7. María

 

1. ...Escuchar, recibir, vigilar...

 

Una mujer de entre la multitud gritó, «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!» 1 y de esta manera proclamaba la dignidad de aquel cuerpo que había dado a luz al Hijo de Dios. Tendríamos que pensar siempre con respeto y admiración en el cuerpo que está llamado a la noble tarea de dar a luz una nueva vida. Pero en este caso, se trata del cuerpo de nuestra Señora, noble más que cualquier otro, en cuanto, con toda propiedad y con razón, fue de tal manera configurado que pudiera ser digno de la finalidad para la cual Dios la había escogido. «Mejor, dijo nuestro Señor, ¡dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!», con lo que parecía alabar una dignidad todavía más elevada de nuestra Señora: que había escuchado el mensaje de Dios y vivía de acuerdo con él; ella, aquello que escuchaba, lo conservaba en su interior.

El escuchar, el recibir y el vigilar son rasgos femeninos. Tal vez sea por esto por lo que las mujeres rezan más que los hombres. Tal vez sea por esto por lo que entre los contemplativos hay más mujeres que hombres: es lo «femenino» lo que escucha y espera. También es un rasgo femenino el ver y el observar. El vino se ha agotado. María se da cuenta y, como es una mujer, su mente es práctica.

Uno se maravilla de lo intuitiva que era. Cuando su Hijo decía palabras como: «¿Quién te mete a ti en esto, mujer?», que implicaban que se trataba de una cosa que no le incumbía, ¿entendió ella que él iba a empezar su ministerio público, en el que por el espacio de dos a tres años ella no iba a tener parte alguna? ¿Quería él insinuarle que de ahora en adelante tendrían que estar separados, la prueba que toda madre ha de afrontar si no quiere derrumbar a su hijo? «Todavía no ha llegado mi hora»: la hora en que él pasará de la muerte a la vida y ella estará de nuevo unida a él.

Así es ella: controlada, libre, noble, sensitiva en su capacidad de escuchar, rápida en darse cuenta de las necesidades de los demás, generosa en su ayuda práctica, aguda para percibir. Lo que hay de más hermoso en la mujer en nadie se ha realizado mejor que en ella: María, que fue concebida inmaculada. Desde el momento en que empezó a vivir en el vientre de su madre, santa Ana, estuvo destinada a ser única entre los hijos de Dios. Cometemos un grave error en nuestra vida espiritual si ella no tiene parte. Es a nuestro riesgo, si no llegamos a comprender el papel que ella representa en la vida de su hijo y en nuestras propias vidas. Concebida inmaculada es capaz de amar como no puede hacerlo ninguna otra creatura: ella ha amado al Dios que, como explica la tradición, sirvió desde su más tierna infancia, al Hijo que ella engendró, y a nosotros que, por el mismo Hijo, le fuimos encomendados en el momento más solemne de su vida

 

2.. «Fiat»

 

Nuestra Señora debió quedar sorprendida del mensaje que había recibido del ángel. Se le dijo que iba a ser madre. Pero desde el momento que ella había escogido una vida de virginidad, ¿no era esto imposible? Y aunque esto no hubiera sido así ¿por qué tenía que ser ella puesta a parte para ser la madre del Mesías, desde tan largo tiempo y tan ansiosamente esperado? Con toda seguridad había mujeres más apropiadas que ella en Israel. No es de extrañar que se sintiera profundamente perturbada,

Muy frecuentemente pasa así cuando Dios interviene en una vida humana, cuando sucede lo inesperado y lo imposible. Y la primera reacción ante este tipo de intervención, es la de temor: que puede sobrecoger hasta casi paralizar. En tal caso lo que es necesario es una palabra o un gesto tranquilizante, una palabra que tenga eficacia medicinal: «Tranquilízate, María, que Dios te ha concedido su favor». Esta palabra de amor divino, pues lo es en realidad, tiene una cualidad única, especial. No solamente tranquiliza, da libertad, da vida, inspira. Hermano, ¿puedes escuchar esta palabra, como dicha a ti en este momento en que esperas hacer tu profesión? «Tranquilízate, que Dios te ha concedido su favor». En el nivel en el que solamente Dios puede penetrar, creo que sí, puedes.

Durante seis años, tú has reflexionado y has rezado: y nosotros hemos hecho igual. Tú has tomado una decisión, y también nosotros hemos decidido que, en cuanto nos es posible decirlo, Dios te ha llamado para seguir a Cristo en la vida monástica. A veces su intervención te habrá podido parecer inesperada e imposible: «Tranquilízate». Ni por ti ni por nosotros la decisión ha sido tomada a la ligera. Ninguno de nosotros ha tenido una visión que nos haya manifestado de una manera evidente la voluntad de Dios para contigo. Ni nuestra Señora tuvo una tal visión: ella tuvo que poner su confianza en un mensajero, así como tú has tenido que poner tu confianza en la experiencia y en la sabiduría de tus hermanos. Dios usa intermediarios.

De aquí a un momento pronunciarás tu fiat, tu «Sí»: «Cúmplase en mí lo que has dicho». La lectura de tus votos es tu respuesta a la llamada que Dios te hace: en su forma, parece cosa de negocios, y es canónica, pero el que está en las profundidades de tu ser, hará revivir a estos huesos legales. No necesariamente hoy. Pero, de día en día, esta profesión tendrá pera ti una significación cada vez más profunda.

¿Supo María qué es lo que, pasaría una vez hubo ella pronunciado su fiat, su «sí»? No. Ni tú tampoco. El amor de Dios puede ser exigente y purificador, pero también nos llena de fervor y nos alienta. Y con toda seguridad, esta es la experiencia de todos los santos, que cuanto más grandes son las exigencias de Dios, tanto mayores son las pruebas de su amor: «Dios te ha concedido su favor».

No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Cuando cruces las aguas yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases por el fuego no te quemarás, la llama no te abrasará. Porque yo, el Señor, soy tu Dios; el Santo de Israel es tu salvador.

Que resuenen en tus oídos estas palabras del profeta Isaías.

«Que el poder del Espíritu que santificó a María, la madre de tu Hijo, santifique el don de ti mismo sobre este altar» (Oración sobre las ofrendas del cuarto domingo de adviento).