INTRODUCCIÓN

El «desierto» y la «plaza del mercado». En el mundo monástico de Occidente ha habido siempre una tensión entre estas dos cosas. ¿Es el monje una persona que se retira al desierto para orar y estar solo con Dios, o es alguien que sale a la plaza del mercado para mezclarse con la gente y servirla? Creo que esta tensión existe en la mayor parte de las comunidades de monjes negros distintas, por ejemplo, de los cistercienses y de los cartujos. Hasta cierto punto existe en cada monje benedictino inglés. Por otra parte es un problema que el mismo monje ha de aprender a resolverlo, pero que también cada comunidad ha de considerar de vez en cuando para hacer los ajustes que parezcan apropiados.

Las conferencias reunidas aquí reflejan en cierto grado esta tensión. Y se puede argüir que no es una tensión del todo malsana, porque en cada uno de nosotros, muy profundamente, es el resultado de la tentativa cristiana de responder al doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo. El evangelio exige que el cristiano esté constantemente buscando a Dios. Esto presupone un deseo de silencio y soledad en vistas a descubrir la realidad del amor de Dios para con nosotros; pero de una manera semejante el cristiano debe aspirar a encontrar a Cristo en su prójimo y a servir a Cristo en las necesidades de su prójimo.

Yo di estas conferencias entre los años 1963 y 1976, cuando era abad de Ampleforth. Fueron unos años de grandes cambios. El concilio Vaticano en su decreto sobre la vida religiosa, Perfectae caritatis, exige que los religiosos retrocedan hasta sus orígenes para redescubrir el espíritu de sus fundadores y estudiar la manera de adaptarlo a las necesidades del mundo moderno. Una empresa desalentadora. Estrictamente hablando, el monaquismo como tal no tuvo un «fundador». El «hecho» monástico no está confinado en el cristianismo. La Regla de San Benito no fue, ciertamente, una composición original, ni fue hasta el tiempo de Carlomagno, la única regla para monjes en Occidente. En estos últimos años se ha formulado frecuentemente la cuestión: ¿Qué es un monje? Según mi punto de vista no se puede dar una definición clara —solamente una amplia valoración—, que abarque lo suficiente para incluir una extensa variedad de monasterios en tierras de culturas e historias diferentes. Pero la cuestión es clara. Digo esto solamente, para dar a entender que estas conferencias reflejan la clase de debates que se han ido prosiguiendo en todas las comunidades monásticas desde el concilio y que, en gran parte, quedan sin resolver. El mirar a una comunidad agobiada con este o aquel problema, puede proporcionar apoyo y consuelo a otras.

La comunidad monástica a la que se dieron estas conferencias tiene diversas responsabilidades pastorales: un amplio pensionado, una casa de estudios universitarios, una serie de parroquias, una fundación en los Estados Unidos y una casa de retiros. Todo esto, aparte de las llamadas al tiempo y a la energía de los monjes para predicar retiros, dar conferencias, o simplemente para ser asequibles a sus compañeros, tanto si el tiempo es bueno como si es malo. Es una vida ocupada que inevitablemente comporta sus problemas. El mayor, es el trabajo para mantener el equilibrio entre los tres ingredientes esenciales del monaquismo: oración, trabajo y vida de comunidad. A la oración y al trabajo nos referiremos más detenidamente; el trabajo pastoral tendrá éxito en el sentido más verdadero y profundo solamente si el monje es un hombre de oración.

Los monjes de la congregación benedictina inglesa, en general, han estado siempre implicados en actividades pastorales. Las razones por las que han estado así implicados, son, la mayor parte, históricas: y éste no es el lugar para explicar esta historia.

La comunidad monástica ideal, vale la pena también advertirlo, no existe. Una tal comunidad está compuesta por hombres normales y corrientes, procedentes de medios diferentes, y con diferentes ideas e ideales. Esto puede hacer la vida del monje interesante y creativa. Esta es también la razón de por qué la Regla de San Benito es tan comprensible. Para el abad, no hay guía mejor en el arte de gobernar una comunidad que el principio que San Benito enuncia en el capítulo 64 de la Regla, cuando escribe que el monasterio tendría que estar organizado de tal manera que los fuertes tengan siempre algo ante sí en que esforzarse, y los débiles no se vean agobiados por pesos demasiado abrumadores de llevar.

La Regla de San Benito dice al abad que debe ser un maestro capaz de ofrecer a sus monjes cosas viejas y nuevas. El lector se dará cuenta de que en Ampleforth, el mismo abad se ha de enfrentar con problemas variados en un esfuerzo por reconciliar lo viejo con lo nuevo, cuando esto último es presentado por teólogos y pensadores monásticos. Es realmente cierto que algunas de las cosas que dije en 1963 hubiera deseado poderlas modificar en 1976. El maestro sigue siendo un discípulo. Algunas de las primeras conferencias se incluyen en esta colección. Toca al lector juzgar si la doctrina monástica de estos primeros años puede ser defendida en los años posteriores. Si estimulan el pensamiento y la reflexión han cumplido su propósito.

Particularmente, las conferencias se daban en dos ocasiones: la conferencia semanal, normalmente el jueves por la noche, a las nueve (¡una hora no muy favorable ni para el conferenciante ni para los oyentes!) y los «momentos» especialmente monásticos en que el abad debía hablar a sus monjes. Esto era conocido con el nombre de «capítulo».

Una palabra sobre los «momentos» especiales. Después de ocho días de retiro, al futuro monje se le «viste» como novicio. Recibe el hábito en presencia de toda la comunidad y el abad pronuncia unas palabras. Pasado un año, el novicio emite los votos para dos años, o tres. En la vigilia de la ceremonia, conocida a veces por «hacer la profesión simple», el abad vuelve a hablar al novicio o a los novicios en presencia de la comunidad. Entre la «vestición» y la «profesión simple» hay las tres «perseverancias». Después de tres, seis y nueve meses, el progreso del novicio en el noviciado es considerado con una cierta profundidad; el maestro de novicios da un informe al consejo del abad, y el consejo da su conformidad —o no— para permitir al novicio seguir adelante en este género de vida. Se considera al novicio con una «garantía de perseverancia», y así lo comunica el abad a toda la comunidad, a la que de nuevo dirige la palabra. El novicio se arrodilla frente al abad, pero las palabras del abad, se ha dicho a veces, se dirigen también al resto de la comunidad que está en las sillas del coro. Hay algo de verdad en esto. Pasados cuatro o cinco años, el monje hace su «profesión solemne», es decir, emite los votos para toda la vida, y se prosigue como se acostumbra en la profesión simple. Cada año la comunidad se reúne para el capítulo conventual anual. Todos los monjes renuevan sus votos y en esta ocasión, también el abad les dirige la palabra.

El monje se compromete por un voto a la búsqueda de Dios y a su servicio. Se liga a sí mismo con tres votos. El voto de estabilidad lo ata a una comunidad particular para el resto de su vida. Aunque el monje pueda ser enviado a ocuparse en cualquier obra que esté bajo la responsabilidad del monasterio en cuestión, permanece siempre como miembro de esta misma familia monástica a la que se entregó primeramente. El voto de obediencia le obliga a aceptar las directivas de sus superiores, pero desde el punto de vista del monje es también la forma de expresar su intención de buscar siempre la voluntad de Dios en este monasterio. El tercer voto que emite es conocido en latín como conversio morum, y la mejor manera de traducirlo es tal vez «conversión de comportamiento». No es fácil explicar exactamente lo que esto significa, pero en términos generales se puede decir que el monje acomete la empresa de llevar un cierto género de vida, que incluye valores tales como celibato, frugalidad y simplicidad, y en general, de abrazar aquellas características de la vida monástica que se han mantenido constantes a través de la historia del monaquismo.

Estrictamente hablando, la vida del monje no está organizada en vistas a una obra o servicio particular en la Iglesia. Su intención principal es buscar a Dios y esto lo asume como un trabajo de toda la vida. En cierto sentido esto no es diferente de la tarea de cualquier cristiano, o en realidad, de cualquier persona. La vida monástica es simplemente una manera de vivir la vida cristiana, y esto el monje lo hace en una comunidad. El valor de un monasterio en la iglesia es, principalmente, el hecho de que exista. Es un centro espiritual que tendría que dar testimonio de las cosas de Dios, y ser un lugar que atrajera hacia sí para refrigerio y estímulo espiritual a aquellos que tienen una vocación diferente. Es obvio que la vida del monje difiere en muchos aspectos de la de las personas que tienen otra vocación. Los principios que guían al monje en su búsqueda de Dios y de los valores del evangelio, que intenta hacer suyos, son válidos tanto para los cristianos como para los no cristianos. Tal vez sea ésta la única justificación para esperar que otras personas que no son monjes puedan encontrar en este libro algo que las ayude.

G. B. Hume