6. «CRISTO SE HIZO POR NOSOTROS OBEDIENTE HASTA LA MUERTE»

1. Mirando hacia la alegría de la pascua

 

San Benito en una frase —«que espere con alegría la pascua» —establece el tono de nuestras observancias cuaresmales. Hemos de esperar con alegría la pascua, la alegría de participar en la vida de la resurrección. Por el bautismo hemos pasado de la muerte a la vida; hemos pasado de la separación de Dios a la unión con él por la gracia; por el bautismo fuimos incorporados a la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor. La vida cristiana es vivida con la vida de Cristo en el alma. Nos tendría que llevar a la paz y a la alegría. Pero en nuestra experiencia no siempre actúa así. El pleno efecto de la resurrección de Cristo solamente actuará sobre nosotros cuando lleguemos a la visión beatífica: sólo entonces la alegría y la paz serán completas, sin que sea posible quitárnoslas nunca. Ahora vivimos a la espera de esto: no condenados ya por más tiempo a la separación de Dios pero todavía no unidos a él de la manera que él ha preparado; porque aún no estamos in patria, como dice santo Tomás, sino in via, en camino, y a menudo una vía dolorosa, un camino penoso. Y de esta manera, tendríamos que considerar la cuaresma como una «participación» de la pasión de Cristo. San Benito nos dice que nuestra vida tendría que tener siempre el carácter de una cuaresma; pero como no somos suficientemente fuertes para esto, hagamos al menos en estos días de cuaresma un esfuerzo especial. Recordemos que si hemos de ser discípulos del Señor, hemos de tomar su cruz y seguirlo.

En la vida, tal como la vivimos, hay abundantes oportunidades de encontrar la cruz. Si nos sentimos frustrados por el exceso de trabajo, por el fallo de otros en llevar a cabo nuestras ideas, en apreciar nuestras dificultades; si vemos que las cosas van mal, todas estas cosas pueden causarnos disgustos. Pero al mismo tiempo son oportunidades preciosas, si las aceptamos con alegría. Esto no significa que hayamos de ser estoicos. No significa que ya no tengamos que esforzarnos más para que las cosas vayan adelante, para remover ruidosas contradicciones, etcétera. Pero tened presente que cuando las cosas no van bien, el proceso de corregirlas está en el futuro: es una tarea que se ha de hacer más adelante. Pero en la vida espiritual lo que cuenta es el momento presente, porque el momento presente es el único que existe. Hasta cuando tú mismo te encuentras en una posición intolerable, en la que crees que no tienes derecho a estar, acéptala como la cruz, aquí y ahora; entonces ya harás planes para que vaya mejor después. No hay contradicción en aceptar una dificultad aquí y ahora, y en esforzarse por removerla después, en el futuro. Pero nunca pases por alto la oportunidad de la dificultad presente, del momento presente.

Muchos de nosotros hemos de sufrir, quizás por un tiempo considerable, lo que los libros espirituales llaman «la noche oscura del alma». Resulta un poco embarazoso aplicarnos a nosotros estas experiencias que suenan más bien a algo elevado, pero las tenemos: muchos pasan largos períodos en su vida monástica en los que las cosas no parecen tener ningún sentido; en los que Dios parece estar lejos; en los que la oración parece ser casi imposible; en los que el Oficio es a duras penas tolerable. Estas cosas pasan. Acéptalas de todo corazón como una parte de la vía dolorosa. Los santos que aprendieron esto, es decir, a aceptar la voluntad de Dios para con ellos en la forma de la cruz, si esto es lo que él elige, descubrieron una paz y una alegría que sobrepasa nuestro entendimiento. Tal vez, de entre nosotros, no son muchos los que han vivido estas cosas, pero sabemos lo suficiente de las vidas de los santos para haber descubierto que hay algo por lo que nos podemos esforzar y de lo que san Benito habla en el prólogo de su Regla.

Tenemos, es verdad, la vida de la resurrección en nuestras almas, pero para nosotros, que todavía estamos in via, la resurrección se ha de vivir en el contexto de la pasión. Ahora bien, así como la oración voluntaria da sentido al ciclo diario de oración obligatoria, también es verdad que la penitencia voluntaria nos hace más cons­cientes del papel de la penitencia involuntaria en nuestra vida espiritual. La práctica de renunciar a esto o de asumir esto otro, la que entrena nuestras mentes a ver la cruz cuando se nos presentan cosas que no hemos escogido y que han surgido como de improviso. Es un axioma, la cruz que nos toca es la que más nos desagrada: nosotros escogeríamos otra. Pero igualmente es verdad que nuestra cruz es la que Cristo quiere que llevemos.

Así pues, padres, es con tales pensamientos con los que haremos bien de embarcarnos en esta cuaresma: alegremente, con gozo, porque el Señor se complace en el que da con alegría.

 

2. Corrigiendo la debilidad

 

Con un poco de retraso leemos la Regla de san Benito sobre la cuaresma, y dirigimos nuestras mentes a este período particular del año litúrgico. Recordaréis algunas de las frases de la Regla: que sea un período en el que guardemos nuestras vidas con más pureza, en el que expiemos nuestras negligencias, en el que nos reprimamos del pecado, y nos apliquemos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón, a la abstinencia. Fijémonos en algunas de estas frases y consideremos su actualidad en el tiempo presente.

Es bueno para nosotros reconocer que somos negligentes, que hemos de expiar las negligencias de otros tiempos. Me parece que es bueno confesar y reconocer nuestras flaquezas e insuficiencias, nuestras imperfecciones en el servicio de Dios. No hay ocasión alguna en que esto no sea un gesto apropiado. A medida que avanzamos en nuestra vida monástica, tengo la certeza de que este aceptar nuestra imperfección no es, de hecho, algo que nos lleve al desaliento: por el contrario, nos puede llevar a una mayor paz. Tendríamos que reflexionar, una vez más aún, sobre la parábola del evangelio de san Lucas: la narración del fariseo y el publicano; y en las palabras de nuestro Señor, cuando llamó a Leví: «No necesitan médico los sanos...». Estas son algunas de las grandes verdades del evangelio que son una fuente constante de consolación. De hecho, se puede decir que cuanto más verificamos nuestras deficiencias, tanto mayor es nuestra súplica para obtener la misericordia y la benevolencia de Dios, y ésta es una fuente de paz inmensa. Pero no debe ser, ni lo es, un título para complacernos. San Benito nos dice que en la cuaresma nos hemos de «aplicar»: lo que en términos simples significa, no tanto hacer cosas extraordinarias, como concentrarnos para hacer correctamente las cosas ordinarias. Hemos de intentar ser mejores monjes, y esto incluye el ser mejores cristianos y, sin duda alguna, ser mejores seres humanos.

Un terreno en el que puede ser útil aplicarnos y hacer un esfuerzo especial para rectificar lo que no va bien, es el de las relaciones mutuas en la vida de comunidad. Me parece que siempre hemos considerado que nuestra vida de comunidad aquí es sólida y que nos llevamos sumamente bien, en todos los sentidos, los unos con los otros. Ciertamente, esto se verdad; pero de ningún modo da lugar a sentirnos satisfechos. Por el contrario, es algo que hemos de vigilar con sumo cuidado, algo precioso que hemos de guardar como un tesoro. Deberíamos considerar si nos tratamos los unos a los otros con la cortesía, la educación, la sensibilidad, la generosidad y la comprensión necesarias; preguntarnos, también, si las necesidades de los demás son para nosotros más importantes que nuestras propias necesidades. Reflexionar hasta qué punto de generosidad o de egoísmo vivimos nuestra vida de comunidad. Cada uno tendría que sentirse en la comunidad aceptable y aceptado. Cada uno ha de ser en cierta medida objeto de mi afecto, de mi interés, de mi compasión. En este tiempo tendríamos que concentrarnos en el papel que representamos dentro de la vida de la comunidad. Si nos damos cuenta de que no hablamos con ciertas personas, tendríamos que escudriñar el porqué:, o porque los encontramos pelmas, o porque no estamos de acuerdo con ellos, o hasta, quizás, porque nos dan miedo. No conversar con las personas porque nos causan algún temor es también una falta. Hemos de hacer un esfuerzo con cada uno. ¿Por qué? Porque así toca hacerlo correctamente a un ser humano, y más aún, a un cristiano porque Cristo vive en cada uno de nosotros. Orillar a alguien de la comunidad es orillar a Cristo; dejar de tratar a alguien con cortesía y educación es dejar de tratar a Cristo con cortesía y educación. Si lo que digo no es verdad ¿cómo interpretaremos el pasaje del evangelio en el que se nos dice que alimentemos al hambriento, que vistamos al desnudo?

Es fácil tener amplios horizontes de cara al ejercicio de la caridad —nuestro servicio a Cristo— y, con todo, ignorar al padre o al hermano que está junto a nosotros en el coro o en el refectorio. Afecto y compasión, interés y comprensión, son cruciales en nuestra vida monástica y cristiana. Me parece que en esta comunidad siempre hemos tenido un fuerte sentido de orgullo de familia, de mutua lealtad. Pero además, me parece que tendríamos que examinarnos para ver hasta qué punto este orgullo nos pertenece individualmente, hasta qué punto somos leales los unos a los otros. Y esto atañe a nuestras relaciones con las personas de afuera. Es fácil criticar a un miembro de la comunidad hablando con una persona de afuera. ¿Qué motivos tenemos para criticar a uno de nuestros hermanos o para rebajarlo? Pongo énfasis en esto, no porque haya oído o detectado algo que pueda indicar que nuestra caridad se debilita, sino porque es importante recordar estas cosas de vez en cuando. Después de todo, el amor a nuestro prójimo es el criterio de nuestro amor a Dios.

En este tiempo litúrgico abordemos francamente nuestra actitud hacia Dios. ¿Lo buscamos verdaderamente? ¿Deseamos hacer su voluntad? ¿Aceptamos su voluntad traducida para nosotros en las circunstancias de nuestra vida? ¿Vemos su voluntad en las cosas que nos ocurren: las dificultades, la frustraciones, las mil y una cosas que nos suceden cada día? ¿Deseamos lo que él desea? ¿Deseamos realmente la voluntad de Dios tal como él la quiere o tal como la queremos nosotros? Me parece que esto es lo que quiere decir san Benito cuando nos urge a que en la cuaresma nos esforcemos por la pureza de corazón”: tener la mente unificada en nuestra búsqueda de Dios, el verdadero fin de todas nuestras acciones, todos nuestros pensamientos, todas nuestras oraciones. Y sabemos por experiencia que es aplicándonos a la oración y a la lectura, tal como nos lo urge san Benito, como esto se obtiene con el máximo de eficacia. Ahora bien, todos sabemos que en cualquier vida religiosa y en la vida de cualquier sacerdote, las dos prácticas que se tiende a «dejar de lado» en primer lugar son la oración y la lectura. Pero también sabemos, si hacemos el enorme esfuerzo necesario para dedicar unos pocos momentos extras a la oración, que los resultados pueden ser fuera de toda proporción respecto al esfuerzo realizado. Lo que cuenta no es necesariamente hacer grandes cosas o hacerlas con una meticulosa exactitud, sino el no dejar pasar pequeñas oportunidades, esto es lo que hace cambiar nuestra atención o nuestro entusiasmo.

La cuaresma es un tiempo en que se ha de dar a la oración y a la lectura espiritual la prioridad que tendrían que tener. Desde luego, es pesado oír consejos de esta índole. Tenemos la sensación de que no tenemos tiempo y, si tenemos tiempo, no tenemos la energía suficiente. No obstante, siempre se repite la vieja historia: las personas más ocupadas son frecuentemente las de más oración.

Es fácil, especialmente por la mañana, contraer el hábito de estar medio dormido, atontado, engañarse a uno mismo pensando que uno se encuentra en un estado de oración. Lo único que se puede hacer es recogerse y volver a una forma verdaderamente simple de oración según alguna fórmula ya dada. Me parece que en este contexto, la gracia de Dios actúa. Desde luego, se trata de un asunto personal, y en nuestra comunidad la tradición es dejarlo a la sensibilidad de cada individuo.

Otra cosa, queridos padres y, especialmente, queridos hermanos. Esto tendríais que hablarlo con personas experimentadas en la oración. Toda la función del guía espiritual está desapareciendo porque la gente ya no confiesa de una manera regular. Es una lástima; todos nosotros necesitamos someter nuestra manera de orar a un padre prudente que pueda juzgar si un tipo particular de oración es apto para nosotros, y si, de hecho, es verdadera oración.

En san Benito, tal como lo he subrayado, se usa la palabra «alegría», y esta alegría, como en cualquier otra cosa, tendría que caracterizar nuestra observancia de la cuaresma. Hemos de ofrecer a Dios algo por nuestra propia iniciativa «en la alegría del Espíritu santo» y hemos «de esperar con la alegría de un deseo espiritual la santa fiesta de la pascua». Estas cosas que se nos exigen, llevémoslas a cabo con calma y alegría, porque cada uno de nosotros no tiene sino una ambición: ser un siervo de Dios, a él dedicado, un verdadero monje; y ser un verdadero monje es ser un monje alegre.

 

3. Destinado a la muerte

 

En el pensamiento sobre la cuaresma hay algo de escalofriante, de austero, un sentimiento igual al que me sobreviene cuando entro en un cementerio.

Recuerdo las palabras del miércoles de ceniza: «Recuerda, hombre, que eres polvo, y que al polvo volverás». Meditando sobre esto, pensé en la conexión que existe entre la muerte y la cuaresma. «La muerte —escribía el último profesor Zaehner— es el don de Dios al hombre, un don que tendríamos que aceptar, no con temor y temblando, sino con alegría, porque tenemos la seguridad, no sólo en el cristianismo sino también en todas las grandes religiones, de que lo que llamamos muerte no es algo peor que el romperse la cáscara del amor propio y el dejar fluir dentro de nosotros la savia de un amor no egoísta que es al mismo tiempo humano y divino, el Espíritu santo que habita en el corazón de todos». Me gustan las palabras «La muerte es el don de Dios al hombre, un don que tendríamos que aceptar, no con temor y temblando, sino con alegría». Las observancias que asumimos durante la cuaresma se pueden llamar «muertes diarias» y la vida está llena de «pequeñas muertes». Nuestro Maestro nos dijo que sólo podríamos ser sus discípulos si tomábamos nuestra cruz, y la cruz lleva a la muerte.

Pero es bueno verificar que las «pequeñas muertes» de cada día «dejan fluir dentro de nosotros —son las palabras del profesor Zaehner— la savia de un amor no egoísta... el Espíritu santo». Es por esto por lo que la cuaresma es importante. La ceremonia inaugural nos recuerda, con el realismo característico de la iglesia, que somos polvo y que al polvo volveremos. Estamos destinados a la muerte. Pero esta muerte, este don de Dios que finalmente vendrá hacia nosotros, es la entrada a una vida que es un dejar fluir la vida humana y divina en nuestros corazones, la infusión del Espíritu santo. Este es el misterio de la muerte de Cristo, un don de su Padre, aceptado, como ya sabemos, con dolor y conflicto: «Padre mío, si es posible, que se aleje de mí ese cáliz. Sin embargo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Fue un don aceptado con alegría. Lo negativo, lo triste, lo difícil, no son valores en sí mismos, sino medios que nos llevan a la alegría, a la vida, a la unión con Cristo.

San Pablo, como os lo he recordado, dice: «Dios ama al que da con alegría». Así pues, debemos mirar estas «muertes diarias» y aceptarlas valientemente y con alegría. Las penitencias que nos imponemos voluntariamente tendríamos que asumirlas con alegría porque nos acercan más a Cristo y nos preparan para celebrar los grandes misterios de la muerte y la resurrección de Cristo. Esto, recordemos, lo subraya san Benito. A lo largo de la cuaresma tenemos los ojos fijos en aquellos grandes días, los últimos días de la Semana santa. Nos preparamos a ellos, no sólo porque nos preparamos para sumergirnos más profundamente en el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo tal como lo celebramos en la liturgia, sino también porque la muerte es una realidad que cada uno de nosotros ha de afrontar. Pero estas cenizas vivirán de nuevo.

Urjo a todos los que han de intervenir en la preparación de la Semana santa, que lo preparen con anticipación, de manera que podamos celebrar estos días decorosamente y con recogimiento. Nuestros oficios se han de hacer, queridos padres, con la dignidad y la sensibilidad que corresponden a la liturgia. Necesitamos esto en nuestras vidas para levantarnos por encima de nosotros mismos, para percibir un reflejo de la dignidad y de la belleza de Dios. Tendríamos que hacer un esfuerzo especial en este tiempo de cuaresma para mejorar nuestra oración pública. Las lecturas tendrían que prepararse bien y ser bien leídas. Se ha de evitar toda vulgaridad y dejadez.

 

4. Crisis

 

Padres, temo que os he de comunicar malas noticias, y que la comunidad quedará algo consternada.

Esto me produce una gran tristeza a mí y, sin duda, también a vosotros. No esperéis que os diga las razones que han llevado a la decisión de que este hermano nos deje. Me parece que la mejor manera de resumirlas es decir que el corazón ha salido de su vocación. Y una vez ocurrido esto, un hombre se vuelve inestable hasta tal grado que la tensión resulta excesiva, y lo más prudente parece ser que es dejarlo salir.

Sin embargo, quiero hablar de esta materia por unos momentos, de una manera general. No me propongo hacer un análisis de todas las razones que inducen a la gente a repensarse las cosas en esta nuestra época. Tal vez sea un consuelo saber que nuestro récord es bueno en comparación con el de otros monasterios. Pero es un consuelo bastante pobre. Me parece que la inseguridad de los tiempos es una razón. Me parece también que aquellos de nosotros que han sido educados en el bienestar y en la prosperidad les cuesta más asumir las contradicciones y las dificultades que son inevitables en la vida monástica. Esto es lo que opina la gente en general. De manera que no nos ha de causar sorpresa si aquí sufrimos la misma experiencia. Sea cual fuere la causa, ello nos invita a todos a una buena dosis de búsqueda sincera: no hay lugar alguno para la satisfacción; ninguna razón para pensar que nosotros aquí tenemos todas las respuestas.

Por otra parte, no existe razón alguna para que perdamos la confianza en nosotros mismos, en nuestro modo de vida. Pero mi experiencia, cuando hablo con otros religiosos, tanto de otras órdenes como de la nuestra, es que hay un cierto fallo de parte de los monjes jóvenes y de otros jóvenes religiosos en la apreciación de la gravedad del paso que dan al hacer su Profesión solemne, y aún hasta cuando hacen sus votos temporales, un fallo en la comprensión de que la decisión es definitiva e irrevocable; tan definitiva e irrevocable como el paso que da un hombre cuando contrae matrimonio: si un hombre que se casa descubre dificultades en su vida, no hay escapatoria del vínculo que ha contraído. También hay un fallo en hacer una decisión adulta, que ha de estar bien calculada y dar garantías de certeza. Digo esto para que aquellos que todavía no han dado el paso definitivo puedan cerciorarse, sin desasosiego ni excitación ni exagerando las cosas, que su decisión es prudente.

Sin embargo, queridos padres, sabéis muy bien que uno no contrae matrimonio considerando simplemente los pros y los contras. Uno es llevado por otra cosa: por el amor. Y es porque deseáis servir a Dios, porque deseáis amarlo, por lo que estáis preparados a dar este paso. Así pues, no deseo daros la impresión de que sólo se trata de un paso frío, calculado, cuidadosamente considerado, dado sin fervor ni entusiasmo. Desde luego, no.

Es el fervor y el entusiasmo los que os llevan a realizarlo. Pero al mismo tiempo, no debéis perder de vista el hecho en bruto de que se trata de un paso definitivo e irrevocable. No es un paso definitivo en otro sentido: es el primer paso. Es el primer paso en una vida vivida por Dios sin fin: el principio de algo que llega a su consumación, a su plenitud, en la eternidad. Pero, C'est le premier pas qui coûte.

También me parece que la gente falla en comprender la parte que juegan las dificultades en la vida religiosa. Cuando vienen las dificultades, se desencadena una crisis, y cuando se desencadena la crisis, a menudo existe una incapacidad para soportar o vivir esta situación. Ya sé que muchos de nosotros encontramos de mal gusto hablar ahora de dificultades en la vida monástica; tal vez el tema se haya prodigado un poco: preferimos las palabras que nos mueven a la alegría, que nos estimulan. Bien, esto es natural. Hemos de morar en las alegrías de nuestra vida, necesitamos estímulo para no dejar de ir adelante. No obstante, hemos de tener bien claras las dificultades inherentes a la vida religiosa. Es fácil tener una noción falsa de lo que es la alegría cristiana: pensar que a partir del momento en que uno entra en la vida monástica, el resto va de por sí; que la gracia sacramental trae consigo una alegría espontánea, etcétera. Uno puede quedar muy decepcionado con todo esto.

Me gustaría tocar dos procesos importantes en la vida espiritual.

El primero es la necesidad de hacerse cada vez menos egocéntrico y cada vez más centrado en Dios. Cuanto más aprendemos de nuestras propias vidas en un monasterio y consideramos las vidas de los demás, tanto más apreciamos la importancia de irnos haciendo de una manera creciente no egoístas. El instinto de cada uno de nosotros es desear el incienso que ha de ser ofrecido a “uno mismo”: no es cosa instintiva arrodillarse y ofrecérselo a Dios. Esto último hubiera sido instintivo en la naturaleza humana no caída; pero nuestra naturaleza es una naturaleza caída, y nuestro instinto es dirigir las cosas a uno mismo: pensamiento terrible, espantoso des-cubrimiento. Y hasta cuando pensamos que nos vamos haciendo espirituales en aumento, descubrimos lo mucho de egoísmo que hay en todo esto. Y centrarse en Dios comporta sufrimiento: no hay otro camino. Va a ser doloroso. Por esto es por lo que yo creo en el provecho que pueden aportar a la vida espiritual las cosas tal como las tenemos dispuestas aquí, porque en los conflictos de la vida de cada día, se nos ofrecen muchas oportunidades de morir al egoísmo y de resucitar con Cristo. Este morir y resucitar es fundamental para la vida espiritual. Es arriesgado ignorar esta verdad.

En segundo lugar, querría recordaros que no hay progreso en la caridad sin purificación de la fe. Un ejemplo de esto es la Virgen santísima. Estuvo frecuentemente desconcertada. No entendía. Ella «conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello». Leed estos textos con detención y veréis lo que quiero decir. La fe debe ser purificada. Muchos apoyos que parecen importantes han de abandonarse en una vida espiritual verdadera, hasta que no quede ningún apoyo, sino sólo Dios. Esto es muy duro. Pero sabemos que es así por nuestras lecturas en los escritores espirituales: los períodos de aridez en la oración, las dificultades para comprender las cosas de Dios. Después de todo, hemos ofrecido a Dios nuestras vidas y, no obstante, se elude tan frecuentemente... Deseamos vehementemente la luz y se nos deja en las tinieblas. Deseamos ardientemente consuelo y solamente encontramos dolor. Y la fe es puesta a prueba penosamente, porque la fe en último término es depender sólo de Dios y aceptarlo a él sólo. Se habla mucho hoy en día de las opiniones sobre esta o aquella verdad, o esta o aquella manera de hacer las cosas. Es admirable: tendríamos que participar. Y sin embargo, es una pérdida de tiempo para el individuo, a no ser que vaya creciendo continuamente en aquel conocimiento de Dios que los escritores espirituales llaman «experimental»; quiero decir, el conocimiento que viene a través de la fe; aquel conocimiento sobre el que santo Tomás habla en la primera cuestión de la Summa: un conocimiento que viene por la oración; una comprensión que viene por la oración; una sabiduría espiritual que en términos teológicos es «el don del Espíritu santo». Pero es este conocimiento «cuasi-experimental» el que viene por medio de una fe que va siendo purificada; que cada vez depende menos de razones humanas, de comprensión y argumentos humanos y, cada vez más, de lo que Dios quiere revelar en las profundidades de un alma humana, precisamente cuando el alma parece estar en estrecheces.

Queridos padres, solamente os he dicho lo que encontraréis en cualquier libro espiritual; lo que encontraréis leyendo los místicos. En el curso ordinario de los acontecimientos, estas experiencias, en mayor o menor grado, vendrán a ser nuestras experiencias: esta aridez y sequedad, estas «dificultades de la vida monástica». Tales dificultades frecuentemente sugieren el levantarse muy de madrugada, la obediencia, etcétera. Pero uno se ve de pronto ante la dificultad suprema de desear a Dios con toda el alma y no encontrarlo. Esto puede provocar tristeza y espanto. Puede provocar el deseo de volver atrás. Lo peor que podemos hacer es volver atrás, es fatal. Cuando viene esta experiencia, necesitas generosidad y valentía. También necesitas estar abierto: buscar consejo y ayuda. Los caminos de Dios, en primer lugar, no se aprenden en los libros. La sabiduría de Dios viene a través de las personas, aquellas que la han vivido, la han experimentado. Vuestros oídos han de ser sensibles a los consejos que recibiréis de personas que suponéis no han tenido estas experiencias; de hecho, las han tenido, cada uno a su manera. Y por lo tanto no caigáis en la tentación de escaparos. Alegraos porque estas cosas no son obstáculos: son oportunidades. Es mejor caminar en la oscuridad guiándoos el Señor, que estar sentados en un trono de luz que irradia de vosotros mismos.

 

5. Penetrando el secreto

 

Vamos a centrar nuestro pensamiento y nuestra oración en los sucesos que ocurrieron en los últimos días de la vida de nuestro Señor: su paso, su transitus de este mundo al lugar de su majestad a la derecha de su Padre. La iglesia se une a estos acontecimientos, porque la historia del cuerpo místico y de sus miembros se conforma al modelo de la vida de nuestro Señor. Cada vez que celebramos los misterios de Cristo —la liturgia—hemos de procurar penetrar, como dice san Pablo, en el secreto que Dios Padre nos ha revelado por Jesucristo en el que se acumulan todos los tesoros de sabiduría y conocimiento. Nosotros vivimos estos misterios en la liturgia de manera que crezcamos en nuestro conocimiento de los misterios de Cristo y lo traduzcamos en nuestras vidas. Así pues, nuestra tarea consiste en penetrar el «secreto que nos ha sido revelado por Dios Padre y Jesucristo».

Me gustaría decir una palabra sobre la parte que la cruz desempeña en nuestras vidas. Decía hace poco, si os acordáis, que si hemos de ser seguidores de Cristo, hemos de cargar con nuestra cruz cada día y seguirlo. No nos incumbe a nosotros reclamar el sentarnos a la derecha o a la izquierda del Padre, a no ser que primero hayamos bebido del cáliz. Es digno de notar que en el evangelio, si no me falla la memoria, nuestro Señor no habla de seguirlo o de ser sus discípulos sin hacer referencia a la cruz o al cáliz, símbolo del sufrimiento.

En nuestra vida diaria hay muchas oportunidades de cargar con la cruz: no pequeñas incomprensiones, un rechazo inmerecido, una ansiedad que nos corroe, salud enfermiza, fatiga. Ahora hemos de decidir si estas cosas son obstáculos para la felicidad o un sendero que conduce a ella: dos cosas totalmente diferentes. Instintivamente retrocedemos ante el sufrimiento, pero podemos aprender a sufrir por una razón dinámica y positiva. Después de todo, nuestro Señor en el huerto de Getsemaní retrocedió ante la pasión, pero la aceptó voluntariamente, más aún, amorosamente. Ahora bien, en esto de cargar con la cruz no es el aspecto negativo el que cuenta, sino el positivo: el bien que causa, el bien al que lleva. La cruz en sí misma no tiene sentido. La cruz junto con la resurrección, sí. El despojarnos del hombre que éramos antes, como dice san Pablo, y de su manera de obrar no es suficiente. Nos hemos de vestir del hombre nuevo.

San Pablo escribe: «A propósito de él (el Mesías), os enseñaron lo que responde a la realidad de Jesús; es decir, a despojaros, respecto a la vida interior, del hombre que erais antes, que se iba desintegrando seducido por sus deseos; a cambiar vuestra actitud mental y a revestiros de ese hombre nuevo creado a imagen de Dios, con la rectitud y la santidad propias de la verdad».

Estas dificultades de toda especie que he mencionado, las hemos de considerar como oportunidades de «despojarnos del hombre que éramos antes»; como oportunidades de crecer en la imagen de Cristo, para poder ser más semejantes a Cristo, participar más plenamente de su vida, ser poseído por el Epíritu. Esto es a lo que apunta san Benito en su capítulo sobre la humildad :

Después de haber subido todos estos escalones de la humildad, el moje llegará a aquel perfecto amor de Dios que desaloja todo temor; con lo que empezará a observar sin trabajo, como naturalmente y por costumbre, todas aquellas cosas que al principio no observaba sin temor; ya no lo moverá más el temor del infierno, sino el amor de Cristo, por la buena costumbre y el gozo de la virtud. Y esto lo mostrará el Señor por el poder de su Espíritu en su obrero purificado ya de vicios y pecados.

Tengo la convicción de que en cada día de nuestra vida monástica se nos ofrecen oportunidades para crecer en humildad.

Es una virtud fundamental y que cuesta trabajo adquirir. Pero todo el mundo puede reconocer a un hombre humilde. Y todo el mundo ama a un hombre humilde. A menudo me he hecho la reflexión de que si tengo la obligación de amar a mi prójimo, tengo también la obligación de hacerme amable en la proporción en que soy humilde. Pienso también otra cosa, ¿por qué siente uno simpatía por los bribones? Me parece que es porque los bribones no pueden enorgullecerse, y por esto hay algo amable en ellos. A nadie le desagrada una persona genuinamente humilde, y nosotros tenemos el deber de ser amables, y por esto, el deber de ser humildes.

Podemos dar la bienvenida a la cruz como una forma de experimentar el sufrimiento que experimentó nuestro Señor. Hablamos volublemente de la pasión y el sufrimiento de nuestro Señor, de una manera general, sin pararnos a imaginar lo que en realidad había de ser. Yo pienso frecuentemente en el desengaño y en la tristeza de nuestro Señor, cuando al principio de su ministerio, sus propios parientes, sus propios amigos de Nazaret, querían echarlo por el precipicio. Reflexionemos en el rechazo de su pueblo, en la deserción de sus amigos; la desolación en el huerto, el abandono en la cruz, a parte del tormento físico. Y sin embargo, como ya he dicho antes, aprendemos el secreto de la resurrección cuando aprendemos el secreto de la cruz. Y es cuando somos llamados a participar de alguna manera en los sufrimientos de Cristo cuando llegamos a entender no sólo lo que él experimentó, sino también aquello a lo que estos sufrimientos conducen. Porque toda cruz conduce a la resurrección. Me gusta considerar la vida viendo cada día como preparado por la divina providencia, y de muchas maneras resulta ser el camino de la cruz. Pero conduce a un mayor conocimiento de nuestro Señor, a una mayor participación en su resurrección.

Cada día tendría que verme a mí más humilde; cada día, más dispuesto a aceptar lo que se me presenta en el camino. Así me uno más íntimamente al Señor y crezco, a medida que voy creciendo en gracia, en el amor de su Padre.

Consideremos el valor de la cruz en la iglesia, ponderando las palabras de san Pablo: «Ahora me alegro de sufrir por vosotros, pues voy completando en mi carne mortal lo que falta a las penalidades de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia». Palabras difíciles de entender, pero que nos aportan un enorme consuelo: cuando el peso de la cruz es agobiante, contribuye a la vida de toda la iglesia. La cruz no es algo que nos tenga que hacer menos humanos. No, nos conduce en Cristo y con Cristo, al Padre. Esto es el evangelio. Esto es san Pablo : «Participo de la pasión de Cristo para participar en su resurrección». Y en otro lugar: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estad centrados arriba, no en la tierra. Moristeis, repito, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, con él os manifestaréis también vosotros gloriosos».

 

6. Momentos preciosos

 

Nadie puede acusar a san Pablo de ser pesimista; para él la vida es alegre, prometedora, satisface con plenitud. Su doctrina es una doctrina de esperanza. Pero el pasaje de san Pablo sobre el que me gustaría meditar es de la segunda Carta a los corintios: «Con muchísimo gusto presumiré, si acaso, de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por esto estoy contento en las debilidades, ultrajes e infortunios, persecuciones y angustias por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte".

Aquellos de nosotros que tenemos la experiencia de una labor pastoral, llegamos a verificar que existen dificultades diarias que al irse acumulando pueden llegar a constituir una carga sumamente pesada. Además, se puede decir que en toda vida humana hay alguna tristeza o dificultad de la que la persona se gustaría ver libre con alegría. También hay considerables crisis, de una especie o de otra. A esto nosotros lo llamamos «cruces» y sabemos por las Escrituras que el cargar con la cruz es una condición para ser discípulo. También sabemos que «el grano de trigo debe morir...». Nos es familiar el concepto de que un peso, cargado como si fuera una cruz, puede transformarse en luz. Sin embargo, muchos no deducen de aquí este consuelo, y quedan abrumados.

¿Qué papel desempeña la cruz en la vida espiritual y monástica? Dios permite constantemente que seamos abofeteados por los acontecimientos y por las personas. Hay frustraciones: «¡Si hubiese salido tal como lo había planeado!»; fallos: «He hecho un papel ridículo»; sentimientos de insuficiencia: «Otros hacen las cosas mucho mejor»; incomprensiones: «No pensaba hacerlo enfadar»; sentirse no apreciado: «Nadie sabe los apuros que he pasado». O simplemente, sentimos los efectos del exceso de trabajo y del cansancio. Hay también pruebas desconocidas de los demás, la castidad quizás, o las pruebas y también las alegrías, que surgen de las relaciones personales. Hoy en día las pruebas en el terreno de la fe pueden ser pesadas. Aquellos de nosotros que ya hemos llegado a una edad mediana hemos tenido que adaptarnos a cambios evidentes, aun a nivel doctrinal. A veces, Dios parece estar muy lejos, y esto puede ser una gran carga. En el proceso de ir avanzando en años y con el uso del sentido común aprendemos a adaptarnos a las situaciones, y a aplicarnos los consejos que debemos dar, y deberíamos dar, a los demás. Aprendemos a competir con los problemas y a hacernos menos vulnerables.

Sin embargo, tendríamos que ir más adelante y ver en el sufrimiento destellos de iluminación y crecimiento en nuestra vida escondida en Cristo. Tendríamos que reconocer «momentos preciosos»: «cuando soy débil, entonces soy fuerte»; podemos hasta llegar a encontrar satisfacción, más aún, gusto, en las humillaciones, los insultos, las penalidades, las persecuciones, las dificultades sufridas por Cristo.

Nos da satisfacción verificar que Dios nos permite experimentar —con y en su Hijo— algo de lo que Cristo soportó en Getsemaní, o hasta su abandono en la cruz. No hay un dolor mayor que la sensación de haber sido abandonado por Dios: la sensación de que detrás de todo esto, a fin de cuentas, no hay nada. En tales momentos, nuestra reacción tendría que ser la de un amante a su amada: el deseo vehemente de estar unido a él o a ella. Es verdad que puedo tener el sentimiento de que mi amor por Cristo no me hace desear ardientemente una tal experiencia. Pero ¿no es verdad que cuando nos encontramos con otro que está pasando una crisis es precisamente en esta situación cuando nos es dado conocer al otro, aumenta nuestro aprecio por él y, como consecuencia de este conocimiento y este aprecio, llegamos a amarlo o a amarla? Así pues, tendríamos que practicar, cuando se presentan momentos de aflicción, el arte de aceptar de todo corazón y sinceramente, aun cuando se revuelva toda nuestra naturaleza, la cruz que Dios ha puesto sobre nuestros hombros. El dar gracias a Dios por permitirnos sufrir una prueba nos otorgará paz. Esta es una buena doctrina: y también un buen sentido. Aunque a través del proceso ordinario de ir entrando en años nos ayude a adaptarnos a estas situaciones, es sin embargo una lástima no ir más a fondo, asumiendo estas oportunidades para participar en la pasión de Cristo. Participando en su pasión, participamos en su resurrección. Presumamos con san Pablo de nuestras debilidades, de manera que a causa de estas verdaderas debilidades, la fuerza de Cristo pueda ser guardada dentro de nosotros mismos como una reliquia. San Francisco de Sales dice que «la debilidad del hombre es el trono de la misericordia de Dios». Cuanto más conscientes seamos de nuestra debilidad, tanto más nos hacemos objeto de la misericordia de Dios, tanto más verificamos que estamos en deuda, tanto más Dios nos enriquecerá.

Otro aspecto: el obstáculo de la autosuficiencia que podemos levantar entre nosotros y Dios. Nuestros fracasos, nuestras frustraciones, y todo lo demás, pueden servir para derrocar nuestro egoísmo, nuestro egocentrismo, nuestra autosuficiencia. El proceso es doloroso, pero después, damos gracias a Dios. Entonces viene la paz, la serenidad, la fuerza. El P. Eugenio Boylan ha escrito en La virtud de la humildad, del libro El camino del sacerdote hacia Dios:

Nos ha escogido para ser sus amigos de una manera totalmente gratuita. No nos ha escogido porque fuéramos buenos o tuviéramos algún valor. Su motivo es más bien dar que recibir... Hasta en la amistad humana, cuando uno la ha escogido gratuitamente y desea vehementemente hacer lo que sea por la persona que uno ha escogido, ¿hay cosa que pueda causar mayor pena y aflicción que la autosuficiencia? Y lo mismo es verdad en la amistad divina. Nuestro Señor conoce nuestra debilidad, nuestra bajeza, él conoce nuestra perfidia, él conoce nuestra infidelidad. El puede sanar todas estas cosas y perdonarlas. Pero la autosuficiencia cierra la puerta a todas sus insinuaciones. El está a la puerta y llama, y la autosuficiencia no le abrirá. El amor invita a la dependencia, especialmente el amor divino. El amor desea dar, y el amor divino más que ninguno; pero nada se le puede dar al autosuficiente.

Por lo tanto, si un sacerdote pregunta qué es lo que ha de hacer para responder a las exigencias de nuestro Señor que pide su amistad, la mejor respuesta es que imite a san Pablo y que presuma alegremente de sus debilidades para que así resida en él la fuerza de Cristo. El P. Clerissac decía: «...es nuestro vacío y nuestra sed lo que Dios necesita, no nuestra plenitud». El darse cuenta de esta verdad es una gran gracia de Dios... la razón y la experiencia humanas pueden tal vez indicarnos la pobreza de nuestros recursos, pero a no ser que Dios nos dé la gracia, no es probable que nos sintamos bien en nuestra pobreza y que presumamos de nuestras debilidades. Y sin embargo, son los títulos más valiosos para la unión divina. «Dichosos los que eligen ser pobres, porque esos tienen a Dios por rey».

 

 7. La gloria del Siervo doliente

 

Me he preguntado a menudo si Pedro, Santiago y Juan, cuando vieron a nuestro Señor transfigurado, relacionaron este acontecimiento con la profecía del libro de Daniel referente a la venida del Hijo del hombre sobre una nube. No hay indicación alguna de que lo hicieran: se trata solamente de una especulación. Fue un acontecimiento que causó impresión a estos tres apóstoles, aunque parece que después lo olvidaron. «Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros; si quieres, hago aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Así se lee en el evangelio de Mateo, capítulo 17; y, al final del capítulo, leemos que mientras estaban aún en Galilea, Jesús les dijo: «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres y lo matarán, pero al tercer día resucitará». Y prosigue: «Ellos quedaron consternados».

Es claro que no hay razón alguna para suponer que este incidente particular siguiera de cerca cronológicamente al que ha sido descrito al empezar el capítulo. Pero uno se pregunta si la enseñanza primitiva, de la que este evangelio es claramente un documento, no yuxtapuso deliberadamente estos dos textos para mostrar que la persona de que hablaba el libro de Daniel, el Hijo del hombre, y la persona de que se habla en la última parte del libro de Isaías —el Siervo doliente— son una misma persona. Al Hijo del hombre, nos dice el texto, lo van a entregar en manos de los hombres y lo matarán. Nuestro Señor, intentaba corregir frecuentemente cualquier falsa impresión que sus oyentes pudieran tener respecto a qué clase de persona habría de ser el Mesías. Su misión había de llevarse a cabo de la manera indicada por el Siervo doliente de Yahvé. San Marco se refiere a esto dos veces. En la segunda ocasión, en el capítulo ocho de su evangelio, nos dice que Pedro lo tomó aparte y empezó a increparlo. Nuestro Señor lo rechazó: «¡Quítate de mi vista, Satanás!, porque tu idea no es la de Dios, sino la humana». Cualquier insinuación de que el papel del Mesías había de ser el del Hijo del hombre triunfante, tal como lo indica el libro de Daniel, no era correcta: su misión se había de cumplir en la persona del Siervo doliente.

Nosotros mismos tendríamos que ir considerando estos textos durante este tiempo de cuaresma, de la misma manera que instintivamente y con razón miramos hacia adelante, hacia el reino del Hijo del hombre. Nuestra fe cristiana tiene esta esperanza como uno de sus componentes, este mirar hacia adelante, esta expectación del triunfo del Hijo del hombre del que ya participamos y del que participaremos con más plenitud en el futuro. Por esto es por lo que nos encontramos mejor en la situación en que Pedro, Santiago y Juan se encontraron en la transfiguración: «Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros». El comprometernos en la situación del Siervo doliente de Yahvé resulta más difícil, porque, naturalmente y con razón, retrocedemos ante la cruz. Existe el peligro de construir una espiritualidad que no afronte la cruz como elemento predominante. Hoy en día, algunos escritores espirituales parecen olvidar que nuestro Señor dijo: «...que cargue con su cruz y me siga». Nos asustamos de la cruz porque es lo más natural, casi lo más razonable que podemos hacer. Como los apóstoles, estamos sobrecogidos de temor. Es correcto que intentemos deshacernos de aquellas cosas que llamamos la «cruz», ya se trate de problemas personales o de dificultades prácticas de la vida de cada día. Pero hemos de recordar una y otra vez que la cruz es, y debe ser, un elemento de la vida en el que nosotros verdaderamente seguimos a Cristo. Y solamente en la intimidad de la oración privada podremos hacerlo y aprender a hacerlo. Cuando sentimos la carga sobre nosotros —ya sea la carga que llevamos constantemente, nosotros que somos productos «dañados», de nuestro pasado, o una carga impuesta por las necesidades de la vida— debemos aceptarla en nuestra oración, sin necesidad de palabras ni de pensamientos, sino pro-fundamente dentro de nosotros en la presencia de Cristo. Tendríamos que tener constantemente el deseo de participar de todo lo que Cristo desea de nosotros; sin temer nada; desprendidos en cuanto nos sea posible; y sin anteponer nada al amor de Cristo, como dice san Benito; y por lo tanto, sin querer otra cosa sino lo que él desea que aceptemos y soportemos por él; con la firme convicción de que si aprendemos a hacer esto, alcanzaremos un verdadero conocimiento de la misión de Cristo en el mundo, participando nosotros mismos en su obra redentora. Solamente siguiéndolo como redentor podremos participar de su resurrección, y finalmente, en su gloria, cuando él, el Hijo del hombre, aparezca en el último día.

 

8. Cuatro sermones de cuaresma

 

a)«No he venido a invitar a los justos, sino a los pecadores»

 

Había una vez un hombre que era como una mezcla de bueno y de malo, como muchos de nosotros, y que ejercía un oficio que era notoriamente poco honrado, un hombre de instintos generosos, capaz de responder cuando se apelaba a su generosidad. Era un recaudador de impuestos. En aquellos tiempos los recaudadores de impuestos tenían una mala reputación; tanto, que la gente cuando hablaba de ellos, añadía inevitablemente la palabra «pecador». «Publicanos y pecadores», así es como se los llamaba. Trabajaban para un poder extranjero. Por aquel entonces Palestina había sido invadida por Roma, y el pueblo arrogante que la habitaba había sido hecho esclavo de una dominación extranjera.

La gente decente no trataba con los cobradores de impuestos. Los despreciaban. Verdaderamente, todo lo que sabemos sobre este hombre en particular, nos lo presenta como una persona con las mínimas probabilidades de ser escogido como apóstol. Y sin embargo, fue llamado y respondió generosamente a la invitación que le hizo nuestro Señor.

Como era un hombre simple, decidió celebrar el acontecimiento. Así pues, ¿qué es lo que hizo? Reunió a sus amigos: recaudadores de impuestos también y, a los ojos de la gente honrada, pecadores. Y estaban allí y, en medio de ellos, nuestro Señor. La gente decente se dio cuenta de esto y empezó a murmurar, como hace frecuentemente la gente que está convencida de su propia rectitud. Nuestro Señor los oyó, y en una de las más preciosas sentencias de toda la Biblia dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos; porque no he venido a invitar a los justos, sino a los pecadores».

Mateo no sabía que nuestro Señor era Dios. A partir de lo que había oído y, sin duda alguna, de lo que había visto, sabía que debía haber sido enviado por Dios. Porque a pesar de todo, Mateo era un judío, y los judíos eran sensibles a su historia. Sabía que Dios siempre, una y otra vez, había intervenido para salvarlos de la dominación de un poder extranjero. Todo judío sabía que la palabra «Dios» y la palabra «Salvador» eran sinónimas. Dios salvaba. Y salvaba porque amaba. Todas las páginas de la Biblia nos revelan esto. Dios desea salvar. Cada página de la Biblia revela también la insensatez de aquellos que por sus acciones prueban lo mucho que necesitan ser salvados. Hubo un acontecimiento que Mateo y cada judío conocía como el más decisivo de su historia: sucedió 1.250 años antes de que viniera nuestro Señor. Mateo sabía que sus antepasados habían sido reducidos a la esclavitud en Egipto, que su religión había sido despreciada y que habían sido explotados en su trabajo; sabía que Dios había enviado a un hombre, a un gran hombre, Moisés, y las dificultades con que Moisés salvó de la esclavitud a sus antepasados. Sabía también cómo Dios había permitido que a este pueblo le sobrevinieran calamidades, una tras otra... También sabía el pacto solemne que se hizo en la montaña del Sinaí con el pueblo, representado por 'Moisés, que había pasado varios días en la montaña, solo con Dios. Sabía que en aquel entonces aquella tribu nómada había adquirido una nueva dignidad. Se convirtieron en el pueblo de Dios. Mateo sabía todo esto, como lo sabía todo judío, porque este fue el gran acontecimiento de su historia. Lo cantaban en sus canciones; fue el tema de su poesía, el objeto de su oración. Cada año lo celebraban con un banquete solemne; el fundamento de su esperanza era que lo que Dios había hecho una vez, lo volvería a hacer de nuevo. Dios es salvador. Dios es amor. Y cuando su pueblo está en la servidumbre, viene en su ayuda. Este hombre, Jesús, que venía ahora ¿no sería el que los libraría del yugo de los romanos?

Poco a poco, Mateo fue aprendiendo que este hombre había venido a salvar; a fundar un reino y hacer un nuevo pueblo de Dios; pero sólo fue gradualmente como llegó a descubrir estas cosas. Mateo era un hombre humilde. Conocía sus limitaciones y que cuanto más pecador es un hombre tanto más necesita de Dios; cuanto más incapaz se siente, tanto más necesita ayuda. Los fariseos, pobres insensatos, confiaban en sí mismos. Su actitud era «no necesitamos ser salvados». Pobres insensatos, de verdad. Se perdieron lo esencial.

Tanto vosotros como yo, queridos hermanos, podemos perdernos lo esencial. Pensáis que porque la oración no os resulta fácil y la asistencia a misa no os es agradable, vuestro récord en el servicio de Dios no es bueno, las cosas de Dios no son para vosotros. ¿No sois capaces de ver que cuanto más ineptos sois, tanto más necesitáis la ayuda de Dios? No es probable que vosotros ni yo cometamos el error de los fariseos. No es probable que digamos: «Yo no necesito ser salvado»; pero sí que podríamos caer fácilmente en una estructura mental que nos hiciera decir: «Yo no deseo ser salvado»; y cuando un hombre llega aquí, su estado es triste de verdad. En mí hay un anhelo de seguridad y de felicidad, semiconsciente, no confesado: un anhelo por Dios, aunque yo no lo sepa. Es este anhelo el que Dios desea potenciar. Mi corazón no reposará hasta que descanse en él.

 

b) «Yo soy la resurrección y la vida»

 

¿No tiene la vida otra cosa que ofrecernos, sino la muerte? ¿No otra cosa sino los bienes de este mundo y una alegría transitoria? El mundo ofrece compensaciones rápidas, que van a dar en la muerte como en una trampa. Para aquellos cuya única preocupación es buscar el placer, la fama y el éxito, la muerte es la última y la mayor tragedia. No, nosotros deseamos vivir, vivir plenamente, continuar viviendo: ¡Si la muerte pudiera ser conquistada! ¡Si se le pudiese quitar el aguijón! Esto es precisamente lo que nuestro Señor ha hecho.

Es una doble muerte la que él ha conquistado. Porque hay dos clases de muerte. Existe la muerte que es la separación del cuerpo y del alma, la muerte física. Pero existe también la muerte que es la separación entre el hombre y Dios. Esta es la muerte espiritual. La muerte espiritual afecta a una persona que deliberadamente opta por vivir como si Dios no existiera; que deliberadamente opta por desobedecer a Dios en materia grave. Ahora bien, estas dos muertes están íntimamente relacionadas. Nuestros primeros padres murieron espiritualmente porque deliberadamente escogieron desobedecer a su Creador; y el castigo de su rebelión fue la muerte física. La tragedia es que, aunque sea difícil de comprender, nosotros, sus descendientes, nos encontramos implicados. Vosotros y yo nacimos «muertos», separados de Dios, destinados a ser privados de esta visión que es la única que puede satisfacer nuestras más profundas aspiraciones.

Nuestro Señor superó ambas clases de muerte. ¿Cómo lo hizo? Muriendo él mismo y resucitando de la muerte. Murió verdaderamente. Murió una muerte física, sufriendo en ella el castigo por el pecado que es la suerte de toda la humanidad. Pero en él no se dio la separación de Dios, como en la muerte espiritual. Esto es un gran misterio. Se permitió a sí mismo soportar la miseria de sentirse separado de su Padre celestial: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Pero al tercer día resucitó de entre los muertos. Más aún, la naturaleza humana en él salió de la tumba renovada y radiante. Esta vida espiritual, llamada a veces vida sobrenatural y más a menudo gracia, quiere dárnosla a todos nosotros. Desea darnos esta vida por la que aquí y ahora podemos disfrutar de su amistad y finalmente concedernos la visión de Dios, que es lo único que, tal como he dicho, puede satisfacer nuestras más profundas aspiraciones.

El desea darnos vida; y desea renovar el gesto por el que restituyó la vida al hijo de la viuda de Naim, a la hija de Jairo, a su amigo Lázaro. A ellos les restituyó la vida física; a nosotros, con un gesto semejante, nos restituye la vida espiritual. Los sacramentos son los medios por los que nuestro Señor nos toca y nos da esta vida; nos la da cuando aún no la poseemos, y nos la da con más plenitud cuando se encuentra ya en nosotros. Pero si optamos por rechazarla, entonces, queridísimos hermanos, vivimos «muertos». Vivimos una vida que fundamentalmente carece de sentido, porque está ligada por los horizontes de este mundo presente, destinada en último término a la frustración, a la miseria. Vivir separado de Dios es verdaderamente vivir «muerto».

Pidamos a Dios que, los que hemos sido bautizados y hemos recibido la vida por el mismo Cristo, podamos vivir de tal manera en unión con él que cuando nos sobrevenga la muerte corporal muramos «vivos».

 

c) «De la muerte a la vida»

 

Salvación significa pasar de la muerte a la vida. Es decir, pasar de un estado de separación de Dios a la unión con él. Y esta vida, como hemos visto, nos viene precisamente porque el mismo nuestro Señor pasó de la muerte a la vida: murió y resucitó. También hemos visto que esta vida se nos da primeramente en el bautismo, por el que se nos capacita para disfrutar de la amistad de Dios aquí y ahora; y después, habiendo pasado por la muerte física, llegaremos a aquella visión que es la única que puede satisfacer nuestras aspiraciones más profundas. Cuando vivimos con esta vida, viviendo verdaderamente esta vida, nos vamos centrando en Dios más que en nosotros mismos. Más que vivir una vida en la que sólo cuentan el éxito material y los placeres mundanos, vivimos ahora una vida orientada hacia Dios. Es cosa nuestra optar por vivir «muertos», por vivir separados de Dios; pero si optamos por vivir para él, entonces nosotros vivimos aquella vida que Cristo nos da; con toda verdad vivimos con la vida del mismo Cristo dentro de nosotros.

Pero nuestro Señor bendito ha de estar incesantemente a la obra en nosotros. Su poder salvador debe estar actuando siempre a favor nuestro para reprimir aquellas fuerzas que trabajan para separarnos de Dios. No hay nadie entre nosotros que no haya experimentado en sí mismo la posibilidad real y verdadera de que algo pueda apartarlo de Dios; así pues, en cada instante necesitamos ser salvados de hacernos insensatos a los ojos de Dios. Después de todo, nuestra vida natural está sostenida constantemente por un querer de Dios. Si Dios cesase de querernos, volveríamos a la nada de la que procedemos. Si las cosas son así en la vida natural, con cuanta más verdad serán las cosas de esta manera en la vida por la que hemos sido recreados en Cristo. Su contacto vivificante se mantiene constantemente en nosotros, pero nosotros podemos rehusar ser tocados. Si, por ejemplo, rehusamos hacer uso de los sacramentos, estamos rehusando ser tocados por nuestro Señor. Estamos optando por vivir «muertos».

Ha de haber un contacto constante con Cristo. Ser cristiano no significa observar meramente un cierto código de conducta; no significa poner meramente a nuestro Señor como nuestro modelo. Significa estas dos cosas, ciertamente; pero ser cristiano significa ser penetrado por la vida de Cristo, o, diciéndolo al revés, permitir a Cristo que penetre mi vida. Ha de haber un encuentro de persona a persona, una mutua compenetración del uno con el otro. Estar en contacto con Cristo, implicará estar también en contacto con la obra de Cristo, con lo que él hizo. Esto significa estar en contacto con su obra redentora; la obra de salvación que él ha realizado a favor tuyo y a favor mío; significa estar en contacto con su pasión, muerte y resurrección.

¿Qué es lo que hizo nuestro Señor por su pasión, su muerte y su resurrección? Tendió un puente sobre el abismo existente entre Dios y el hombre, un abismo sobre el que sólo él podía tender un puente. El es realmente con toda verdad un pontífice: el constructor del puente. El es el mediador entre Dios y el hombre precisamente porque él es Dios y hombre. Y en su muerte en la cruz, ofreció a Dios, su Padre, todo lo que es humano. Se ofreció a sí mismo, y ofreciéndose a sí mismo, ofrecía a cada uno de nosotros. Al mismo tiempo daba al hombre, o deseaba dar al hombre, la participación en la vida divina. El papel de Cristo es dar a Dios las cosas del hombre y al hombre las cosas de Dios. Así pues, la pasión, la muerte y la resurrección son el punto central de toda la historia, y cada individuo ha de ser puesto en contacto con la obra de Cristo.

En los tres últimos días de la semana santa pensamos en estas verdades. Pensamos en la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor. No estamos representando meramente un espectáculo histórico, ni recordando meramente acontecimientos históricos; los hacemos presentes de tal manera que nosotros podemos tomar parte hasta cierto punto en ellos. La eucaristía, particularmente, nos hace presente la obra de Cristo. Con una delicadeza divina Dios pone a nuestra disposición la obra de Cristo, de tal manera que nos sintamos incluidos en ella. Este es el significado particular del jueves santo, porque en este día nuestro Señor nos dio la eucaristía. En este día se reunió con sus discípulos para celebrar la cena pascual. Recordaréis que esta comida la llevaban celebrando los judíos unos 1.250 años para conmemorar aquel conjunto de acontecimientos que nosotros llamamos éxodo: la liberación de Egipto. Se instituyó para evocar su gratitud y para recordarles su dependencia de Dios.

Fue en esta comida pascual donde nuestro Señor tomó pan y lo cambió en su cuerpo; tomó vino, y lo cambió en su sangre, de tal manera que esta comida conmemoraría acontecimientos más decisivos, más importantes que aquellos concernientes a lo que nosotros llamamos éxodo. Lo que nuestro Señor quería que se recordase era su pasión, muerte y resurrección. Había una gran diferencia entre las dos comidas. La primera conmemoraba meramente acontecimientos pasados. La eucaristía comporta mucho más: hace presente la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor por medio de símbolos: el pan consagrado y el vino consagrado. Ni vosotros ni yo no hubiéramos podido idear una manera de hacer presente la pasión, la muerte y la resurrección a todos los hombres de todos los tiempos; sólo Dios podía idear lo que, de hecho, ha ideado. Porque cada vez que se celebra la eucaristía, se repite el sacrificio del Calvario. Cada vez que recibís la santa comunión se os da la vida de Cristo resucitado. Damos testimonio de dos cosas: el don del hombre a Dios y el don de Dios al hombre. Es Cristo que se da a sí mismo a su Padre juntamente con nosotros; y es Cristo el que se nos da en la santa comunión.

En el viernes santo pensamos en la oblación de nuestro Señor en la cruz. En el sábado santo pensamos en la vida que ha resucitado. Así pues, ya podéis ver que el tema principal de estos tres días es precisamente el tema de la eucaristía.

 

d) «Este es mi Hijo, mi predilecto»

 

Durante la semana santa pensamos en la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor. Como ya hemos dicho, no se trata de una mera conmemoración de acontecimientos históricos. No nos limitamos a representar un espectáculo carente de significado. Lo que hacemos, lo hacemos en vistas a poder participar nosotros mismos en la obra de Cristo. Nuestro Señor se ofreció a sí mismo a Dios, su Padre: ofreciendo su amor, cosa que él expresó por medio de la obediencia, obediencia hasta la muerte. Al mismo tiempo, pasó de la muerte a la vida, para que vosotros y yo pudiéramos participar de su vida como resucitado. Hemos de penetrar en la oblación de amor que Cristo hizo en la cruz. En el sacrificio de la misa se nos ofrece la oportunidad. A través de los sacramentos, especialmente la eucaristía, recibimos la vida de Cristo resucitado: verdaderamente en la santa comunión recibimos al verdadero autor de esta vida. Nuestro principal pensamiento en el jueves santo será el de la institución de la eucaristía. En el viernes santo pensaremos en la oblación que nuestro Señor hizo de sí mismo a su Padre celestial. En el sábado santo pensaremos en la vida que participamos del resucitado. En cierto sentido, cada vez que se celebra la eucaristía, la semana santa se encuentra contenida en su totalidad.

Esta tarde vamos a pensar en el viernes santo. Es claro que es preciso seleccionar. Mi mente retrocede hasta el primer domingo de ramos. Me gusta pensar en Pedro marchando en aquella procesión triunfal, con el pensamiento de que las cosas iban realmente bien. Un sentido de orgullo: la gente abalanzándose, extendiendo sus mantos y palmas a lo largo del camino por el que pasaba nuestro Señor. Gritaban: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!». Y entonces recordaría profecías como: «Mira, tu rey vendrá sentado sobre un asno». Un sentido de orgullo. Todo iba a salir bien.

Y me gusta pensar cómo Pedro se acordaría de cuando nuestro Señor arriba en la montaña se transfiguró ante él, Santiago y Juan. Su faz brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. Entonces apareció una nube —para un judío, el signo de la presencia de Dios— y una voz dijo: «Este es mi Hijo, mi predilecto". Nuestro Señor había estado allí, con Elías y con Moisés. Después bajaron de la montaña y la vida siguió como de costumbre. También me gusta considerar que la mente de Pedro se dirigió a una visión citada en el libro de Daniel: «Seguí mirando, y en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo una figura humana, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin». Esta figura magnífica fue seguramente la del Hijo del hombre apareciendo en toda su majestad para fundar un reino, un reino con todos los elegidos. ¿No deberían bailar por la cabeza de Pedro todas estas cosas cuando nuestro Señor iba cabalgando a entrar en Jerusalén? Ahora el poder romano sería derrocado. Ahora, aquellos que entre los judíos eran enemigos del Señor serían reducidos al silencio de una vez para siempre, no tenía ninguna importancia que en este mismísimo momento estuvieran conspirando contra él. Este era el momento del triunfo.

Pasa una semana. Todo cambia. Ya no gritan «Hosanna»; ahora su grito es «¡Crucifícalo, crucifícalo!». ¿Un rey?, ¡ca!, está coronado de espinas. ¿Transfigurado? ¿Vestidos blancos como la nieve? ¡Cubierto de esputos, sangre y sudor! ¿Un profeta que viene a enseñar? ¡ca! En el palacio de Herodes lo tratan como a un loco. ¡Pobre Pedro! Las dudas nublan su mente. Desilusión. No puede huir totalmente. Va a la deriva, preguntándose por qué es tan difícil perseverar cuando el maestro, por lo que parece, está en manos de sus enemigos.

¿Y Judas? ¡Ah!, él tenía razón. ¿Éxito y placeres de este mundo? Treinta monedas de plata: esto es todo lo que tenía ahora. ¿Y nuestro Señor? Bueno, todo fue un sueño; se había dejado seducir por corto tiempo, pero él, tenía razón; lo sabía; ni un instante le abandonaba la idea de que él tenía razón. ¡Pobre Judas !

Luego Pilatos aparece con nuestro Señor: «¡Ecce rex vester!»: «¡Mirad, este es vuestro rey!». Coronado de espinas, cubierto de salivazos, tratado como loco. «¡Mirad a vuestro rey!». Este punto concreto había preocupado a Pilatos. Había preguntado con insistencia a nuestro Señor sobre esta pretensión a la realeza. Los que de entre los judíos eran enemigos de Cristo, utilizaban precisamente este punto para obtener una prueba de culpabilidad. Aquí hay un hombre que rivaliza con el César. Aquí hay un hombre que podría derrocar a los romanos. Pilatos se espanta. «¡Mirad a vuestro rey!». Y entonces, sobre el patíbulo, la cruz sobre la que colgará el Señor, pondrán una inscripción en tres lenguas: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos». No, decían los judíos, no lo pongas así; di más bien que él decía que era rey de los judíos. Pilatos: Quod scripsi, scripsi. «Lo que he escrito, escrito está». Y Pilatos que de todos era el que menos informado estaba sobre estas cosas, lo hizo bien. Este era verdaderamente el rey de los judíos.

Pedro parecía haber olvidado, lo mismo que los judíos que habían conspirado contra la vida de nuestro Señor, que el reino sería establecido, no por medio de poder, ni por una manifestación de majestad, sino precisamente de esta manera. Es extraño cómo todos los contemporáneos de nuestro Señor habían olvidado aquella visión de Isaías: Isaías que vio a un hombre:

…sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado... como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Este era el rey que establecería su reino a través del sufrimiento y de la muerte. En el mismo nuestro Señor estaban unidas las dos profecías: la visión del Hijo del hombre de Daniel y la visión del Siervo doliente de Isaías. «Y entonces empezó a decirles que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Y más tarde, durante su pasión, nuestro Señor dice: «Desde ahora vais a ver cómo el Hijo del hombre toma asiento a la derecha del Todopoderoso y cómo viene sobre las nubes del cielo». De verdad es así. Con mucha frecuencia se ha llamado a sí mismo el «Hijo del hombre», manifestando de esta manera que estaba cumpliendo la profecía de la poderosa figura que Daniel había visto en una visión. Con cuánta frecuencia había predicado que el reino de Dios estaba cerca, al alcance. Con cuánta frecuencia había comparado el cielo con el reino. Y aquí, ahora, en este mismo instante estaba fundando el reino a través del sufrimiento, a través de la muerte... Una cosa sin sentido, si no hubiera sido por el triunfo de su resurrección. Cuando él colgaba de la cruz, se hacía una nueva alianza entre Dios y el hombre. El «constructor de puentes» estaba tendiendo de verdad un puente sobre el abismo que separa al hombre de Dios. Estaba pagando el justo castigo por la enormidad del insulto que es el pecado. Como sacerdote, se ofrecía él mismo como víctima en un nuevo sacrificio que sellaría en su sangre la nueva alianza con Dios. Había nacido un nuevo pueblo de Dios. Pedro lloró y fue salvado, ¿y Judas?... ¡Pobre Judas!