I. VIDA MONÁSTICA Y TRABAJO

1. El hombre y Dios

1. Instinto religioso

Esta noche me gustaría reflexionar con vosotros sobre el hombre como ser religioso, y sobre un aspecto de la liturgia que me parece estar íntimamente relacionado con esto.

Estoy convencido de que el hombre es religioso por naturaleza. El instinto religioso pertenece a su verdadera naturaleza. Forma parte de su modo de ser el estar orientado hacia Dios. Es verdad que para una amplia mayoría de personas esta orientación es desconocida, irreconocible. Frecuentemente se dirige hacia cosas inferiores a Dios; pero así que la mente del hombre empieza a tantear constantemente hacia el significado fundamental de las cosas y su deseo anhela ser satisfecho por este o aquel bien, entonces ha empezado ya la ignorada, irreconocible y desconocida búsqueda de Dios. Ciertamente, muchas de las frustraciones del hombre se pueden atribuir al hecho de que en su condición presente no puede alcanzar ni alcanza aquello que es fundamental en el conocer y en el amar, y que pertenece, parece ser, a la verdadera perfección de su naturaleza. Y en cuanto no consigue alcanzarlo en el ámbito de su conocimiento y de su amor, es un ser frustrado.

Su vida cristiana depende, en primera instancia, de algo que está fuera de él, porque en primer lugar y fundamentalmente, es una respuesta a una situación histórica particular: la respuesta a un acontecimiento, a la encarnación y a todo lo que se sigue de ella y, en último término, a la resurrección. Tal como yo lo veo, el instinto religioso es un hecho de mi naturaleza: está dentro de mí. La respuesta cristiana, sin embargo, siendo en primer lugar la respuesta a un acontecimiento, desde este punto de vista, está fuera de mí. La «cosa» cristiana es la que da sentido al instinto religioso y, en último término, lo lleva a cabo, porque Cristo es el camino, la verdad y la vida, y en él encontramos la razón fundamental de las cosas y el amor fundamental anhelado por nuestra naturaleza.

Yo creo también que cada hombre es un cristiano oculto. Y en dos sentidos. El hombre ha sido salvado por Cristo, y por esto, solamente a través de Cristo puede alcanzar la visión beatífica. Y además, todos los anhelos por lo divino, sea cual sea la forma que tomen, son y deben ser atribuidos al Espíritu santo. Esto en un nivel. Pero el hombre es también un cristiano oculto, porque aunque no se encuentre en una situación en que responda conscientemente a los valores cristianos —con toda probabilidad no conoce a Cristo y no habrá oído hablar de estos valores— sin embargo, hay algo de Cristo en él, lo mismo que en todos. Y pienso que esto es verdad en muchos sentidos. El más obvio, el más simple, es el hecho de que Cristo se hizo hombre. El hecho de que participe de nuestra condición humana, da un significado a toda vida humana, se encuentre donde se encuentre y sea cual sea la fe que profese. Haciéndose hombre, Cristo se hizo todos los hombres.

Sería fácil decir que el instinto religioso es algo que pertenece a la naturaleza —es natural—, y que la «cosa» cristiana es gratuita —pertenece a la gracia— y que por esto es sobrenatural. Frecuentemente en mi pensamiento -cosa desconocida— son instintos primitivos unidos al miedo, a la necesidad de seguridad, a la búsqueda de la figura paterna, y a un deseo primitivo de escapar de la obscuridad. Encuentro que la mayor parte de estas cosas son verdad. Pero una cosa es decir que nosotros somos así, y otra cosa totalmente distinta es descubrir, y es necesario que se descubra, una razón de por qué somos así, de por qué tenemos estos instintos y qué significan. Esta es la cuestión que necesita una respuesta.

Si tengo razón al decir que el instinto religioso es fuerte en el hombre y que fácilmente puede ser despertado, y si uno de sus constituyentes es la admiración estimulada por la experiencia estética, es justo que subraye un aspecto particular de la liturgia, y se trata solamente de un aspecto. La liturgia tendría que ir siempre marcada por lo bello, porque la belleza es uno de los medios por los que somos conducidos hacia Dios. Una cosa bella nos habla de Dios. Aquello que amamos en cualquier criatura es solamente aquello en que Dios se refleja. Lo bello es lo que puede despertar en nosotros admiración, lo que puede llevarnos a una respuesta que no es exclusivamente racional, y con razón esto es así, porque no somos simplemente seres racionales, sino mucho más. Por esto la liturgia, a veces y en ciertas circunstancias, nos tendría que hablar deliberadamente de Dios a través de la belleza. Y la belleza como constituyente de la liturgia será una de las cosas que activará el instinto religioso; y también será uno de los medios mediante los que este instinto podrá ser expresado. Es importante que haya un decoro, un orden, un ritmo. Realmente causa tristeza el que mucho de lo que hacemos, no lo hagamos bien. La liturgia se tendría que adaptar a circunstancias diferentes, a diferentes estados de ánimo. Intimidad y simplicidad sería lo propio de pequeños grupos. En ocasiones más solemnes, el énfasis se tendría que poner en la belleza, el respeto, el temor, la admiración.

¿Me será permitido añadir una pequeña nota a pie de página? Una de las cosas que frecuentemente he advertido en los últimos cuatro o cinco años, al volver a Ampleforth después de haber estado ausente, es como un “pequeño espanto” en mi interior.

Hemos adquirido el hábito de ser super-críticos –esto no nos es peculiar, son los tiempos en que vivimos. La gente está tensa. Todo se hace objeto de controversia, de división. Es agotador, y no es una buena señal. Yo no creo que podamos hacer mucho respecto a esto sino reír. ¿Sabéis? Uno queda totalmente estupefacto cuando después de haber estado un poco tiempo con una familia, vuelve aquí y encuentra a toda la gente tensa, más aun, como resortes de muelle. Todos nosotros necesitamos relajarnos, y criticar las cosas sin excitarnos. La confusión se centra en la liturgia, aquello en que deberíamos encontrar gusto y alegría. (¡El diablo es un tipo muy astuto!). Nos conviene estar menos “tirantes”, y me parece que entonces estaríamos más recogidos, más devotos, y seríamos más caritativos.

2. Instinto monástico.

Durante un cierto tiempo me he sentido descorazonado al penar en mi imperfección como monje. Mis deficiencias toman diferentes formas. A veces soy excesivamente “fácil”; otras veces soy lo que podríamos llamar, un poco “mundano”. Cuando no soy ni lo uno ni lo otro, la espina surge de mi vida de oración en la que hay una falta de sensibilidad en mi respuesta a Dios. Es más bien desconcertante que un abad haga una confesión en público. Únicamente lo hago para mostrar solidaridad con otros que tal vez sientan lo mismo.

¿Qué significado tiene ser “mundano”? Es difícil decirlo. También es una equivocación procurar analizar el concepto demasiado detalladamente y perderse en un remolino de teorías sobre lo que significa «mundano» o sobre lo que tendría que ser el papel que uno desempeña. Esto sobre lo que estoy hablando es realmente un instinto monástico, claramente reconoscible en aquellos que lo tienen. Es una especie de instinto por el que a uno le es posible juzgar lo que es apropiado para un monje y lo que no lo es. Esto puede recubrir un amplio espectro de actividades, actitudes, lenguaje, la manera de pasar las vacaciones, de gastar dinero, la forma de hospitalidad que ofrecemos, la forma como recibimos, nuestro comportamiento, las cosas que decimos, nuestros valores. No acabaríamos nunca.

No todos tenemos este instinto monástico, y si pensamos tenerlo, no todos vivimos conforme a él. Sin embargo, existe una atención, al alcance de todos nosotros, para aquello que nos conviene o no. Por otra parte, si te pones a señalar cosas que parecen inapropiadas para un monje, no es siempre fácil dar una razón: es simplemente un instinto. Hay dos palabras —que usábamos tiempos atrás, y que todavía siguen siendo las mejores—, que describen lo que tendría que ser la actitud monástica hacia el mundo. Son: frugalidad y simplicidad. Además, vale la pena añadir que no debemos dejarnos engañar con el pensamiento de que el hecho de estar «en onda» nos hará importantes o nos dará influencia. A nivel de maestro de escuela, por ejemplo, esto podría ser una equivocación ridícula, una equivocación que, a pesar de todo, se comete.

Otros nos encontrarán fáciles, abordables, calurosos, pero detectarán también otra cosa. Es «otra cosa» edificada a lo largo de años de fidelidad, esforzándose, teniendo el propio tesoro en otra parte. Personalmente no me gusta en el terreno de las relaciones con el mundo exterior (salidas para comidas, entrar a beber algo, etc.) establecer reglas firmes y duras. Pero algunos prefieren este método porque les gustan las cosas claras y precisas, ¡es cierto que la manera más fácil de llevar adelante un monasterio es tener un montón de reglas! Pero no necesitamos tener normas como: “No salimos para cenar”; “sólo salimos para comer con parientes en primer grado de consanguinidad”. Debe de haber una norma, pero habrá y ha de haber excepciones y circunstancias especiales. La forma más clara y más limpia sería decir: “Esta es la regla, éste es el uso”. Pero no pienso que esto sea benedictino. No creo que concuerde con principios tales como: “Que lo tempere todo de tal manera que los fuertes deseen todavía más y los flacos no se retiren asustados”.

No creo que en un monasterio benedictino se haya de tratar todo de la misma manera. Y permitidme añadir, aunque pueda parecer un poco super-defensivo, que me parece que los superiores no han de ser necesariamente firmes. Es mucho lo que pesa sobre un individuo para saber cuándo ha de preguntar y cuándo no debe hacerlo. “No causa ningún daño preguntar” es lo que dice un muchacho de escuelo, no un adulto. No es un intento de “apretar”, sino más bien, de ayudar a abrirnos camino en un área muy difícil y de grabar en todos nosotros, incluyéndome a mí mismo, la importancia de la frugalidad y de la simplicidad. La tendencia a tomarse las cosas a la ligera es una parte de la manera de ser de cada uno de nosotros.

Lo que intento decir es que cada uno de nosotros tendríamos que reconocer nuestra responsabilidad, y de esta manera cultivar lo que yo llamo “instinto monástico”. Porque la espina no solamente es posible sacarla de nuestra vida de oración: es la comunidad entera la que puede sacarse su espina.

Para concluir permitidme recordaros el prólogo, en el que San Benito habla de establecer una escuela del servicio del Señor, en la que, dice: “esperamos no ordenar nada duro ni pesado, pero si razonablemente, para la corrección de malos hábitos y la conservación de la caridad, se diera algo más estricto en la disciplina, no por esto te desanimes y huyas».

La frase «corrección de malos hábitos» es dura, pero tendríamos que entenderla en el sentido de no permitirnos a nosotros mismos ser cómodos.

«La conservación de la caridad». Esto es profundo. Para un nivel elevado en la vida monástica todos nosotros dependemos del estímulo mutuo y del ejemplo. Ciertamente estímulo y ejemplo, a los que yo añadiría entusiasmo, son elementos que mantienen a flote a una comunidad; estímulo del uno para con el otro, ejemplo del uno para con el otro, y un entusiasmo general por todo lo que somos y por todo lo que hacemos. La más grande negación de sí mismo (para dar un paso adelante), la manera más característica de vivir el capítulo 2 de la Carta a los filipenses es, ciertamente, la capacidad de lanzarse uno mismo a la vida monástica y trabajar con entusiasmo en estos tiempos en los que la autocrítica y la contestación podrían predisponernos a no implicarnos suficientemente. Hay algo aquí, de gran importancia, que cada uno de nosotros tendría que ponderar: abnegarnos a nosotros mismos y lanzarnos a lo que sigue adelante, de todo corazón y con entusiasmo, hasta en el caso de que tuviéramos reservas mentales: esto, diría, es una kenosis, un vaciarse de uno mismo. Y pienso que esta es la cualidad que se nos pide hoy en la Iglesia.