8. EXPERIENCIA DE DIOS

1. Vulnerabilidad de Dios

 

Cada época produce su expresión particular de la verdad cristiana. Nuestra época produce diferentes manifestaciones. El movimiento focolari, por ejemplo, parece ser, en parte, una reacción al carácter impersonal de la sociedad urbana moderna, y es la expresión del deseo de relaciones interpersonales, que vienen de otros sectores, por decirlo en términos filosóficos. Me parece que la meditación trascendental es una reacción a formas de oración exuberantes de palabras, y corresponde a la necesidad de silencio y de integridad interior. El movimiento carismático es, en parte, una reacción frente al sistema de leyes de la iglesia, rígido y tal vez sobreestructurado y excesivamente gravoso: corresponde a las aspiraciones que la gente tiene de libertad y expresión de alegría en su vida espiritual.

En el siglo diecisiete el culto del Sagrado Corazón fue una reacción contra el jansenismo, esta reducción de la posibilidad de salvación que se suponía caracterizar al elegido. Fue como una contrapartida calvinista en la iglesia católica. No es del todo inapropiado hablar de esto a una comunidad benedictina, porque como ya sabéis, en el siglo trece, se dice que Juan evangelista se apareció a santa Gertrudis y le habló del significado de las palpitaciones del corazón de Jesús que él percibió cuando reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor; el significado de esto se revelaría en toda su plenitud cuando nuestro Señor se apareció a santa Margarita María en Paray-le-Monial en junio de 1675, en una época en que el mundo se había enfriado en su apreciación del amor de Dios. Muchos pueden no sentirse atraídos hacia la devoción del Sagrado Corazón tal como ha sido presentada al final del siglo diecinueve y al principio de éste, pero la teología que existe detrás de la devoción es de capital importancia. Haríamos bien en tomar como un estímulo para la oración, las antífonas de vísperas y de laudes.

Querría hacer hincapié en dos puntos. Primero, el Sagrado Corazón humaniza el amor divino, interpreta el amor divino en un lenguaje humano; porque la Palabra hecha carne no habla solamente en una comunicación verbal, sino también en términos de cualidades divinas que están vivas en la experiencia humana.

Dirigiré vuestra atención a una cita del evangelio. Nuestro Señor ha curado a la madre de la mujer de Pedro. El sol iba a su ocaso y aquellos que tenían amigos afectados de enfermedades los llevaban a él, y él «aplicaba las manos a cada uno». Atención personal, individual. Conocemos la actitud de nuestro Señor hacia un amplio número de personas con las que tuvo contacto, haciendo caso omiso de su situación, de su probidad moral y de si eran atractivas o no. Esta atención personal nos revela de una manera sorprendente que lo que sabemos es la verdad de Dios mismo. Para cada uno de nosotros tendría que ser una fuente de consuelo y ayuda: Dios tiene esta atención individual para conmigo, aparte de mis flaquezas, sin consideración a mis defectos.

Segundo, la fiesta del Sagrado Corazón nos revela la vulnerabilidad de Dios. Para los que son tomista es difícil usar la palabra «vulnerabilidad» refiriéndose a Dios. ¿Cómo puede ser vulnerable un Dios inmutable? Solamente en su Hijo hecho hombre podemos vislumbrar algo de esto. Además, podemos aportar una lista de situaciones en las que nuestro Señor manifestó su vulnerabilidad: su reacción a la ingratitud de los nueve leprosos; su llanto sobre Jerusalén; su pena a la muerte de Lázaro; su evidente afecto por Marta y por María; y su reacción a la traición de Judas: «¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?». Leed los evangelios una y otra vez, y encontraréis la vulnerabilidad de nuestro Señor. Parece que Dios se hizo hombre para sentir lo que el hombre siente, para mostrar que él comprende. Y desde el momento que la humanidad de Cristo es una parte de él y una parte de la vida de la trinidad, podemos ver hasta qué punto puede ser vulnerable la trinidad misma.

Fue a santa Gertrudis, tal como se dice, a quien Juan habló del Sagrado Corazón: podemos decir que Juan es el teólogo del Sagrado Corazón. El Oficio del Sagrado Corazón pone de relieve la transfixión del costado de Cristo y cómo fluyó agua y sangre. Este fue su momento de gloria: su hora: el agua es un símbolo del Espíritu santo; la sangre, la sagrada eucaristía. Los cristianos contemplando el costado traspasado de Cristo han dado testimonio a lo largo de los siglos de que éste fue el momento en que nació la iglesia. Los movimientos a que me he referido antes: el movimiento focolari con su énfasis en el amor, el amor de Dios y el amor entre las personas, y el movimiento carismático con su insistencia en el Espíritu santo y en el bautismo del Espíritu, tal vez no se acomoden a todos, pero son movimientos que los hemos de tener en cuenta, aunque no sea sino por el hecho del énfasis que ponen cuando dicen que es en el corazón humano de Cristo donde encontramos el misterio del amor de Dios.

Es por esto por lo que nosotros guardamos la fiesta del Sagrado Corazón. Necesitamos venir a los primeros principios de la vida espiritual: el formidable amor que Dios tiene por cada uno de nosotros. El sentido de esta fiesta no tendría que ser solamente una inspiración y un consuelo para nosotros mismos, tendría que ser un modelo de nuestras reacciones, de unos para con otros. El interés y la compasión que tendríamos que tener para cada uno de los miembros de la comunidad es sobremanera importante. No importa hasta qué punto una comunidad pueda estar dividida, ni la diversidad que pueda existir en sus prácticas e ideologías; nada de todo esto importa, aunque en cierto nivel, pueda ser lamentable. Lo que interesa es que haya una caridad real, un amor real, un interés real de los unos para con los otros. Cada uno de la comunidad ha de ser objeto de mi interés: ha de haber una generosidad real, una prontitud para ponerme a disposición de los demás, para negarme a mí mismo por los demás. Me parece, padres, que hemos de orar con urgencia para que el amor que Dios nos manifiesta vaya pasando de uno a otro en esta comunidad, y a través de nosotros, a todos aquellos con los que tenemos contacto. Una comunidad cristiana tendría que ser una comunidad que ama. El trabajo dentro de una comunidad presupone sacrificio: es fácil hacer una selección de aquellos con los que estamos en contacto. Esto no es correcto a nivel de vida cristiana: y ciertamente no es correcto a nivel monástico. Es extenuante el estar dando constantemente, el estar constantemente a disposición. Pero esta es la gracia que hemos de pedir. Este es el camino del Señor, el camino de nuestro Padre que está en el cielo. Y nosotros, con todas nuestras deficiencias, hemos de esforzarnos por ser perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto.

 

2. Tres heridas: contrición, compasión) deseo ardiente de Dios

 

Los pensamientos que querría exponeros, reverendos padres, forman como un conjunto abigarrado a partir de lecturas que hemos escuchado en estos últimos días: un pasaje de la madre Juliana de Norwich, algunos extractos del rito de la ordenación, y una o dos que hemos leído hoy. Me parece que sugieren algunas verdades importantes.

Muy al principio en sus Revelaciones la madre Juliana dice: «Por la gracia de Dios y la enseñanza de la santa iglesia se desarrolló en mí un fuerte deseo de recibir tres heridas: es decir, la herida de la verdadera contrición, la herida de la genuina compasión y la herida de un deseo ardiente y sincero de Dios». Este pasaje me chocó cuando estaba pensando en el sacerdocio y en el gran acontecimiento que tuvo lugar el domingo, y las cualidades que tendría que tener el sacerdote. Se me ocurrió que los tres deseos de la madre Juliana eran vitales.

Ninguno de nosotros, al acercarse al sacerdocio, o mirando hacia atrás en nuestras vidas sacerdotales, puede verse privado de un sentimiento de contrición, si pensamos en nuestro pecado y en nuestra indignidad. Este sentimiento tendría que caracterizar nuestra espiritualidad, y está muy lejos de ser un pensamiento deprimente. Nunca nos tendríamos que permitir sentirnos abrumados por nuestra indignidad, nuestra perversidad: debemos tener siempre presente el pensamiento de que Dios es incapaz, si me es permitido expresarme así, de ejercer su maravilloso poder de perdón si no hay nada que perdonar, y que nuestro pecado es una reclamación a su poder de perdonar que forma parte de su interés amoroso por nosotros. De esta manera resulta ser un pensamiento que nos tendría que dejar un sentimiento de satisfacción y de paz. Si no somos conscientes de nuestra maldad, es o porque tenemos una noción equivocada del pecado o, peor aún, una visión equivocada de nosotros mismos, o, en el caso de un sacerdote, no valoramos suficiente-mente lo terrible que es la vocación a la que hemos sido llamados. Pero Dios no desea que nos sintamos deprimidos; si no fuera así, no nos hubiera llamado; no hubiera instituido el sacerdocio.

Yo me pregunto por qué la madre Juliana hablaba de la herida del ardiente y sincero deseo, la herida de la contrición, la herida de la genuina compasión. ¿En qué sentido usaba la palabra «herida»? En relación con la contrición, supongo que inevitablemente, el conocimiento de sí mismo, la revelación de la propia maldad e indignidad, es, en cierto sentido, una herida. Pero no es tanto la herida de la cruz como la herida de Cristo resucitado. Esta es la manera de considerar estas heridas; aquí es donde nosotros encontramos nuestra esperanza, nuestra paz, nuestro consuelo. De aquí surge un punto práctico: es una lástima, me parece, que en la vida de la iglesia, y posiblemente en la vida de los monjes, la confesión ha perdido terreno, o es menos importante. Creo que es muy difícil encontrar realmente algo que substituya el postrarse ante un representante de Dios para manifestar la propia indignidad y maldad. No lo hacemos para conseguir paz; es una manera práctica y sensible de decir a Dios «lo siento» (sorry). Pero aporta y tendría que aportar su propia paz.

La herida de compasión genuina. La capacidad de escuchar y de escuchar con simpatía es compasión, y el ser capaz de sufrir con los demás: estas cualidades las reconocemos en sacerdotes que tienen una amplia influencia pastoral. La lectura de después de maitines (Col 2) me llamó la atención: «Cuidado con que alguno os engañe con filosofías falaces, vana ilusión tradicional en la humanidad, basado en lo elemental del mundo y no en el Cristo» (Knox). No creo que alguien tuviera algo que discutir con san Pablo sobre esto. Es importante que en el ejercicio de nuestra compasión, en el ejercicio de nuestro sacerdocio dando consejo, ayudando a otros, seamos capaces de comunicar la enseñanza de Cristo, de ofrecer una palabra que frecuentemente será paradójica, tal como pueden serlo las palabras de Cristo. Ser capaz de comunicar la palabra de Cristo es ser capaz de comunicar la simpatía de Cristo, la fuerza de Cristo.

«La palabra de Dios» —este pensamiento me chocó. Era una observación de Lord Hailsham; me parece recordar que sonaba así: «el alma de la oratoria es la sinceridad». De hecho, me parece que era «el alma de la retórica es sinceridad»; pero es mejor decir «el alma de la oratoria es sinceridad». En toda la cuestión de comunicar la palabra de Dios, lo que importa es la sinceridad: no el pensamiento agudo, el pulido giro de la frase. Lo que importa es una genuina sinceridad, que puede venir a través del pensamiento más banal y de la sentencia más chapucera. Con cuánta frecuencia es verdad que es al hombre al que uno escucha, no las palabras que dice. Y estad seguros que la sinceridad ha de ser la cualidad de una persona que está en contacto con Cristo, nuestro Señor.

La herida de un ardiente y sincero deseo de Dios. No es necesario desarrollar el tema. Lo habéis oído muy a menudo: aquella nostalgia de la oración, aquella búsqueda inexorable de Dios que es fundamental en nuestra vida monástica. Recordáis la narración de nuestro Señor en la barca con sus discípulos. El se duerme y los discípulos le gritan: «¡Auxilio, Señor, que nos hundimos! Y el reproche de nuestro Señor: «¿Por qué sois cobardes? ¡Qué poca fe!». Y supongo que éste es el peligro de todo cristiano y, por lo tanto, el peligro de todo sacerdote: el sentirse atemorizado por la poca fe que uno tiene. La fe da al sacerdote su poder para actuar y su inspiración. Y sabemos por experiencia que la fe no es algo que nosotros podamos producir: es algo que recibimos, que se nos da. Es algo para lo que nos hemos de preparar y por lo que hemos de orar. Me parece que pocas aspiraciones pueden ser mejores para un sacerdote que la plegaria de la madre Juliana: la contrición, que nos aporta la actitud propia de humildad hacia Dios; compasión genuina, que hace que nuestras relaciones con los demás en nuestro ministerio y trabajo pastoral sean correctas; y nuestro deseo ardiente de Dios, que es su coronación así como también su inspiración.

 

3. Daños interiores

 

Hemos discutido recientemente sobre el nuevo rito de la penitencia y sobre el pecado. Hemos de correr un largo camino, no sólo para comprender estas cosas sino también para poder comunicarlas a aquellos de los que somos responsables. Además, nuestra discusión me ha llevado a pensar mucho sobre el ministerio de sanación. Por más que yo no sea un experto en la materia y tenga una tendencia innata a mirar estas cosas con circunspección, pienso, sin embargo, que aquí hay algo que debemos considerar; más aún, nos lleva a consideraciones que pueden ser de ayuda para nuestra vida con Cristo.

Sospecho que estamos condicionados a pensar que los milagros de nuestro Señor, tal como se nos ofrecen en los evangelios, son «pruebas» de su divinidad o acontecimientos que han de ser desmitologuizados, según el presupuesto de Bultmann de que no existen milagros, o «narraciones piadosas» introducidas por los primeros cristianos para beneficio de las comunidades griegas y judías a las que se dirigían. Sin embargo, en el trasfondo de nuestras mentes se esconde el pensamiento de que Cristo tiene poder de verdad y que este poder puede actuar y actuará a través de los sacramentos y acaso como respuesta a la oración. Pero no estamos del todo convencidos.

Releamos el primer capítulo del evangelio de Marcos: «Jesús se fue a Galilea a pregonar de parte de Dios la buena noticia. Decía: Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmendaos y creed la buena noticia». Sigue la llamada de algunos de sus discípulos y la enseñanza en la sinagoga. Y, después de esto, se nos habla de una serie de curaciones: un hombre poseído por un espíritu impuro; la madre de la mujer de Simón Pedro; después, toda una multitud de personas; y en el versículo cuarenta, la historia del leproso: «Si quieres, puedes limpiarme».

El reino es proclamado, el programa es claro: arrepentimiento y aceptación de la buena noticia. Pero también hay curación. ¿Qué es lo que Jesús desea curar y por qué? Consideremos la primera cuestión: Hay diferentes clases de enfermedades y sufrimientos, y sus causas no son menos variadas. Toda clase de sufrimiento puede ser soportado con provecho; aceptado como una cruz, puede tener valor redentivo. Sin embargo, hay «enfermedades» que no son de provecho y que hasta pueden ser verdaderamente peligrosas. Me refiero a aquellas interiores que nos corroen, paralizándonos y haciéndonos menos eficaces para la obra de Dios: contrariedad, ambición, resentimiento, frustración, heridas infligidas por otras personas, el sufrimiento que viene del sentimiento de no sentirse apreciado, de no caer en gracia, rechazado; también la crítica de mala fe. Estas cosas pueden dejar heridas que van emponzoñándose. Necesitan ser curadas. ¿Por qué? Porque esclavizan y entristecen, mientras que la misión de Cristo fue traer la libertad y la alegría. Si estamos paralizados por «daños interiores», nos introvertimos y nos hacemos incapaces de ayudar a los otros, de soportar cargas; o no somos libres de estar totalmente a disposición de Cristo. Sí, estas heridas interiores deben ser curadas.

¿Por qué seguimos trabajando bajo tensiones sin provecho, a pesar de los sacramentos y las oraciones en las que hemos pedido la ayuda de Dios? Cristo no puede sanar allí donde no hay fe alguna o donde alguien está privado de la convicción de que él tiene el poder de curar y desea hacerlo. Confesiones mecánicas o una recepción rutinaria de la eucaristía pueden causar poco impacto, poco efecto. «Quiero, queda limpio». Hemos de creer en el poder de Cristo para curar y en su voluntad de hacerlo. «¡Señor, fe tengo, ayúdame tú en lo que me falte!». «¿Qué es más fácil, perdonar o decir: carga con tu camilla y echa a andar?». Cristo, curándolo, probó al paralítico que había sido perdonado. Perdón y curación van juntos.

El evangelio no es solamente un programa para la acción, es también una proclamación del poder que está a nuestra disposición. Además, el perdonar y el sanar tendrían que caracterizar nuestro trato mutuo. La manera que tenía Cristo de actuar ha de ser el modelo de la nuestra. Como pastores hemos de aprender la manera de usar este poder de curación, o la manera de ser instrumentos que le hagan posible ejercer este poder sobre nosotros. De la misma manera que tiendo a creer que la mayoría de las personas son enfermos más que pecadores, pienso también que el factor más corrosivo en una comunidad o familia son las heridas que nos infligimos los unos a los otros inconscientemente. Estas necesitan perdón y curación: el perdón y la curación de Cristo, y también el nuestro. En ambos casos el perdón y la curación son una expresión del amor de Dios que actúa en nosotros y entre nosotros.

¿Cómo podría uno compendiar todo esto? Cristo no vino sólo a proclamar un mensaje, sino también a usar un poder de curación. Desea curar porque nosotros tenemos heridas que paralizan el amor genuino: heridas que nos hacen sordos a su palabra, ciegos a lo que él desea que nosotros veamos. Su curación nos trae alegría y libertad para poder llevar nuestras cargas y servir con más fidelidad.

En la lectura espiritual podemos escoger episodios que nos dicen cómo curaba nuestro Señor, y podemos ir considerándolos atentamente. Nos proveen de interminable alimento para nuestro pensamiento. Rezad en privado los salmos 29 y 30 (el 30 encaja mejor antes del 29). Y si vuestra propia situación no se siente perturbada y conserva la serenidad, entonces pensad en vuestra familia, la comunidad, o en vuestros amigos, de los que podéis ser portavoces. Estos pensamientos pueden ayudar en la administración de los sacramentos, especialmente el sacramento de la penitencia y el de los enfermos. Empezamos a ver un nuevo sentido en ellos. Entre nosotros, siendo como somos una comunidad monástica que se esfuerza por vivir en evangelio, la compasión y el interés tendrían que traducirse en actos. En la raíz de los problemas de la mayoría de las personas, se encuentra la «inseguridad», y junto con ésta va el temor. La inseguridad necesita ser curada con compasión e interés, de tal manera que el amor la eche fuera. Seguro en Cristo, un cristiano puede ser eficaz.

 

4. Curación interior

 

El poder curativo de Cristo se tendría que ejercer sobre aquellos problemas que son corrosivos de la paz interior y de la alegría; heridas que necesitan ser curadas. Reflexionemos sobre esto en el contexto de una vida en común: una comunidad buena y alegre depende del reconocimiento de una necesidad básica en cada individuo, es decir, que una persona tendría que saber que es estimada no por lo que pueda hacer, sino simplemente porque es tal como es. La verificación de que uno es estimado, respetado, deseado, apreciado, es el fundamento sobre el que se edifica una auténtica vida espiritual. Esta vida espiritual empieza con una comprensión de aquello que yo entiendo por Dios. En la vida de comunidad actúa el mismo principio: sé que soy respetado, deseado y apreciado por los demás y yo me esfuerzo por respetarlos, desearlos y apreciarlos. El vivir de acuerdo con este ideal presupone una transformación dentro de nosotros mismos, un poner aparte nuestro viejo «yo»: el yo que puede traer preocupada nuestra mente entera. Es mejor decir «sí» a los demás que «no» a uno mismo: a pesar de todo, lo primero exige a menudo lo segundo.

Así pues, una curación interior de heridas infligidas, que incluye un perdón mutuo real y una comprensión sin límites, conduce a un respeto real, a un deseo y a un aprecio de los demás. Este es el secreto de la vida en comunidad, porque va de acuerdo con el pensamiento de Cristo y nos hace vivir de acuerdo con la oración que él nos enseñó: «perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores».

No puede haber amor alguno entre los hermanos a no ser que haya compañerismo, un estar juntos, un hacer las cosas juntos. La naturaleza de nuestro trabajo y de nuestro estilo de vida tiende a hacernos individualistas: actividades individuales, a veces en competición con otro, pueden tener este efecto. No es que se hayan de condenar las actividades individuales: la necesidad de expresarnos a nosotros mismos en nuestro trabajo, el deseo de tener algo para enseñar, un estilo de vida que reconoce talentos diferentes, temperamentos y gustos, esto es deseable. Pero ha de haber ocasiones que permitan fomentar el amor fraterno. El compañerismo, siendo como es la causa del amor, es también su sirviente.

Orar juntos es importante. En una ocasión previa, di la bienvenida, y lo vuelvo a hacer ahora, a grupos que se reúnen para orar, que se juntan a causa de una afinidad, ya sea de las personas, ya sea de los puntos de vista. Esto es bueno. Pero, ¿qué decir de la oración en la que nos juntamos todos? ¿Cómo actúa aquí fraternalmente el amor? ¿Cómo es posible que para unos sea un esfuerzo y para otros una delicia? ¿Por qué buscan algunos oportunidades para ausentarse, y se sienten aliviados cuando no pueden asistir? Esto da pena, sobre todo si se considera como soluciones que gustan a unos y entristecen a otros.

Necesariamente la oración de la comunidad será inadecuada: la oración en grupos tiende a ser un medio mejor de expresarse uno mismo, mientras que la oración del coro aparece frecuentemente como una supresión de uno mismo. Sin embargo yo no acepto esta antítesis aparente. Baste decir que una total dedicación a lo que sucede en el coro es la manera de descubrir su valor. La irritación y el disgusto lo hacen pesado. ¿Solución? Un sentido de compañerismo cuando estamos juntos. Un deseo intenso de agradar a Dios que informe nuestro deseo de no disgustarnos los unos a los otros, una actitud tolerante y de perdón; sensibilidad a las dificultades de los demás: estas cosas son básicas. Desde luego que hay diferencias en las capacidades de cada uno. Pero aparte de los esfuerzos de adaptación que cada uno tenga que hacer, lo que importa es la «actitud»: ésta es la obra de Dios. Si por las obligaciones conflictivas durante el curso, no se le puede dar siempre a esto una prioridad, sí que se le puede dar durante las vacaciones. En el coro, pues, así como en todos los aspectos de la vida monástica, tendrían que prevalecer las cualidades de mutuo respeto, mutuo deseo y mutuo aprecio.

 

5. De todo corazón

 

Hemos tenido que sopesar vuestras virtudes y vuestras debilidades, en cuanto son de importancia para una vocación monástica. Me gustaría decir una palabra sobre la debilidad de que todos participamos. Cuando entramos en una comunidad monástica, somos seres imperfectos y como tales permanecemos a lo largo de toda nuestra vida. Una comunidad así ha de manifestar un amplio grado de tolerancia y comprensión. Somos una asamblea a la que la gente viene a buscar a Dios y nosotros sabemos que distamos mucho de ser perfectos. Cuando nosotros aceptamos a un hombre, estamos preparados a mostrar, y lo debemos mostrar de verdad como cristianos, comprensión y tolerancia, cosa que esperamos encontrar también en él. Creo que éste es un aspecto, solamente uno, de nuestro voto de estabilidad. Nosotros somos una familia, y vosotros vais a uniros a ella por vuestra profesión; pero es una familia imperfecta, y nosotros solamente podemos vivir alegres y contentos si encontramos tolerancia y comprensión. Me parece que los monjes se olvidan a veces de su deber de ser amables, joviales, de asegurarse de que los demás estén alegres y contentos. Cada uno de nosotros carga con la responsabilidad de la alegría de cada miembro de la comunidad. Y después de todo, esto lo hacemos solamente para reflejar las características de Dios: no hay nada más consolador, más pacificante, que la comprensión divina, que la tolerancia divina, que el perdón divino; y aún más, la voluntad de Dios es que estemos contentos, alegres, que seamos joviales: esto es lo que Dios desea. Es verdad que habrá cargas pesadas, dificultades: sería sorprendente que en el claustro no fuese así.

Según una frase que ya he usado, nosotros somos «criaturas heridas», todos nosotros. Pero también he dicho que no tenemos ningún derecho a estar satisfechos. Tenemos el deber de vencer nuestras faltas, de hacernos más dignos de estimación a la vista de Dios y de los hombres: éste es un aspecto de nuestro voto de «conversión de costumbres». Hemos de cambiar, y el esfuerzo nos puede costar algo; debemos tener la valentía necesaria y un firme propósito. Tendríamos que desear que se nos señalasen nuestras faltas. Y os urjo también a ponderar, cuando hagáis vuestra profesión, el don de vosotros mismos que hacéis de todo corazón a Dios en esta comunidad; vuestro seguir a Cristo de todo corazón. Esto presupone una generosidad como la que manifestaríamos en una vida de familia, si ésta fuera vuestra vocación, y a toda costa se ha de manifestar también dentro del monasterio. Los monjes deben ser generosos, y el test de la generosidad de un monje será su gusto por ser obediente. Es verdad que éste es solamente un aspecto de la obediencia monástica, pero es un test de generosidad, de gran corazón, el dejar de buscarse a sí mismo, el deseo de buscar y hacer la voluntad de Dios. La mayoría de nuestros problemas vienen de una falta de humildad: la cualidad más difícil de adquirir, la más amable de poseer. Os pido por favor que no os toméis demasiado en serio. Reíros de vosotros. Y permitid que los demás se rían con vosotros de vosotros. Esto pertenece también a la vida de familia.

 

6. Entusiasmo

 

Os decía no hace poco, que mi vida estaba pasando por una etapa difícil. Me preguntaba a mí mismo si me estaba volviendo demasiado mundano, si vivía de una manera demasiado mundana, si me lo tomaba con demasiada tranquilidad, y si, como consecuencia de todo esto, mi vida de oración había perdido «mordiente». Tal vez os acordaréis que decía que es difícil definir lo que uno entiende por «mundano»; que, de hecho, es un instinto monástico que nos dice, según parece, qué es lo que conviene y lo que no conviene a un monje. Traíamos a la memoria que la gente nos mira y espera ver en nosotros algo diferente que les hable de Dios. Recordábamos el principio que debe regir nuestras relaciones con los demás: que no buscamos identificarnos con los demás, sino que buscamos más bien llegar a ser la clase de persona con la que los demás desean identificarse. Y hablábamos de tomárnoslo a la ligera, y de cómo si en una comunidad cada uno se lo toma a la ligera, entonces la comunidad se vuelve floja. Un ejemplo nos lo puede dar el hecho de no ser puntual al Oficio. El primer Oficio del día, a parte de la dificultad del sueño o de la somnolencia, es el que nos ofrece menos excusas para llegar tarde. La referencia de san Benito al primer salmo que se ha de recitar despacio para dar tiempo a los que llegan con retraso, es una concesión a la debilidad. Todos tendríamos que estar en el coro antes de que el superior dé la señal para empezar. Otro ejemplo es nuestra actitud respecto al silencio. Podéis recordar que yo, entonces, seguí hablando sobre el ejemplo y el mutuo estímulo que nos podemos dar, y de la importancia del entusiasmo. Sobre esto último es sobre lo que deseo hablar.

Lo opuesto a entusiasmo es apatía, humor agrio, aridez, fastidio. Y cada uno de estos estados puede tener una explicación natural: lo que significa el término fastidio es suficientemente claro. La aridez puede ser un estadio de purificación de la fe, o, tal como lo diríamos hoy día, un aspecto de la maduración de la fe. Sin embargo tendría que haber en nuestra vida monástica una alegría y un entusiasmo. ¿De dónde han de venir? ¿De las discusiones de la comunidad, de las comisiones, de las directivas de los superiores, de una manera de pensar en que todos estemos de acuerdo? Querría mirar esto a la luz de dos verdades de las que nuestro pensamiento se ocupa en esta época del año: el Espíritu santo y la eucaristía.

En primer lugar, el Espíritu santo. «Nadie ha visto al Padre». El Hijo ha ascendido al cielo y ya no podemos disfrutar más de su presencia a través de los sentidos; pero el Espíritu ha sido enviado y durante todo este tiempo ha actuado en nuestras vidas, aunque nosotros no hayamos reconocido o realizado siempre su presencia. Posiblemente, nosotros no reconocemos su presencia de una manera suficiente y por esta razón limitamos la obra que él puede hacer en nosotros y por medio de nosotros: este mismo Espíritu que enseña, inspira, fortalece, da libertad y es él sólo el que nos hace capaces de decir con todo su sentido. «Abba, Padre». Yo creo que nos hacemos presentes al Espíritu, que es lo mismo que decir que nos hacemos presentes a Dios, sobre todo, por el reconocimiento de nuestra pobreza: esta pobreza que comprende nuestra debilidad, nuestra incapacidad de responder a Dios con fervor y entusiasmo, porque nos permitimos depender demasiado de nuestros propios esfuerzos. Hay momentos en que llegamos a una realización de la presencia de este Espíritu en las profundidades de nuestro ser. Me gusta explicarlo así : en el punto en que nuestra conciencia de sí mismo alcanza la nada o toca la oscuridad que hay detrás: este es el punto del encuentro con Dios. Es un darse cuenta, como se ha dicho muy bien, del «fundamento de nuestro ser». Cuando reflexiono sobre el sí mismo que soy yo, se llega a un punto en el que uno toca a una nada que hay más allá. Esta es la pobreza radical en la que encontramos y recibimos la riqueza que es Dios. Esta pobreza, experimentada en nuestra nada ante Dios, nos hace aptos para recibir la acción de Dios sobre nosotros, que es la acción del Espíritu.

El papa León XIII, en la Mystici Corporis, decía: «Cristo es la cabeza de la iglesia, y el Espíritu santo es su alma». Considero que esto es una gran esperanza y me alegra ver que el Vaticano II ha dicho lo mismo: «El Espíritu es uno y el mismo en la cabeza y en los miembros. Es el que da vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo». Y la Lumen Gentium continúa: «Como consecuencia, los Padres han considerado posible comparar su obra —la del Espíritu— a la función que en el compuesto humano es llevada a término por el principio vital o alma».

En otro contexto y en otra ocasión traíamos a la memoria que la cabeza de una comunidad monástica es Cristo; en consecuencia ha de ser el Espíritu el que anime a la comunidad, la haga dinámica y vital. Por encima de todo es en él donde debemos encontrar el principio de unidad en la comunidad: en él hemos de encontrar aquello de que nosotros carecemos, especialmente la capacidad de responder con entusiasmo y fervor al mensaje de Cristo que es el evangelio. Acaso rezamos demasiado poco al Espíritu, y reconocemos demasiado poco la parte que tendría que tener en nuestra vida interior y el papel que de derecho le toca en nuestra comunidad. Para los de afuera, reverendos padres, la apatía, el humor agrio, la aridez, el fastidio, parecen ser a veces nuestra respuesta a la misa conventual. Es verdad que no es el mejor momento del día para ser dinámicos y vitales, pero quizás tendríamos que tener otro punto de vista respecto a la manera de hacer las cosas. Hemos de descubrir el alma de la misa que da vida y nos lleva con ella a la vida. Es el Espíritu el que hará esto: el Espíritu de Cristo, el Espíritu santo.

A menudo, cuando discutimos sobre la eucaristía, la misa conventual, hablamos muchísimo sobre cosas que le son vitales, así como de otras cosas sobre las que tendríamos que reflexionar y tal vez tomar decisiones. Pero todo es en vano si, cuando estamos al rededor del altar, no nos dejamos mover por el Espíritu. Si es solamente gracias a él como podemos clamar: «Abba, Padre», a fortiori, me parece, que solamente por él podremos entrar en éste, el más sublime de los misterios.

Esto no nos proporciona un programa de revitalización de nuestra misa conventual, pero tal vez nos de una oportunidad para reflexionar sobre la parte que desempeñamos cada uno de nosotros, y de orar colectivamente para ser guiados por el Espíritu santo. Si alguno de nosotros tiene la impresión, y he de admitir que yo también la tengo a veces, de que nuestro gran acto del día, la misa conventual, es pobre, y si es difícil resolver el problema de esta pobreza a causa de la diversidad de opiniones, al menos podemos estar de acuerdo en que somos pobres, y tal vez encontremos la respuesta en nuestra apertura al Espíritu y en la realización de nuestra dependencia de él. No apruebo necesariamente todos los aspectos de la renovación carismática, pero abrazo ciertamente la teología sobre la que se basa, y nuestra comunidad irá a la zaga, y no encontrará de verdad las exigencias de una verdadera renovación, a no ser que responda a lo que parece ser la moda del día, que es, en nuestra pobreza, invocar al Espíritu santo.

 

7. Conciencia del amor de Dios

 

Tenemos derecho a ser felices: en primer lugar como cristianos, porque el cristianismo ha de satisfacer nuestras más profundas aspiraciones humanas. Y los humanos buscan felicidad; prácticamente toda su actividad se puede reducir a esto. Sin embargo, sabemos por experiencia que frecuentemente nos engañamos en nuestra felicidad. La actividad humana, los objetos, las personas, no nos pueden dar la felicidad completa y sin fin por la que anhela nuestra naturaleza. Nos tenemos que contentar con una sucesión de cosas o acontecimientos que nos hacen felices, en cuanto es posible en este mundo. Si pudiésemos agarrar este momento, hacer parar el flujo del tiempo, entonces la vida quedaría vacía de todo aquello que le puede acarrear dificultad. Y esto es de verdad lo que será la felicidad eterna, sin fin, satisfaciendo todas nuestras aspiraciones. Forma parte de una verdadera actitud cristiana mirar adelante para disfrutar de esta felicidad. La imperfección de nuestra felicidad en el momento presente, a no ser que las aspiraciones humanas hayan de permanecer frustradas eternamente, apunta a una felicidad que está más allá de este mundo. Solamente en Dios encontraremos esta felicidad.

Pero sería una equivocación sacar la conclusión de que la felicidad es algo que no nos puede pertenecer ahora. Sería no-cristiano abrigar suspicacias o tener miedo de cosas que nos dan satisfacción. Hemos de aprender a ver en ellas el don de Dios. Se han propuesto puntos de vista erróneos que han conducido a la gente a ser irrazonablemente suspicaces de las buenas cosas de la vida. Y todos nosotros, en mayor o menor grado, tal vez hayamos heredado inconscientemente de nuestros antepasados una cetrina visión de la vida. Y esto no es cristiano.

Ciertamente, deberíamos considerar como aplicables a nosotros mismos las palabras de san Benito en el prólogo: «A medida que progresemos en la vida monástica y en la fe, nuestros corazones se dilatarán, y correremos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos». Yo solía pensar que esto era algo que uno podía esperar conseguir en el ocaso de la vida. Ahora, de ningún modo lo pienso así. Aquel «nuestros corazones se dilatarán, y correremos con inefable dulzura de caridad...» es algo que tendría que empezar muy pronto. Es una sentencia sorprendente escrita en un capítulo que, por otra parte, no nos compromete. Sería equivocado decir que ha perdido su carácter, pero no deja de sorprender; nos tendría que llevar a pararnos y a preguntarnos a nosotros mismos si esto es lo que, de hecho, sucede... porque tendría que suceder. Como monjes, aparte de nuestra condición de cristianos, tenemos dere­cho a esperar felicidad aquí y ahora.

Me gustaría hablar de esto como de algo que se da a dos niveles. Existe una alegría permanente, arraigada en lo profundo, de la que no siempre somos conscientes cuando estamos ocupados en nuestras tareas cotidianas. Esta satisfacción básica viene de una conciencia de Dios cada vez más despierta: un darse cuenta de que las cosas que nos suceden son de verdad insignificantes cuando se las compara con la grandeza de la tarea que es buscar a Dios. Nuestra búsqueda de Dios —otra manera de decir «aprender a amar», que en sí es una consecuencia de nuestra comprensión de lo que para nosotros significa el amor de Dios— nos da una satisfacción de la que admito que frecuentemente no podemos darnos cuenta; otorga una serenidad y una seguridad que deben crecer constantemente en nuestra vida monástica.

En el otro nivel existen las cosas, los acontecimientos, las personas que forman la trama de nuestras vidas. Y muchísimas, ciertamente todas, contribuyen a este sentido de satisfacción, de bienestar: las satisfacciones ordinarias de la vida como escuchar música, un vaso de vino, y demás. «Las satisfacciones —como lo expresa de una manera magnífica C. S. Lewis— son las flechas de la gloria de Dios, cuando ésta percute nuestra sensibilidad». Y también, las cosas que hacemos que valen la pena: nuestro trabajo en el colegio, nuestro trabajo en las parroquias vecinas y más distantes en el campo: todo esto causa satisfacción, y con razón.

Pero por encima de todo está, tal vez, la vida de comunidad. El arte de la vida de comunidad es con toda seguridad comunicar alegría a los demás, de manera que todos puedan participar de esta alegría. La esencia de la vida de comunidad es desear que los demás sean felices, hacerlos felices, participar de su felicidad; evitar cualquier cosa que pudiera herir a otro, perjudicar una relación, ensombrecer la alegría mutua. Demos gracias a Dios constantemente por la alegría que encontramos siendo miembros de esta comunidad.

Leed las palabras de san Pablo en su Carta a los filipenses: «Como cristianos, estad siempre alegres, os lo repito, estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca, no os agobiéis por nada; en lo que sea, presentad ante Dios vuestras peticiones con esa oración y esa súplica que incluyen acción de gracias; así la paz de Dios, que supera todo razonar, custodiará vuestra mente y vuestros pensamientos mediante Jesús, el Cristo».

 

8. Alegría

 

¿En qué consiste la alegría? Consiste en desear cosas y que estos deseos sean satisfechos. Y qué es decir esto sino decir que la alegría consiste en amar y ser amado. La alegría completa, aquella para la cual fuimos hechos y la única que puede satisfacer, consiste, por lo tanto, en amar a Dios y ser amado por Dios. El mayor problema de los cristianos y de otros, a menudo me parece que es, no que ellos no amen a Dios, o no deseen amar a Dios, o que aún intentando amar a Dios, se den cuenta de que no tienen éxito. El problema consiste más bien en el hecho de que nosotros no permitimos a Dios que nos ame.

De una manera u otra no afrontamos las exigencias que pesan sobre nosotros como resultado de haber verificado la extensión y la inmensidad del amor de Dios para con nosotros. Además, muchos de nosotros hemos recibido una formación equivocada en las cosas de Dios, el énfasis excesivo del aspecto punitivo, de una visión disciplinaria de Dios, con un olvido práctico de su amor. La fuerza que motivaba nuestra vida espiritual, un tiempo atrás, era el temor más que el amor. Además, cometemos el fallo de no dejarnos amar; por ignorancia, no hemos pensado suficientemente en el amor de Dios. Y sin embargo, la llave que nos abre la vida espiritual, su auténtico principio, es la realización del amor de Dios para con nosotros. El amor llama al amor. Abyssus abyssum invocat.

Es un hecho de experiencia común el que a nosotros no nos gusten las personas a las que nosotros no les gustamos. Y lo contrario es también verdad: nos gustan aquellos a los que les gustamos. ¿Habéis hecho la experiencia de que alguien, como por instinto, no os ha gustado hasta el día en que habéis descubierto que erais agradables a él o a ella? Entonces vuestra actitud empieza a cambiar. Hay también personas a las que tal vez vosotros menospreciáis, y un buen día descubrís que os admiran; entonces empezáis a descubrir en ellos cosas que vosotros admiráis. Así, cuando el amor de Dios se hace una realidad en nuestras mentes, entonces empieza a contar en nuestras vidas. Entonces viene nuestra respuesta. Está explícito en el evangelio de Juan: «Por esto existe el amor: no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque él nos amó a nosotros y envió a su Hijo para que expiase nuestros pecados».

Reflexionemos sobre la naturaleza del amor de Dios. Son verdades simples, elementales; pero por su simplicidad nos invitan a una reflexión constante. Recordemos que el amor es una realidad primaria; que antes de ser un hecho humano, el amor existe en Dios. Recordemos que nosotros amamos a las personas, porque hay personas, pero con Dios pasa totalmente al revés, porque Dios ama a las personas, hay personas. Esta es una verdad importante porque da a entender que en todo lo que ha sido creado hay algo que es amable. Da a entender que en toda persona hay algo digno de ser amado; si no fuera así, esta persona no hubiera sido creada. Nuestra tarea es descubrir todo lo que en los demás es digno de ser amado.

Recordemos además que el amor divino es el prototipo de amor humano; y de esta manera, tendríamos que tener para con los demás la misma actitud que Dios tiene para cada uno de nosotros. Hemos de amar a los demás porque Dios los ama y los encuentra dignos de ser amados. Es bueno retener en la mente «si Dios no me hubiera amado, yo no estaría aquí». Y el punto de partida de mi respuesta es reconocer su amor. No podemos estimularnos a nosotros mismos a amar a Dios como si se tratara de una especie de ejercicio moral. Hemos de permitir dejarnos agarrar por el pensamiento de su amor para con nosotros; entonces, inevitablemente, desearemos responder. Espero que esta reflexión sobre el amor no sea demasiado poco clásica. Nunca me han impresionado las distinciones que hacen sobre el amor los filósofos clásicos. Me pregunto ¿puede existir un amor amicitiae sin un amor concupiscentiae cuando hablamos de seres humanos? Se me puede corregir.

Amar es esencialmente un desbordarse, un dar, una comunicación. En ninguna parte se realiza esto con más plenitud que en Dios. Por lo tanto el amor es el principio de toda la vida espiritual, el principio de toda la economía de la gracia.

Consideremos el amor divino tal como lo vemos en nuestro Señor. «La Palabra se hizo hombre» traduce realidades divinas en términos humanos. En las reacciones de nuestro Señor y en sus actividades vemos, de manera humana, la actitud y la reacción divinas; no hubiéramos podido entender estas verdades en términos que no fueran inteligibles para el hombre, y éstos se nos ofrecen en el Hijo de Dios hecho hombre. Estudiemos la actitud de nuestro Señor hacia las personas. Veamos la fuerza del divino amor.

Cuando os sintáis deprimidos, cuando la vida parezca que no vale la pena ser vivida, cuando todo se os vaya abajo, leed en el capítulo quince de san Lucas las historias del hijo pródigo y de la oveja perdida. Observar la reacción divina: el estimulante que nos proveerá de la respuesta correcta.

Así pues, nuestra felicidad ha de consistir en amar a Dios y en ser amado por él. Si fallamos en corresponder, es porque a veces nos dan miedo las exigencias que él pueda pedirnos. Pero es la ley de nuestro ser el desear ser felices y, además, la verdadera ley de nuestro ser es que deseemos amar a Dios. El amor de Dios está ahí para nosotros. Cuando nuestro Señor hizo suyas las palabras de Dios Padre, diciendo que el primer mandamiento es «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y el segundo es semejantes a éste, amarás a tu prójimo como a ti mismo», nos decía lo que, de hecho, es la verdadera ley de nuestro ser: la única cosa que puede dar un sentido a la vida y, por lo tanto, la única cosa que en último término nos puede aportar la felicidad.

 

9. Paz interior

 

Todos nosotros tenemos la sensación, unos de una manera más intensa que otros, que sería una buena cosa el poder encontrar soluciones para muchos problemas importantes de nuestra comunidad. Tomemos por ejemplo nuestro trabajo por la iglesia: las contribuciones que aportamos en el colegio, en las parroquias, como capellanes de universitarios, y la posibilidad de ampliar este trabajo. Esto presupone que tenemos una noción verdadera de lo que es la iglesia; que somos sensibles a las necesidades del mundo moderno; que comprendemos a las personas a las que servimos, ya sea los muchachos en el colegio o las comunidades en las parroquias, y que tenemos una idea positiva de lo que es o lo que debería de ser nuestra contribución como monjes. Monjes ingleses, monjes de esta comunidad. Hay también problemas locales a nivel de observancia monástica, de la liturgia y diferentes prácticas que nos conciernen.

En el momento presente pueden existir opiniones muy divergentes. De cualquier cosa se puede hacer rápidamente un acontecimiento y excitarse las emociones, hasta se pueden desencadenar contiendas. Esto es lo que ocurre en la totalidad de la iglesia: sería sorprendente que a nosotros no nos afectase. Me parece, de hecho estoy cierto, que, globalmente, no lo hacemos tan mal: la comunidad tiene la fuerza suficiente para poder afrontar diferencias de opinión con una cierta ecuanimidad, buen sentido y buen humor. Aunque podríamos en todos los niveles consultarnos más las cosas, y éste es mi deseo. Hacemos cosas para las que no hemos descubierto todavía el mecanismo o el método correcto: encuentro que para uno esto es sumamente frustrante. En gran parte el problema está, si consideramos todo el convento, en la enorme dispersión geográfica de la comunidad, con la consecuencia inevitable de que muchas cosas se tendrían que discutir en presencia de todo el convento. Por ejemplo, es difícil discutir el trabajo en las parroquias si los padres interesados no se hallan presentes. Igualmente es difícil para aquellos que tal vez tienen ideas sobre el colegio discutirlas con aquellos de nosotros que no estamos en el colegio. Es importante recordar que cualquier parte del convento es de interés para toda la comunidad.

Además, el problema del diálogo. Falta de tiempo y energía militan contra la consulta. Es verdaderamente difícil aplicar nuestras mentes a las cosas, cuando la naturaleza de nuestro trabajo es mentalmente preocupante y lleva mucho tiempo. Y además, la dificultad de los planteamientos hace difícil hablar de ellos con la extensión suficiente, y desconecta muchos problemas relacionados entre sí. No obstante hemos de encontrar medios de consulta, porque todo esto es parte del ejercicio de la colegialidad, de la corresponsabilidad, de la participación y del compromiso, tan arraigados en la tradición benedictina y en el espíritu de la Regla.

Me parece que estamos inclinados a no apreciar debidamente lo considerable que ha sido la revolución bajo la que hemos vivido durante los últimos cinco o seis años: una revolución cultural, social, política y litúrgica al mismo tiempo, y que todavía continúa. Nos es necesario recordar que un buen número de entre nosotros hemos de absorber una gran parte de lo nuevo en nuestra manera de pensar, de reaccionar y de vivir. El proceso de adaptación va a ser lento: necesitamos tiempo para ver las implicaciones de lo que ha estado ocurriendo, y esto, antes de llegar a una decisión y pasar a la acción. Y ahora veo más claramente, aunque instintivamente lo sentía así ya antes, que sería una equivocación precipitarse en tomar decisiones antes de habernos tomado el tiempo necesario, cada uno a su manera, para ver las implicaciones. Son tantas las cuestiones propuestas, las opiniones a discutir; son tantas las nuevas formas de abordar los temas que han sido descubiertas.

Lo que realmente importa en tiempos como estos es que cada uno de nosotros pueda encontrar una paz y una libertad interior. En los viejos tiempos habríamos llamado a esto desprendimiento, pero paz y libertad interior resulta una manera más positiva de expresar lo que quiero decir. Una paz y una libertad basadas en una vida de oración: una vida en la que una lectura reflexiva juega un papel importante: una vida en que el silencio es apreciado como un tesoro, en la que un monje es capaz y está contento de estar a veces solo. Estos son los atributos monásticos tradicionales: oración, lectura reflexiva, amor al silencio: un silencio exterior que ayudará a crear un silencio interior, una capacidad de estar solo, amar estar solo con Dios.

También son los ingredientes de un buen miembro de una comunidad, porque forman una base sólida desde la que podemos actuar de una manera determinada en nuestras relaciones con otras personas. Porque si yo no me relaciono con los demás a partir de esta base, mi relación no será recompensada tal como yo podría suponer. Por otra parte, un hombre libre interiormente y en paz consigo mismo no es fácilmente incomodado por los acontecimientos, las circunstancias y las personas. Esta paz no se da sin más; es el fruto de una madurez, una madurez monástica y, por lo tanto, fundada en la oración, la lectura reflexiva, el silencio y la capacidad de estar solo. Y creo firmemente que estas cualidades son las que necesita un hombre para ser un buen miembro de una comunidad y para relacionarse, en sentido cristiano, con los demás.

Este es un ideal por el que tendríamos que trabajar y nos dispondría a ser menos vulnerables a las cargas exteriores. Al exponer éste mi principio, lo voy a hacer de una manera autobiográfica. Me daba cuenta, y todavía me doy cuenta, de que cuando estaba sobrecargado de trabajo, excitado por algún suceso, aunque fuese trivial, en el colegio o en el monasterio, porque estaba confuso conmigo mismo y me sentía enfadado, me agarraba a esto y lo levantaba como una bandera. Es fácil hacer esto; es fácil proyectar mis propias angustias sobre las situaciones de los demás o encontrar algún suceso que me excite. Realmente, lo que menos me importa es el suceso, lo que no es correcto es el hecho de que yo me sienta enfadado. Ahora me he dado cuenta de que cuando intento recobrar una actitud positiva, en la que cuenta la lectura reflexiva, en la que deseo gustar el silencio, en la que trato de estar a veces solo con Dios, entonces vuelve la calma, y con la calma viene una perspectiva, y cuando nos encontramos con sucesos en los que uno se ve implicado, aumenta la capacidad persuasiva de uno. Esta es mi experiencia y sospecho que también podría ser la vuestra.

Es importante en este período de aggiornamento, en este período de divisiones y opiniones en que hay tantas cosas para escoger y para realizar, que cada uno sea un hombre de oración: un hombre para el que la lectura reflexiva es importante, que conoce el valor del silencio, que conoce el valor de la verdadera soledad —la soledad es algo muy diferente del aislamiento. Hemos de seguir trabajando en estas cosas, guardarlas como un tesoro. Y entonces, tal como digo, estaremos protegidos de toda clase de cosas que puedan disgustarnos y perturbarnos. Pienso que solamente entonces estaremos en disposición de ser militantes, si me es permitido usar la palabra; entonces nos sentiremos seguros para luchar por las cosas que de verdad debemos luchar. Y que el cielo nos guarde de una comunidad que considera el status quo como una cosa perfecta y no desea ver ningún cambio. En la iglesia, hoy en día, no se trata de si deseamos cambiar o no; la iglesia nos ha dicho que hemos de cambiar; no tenemos otra opción. En qué ha de consistir el cambio, qué dirección hemos de tomar, no es fácil verlo, pero a medida que pasan los años se irá viendo muchísimo más claro. Este año se ve todo más claro que el año pasado; y el año que viene se verá todavía más claro, y así cada año.

Finalmente, recordemos que el momento presente es el único real. Solamente es en el momento presente en el que me salen al encuentro las realidades: esta realidad presente que ahora es la mía. Es en el momento presente en el que encuentro al Señor, ya sea en mi trabajo, o en la persona en cuya compañía me encuentro, o en la oración que estoy ofreciendo a Dios: es en este momento en el que encuentro al Señor. Y cada momento presente es un don del Señor, o una invitación que el Señor me hace a responder con amor y obediencia. Y así, volvamos al pensamiento de san Pablo: no hay nada que pueda separarnos de Dios, y nada que nos pueda «hacer perder el equilibrio». Tanto si el momento presente nos trae alegría o tristeza; tanto si nos trae frustración o puro gozo, acepto el presente como el momento, como la condición en la que Dios quiere que yo vaya a su encuentro. Este vivir en el presente es buscar siempre ser conscientes de la presencia de Dios. El refuerzo de esta búsqueda en el curso de los años no solamente aporta un enriquecimiento que le es propio, sino que en una comunidad crea una calma general, un buen sentido que lo va penetrando todo.

Una de las tragedias del mundo moderno es la manera como la clerecía de tantas religiones ha perdido contacto con los jóvenes, con la juventud. Aquí, donde tantos jóvenes viven con nosotros, Dios nos ha concedido una posición privilegiada: una oportunidad para hacer algo en servicio del Señor. Tenemos contactos formidables. ¡Y a nuestra puerta! Las palabras que uso no son adornos rutinarios; las digo con toda sinceridad. Que Dios nos bendiga y nos guíe, y que nuestro trabajo sea una fuente de unidad y de entusiasmo en la comunidad.

 

10. Per Jesum Christum Dominum nostrum

 

Deseo hablar sobre una cosa, y creo que he de afirmar que es muy simple, y que presumo que todos nosotros, más o menos, damos por garantizada. Pero de vez en cuando nos hemos de preguntar: «¿Qué papel desempeña la persona de Jesucristo en mi vida espiritual?». Es posible tener una vida espiritual basada exclusivamente en ideas y principios y pobre en intimidad con la persona de Cristo. No voy a considerar las implicaciones sociales del acontecimiento de Cristo. Estoy hablando de una relación personal con él. Es lo más importante, en cuanto nuestra vida monástica es una manera de seguir a Cristo. Las implicaciones de la encarnación y de la redención, de su muerte y de su resurrección, son inmensas y no deberíamos dejar de sacar conclusiones importantes de nuestra meditación sobre sus misterios, de considerar las muchas maneras de interpretar estas verdades mayores por las que tendríamos que vivir. Nunca deberemos cesar de estudiar a Cristo como nuestro modelo: nuestra lectura del nuevo testamento nos mostrará actitudes y reacciones que nosotros deberíamos adoptar en nuestras vidas. Cierto, estudiando lo que hizo y lo que dijo, nunca agotaremos las posibilidades de descubrir cada vez más y más. Y esto da a entender el aspecto fundamental de mi relación con él. Ha de ser una relación íntima y profunda. También nos es necesario descubrir que él es nuestro camino hacia el Padre, que él es el camino del Padre hacia nosotros. Hemos de tener una convicción creciente de que la salvación viene de él y a través de él: de que él es la verdadera vida de nuestras almas.

¿Cómo se desarrolla esta intimidad? Hay tantas maneras como personas; cada persona descubre lo que es correcto para él o para ella. Pero hay cosas de particular importancia. La iniciativa, por ejemplo, es de nuestro Señor: él desea conocernos, y por «conocer» quiero decir que él desea poseer el secreto de lo que nosotros somos. Es verdad que su mirada nos penetra y que no hay nada escondido para él, pero yo esto lo entiendo más bien como nuestra disponibilidad a abandonarnos, a darnos totalmente a él. Cualquier experiencia interior tendríamos que participarla con él. Y si pensamos en ello, no hay experiencia alguna que sea enteramente personal y exclusivamente nuestra, porque él siempre la conocerá y participará de ella. Pero él ha de encontrar en nosotros dos cosas. Ha de encontrar en nosotros una necesidad de él; y esta necesidad se aprende por la experiencia de la vida y es como el producto de una vida de oración privada continua. También tendría que encontrar en nosotros la actitud de humildad que nosotros podemos colegir, me parece, si hacemos nuestros ciertos pasajes de los evangelios relativos a dos categorías de personas: los «malos» y los que «están malos». Los malos: Mateo, María Magdalena, Zaqueo, el buen ladrón y otros. Los que están malos: el ciego, el sordo, el paralítico, el mudo. Si traéis a la memoria los pasajes que se refieren a estas personas, recordaréis que el impacto que les causa nuestro Señor parece provocar dos reacciones. La primera es seguirlo; la segunda, dar gloria a Dios por lo que ha sucedido. Seguir a Cristo, glorificar a Dios, después de todo, esto está en el corazón de nuestra vocación monástica. No es sorprendente que esto haya de ser así, ya que nuestra glorificación y adoración de Dios siempre es per Christum Dominum nostrum.

 

11. Amistad con Dios

 

Al pensar y al hablar de Dios es correcto usar el lenguaje del amor, ya que Dios es amor. Y aunque Dios sea totalmente otro y nuestras mentes sean incapaces de captar con precisión una imagen suya, sin embargo, en cuanto estamos hechos a su imagen, hay semejanzas, hay alusiones. Asimismo, Jesucristo, que es la imagen del Padre, el icono de Dios, traduce para nosotros en términos humanos las realidades divinas.

Nos interesan aquí dos características de la amistad. Primera, a medida que la amistad madura hay menos necesidad de un contacto frecuente. Lo que importa es que cada uno tenga una total confianza en la disponibilidad del otro, de que él o ella puede ser llamado así que aparece la necesidad. Nada puede conmover esta relación: es totalmente segura. Segunda, no hay peligro de que nuestras debilidades sean puestas de manifiesto. A los conocidos no les manifestamos nuestro ser real. A nuestros amigos les revelamos nuestras debilidades. Es verdad, un exceso de manifestación de lo que uno es puede destruir el misterio de la amistad, pero esto es otra cosa.

El hecho de que estemos hechos a imagen y semejanza de Dios alcanza a la amistad que existe entre el hombre y su creador. Cae dentro de nuestra experiencia el sentir la lejanía de Dios, el sentirse, a veces, abandonado por Dios. Cristo en la cruz supo lo que era sentirse abandonado por Dios, pero yo no puedo creer que su confianza en la disponibiladad de su Padre se apartara nunca de él.

Frecuentemente nos reducimos a vivir en el recuerdo de los momentos en que la presencia de Dios era una realidad. Sin embargo, su presencia, a medida que la amistad entre Dios y nosotros va madurando, va aumentando en el trasfondo de nuestras vidas. No es necesariamente un contacto continuo, porque a menudo las circunstancias hacen difícil mantener un contacto, en el sentido de un perpetuo estar atento. Pero lo que al menos ha de ir creciendo en un estar atento en el tras-fondo. Porque la oración fortalece y aviva una atención que se irá debilitando en la proporción en que descuide­mos la oración. Una atención a la presencia de Dios es el fruto, no la causa de la oración. Pero aún hasta en el caso de que llevemos seriamente una vida de oración, se dará frecuentemente la experiencia de un contacto con Dios que no es continuo.

En Dios no hay debilidad, ciertamente ninguna debilidad moral. Pero consideremos este pensamiento: Cristo es el icono del Padre, la imagen del Padre, la revelación del Padre, la traducción en términos humanos de las realidades divinas. ¡Qué misterio, si consideramos esto en relación con la pasión y la muerte de nuestro Señor! Es más fácil comprender su pasión y su muerte si lo consideramos como a uno de nosotros. El es uno de nosotros, pero también es uno de «ellos», con lo que quiero indicar la trinidad. Cuando contemplamos sus sufrimientos, ¿quiere revelarnos en cierta manera una vulnerabilidad divina? La frase necesita un examen más detenido. Si seguimos esta línea de pensamiento, llegaremos tal vez a una cierta pequeña comprensión del efecto que produce en Dios cuando rehusamos devolver amor por Amor.

Una mente teológica clara se sentiría trastornada ante la idea de desengaño o tristeza en un Dios inmutable, pero hay un misterio en lo que toca al efecto que produce en Dios un fallo de parte del hombre en devolver amor por Amor. Esto se nos revela de la única manera que podemos comprenderlo, es decir, en términos humanos: en experiencia humana, que en este caso es la experiencia de Cristo. Y este principio como una prueba de amistad tiene otra consecuencia en nuestra relación con Dios. Nuestra confesión, nuestra admisión de culpabilidad, de flaqueza a Dios Padre es un acto de amor. Esta ha de ser la base, la raíz del sacramento de la penitencia.

Estos pensamientos están basados en la experiencia de la amistad humana para ayudarnos a comprender algo del misterio que es Dios. Nosotros tenemos la revelación de Dios en Cristo; tenemos la revelación de Dios en la palabra de Dios, las escrituras; pero en la experiencia humana, porque estamos hechos a imagen y a semejanza de Dios, podemos encontrar algo de él en nosotros mismos.