2. Formación monástica

1. La ceremonia de la vestición

a) Aprender: sobre Dios, uno mismo, comunidad.

Recientemente fui a ver a uno de nuestra comunidad que ha empezado a vivir como ermitaño. El no sabe, ni yo tampoco, si ésta es la vida a la que Dios le llama. Le costará tiempo saberlo. Y sin ningún género de duda, tendrá que pasar por períodos de aridez y dificultad si es que ha de llegar a ser un ermitaño de verdad. Su actual noviciado, en lo que toca a nosotros, está basado en una falta de experiencia. Vamos avanzando a tientas, vacilando. Cuando él y yo tratamos de su vida, somos como un novicio hablando a otro novicio.

Cuando entrenamos a los hombres en la vida monástica, concediendo que en esto se dan también imperfecciones humanas, sabemos, a lo corto y a lo ancho, lo que traemos entre manos. Sin embargo, vosotros sois como este novicio, en cuanto estáis aquí para ir descubriendo si ésta es la vida que Dios quiere para vosotros. Y nosotros, la comunidad, estamos aquí para ayudaros, para guiaros y para enseñaros. Por vuestra parte, tendríais que ver este año, sea como fuere, desde un punto de vista: como un período de retiro en el que tendréis que aprender muchas cosas, siendo la principal la manera de buscar a Dios, no como un ermitaño, solo, sino en comunidad.

En primer lugar, tendréis que aprender las cosas de Dios. Y descubriréis que es en la oración, sobre todo, donde el cristiano busca encontrar a Dios. Hoy en día, necesitamos hombres y mujeres que puedan hablar con convicción, basada en la experiencia que Dios haya querido concederles, sobre Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu santo, y el amor que es la explicación de la vida trinitaria, encontrando su correlativo en la explicación de la vida cristiana. Como todos nosotros, vosotros estáis aquí, como dice san Benito, para buscar a Dios.

En segundo lugar, tendréis que aprender sobre vosotros mismos. Yo me pregunto si, pasando por la vida, llegamos a conocernos a nosotros mismos tal como realmente somos. Con cuanta frecuencia nos escondemos detrás de una imagen de nosotros mismos que responde a lo que nos gustaría ser, y que es también la imagen que nos gustaría que los demás tuvieran de nosotros. Pero tendréis que aprender a conoceros, si se trata de descubrir lo que no agrada a la vista de Dios y lo que es difícil para aquellos con los que tendréis que vivir. Solamente de esta manera podréis corregir vuestras faltas y hacer los ajustes necesarios. Vuestra fuerza está en los talentos que Dios os ha dado. Miradlos cada vez más como dones suyos, que se los ofreceréis cuando hagáis vuestra profesión.

La vida en el noviciado estará limitada, y las cosas que se os encargarán serán a los ojos de los hombres pequeñas, sin importancia, y, francamente, más bien grises. Esto puede llegar a ser pesado. Pero aprended, aprended en la primera semana, que todo lo que hagáis y que todo lo que os pueda suceder se ha de considerar como una oportunidad para profundizar vuestro amor de Dios; que todo lo que hacéis y todo lo que os sucede, se ha de disfrutar o se ha de sufrir, sea lo que sea, con Cristo y por Cristo. Buscáis a Dios en comunidad, y pronto des-cubriréis qué alegría da vivir en comunidad; el soporte que recibís al participar con otros de los mismos ideales, de las mismas aspiraciones, del mismo estilo de vida. Y la vida comunitaria siempre es una alegría si vivís sin egoísmo, si controláis el prurito de afirmaron a vosotros mismos y estáis determinados a no buscar vuestra propia voluntad. Si alguno no es feliz en comunidad, será en este terreno donde se tendrá que examinar a sí mismo.

Y tendréis que aprender cómo se vive en comunidad. En esta comunidad no encontraréis unanimidad de opinión en cualquier materia; en algunas encontraréis profundas diferencias. Os sorprenderá lo que llegamos a diferir. Pero también os sorprenderá lo unidos que llegamos a estar. Y cuanto más pronto lleguéis a ser uno de nosotros, en todos los sentidos, tanto mejor para vosotros, y, bien seguro, para nosotros. Una cosa es vivir con gente que tú mismo has escogido, y otra cosa es vivir con aquellos que ya están aquí al llegar tú. Una cosa es vivir con personas que piensan igual y otra cosa es vivir con aquellos que tiene diferentes puntos de vista. Esta es una de las razones de por qué los novicios viven separados del resto de la comunidad: porque tenéis que aprender rápidamente, día tras día, en un grupo restringido. Si podéis hacer esto, podréis vivir, creedme, con quien sea.

A lo largo de toda su Regla, san Benito pone en guardia a sus monjes contra el vicio de la murmuración. En un cierto sentido, es importante ser crítico, pero no en el sentido de que cuando encuentras cosas que no te gustan, te sientes contrariado y te pones a refunfuñar. Hay una manera buena y constructiva de criticar; pero también hay una manera mala, y de ésta es de la que habla san Benito. Aprenderéis por propia experiencia lo fácil que es la crítica destructiva; el precipitarse rápidamente a emitir juicios, el ser intolerante con las faltas de los demás, sus ignorancias, su estrechez de miras, su falta de visión.

Nuestra vida, es una vida grande, una gran vocación, y en ella encontraréis alegría y paz: una paz que nadie podrá arrebataros. Acabaré con las citas de dos místicos. La primera es: «Si negras nubes te ocultasen de mi mirada, de tal manera que pareciera que después de esta vida no hubiera sino una noche todavía más oscura, la noche de una nada total, esta sería la hora de la más grande alegría, la hora de ensanchar mi esperanza hasta los límites más distantes» 1. Y la otra: «Golpea la espesa nube del desconocimiento con el dardo agudo de un amor anhelante, y absolutamente de ningún modo pienses en abandonar» a.La primera fue escrita en el 1890, la segunda en el 1370. Me gustaría que esto pudiera proveeros de un lema para vuestro noviciado :

Confianza: una esperanza ilimitada en la bondad de Dios.

Amor anhelante: el amor de Dios, que es el rasgo característico de la vida monástica.

Y por último: no os toméis demasiado en serio a vosotros mismos. Tomad la vida seriamente. Tomad a Dios en serio. Pero, por favor, ¡no os toméis demasiado en serio a vosotros mismos!

b) Sondear: el misterio de Dios

Desde un principio intentad penetrar en el corazón de vuestra vocación. Es fácil, sobre todo en los primeros años, hacerse una opinión equivocada de aquello en que consiste la vocación del monje.

La vida monástica no consiste, en primer lugar, en ir a la caza de la virtud; ni se trata, en primera instancia, de la observancia de unas reglas; ni es, principalmente, un debate o una reflexión teológica, ni comprometerse en una acción social, ni llevar a término un duro trabajo. Todas estas cosas tienen su parte, pero cada una de ellas puede erigirse como un ídolo, convirtiendo en fines o haciendo absolutas cosas que no son sino medios.

¿Qué es pues, lo que está en el centro de nuestra vocación monástica? Un sondeo en el misterio de Dios. La búsqueda de una experiencia de su realidad. Esto es por lo que nos hacemos monjes. El sondeo es la empresa de toda una vida. Y cuando lleguemos al final de nuestras vidas, nuestra tarea no habrá llegado a su término. Esta experiencia, tal como Dios quiera otorgárosla, será algo pálido y limitado, comparado con aquello para lo que, en último término, estamos destinados.

Precisamente en los primeros años de la vida monástica, podéis distraeros de vuestro objeto. Podéis dejaros llevar por la preocupación de adquirir la virtud, podríamos decir, y pasar totalmente por alto el rasgo característico. Creo que os daréis cuenta de que cuando hablo de la vida monástica como de un sondeo en el misterio de Dios, lo que en realidad estoy diciendo es que, de nuestra parte, se trata de una respuesta a una iniciativa que depende totalmente de él. El hecho de que ahora estéis aquí arrodillados en presencia de toda la comunidad no es más que el primer paso en vuestra respuesta a una invitación que, tanto vosotros como nosotros mismos, creemos que os ha sido ofrecida.

La actitud que ha de mantener el monje a lo largo de toda su vida, si su sondeo ha de ser real y su búsqueda eficaz, es la de escuchar y mirar. Tendréis que pedir cada día que el Espíritu de Dios —el poder de Cristo— abra vuestros oídos de manera que en todas las situaciones y en todos los acontecimientos podáis oír la voz de Dios, y ver en todo lo que pueda sobreveniros, algo de él mismo. En la proporción en que vosotros escuchéis y miréis, encontraréis un motivo para alabarlo y darle gracias; y alabarlo y darle gracias es lo que hacemos varias veces al día aquí en este coro. Así pues, cuando san Benito habla de las cualidades que ha de tener un novicio, pone en primer lugar la necesidad de descubrir si siente entusiasmo para la obra de Dios. Más aún, esta serie de cualidades se exigen no solamente del novicio, sino de todo monje a lo largo de toda su vida.

La segunda cualidad que requiere san Benito, es que el novicio sea obediente. La palabra latina obedientia deriva de una relacionada con «oír», «escuchar». Para san Benito, obediencia es en gran manera, una cuestión de actitud o relación entre el maestro y su discípulo. En vuestro primer año estáis aquí para aprender los caminos de Dios. Seréis instruidos por vuestro maestro de novicios, y también, por la Regla.

La Regla de san Benito fue la codificación de una experiencia vivida en un período de tiempo. De una manera semejante, una comunidad monástica es una comunidad viva con su propia experiencia colectiva. Debéis observar la comunidad, escuchar y mirar; ir descubriendo su espíritu y el porqué de la actuación de las personas; los motivos que pueden tener para permanecer firmes. De todos los monjes podéis aprender algo que será de valor para vuestra vocación. En cuanto aprendices estáis bajo una disciplina. Sois discípulos. Apreciad las reglas: son medios, no fines, pero son medios importantes. No os las toméis demasiado a la ligera, como si tuvieran poca importancia. Vuestros guías en esta materia son vuestro abad, vuestro prior y vuestro maestro de novicios: ellos son vuestras autoridades legalmente constituidas. Seguid sus directrices.

San Benito exige que el novicio acepte los opprobria. La palabra significa afrentas. Normalmente se traduce por «humillaciones», que sólo es un poco más agradable. Lo que en realidad presupone es lo siguiente: ¿Se le pueden decir a un novicio cosas sobre sí mismo sin que se sienta indebidamente ofendido, irritado o incomodado? En pocas palabras ¿es humilde? Todo esto no es fácil. Aún avanzado ya en años descubres con desaliento que no es fácil aceptar las humillaciones. En el caso de que se te tengan que decir muchas cosas, abrázate a ello y saca provecho.

San Benito prosigue diciendo que se han de exponer al novicio las dificultades que se encuentran en nuestro sendero hacia Dios. Ahora, una de las mayores es la aparente ausencia de Dios. Me sorprendería que en los próximos doce meses, un día u otro, no lo experimentarais. Es una de la mayores pruebas que sufrimos en un monasterio. Desde luego es en estos momentos en los que buscamos una evasión en el trabajo, en la vida social: hay a disposición un buen número de caminos para evadirse. Permitid que os recuerde que cuando sintáis la ausencia de Dios, Cristo nuestro Señor, nuestro modelo y nuestra esperanza, experimentó exactamente lo mismo. Hay un ritmo de luz y de tinieblas. Afortunadamente el recuerdo de la luz nos hace capaces de soportar la tiniebla, de mirar hacia adelante, hacia el resurgir de la luz. Porque hay luz, y en cantidad. Viene por la iniciativa de Dios mismo. Nuestra tarea consiste en ser fieles, perseverar, responder. En la medida en que nos demos, en la medida en que nos comprometamos, en la medida en que oremos y seamos humildes, en la medida en que nos aproximemos más a Dios, el nos bendecirá y nos guiará.

c) Escuchar: la sabiduría del maestro

«Escuchad, hermanos míos, tengo algo que deciros. Tengo un género de vida para enseñaros. Escuchadme con un corazón y una mente abiertos. Si seguís mis instrucciones obediente y fielmente, encontraréis aquél que es la fuente de todos vuestros deseos, precisamente aquél junto al cual habéis pasado de largo yendo por el camino de vuestro egoísmo»

Estas son, traducidas más según el sentido que según la letra, las palabras iniciales de la Regla de san Benito. Habéis venido a este monasterio, y tenéis que empezar con la convicción de que sean cuales fueran vuestras faltas, las dificultades que puedan sobrevenir, por anticuadas que puedan parecer nuestras estructuras, podéis, cada uno de vosotros, alcanzar lo que buscáis. Podéis hallar a Dios, y si perseveráis, lo hallaréis.

La palabra que inicia la Regla es «escucha». Esto ha de matizar todos vuestros intentos, no sólo este año, sino a lo largo de toda vuestra vida. La circunstancia de que la vida en el noviciado esté circunscrita, os puede desconcertar. Podéis tener vuestras ideas propias respecto a cómo ha de funcionar un noviciado. Sin embargo, la nuestra es una forma bien escogida, una buena aproximación.

Vuestra función es triple. En primer lugar, tenéis que aprender a conocer a Dios y al que Él ha enviado: Jesucristo, nuestro Señor. Teniendo esto presente, en el noviciado os proporcionamos un «desierto», de manera que sin otras preocupaciones, a parte de las que tradicionalmente se dan en un noviciado, tengáis la oportunidad de orar, leer y reflexionar. Es una oportunidad excelente.

En segundo lugar, tendréis que procurar conoceros a vosotros mismos, y difícilmente podréis escaparos de hacerlo. Os tendréis que enfrentar con lo que sois; y el descubrimiento puede ser desconcertante, y aún alarmante.

En tercer lugar tendréis que procurar conoceros los unos a los otros. Tendréis que aprender a vivir juntos —aprender el arte de la vida comunitaria—, con paciencia, tolerancia, generosidad y respeto. Seríais un grupo curioso, si en el transcurso del año, en uno y otro momento, uno de vosotros no pusiese los nervios de punta a otro. Y recordad que, si alguno os pone los nervios de punta, podéis estar casi ciertos de que vosotros se los ponéis a él. Tendréis que aprender a afrentar en la caridad de Cristo este género de situaciones. Este conocimiento de Dios, de vosotros mismos y de vuestro prójimo os tendría que conducir a un triple amor: el amor de Dios, de vosotros mismos y de los hermanos.

Discípulo es uno que escucha. La lección no tendrá valor si no sois receptivos; la receptividad es en gran manera la cualidad que esperamos de un novicio. Referente a los caminos de Dios, tendréis que aprenderlo todo. No es fácil hoy en día. El mundo se encuentra en un estado de flujo. Lo mismo le sucede a la iglesia. Se plantean cuestiones. Hay incertidumbres. Pero no olvidéis que dondequiera que os encontréis, sea quien sea con quien estéis, fuera lo que fuese lo que hicierais, podéis en este mismo instante alcanzar la unión con Dios.

Todos estamos inclinados a pensar que si las circunstancias fueran diferentes de lo que son, las cosas irían mejor. No estéis tan seguros. Es en las profundidades de nuestros corazones donde encontramos a Dios, y nada puede separarnos de su amor.

Un palabra sobre la humildad. No es solamente una virtud, es una actitud básica, actitud cristiana que cuadra a un ser humano bueno y atractivo... Tal vez una palabra mejor que humildad sería libertad: libertad interior. ¿Libertad de qué? Libertad de buscarme a mí mismo, de ser indulgente conmigo mismo, de sentirme prisionero de mi propia opinión. Nadie de entre nosotros es lo bastante humilde. Permitidme romper el hilo con una digresión para animaros. Todos los monjes, aquí, estamos en cierta manera heridos. Os juntáis a una comunidad compuesta de seres humanos sumamente imperfectos. Es más bien como estar en un hospital, en el que tanto el director como los pacientes están enfermos. No entráis en una comunidad de santos. Si esto es lo que pensabais que éramos, iros, por favor, antes de que os vista el hábito. No, nosotros somos muy humanos, y es importante acordarse de esto. Necesitamos ser liberados de nuestro buscarnos a nosotros mismos, de nuestras erróneas ambiciones, de la vanidad, de caer en la trampa de nuestras limitaciones, de pensar que nosotros tenemos razón y los demás, no. Necesitamos ser liberados. ¿Libres para qué? Libres para encontrar a Aquel que, como dice la Regla, es la «fuente de todos nuestros deseos», libres para amar: no podréis amar hasta que no seáis libres.

Sed libres para amar a vuestro prójimo: y en primera instancia, a vuestros hermanos. Y esto significa trataros los unos a los otros con respeto, reverencia y moderación. La clase de libertad que, como he sugerido, se ha de equiparar a la humildad, será la base de vuestra felicidad, vuestra alegría, y os protegerá de la peor de las faltas monásticas —que, tal como he dicho, san Benito llama murmuración: murmurar, refunfuñar, siempre criticar—criticar a las personas, criticar cómo se hacen las cosas, sin cesar de lanzar a los cuatro vientos vuestras críticas, incapaz de aceptar decisiones, estar «fuera de juego». Todo esto es pernicioso. Os suplico que no refunfuñéis. Si deseáis ser humildes, libres, desprendidos; si buscáis a Dios, deseándole a él sólo, entonces, con alegría —Dios ama al que da con alegría— y afabilidad podréis llevar a término grandes cosas para la comunidad y dentro de la comunidad.

Decía que, hasta cierto punto, todos estamos heridos. Os acordáis de las palabras del evangelio: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos». Ponderad largamente y con frecuencia el amor de Dios para con vosotros y su misericordia. Recordad la paradoja: «para vivir, habéis de morir». «Dad y recibiréis». «Perded y encontraréis». «Morid y viviréis». «Obedeced y seréis libres». Cuanto más libres seáis, tanto más desearéis obedecer. Esta es la razón por la que para san Benito, la obediencia está estrechamente unidad a la humildad.