe al mismo tiempo. Como pasa con frecuencia, en la vida de Cristo y en su doctrina se da una paradoja. Y más aún, hay un signo de contradicción, de manera que su doctrina parece contradecir lo que a nosotros nos parece razonable. Si no fuera así, no podría aceptar la cruz, aunque esté seguida de la resurrección. Tanto, que constituye una piedra de escándalo: locura para los gentiles, pero para nosotros que creemos... Los teólogos tendrán que descubrir una manera de presentar el celibato a la luz de la investigación moderna, y mostrarnos que podemos ser plenamente humanos y célibes al mismo tiempo. El que nosotros podamos ser, lo acepto como consecuencia, tal como he dicho, de lo que yo creo respecto a Cristo, y en un nivel completamente distinto de lo que he visto en otras personas como experiencia. El celibato ocupa un lugar central en la vida monástica.

La solución de nuestros problemas de emociones y afectos que surgen de nuestra sexualidad, es adquirir la pureza de corazón en el verdadero sentido bíblico y monástico. En nuestra vida hemos de buscar al Señor y desearlo práctica y realísticamente, con todo lo que esto significa y exige. Es de esta manera como se resuelven los problemas y empiezan a ocupar el lugar que les corresponde. En nuestra vida ocupa un lugar central buscar al Señor con un corazón puro. Esto lo llevaréis a término, queridos hermanos —todos nosotros lo llevaremos a término—, en la medida en que lleguemos a entender la cualidad única del amor de Dios para cada uno de nosotros, y lleguemos a ver la experiencia del amor en nuestras vida como espejos en los que podemos contemplar el amor divino hacia nosotros; ver en nuestra propia experiencia de amor el camino por el cual podemos llevar a cabo una respuesta a aquel amor que se nos ha dado primero a nosotros.

Finalmente, os urjo a que dediquéis mucho tiempo a los salmos. Examinadlos, analizadlos, hacedlos objeto de vuestra oración privada. Cuanto más los examinéis, cuanto más los estudiéis, tanto más veréis cómo expresan en oración las cosas de que os he hablado. Tal vez podríais dedicar algún tiempo a examinar el salmo 41, por ejemplo; o mejor, el salmo 62, y con estos pensamientos en la mente, convertidlos en oración. Trabajad intensamente para adquirir el amor a los salmos. Queridos hermanos, perseverad, ¡perseverad!

Celibato (2)

El celibato nos afecta en aquello que hay de más íntimo y personal en lo más profundo de nosotros mismos. Es algo que escogemos con completa libertad. Desgraciadamente, es tan imposible para el joven monje prever cómo le afectará el celibato más adelante en la vida, como lo es para el joven casado saber los efectos que su nuevo estado producirá sobre él.

Los problemas del celibato cambian en las diferentes épocas de la vida. Cuando se es joven, los problemas sexuales y emocionales son más evidentes; más tarde, repercuten a un nivel más profundo —no estoy del todo seguro de si «más profundo» es la expresión correcta. Sospecho que se trata para el «yo» masculino de la realización, de la necesidad de tener el «tú» femenino, en términos de compañerismo ciertamente, pero más aún, en ser poseído por un «tú» femenino —«poseer» podría sonar demasiado egoísta, una expresión mejor sería «mutuo darse uno a otro».

En el corazón del celibato hay siempre dolor. Ha de ser así, porque el celibato está privado de algo vital. Pero el dolor no se ha de escatimar; el célibe deja de lado el cumplimiento de sus deseos sexuales precisamente porque reconoce que su sexualidad es una cosa buena. Renuncia a ella porque sabe que su Maestro también lo hizo, y la iglesia, desde los primeros tiempos, ha sabido como por instinto que como resultado de esta renuncia se pueden ganar otros valores, Dios ama al que da con alegría.

Desde luego, podemos hacer romanticismo sobre el matrimonio ; pero todos nosotros sabemos por experien­cias pastoral, que el matrimonio, lo mismo que el celi­bato, es un arte que se ha de aprender, y que tiene sus propias trampas y sus propios problemas. Esto, también, implica renuncia.

Entonces ¿por qué hemos escogido el celibato? Nunca me ha sido fácil dar razones. Hablamos de estar más disponibles para los otros. Esto es verdad, o tendría que serlo. Utilizamos la palabra «testimonio»: por nuestro celibato damos testimonio de la dimensión escatológica del reino de Dios. Esto también es verdad, pero yo personalmente, repito, no veo que esto sea una ayuda especial. A veces lo aceptamos simplemente como una parte integral del ser monje. Singularmente esto carece de inspiración.

En lo que a mí toca, dos cosas son importantes: primero, el hecho de que nuestro Señor fue célibe. Fueran cuales fuesen las razones que para él fueron importantes, deseo hacerlas mías. Nuestro Señor fue virgen. Esto también es importante. Tendríamos que ponderar estas verdades en la oración. Segundo, desde los primeros tiempos el celibato ha sido un valor en la vida de la iglesia —y ciertamente, para muchos otros también. Es un valor que ha sido honrado y apreciado a lo largo de los siglos. Está en la tradición.

Estos dos hechos son razón suficiente para ser célibe. Gradualmente, a medida que la vida va avanzando, vemos cada vez más que es una vocación. Dios llama a algunos hombres y mujeres a ser célibes. Si vemos claro que nosotros hemos sido llamados al celibato, entonces llegamos, tal vez lentamente, a vislumbrar el quid.

El objeto —o uno de ellos— es la capacidad de crecer en amor hacia Dios y hacia el hombre. Esto tendría que ser evidente de por sí, pero se olvida frecuentemente. Es el objeto de cualquier vida cristiana, en matrimonio o fuera del matrimonio. Pero el celibato es una manera especial de amar. Darse cuenta de esto es un buen punto de partida, porque hemos de evitar dos extremos: la estupidez de sentirse sobrecogido por el temor y el peligro de compromisos extraviados con otras personas. El célibe debe ser una persona cálida y un ser humano bueno. El celibato debe hacernos más humanos, no menos, más capaces de amar y de ser amados. Pero como todo el que ama, se ha de controlar y disciplinar. Un célibe ha de decir «sí» a todo aquel que tenga contacto con él, y «no» a sí mismo en mil y una diferentes clases de situaciones. Está disponible para ponerse al servicio de todo aquel que se pone en contacto con él; se ha de dar a sí mismo a todos y no exclusivamente a uno. Y su servicio será el más eficaz si está acompañado de una afección real controlada.

Tampoco tendríamos que olvidar nunca el respeto que hemos de tener por las otras personas. No es correcto, por ejemplo, permitir que otras personas se enamoren de nosotros. Este es un peligro mayor que el que nosotros nos enamoremos de otras personas. Si somos imbéciles, y el peligro aquí está en la vanidad, podemos causar dolor y daño; y esto no está bien.

Así pues, hemos de ser seres humanos buenos, cálidos y espontáneos en nuestras relaciones con otras personas, pero sanos y sensibles, reconociendo nuestra fragilidad, acordándonos de que somos hombres, y que retenemos nuestra virilidad y el poder de atraer y de ser atraídos. Una vida de oración fuerte, interior y un amor a nuestra vida monástica serán nuestra mayor salvaguarda frente a los peligros, y proporcionará el contexto en el que con esfuerzo aprenderemos la manera de consagrar a Dios nuestro celibato y descubriremos su secreto y su valor.

j) Un hombre de Dios

Cuando hablaba con vosotros antes de vuestra entrada en el noviciado os previne de que durante vuestra vida podíais encontrar cambios profundos no sólo en la iglesia sino también en la vida monástica. También os dije que en esta comunidad encontraríais considerables diferencias de opinión en muchas materias. Sin pretender ser un profeta, preveo ciertamente cambios a lo largo de vuestra vida, aunque nosotros no lleguemos a verlos.

Comprendéis que no es dado a cualquier generación —y ciertamente no a la nuestra— el tener la última palabra en cualquier decisión de las que se debaten corrientemente. Nunca podremos decir que el desarrollo de la doctrina referente a la iglesia, el sacerdocio, la eucaristía o la obediencia, han alcanzado un punto al que no se puede añadir nada más. Y esto es una verdad profunda, en el sentido de que no podemos pretender vivir solamente de convicciones intelectuales; más bien hemos de abrirnos cada vez más al Espíritu. Discernir el Espíritu y la orientación del Espíritu es extraordinariamente difícil. Pero no os sintáis contrariados ni os inquietéis si la comunidad a la que pensáis incorporaros no puede dar una definición rápida, fácil y convincente, digamos, del sacerdote, o hasta del monje. En última instancia hay algo más importante.

Me gustaría puntualizar que en nuestro tiempo somos llamados por Dios de una manera especial a llevar a cabo un desprendimiento radical, en el sentido de que se nos pide que cambiemos prácticas establecidas desde hace ya largo tiempo; y esto puede ser un proceso doloroso. Lo que es más doloroso todavía es el tener que modificar o cambiar nuestra manera de pensar, esto es sumamente doloroso; y muchos de nosotros hemos sufrido en estos pocos últimos años más pena, más agonía de lo que hemos dejado entrever. Pero hemos tratado de ver todo esto en la presencia de Dios, preguntándonos qué es lo que intenta darnos o mostrarnos. En lo que a mí toca, sólo puedo entenderlo como una llamada suya a un desprendimiento en un nivel en el que todavía no lo habíamos experimentado hasta ahora.

Esta mañana, mientras escuchaba la homilía me vino un pensamiento. Se nos decía que pidiéramos que la voluntad de Dios se hiciera en nosotros y a través de nosotros. Lo realmente importante es esto: estar abiertos a Dios para que su voluntad se haga en nosotros: su voluntad a su manera, no su voluntad a nuestra manera. La abertura que hemos de tener si estamos dispuestos a cumplir su designio en nosotros y a través de nosotros, como individuos y como comunidad, es una actitud monástica fundamental. Pero no podemos vivir sin convicciones, y muchas de nuestras antiguas convicciones se ha podido comprobar que eran meras suposiciones. Una cosa, sin embargo, es cierta e inmutable, a saber, que cada uno de nosotros tiene la incumbencia de llegar a ser en la vida monástica —la frase, me parece, se explica por sí misma— un hombre de Dios. Esto es lo que importa: ser sinceros, intrépidos en nuestra determinación a responder a lo que Dios nos pida, sea lo que fuere.

Ahora bien, en la vida monástica hay ciertas facetas que no admiten vacilaciones. Mencionaré tres solamente.

Obediencia. Yo no os puedo decir qué es la teología de la obediencia; soy incapaz de resolver problemas que se han planteado sobre la obediencia en estos últimos años.

 Pero sé dos cosas. Experimentalmente he descubierto el poder de la obediencia en un monje para el que ésta constituye un valor importante; y paradójicamente, lo que entiendo haber aprendido de monjes a los que en una u otra situación, me he visto obligado a mandar. Por esto, para mi mentalidad, estaría desprovisto de sentido devaluar o disminuir la importancia de la obediencia en la vida monástica. Y aún diría más. Diría que si un monje no aprecia de corazón este valor —sea lo que fuere lo que él siga pensando— falla en su vocación, y no sólo se hace daño a sí mismo sino también a la comunidad; es demasiado fácil prescindir de la importancia de la obediencia. Más aún, he observado la paradoja de la obediencia. Obediencia sugiere obligación, el reverso de libertad; y sin embargo, de hecho, es el sendero que lleva a una libertad interior: una total disponibilidad para con Dios. También he descubierto que el deseo de obedecer, en un monje, cuando madura, es, de hecho, el resultado de la libertad alcanzada.

Oración. Oración en comunidad y oración privada. La oración no se limita a ser algo que me hace capaz de más eficacia en mi ministerio. No es solamente un medio para alcanzar la plenitud personal. La oración se practica por sí misma. Es su propia finalidad. La vida monástica es una vida pobre si la oración no obtiene la primacía en el pensamiento del monje. Sean cuales fueren las circunstancia en que un monje se encuentre; sean cuales fueren las exigencias del trabajo en el colegio o en su parroquia —son necesarias, y, a veces, imperiosas—, si estas exigencias disminuyen la primacía de su vida de oración, en este terreno su vocación monástica es defectuosa. Aquí no puede haber compromiso alguno.

Pobreza. La pobreza es una materia difícil. Es cosa de simplicidad y frugalidad; pero por encima de todo, un sentido de dependencia: dependencia de Dios, dependencia de la comunidad. Dependencia es un hecho en la vida de cada uno. Pero como monjes, vivimos esta dependencia conscientemente, como un acto de reconocimiento de que en último término todas las cosas vienen de Dios. Aquí es donde aparece el papel de los permisos. Cuando yo pido permiso, es un reconocer exteriormente que Dios es la fuente de todas las cosas. Es también reconocer que yo no poseo el objeto en cuestión: lo uso con el permiso de la comunidad. En cierto sentido, cuando pido permiso al prior, estoy pidiendo permiso a la comunidad. Reconozco mi dependencia de Dios. Me parece que sería una lástima dejar que estas prácticas desapareciesen de nuestras vidas sin apreciar su valor.

No juzguéis a la comunidad por cosas superficiales. Es una comunidad numerosa: un grupo de hombres dedicados al servicio de Dios. No hemos alcanzado todos la misma perfección. No os toca a vosotros juzgar: dejadlo para Dios. Y si perseveráis, encontraréis paz, tal como san Benito promete, a una profundidad más allá, sospecho, de lo que podáis comprender. Para descubrir esto, vale la pena insistir.

k) «Sí» a Dios

Hay cuatro criterios, de acuerdo con los cuales san Benito pide a las autoridades que juzguen vuestra aptitud para la vida monástica. ¿Buscáis a Dios de verdad? ¿Sois celosos para la obra de Dios? ¿Estáis preparados para abrazar una vida en la que la obediencia juega un papel importante? ¿Estáis preparados a aceptar humillaciones? —la palabra en latín es opprobria. La palabra «humillaciones» es una traducción falsa: yo la traduzco por contradicciones: aquellas cosas que nos entorpecen el camino, que nos ponen de malhumor, que nos provocan depresión, y cosas así. Se llega a un momento crucial en la vida de un novicio o de un monje joven, cuando deja de pensar que la vida monástica es algo que está ante él para alcanzar por medio de ella una plenitud personal o una realización de sí mismo, y hasta su felicidad personal. Desde esta posición, pasa a reconocerla como la respuesta a una «llamada»: una llamada a la que él responde: «Sí, respondo a esta llamada». Esto implica una diferencia considerable en la actitud mental.

Digo que hay un momento en la vida de un novicio y de un monje joven en que ha tenido que ver esto así; pero también es verdad, si decimos que todos nosotros hemos de aprender de nuevo constantemente, este simple hecho: venimos aquí respondiendo a una llamada que Dios nos ha hecho, para seguir a Cristo por el camino de la vida monástica. Gradualmente, a medida que los años van pasando, llegamos a ver tal vez más claramente estos dichos del evangelio: «solamente encuentras tu vida, si la pierdes»; «el grano ha de morir antes de que pueda crecer», etcétera. Una vez más, esto contiene lecciones para nosotros para que sigamos aprendiéndolo todo de nuevo.

Vuestra vida de noviciado está privada de estímulos, de acontecimientos. Acaso es también árida durante períodos de tiempo considerables. Deseo subrayar solamente un aspecto. Lo que tenéis que aprender es que cada uno de vuestros actos se convierta en un acto de amor: vuestra respuesta en amor que os ha sido dado primero. Esta es una cosa muy importante que hemos de aprender, porque más adelante, en vuestra vida monástica, encontraréis, y tendríais que encontrar, satisfacción en el trabajo que hacéis o en los intereses que perseguís. De esta manera podéis encontrar alegría, plenitud, realización personal y todo lo demás. Pero para nosotros, monjes, esto no es suficiente; todas estas cosas han de ser actos de amor. Han de ser actos de amor para todo cristiano, pero de una manera especial, tal vez más conscientemente, para los monjes. Esto ha de ir, pari passu, junto con una evolución en vuestra vida de oración; ya hablaré de esto más adelante. Desde luego no penséis que vuestra vida monástica vaya a ser toda ella goce y plenitud personal. Todos nosotros hemos de afrontar la monotonía, afrontar el tener que hacer cosas que preferiríamos no hacer. Todos nosotros tendemos a pensar que la hierba es más verde en la otra parte de la valla. Todos nosotros corremos hacia nuestras frustraciones: los opprobria son parte de nuestras vidas. Es importante recordar que el mantenerse en estas circunstancias no es necesariamente más meritorio que cuando os lanzáis a hacer cosas que os gustan. La base del mérito no es la fatiga: la base del mérito es el amor. Es verdad, la monotonía y la dificultad pueden ser ciertamente una prueba de amor. Cuando realmente amáis, no hay nada que sea demasiado servil, demasiado monótono, demasiado trivial.

Es realmente importante cómo pensáis sobre el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu santo; y cómo oráis. Pensad cada día sobre el gran amor de Dios para con vosotros. No hay nada que revele más su amor para con nosotros que el hecho de que Dios, el Hijo, se hizo hombre y murió en la cruz: «No hay amor más grande que el entregar la vida por los amigos». Esta es una de las cosas más maravillosas que nunca fueran dichas. Una cosa es decir algo y otra, hacerlo. En el crucifijo veis, de la manera más vívida y convincente, a Dios hablándonos de su gran amor. Pensad también en vuestra necesidad de amar, en vuestra capacidad de amar ; esto os permitirá vislumbrar lo que ha de ser el amor de Dios. Este tendría que ser un tema constante en vuestra meditación, en vuestra oración.

Si nosotros fuéramos realmente buenos cristianos y buenos monjes, mostraríamos un gusto, una alegría, en cualquier cosa que hiciéramos, porque nuestro motivo sería un acto de amor hacia el amado. También es verdad que el hacer cosas para complacer a otros nos hace capaces, en cierta manera, de conocer a esta otra persona. Y esto es verdad en nuestras relaciones con Dios. El hacer cosas para complacerle especialmente es una de las maneras por la que llegamos a conocerle, y, tal como lo dijo el escritor medieval Guillermo de S. Thierry, «tenéis que amar a Dios, y a través de este amor, llegar a conocerle». No olvidéis tampoco lo importantes que son vuestras relaciones con vuestros compañeros de noviciado, y con los hermanos en general. Han de estar muy relacionados con vuestro amor de Dios y vuestra búsqueda de Dios. Tomad como lema o como divisa que un monje tendría que ser agradable y complaciente para los demás. Es importante que os deis cuenta de que como miembros de una comunidad monástica sois responsables de la alegría y la jovialidad de cualquier otro miembro de la comunidad. Cualquiera que haga esta constatación tiene la sensación de ser hipócrita: es un ideal difícil de vivir en conformidad con él. Sin embargo es un ideal importante, porque cuando lo practicamos, manifestamos o adquirimos —las dos cosas al mismo tiempo— nuestro amor de Dios. En cada uno de los hermanos hemos de ver la faz de Cristo, y esto significa que procuraremos encontrar a Cristo, procuraremos agradar a Cristo, en el otro: lo que significa tratar a la gente con un gran respeto y delicadeza. Vosotros mismos habéis de ser joviales.