5. BÚSQUEDA DE DIOS

1. El deseo de orar

Voy a hablar de la oración. Tendríamos que distinguir dos cosas: la obligación de orar y el deseo de orar.

El deseo de orar es una atracción interior hacia la oración. No se trata de una actitud de «debería rezar» sino que se trata de «yo deseo rezar». Es verdad que hay un estadio a mitad de camino en el que puedo decir: «deseo hacer lo que debería hacer». Y esto es justo y correcto, pero no es suficiente. Ha de ir creciendo en nosotros un deseo de orar, una nostalgia de la oración, un gusto por la oración. Ahora, a causa de nuestras muchas ocupaciones, y de que nuestras mentes están preocupadas por muchas cosas, todos nosotros hemos experimentado las dificultades que la vida ofrece a nuestras oraciones. Es verdad que el trabajo que hacemos lo hacemos por obediencia, y solamente por esto ya tiene un valor particular, a parte de su valor intrínseco. Pero el problema está en que no es fácil para nosotros mantener un estado de recogimiento, con nuestra mirada y nuestra atención puestas en el Señor. En los monasterios en los que no hay una actividad como la actividad en que nosotros estamos comprometidos, este sentido de la presencia de Dios se adquiere más fácilmente a una edad más temprana en la vida monástica. Para nosotros es más difícil, pero de ningún modo imposible. Pero esto depende del hecho de que tengamos una actitud hacia la oración semejante a la que podríamos tener hacia los negocios. No estoy hablando de la oración privada o de la oración litúrgica de una manera específica, hago abstracción de ambas y hablo en términos generales. Pero sospecho que el deseo de la oración es algo que viene solamente con la práctica y poco a poco. Me parece que es una verdad incontestable en el campo de la oración, el decir que el deseo de ésta, el gusto por ésta, es una consecuencia de su práctica. En principio no empezamos a orar porque nos sintamos atraídos por la oración; con más frecuencia, hemos de empezar a orar, y entonces, el gusto y el deseo de orar vienen. Por consiguiente, de una manera semejante, si por una u otra razón dejamos de hacer oración o permitimos que la oración desaparezca de nuestras vidas, entonces, el gusto y el deseo también desaparecen. Cualquiera que tenga alguna duda sobre esto no tiene más que reflexionar sobre las cosas que pueden suceder durante nuestras vacaciones: con qué facilidad el gusto por la oración puede desaparecer o debilitarse.

Es verdad que la vida de oración tiene sus propias dificultades. No puede haber práctica de oración llevada a cabo. con seriedad que no vaya acompañada de oscuridad y un cierto sentido de cosa irreal. Verdaderamente, la oscuridad y la irrealidad son parte y porción de la oración. Son las formas por las que se purifica nuestra fe, cuando nuestro ser se encuentra privado de los puntales y soportes que eran necesarios en un estadio anterior. Esta es una experiencia difícil y a veces espantosa, porque tenemos la sensación de que no pasa nada, la sensación de que la oración es una experiencia de frustración. Tal como nos dicen los escritores espirituales, estos son los momentos peligrosos, porque es aquí donde podemos, ser vencidos por el desaliento y dejar así de perseverar. Lo mismo puede suceder respecto al Oficio divino. Podemos desalentarnos por la sensación de irrealidad, por la sensación de que se trata de algo «extraño» a nuestras vidas, y caer en la tentación de no seguir perseverando en la aplicación de nuestras mentes, en la concentración en aquello nos imaginamos estar haciendo en el coro. Ahora bien, la tenacidad y la perseverancia son cualidades básicas que uno bien puede esperar encontrar en un monje: ciertamente, cualidades que san Benito exige del postulante que solicita la admisión. Debemos ser también como el que se aplica a un negocio. Y además, es cuestión de reflexión sobre las cosas de Dios, lectio divina: el requisito necesario para una oración viva y verdadera; un prerrequisito necesario para concentrarse en el Oficio divino. Porque la lectio divina, la lectura reflexiva es esto: no la preparación para un sermón, no leer teología por teología, sino una lectura orante que capacita al Espíritu santo a mover nuestras mentes hacia una comprensión y una visión de las cosas de Dios, junto con un deseo de darnos a Dios y de expresar esto en la oración.

Me acuerdo que el P. Paúl 1 decía que si llevas bien las cosas del colegio, todo lo demás va de por sí. Igualmente es verdad que si llevas bien la oración de una comunidad, el resto sigue de por sí. La oración es la cosa más importante. Podemos tener la actitud, por ejemplo —inconsciente, ya lo sé—, de que hemos de hacer el plan del día, todas aquellas actividades en que debemos ocuparnos, y entonces, de una manera u otra, encajar la oración aquí o allá. O podemos tener la actitud de que tenemos que hacer oración, y mirar el trabajo que hemos de hacer como fluyendo de nuestra oración. Y cuando estamos verdaderamente convencidos de la prioridad que debe tener la oración, de su valor, entonces sentiremos ansia por darle en la práctica la primacía que merece, no sólo en nuestras vida individuales, sino también en la vida de la comunidad. Como monjes, y monjes comprometidos en un trabajo por Dios que vale la pena, ya sea aquí o con nuestros padres en las parroquias, la oración es el medio por el que el Espíritu puede guiarnos. Cuando oramos de verdad, entonces podemos empezar a ver a Cristo en nuestro prójimo; cuando oramos realmente, podemos empezar a vivir para el Padre. Entonces nuestra vida monástica empieza a ser una vida en y con Cristo para el Padre. Para esto hemos venido aquí, y ésta es la cosa más importante en nuestras vida.

Frecuentemente he hecho la reflexión, y tal vez lo haya dicho en ocasiones anteriores, que en cada monje debería haber un trapense en potencia, un cartujo en potencia, o dicho de otra manera, nos tendría que saber algo mal a cada uno de nosotros que Dios no nos haya llamado a ser cartujos, la pena de que esta gran vocación no se nos haya ofrecido a nosotros. Si conservamos este pensamiento en nosotros, nos salvaremos del activismo: evitaremos el peligro de dejar de ver la mano de Dios en nuestras vidas, la mano de Dios en nuestro trabajo. Es la oración la que nos da una visión espiritual. Existe una ecuación muy simple, con la que voy a concluir: un hombre de oración, igual a un hombre de Dios; y un hombre de Dios, igual a un hombre de influencia espiritual.

2. La oración de insuficiencia

Es raro oír hablar de oración a los sacerdotes. Parecen inhibirse cuando intentan explicar lo que pasa cuando hacemos oración. Sin embargo, me parece que todo superior de una comunidad religiosa está obligado a hablar de la oración de vez en cuando. Mi intención es hablar en términos generales a un grupo específico: a aquellos que han sido a toda costa fieles a la oración a lo largo de los años, aunque en la práctica parezcan encontrar frustración y dificultad: aquellos que frecuentemente tienen la sensación de que no van a ninguna parte.

Hay dos aspectos en nuestra vida que militan contra la práctica de la oración mental o el éxito aparente de una tal oración.

El primero es nuestra preocupación por las múltiples actividades en que estamos comprometidos por obediencia. Nuestras mentes pueden estar de tal manera abarrotadas de solicitudes y preocupaciones, o la dificultad de encuadrar muchas cosas en un día, que cuando nos ponemos a hacer oración mental, nuestras mentes no están relajadas, no están aliviadas.

La segunda dificultad, que está en conexión con la primera, es la fatiga mental. Es una cosa de la que sufrimos todos nosotros en esta comunidad de vez en cuando, y muchos de nosotros durante períodos considerables. Hemos de estar seguros, desde luego, cuando nos ponemos a hacer oración mental, de que también nosotros ponemos algo de nuestra parte. No me estoy refiriendo a cosas obvias como la fidelidad a la media hora dedicada a esto; ni a impedimentos de la oración, tales como la pereza, el buscarse a sí mismo, y cosas semejantes. Se presume que, de acuerdo con los principios monásticos, hay en nuestras vidas una orientación general hacia las cosas de Dios. Estoy pensando en el papel que jugamos cuando estamos implicados en el ejercicio de esta práctica que llamamos oración mental. Frecuentemente los manuales sugieren que el seguir un método es algo que pertenece a los estadios iniciales de la oración, y a medida que el tiempo va pasando, ya se deja de necesitar un método. Esto es falso. Es totalmente equivocado pensar que la oración es algo ascendente. De hecho, la experiencia de la mayoría de nosotros es de que la oración es algo variable, y que a menudo tendríamos que volver a un método de los de al principio antes de lo que lo solemos hacer. Uno se resiste a proponer cualquier método específico. Asimismo, ¿no hemos estado educados todos nosotros de acuerdo con el principio de que la mejor manera de orar es la manera que se te acomoda a ti? Ciertamente, esto es verdad. La oración de dos personas no es nunca idéntica. Lo que se acomoda a uno no se acomodará a otro. Pero si nos sentimos incapaces de orar, en el sentido de que nuestra mente vagabundea y se hace difícil fijar la atención en el Señor, que no sucede nada; cuando ocurre esto, es el momento de volver a un método que nos haya ayudado en un estadio previo. Y en la experiencia de todos nosotros, hay métodos que parece ser que nos han ayudado. Para algunos será volver a la oración vocal, es decir, el uso de una fórmula establecida. Santa Teresa de Ávila habla de una monja anciana que no pudo llegar más allá de ir diciendo el Padrenuestro durante el tiempo de la oración mental. Y añade que esta monja había alcanzado un estadio muy alto de espiritualidad. Pero es la práctica inicial de aplicarse a una fórmula que puede ser un apreciable punto de partida.

En tiempos de tensión y agotamiento, puede ayudar el dividir la media hora en cuatro partes, por ejemplo: los primeros diez minutos pasarlos con el «kyrie» de la misa; después, un período de ir repasando el gloria; un tercer período de reflexión sobre el ofertorio, y el cuarto, tal vez, de lectura de las oraciones de la consagración. Algo por el estilo puede ser útil y de ayuda. Es verdad que podemos no ir más allá de la repetición de fórmulas; y hasta pueden parecer carentes de sentido, desprovistas de un mensaje; pero solamente el hecho de mantenerse con fe en esto, eventualmente dará fruto de una manera que espero sugerir de aquí a un momento.

Algunos prefieren el uso de su imaginación, sin palabras; a otros les gusta dejarse impresionar por ideas. Pero recordad que la palabra, la imagen o la idea son solamente un punto de partida; más allá de palabras, imágenes e ideas, hemos de ir a la persona: la persona de Dios o una de las personas de la trinidad. Porque con toda seguridad, esto es la esencia de la oración. Necesitamos estar conscientes de Dios y responder a esta conciencia. Y esta respuesta algunas veces vendrá en forma de palabras, y otras veces en un desconcertante y curioso nivel donde no hay ni palabras ni pensamiento. Y este es el punto central de mi charla.

Me parece que muchos de nosotros tenemos el sentimiento, y con frecuencia muy pronto en la vida religiosa, de que los métodos más que ayudar nos introducen en el camino. Cuando hablo con sacerdotes de experiencia, especialmente aquellos que viven lo que llamamos vida contemplativa, dicen que sus discípulos abandonan los métodos y van a parar a lo que, a falta de una expresión mejor, puede ser descrito como oración de quietud. Esta es una oración en la que ni las palabras, ni las ideas y ni las imágenes tienen sentido para nosotros. Somos simplemente conscientes de Dios, y nuestra respuesta a él no encuentra expresión en ninguna de estas formas. Es precisamente una respuesta desde las profundidades de nuestro ser.

El teólogo alemán Paul Tillich, me parece que llegó casi a describir esta clase de oración —citado en Sincero para con Dios 2 —,cuando hablaba de Dios como la profundidad o «fundamento» de nuestro ser. Porque creo que en un nivel elemental de oración se da la verificación de que Dios está presente en lo profundo de cada uno de nosotros. Santa Teresa de Ávila decía: «¿Por qué buscáis a Dios aquí o allá? Dios está dentro de vosotras».

Queridos padres, debo confesar que esta es una forma de oración con la que no estoy muy familiarizado. Hay otra clase de oración, que me parece que es la oración de muchos de nosotros. No es el resultado de ningún método, porque el método no ayuda. Ni siquiera se da una conciencia de oración. Es un estado del que la mayoría de nosotros podemos hablar honradamente con elocuencia. Es la «oración de insuficiencia». Y me parece que ésta es la experiencia normal de muchos de nosotros. Un método no ayuda: las imágenes y las ideas parecen convertirse en obstáculos, y hasta cuando las abandonamos, nos encontramos aún sin ninguna conciencia de Dios. Es aquí cuando nos viene la tentación de abandonar. Una vez más santa Teresa nos advierte que la gente abandona la oración como cosa que nada aporta, como cosa que no está hecha para ellos.

¿Cuál es el rasgo característico de esto? Me parece que cuando nos encontramos en este estado se supone que podemos aprender muchas lecciones, pero en particular, son dos. La primera consiste en verificar que en la oración lo que importa es el dar más que no el recibir; que llevamos a cabo este ejercicio —es una palabra desafortunada, pero ya sabéis lo que quiero decir— en primer lugar por amor de Dios, más que por amor a nosotros mismos. En otras palabras, estamos dispuestos a arrodillarnos simplemente, o a sentarnos o a pasear, sin que pasen muchas cosas y estamos preparados a proseguir de esta manera, esperando —y esto puede durar años—, esperando como alguien que ha de crecer en humildad y en la verificación de las limitaciones del alma humana: esperando que ha de ser Dios el que se ponga en contacto con nosotros y no viceversa. Esta es la primera lección que se ha de aprender.

La segunda lección es que no hay progreso en la oración, si no hay un progreso en la fe, una purificación de la fe. Y esto ocasiona la remoción de todos los apoyos que dependen del comportamiento humano, razonamientos humanos, señales y demás. La fe desnuda es una experiencia espantosa y, sin embargo, es finalmente el punto de encuentro entre Dios y nosotros en lo profundo de nuestro ser. Esta experiencia de la purificación de la fe, normalmente no acostumbra a venir pronto en la vida religiosa. Viene tarde.

Bien, queridos padres, estos son algunos pensamientos sobre la oración. Pero debemos traer a la memoria lo que aprendimos cuando éramos novicios: que la llave de todo esto es la perseverancia. Hemos de aprender a esperar, a no abandonar nunca, a volver a métodos simples, y abandonarlos solamente cuando ya no son de ninguna ayuda.

A veces podemos admirarnos del resultado de nuestra fidelidad en la oración. De día en día, el resultado que podemos ver o señalar es pequeño. Únicamente cuando miramos atrás, pasados los años, llegamos a verificar que nuestras convicciones respecto a las cosas de Dios son, a pesar de todo, más claras de lo que eran. Y me parece finalmente, que el resultado más importante de la fidelidad a la oración es que, a pesar de todo, deseamos continuar orando.

3. La profundidad de nuestro ser

La semana pasada hablamos sobre la oración. Y si os acordáis, dijimos que sería una locura si, cuando encontramos que la oración se nos hace difícil, dejásemos de volver a un método de oración, ya sea concentrándonos en palabras, usando la imaginación, o entreteniéndonos en una idea. Naturalmente, una oración de este tipo, lo más probable es que resultase ser una combinación de las tres cosas: un intento de penetrar a través de la imagen, la palabra o la idea, en la persona, la persona de Dios.

Continué diciendo que, probablemente en la vida monástica, uno puede apartarse del método, porque parece que el método ya no es de ninguna ayuda. Y entonces describí dos estados de oración: oración de quietud, cuando se da una conciencia de Dios en lo más profundo de nuestro ser, una respuesta que no se traduce necesariamente en palabras, imágenes o ideas. Pero con más frecuencia, nos encontramos, decía, en lo que caracterizamos como oración de «insuficiencia», en la que el método no sirve para nada y parece ser más bien un obstáculo, y al mismo tiempo, no obstante, no se da una conciencia de Dios, y una respuesta aparentemente consciente es imposible. Y continuaba diciendo que éste es un estado en el que muchos de nosotros nos encontramos durante un tiempo considerable. En el curso de esta oración, que no parece ser oración, hemos de aprender que la oración es esencialmente un dar a Dios, así como también un recibir de él. Es también un tiempo en el que podemos aprender a reconocer nuestras limitaciones.

Deseo seguir pensando sobre esta oración de «insuficiencia». Para empezar, deseo hacer una simple constatación que es, en gran manera, una generalización. Los cambios en la vida espiritual de cada uno, me parece que están íntimamente relacionados con los cambios sicológicos que tienen lugar en nosotros a medida que el tiempo va pasando. En los primeros tiempos de la vida monástica, porque normalmente tendemos a ser jóvenes, nuestra característica dominante es «hacer», mientras que cuando nos vamos haciendo mayores, es «ser». Esta es una hipersimplificación al máximo, pero probablemente entenderéis lo que quiero decir. De todas maneras, este hecho ejerce un efecto sobre nuestra oración: al principio, somos activos y estamos ocupados cuando oramos, mientras que más adelante encontramos que esto es desagradable y, de esta manera, nos limitamos simplemente a «ser». Sobre esto me gustaría hablar.

Digo que hay características dominantes en las diferentes edades. Cierto que esto es una hipersimplificación, porque lo que he descrito como oración de «insuficiencia» ocurre tanto al principio como más adelante. Pongo énfasis en esto, porque uno se encuentra con personas que llevan ya diez, quince o veinte años en la vida religiosa, y se han desilusionado porque han llegado a la conclusión de que para ellos no se da un progreso en la oración, ni conciencia de Dios, ni pueden estimular en ellos mismos ninguna clase de respuesta. Se sienten abandonados.

Me gustaría puntualizar tres cosas.

En primer lugar, es importante adoptar la actitud de espera, de estar simplemente presente en la oración, aun cuando el esfuerzo parezca que no nos ha de traer ninguna compensación. Éxito o fracaso, esta es la actitud de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» 3. Esta actitud puede darse en tanto nosotros recibamos. Y según mi opinión, es una equivocación esperar una respuesta de Dios en la oración. Frecuentemente la respuesta de Dios se da fuera de la oración. Dios nos habla a través de los acontecimientos, por medio de otras personas, en las oportunidades que se nos presentan en la vida de cada día. Pero él nos habla esencialmente y por encima de todo en la profundidad de nuestro ser, inspirándonos un mayor deseo de Dios; y me parece que éste es uno de los frutos característicos de la vida de oración: un deseo mayor de Dios, aunque nuestro conocimiento de Dios no es mayor ahora de lo que era, digamos, hace diez años. Y entonces, una comprensión mayor de las cosas de Dios acompañará probablemente a este deseo; aunque, por otra parte, no es un conocimiento basado en la investigación teológica o en alguna actividad mental de nuestra parte: es un conocimiento de Dios basado en nuestro deseo de Dios y una convicción que continuamente va creciendo, que, de hecho, es un don de la gracia y no algo que nosotros hayamos descubierto o inventado. Siendo ésta una experiencia tan común en personas que al mismo tiempo se quejan de que no les va bien la oración, me parece que tendríamos que aceptar que la fidelidad a la oración está íntimamente ligada a cosas que van progresando en nuestro interior y que irán progresando en y a través de los acontecimientos de cada día.

En segundo lugar, es importante aceptar la condición de estar aparentemente abandonado por Dios. Todos los escritores espirituales subrayan este punto. Y qué fácil es olvidar esto cuando nos encontramos sumergidos en la oración de insuficiencia, y cómo compensa dar gracias a Dios por encontrarnos en este estado, cuando nos sentimos frustrados; reconocer como cosa obvia que él piensa lo mejor para nosotros. La historia de los dos ciegos en el camino de Jericó tal como la narra el evangelio de san Mateo nos puede ayudar. Es un cuadro maravilloso de lo que sucede tan frecuentemente en la oración. Nuestro Señor viene a ellos y les dice: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» y ellos: «Señor, que se nos abran los ojos» 4. Este es el estado en que nos encontramos ante Dios. Somos ciegos, no podemos ver a Dios con nuestros sentidos, y nuestras deducciones de lo que conocemos o pensamos sobre la misma palabra de Dios, qué poco poder tienen para llevarnos a Dios. Somos ciegos y nuestros ojos necesitan el contacto de la mano de nuestro Señor para capacitarnos de ver a veces aunque no sea sino oscuramente. Hemos de reconocer que somos ciegos, estar contentos de ser ciegos, aceptar ser ciegos.

En tercer lugar, la experiencia de la oración cuando no hay conciencia de Dios y ninguna respuesta aparente de nuestra parte, no nos tendría que llevar a escaparnos de la oración y a abandonarla. Hemos de intentar, sin tensiones y sin complicaciones, dirigir nuestra mente a Dios, en cuanto nos sea posible. Pero todo el problema está aquí, en el hecho de que no podemos concentrar nuestra mente en Dios. El pensamiento no puede contener a Dios. Pero, tal vez, podamos entretenernos en alguno de los atributos de Dios: los importantes, los que son obvios: entretenernos en el pensamiento del amor de Dios, entretenernos en el pensamiento de la misericordia de Dios; a veces, ir repitiendo simplemente frase del Evangelio, pequeños retazos de oración aprendidos en una u otra ocasión, sólo para apartar nuestra atención de otras cosas, aunque esto no pueda llevarnos de una manera perfecta a la presencia de Dios.

He hablado de esta oración de «insuficiencia», porque estoy convencido de que es un estado en el que se encuentra mucha gente; un estado que puede causar depresión y hacerles pensar que la oración no es para ellos. Pero sospecho que esto es una experiencia común y que tendríamos que aceptar que es un estado en el que a menudo Dios quiere que estemos. Es un buen estado y probablemente mucho mejor para nosotros que la oración en la que estamos conscientes de la presencia de Dios, sea lo que fuere lo que esto pueda significar. Es un estado de oración válido, a condición de que en nuestras vidas cumplamos con lo que nos toca; y en relación con esto es importante ser fieles a la lectura espiritual. ¿No es verdad que si nuestra oración no va bien, si nuestro gusto por la oración se debilita, lo primero que hemos de examinar es si nos mantenemos firmes en nuestra lectura espiritual?

Padres, la gente hoy en día desea conocer sobre la oración. Si uno va a un retiro o a una conferencia, la gente desea oír cosas sobre la oración. Algunos sacerdotes y monjes tienen oración, son grandes hombres de oración que tienen un conocimiento profundo de la oración, pero no son claros. Por desgracia, otros son claros, pero no expertos en la oración. Pensad en la fuerza irresistible de aquellos que sobresalen en la oración y pueden hablar de ella. Desde luego que las necesidades de los demás no son motivo para que seamos hombres de oración, pero ellos hacen que no olvidemos nuestra responsabilidad. A menudo tenemos reuniones y conferencias sobre cómo enseñar religión ¿Con qué frecuencia tenemos conferencias sobre cómo enseñar a orar? ¿Con qué frecuencia hacemos sermones sobre la manera de orar? Pues esto hoy en día es una gran necesidad, porque hay una demanda. Y éste, como ya sabéis, es el hecho central del aggiornamento, la renovación del espíritu en el pueblo de Dios; y no hay renovación del espíritu donde no hay una vida de oración responsable.

4. Nostalgia de Dios

Orar es intentar estar atentos a Dios y en esta atención darle una respuesta. Es un intento de elevar nuestras mentes y nuestros corazones a Dios.

El abad Herbert acostumbraba a decirnos que el intentar orar era, de hecho, orar.

La oración es un acto de fe, esperanza y caridad. Siempre es un acto de fe: «Señor, que se nos abran los ojos». Nuestro Señor, permitid que os lo recuerde, nos hace la pregunta que hizo a los dos ciegos en el camino de Jericó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» «Señor, que se nos abran los ojos» 5. Nos hace la pregunta que hizo al otro ciego que curó, tal como lo cita san Juan: «¿Crees?» «Creo, Señor», contestó el hombre, y se postró ante él.

La oración es un acto de caridad, un acto de amor. «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Es un acto de esperanza, porque nos hace la misma pregunta que hizo a algunos de los apóstoles en el capítulo sexto de san Juan: « ¿También vosotros queréis marcharos?» «Señor, y ¿a quién vamos a acudir? En tus palabras hay vida eterna, y nosotros ya creemos y sabemos que tú eres el consagrado por Dios». También nosotros estamos tentados de irnos, de volvernos atrás, y entonces nos acordamos que no hay otro a quien podamos ir para encontrar vida eterna.

La oración es el grito de un hombre humilde, de uno que reconoce su insuficiencia ante Dios. «Señor, ten piedad de mí, pecador». «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos» 8. Orar es reconocer nuestra dependencia de Dios. Y nos extraña tener que pedir, cuando Dios ya sabe cuáles son nuestras necesidades. Porque él mismo nos dijo que teníamos que pedir: «Pedid y se os dará». Porque nuestro pedir forma parte del orden de las cosas que pone por obra la actuación de la divina providencia. Y si nuestra petición no recibe respuesta, sabemos que es porque lo que él quiere para nosotros siempre sobrepasa en mucho nuestras ambiciones.

La oración es también el clamor de alguien que está agradecido: actitud que no se encuentra siempre entre los religiosos, que no les falta nada, tanto en lo material como en lo espiritual. Un hombre humilde es un hombre agradecido. Si nos tocara sufrir privaciones, como les toca a muchos en el mundo, el agradecimiento por las pequeñas cosas de la vida y por las cosas grandes de Dios vendría a nuestros labios más puntualmente.

La oración es el canto de uno que se esfuerza por ver la majestad y la belleza de Dios; que puede admirar las maravillas del universo creado para admirar al Creador cuya majestad y belleza se reflejan en las cosas creadas como en un espejo. Es un cántico de respuesta que viene de uno que ha reflexionado sobre la grandeza del amor de Dios hacia él y que se esfuerza por devolver amor por amor. Pero en nuestra vida de cada día, no será fácil a menudo reaccionar de esta manera. Por esto es por lo que hemos de atesorar momentos de soledad y silencio, por lo que nos hemos de esforzar por entretenernos en las cosas de Dios cuando leemos las Escrituras, cuando ponderamos los acontecimientos del día, cuando pensamos. Este es el papel que nos toca representar, reconociendo que es el Espíritu santo el que actúa en nosotros conformando nuestras mentes a la mente de Cristo, de tal manera que llegamos a pensar tal como piensa Cristo, a reaccionar tal como Cristo reacciona; de tal manera que podemos orar a él con él, «Padre nuestro que estás en el cielo...» ; un himno de alabanza, hasta cuando rezamos cada día en este coro, esperando la venida del reino de Dios, esforzándonos por aprender su voluntad, poniendo ante él nuestras necesidades cotidianas: las necesidades de nuestras familias, de los que pasan por este colegio, de nuestros amigos, de todo el mundo. Y nos tendría que entristecer el pensar en la insuficiencia que nos es propia, y esforzarnos, con gran humildad, por amar a Dios más y más. La oración es un diálogo de amor entre Dios y nosotros: es el clamor de la criatura postrada ante la majestad de Dios.

El trabajo de la oración no nos aportará siempre a nosotros, pobres mortales, una rica recompensa en el pasar de los días. Y no obstante, la fidelidad a la oración traerá consigo una mayor estimación por la oración, y, Dios lo quiera, una mayor nostalgia de Dios.

5. El amor de Dios

Cuanto más piensa uno en la vida espiritual, tanto más piensa también en la oración; cuanto más intenta uno encontrar una actitud básica apropiada para la vida religiosa, tanto más, y en gran manera, verifica uno que ésta ha de ser una actitud de amor. Me pregunto si la idea de Dios como amor ha sido lo suficiente evidente en la enseñanza de la religión a los jóvenes. Hay un cuento de un muchacho que fue a una tienda de manzanas. Sus padres estaban afuera, y no había nadie allí cerca; y tenía ganas de coger una manzana. Pensó que nadie lo iba a ver. Pero volvió a pensar: alguien lo vería, Dios lo vería y se enfadaría si él cogía una manzana. Si a uno se le educa con historias de este género, se desarrolla en el fondo de la conciencia una visión tergiversada de quién es Dios, de la clase de persona que es él. Nuestra actitud básica tendría que ser la verificación de que Dios es amor. Convendría que examinásemos la primera Carta de san Juan, capítulo 4.

Ahora bien, supongo que no hay un ser humano, con toda certeza creo que es así, que no haya tenido alguna experiencia de amor, algún sentimiento de afecto por otro. Esta experiencia básica es la que más se acerca si intentamos explicar lo que significa amar a Dios. Estoy seguro de que recordaréis las sutiles palabra del Dr. Dominian cuando dijo: «El amor humano es un instrumento que podemos utilizar para explorar el misterio del amor divino». Y lo es. Conocemos el mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma. Y aún esta experiencia es verdaderamente difícil de entender, de analizar, de explicar. ¿Qué significa amar a Dios? Lo digo como sugerencia, nosotros lo entendemos algo así como: si yo he experimentado amor o afección por otros, puedo comprender oscuramente, inadecuadamente, de una manera incompleta, no tanto lo que Dios significa para mí, como lo que yo significo para Dios.

Es difícil entender cómo el amor que yo siento por otra persona me puede mostrar cómo amar a Dios. ¿Puedo tener para con Dios los mismos sentimientos que tengo para otro ser humano? Quizás podría, tal vez algún día los tendré. Sospecho que pocos de nosotros pueden decir que esto es como es. La llave que nos abre el misterio del amor de Dios viene a ser algo así. Cuando experimento el amor, ya sea dándolo a otro o recibiéndolo, empiezo a ver qué es lo que quiero significar a Dios. Quiero mucho a una persona particular, y esta persona significa mucho para mí. Ahora entiendo lo que yo significo para Dios. Nosotros solamente amamos a Dios, nos dice san Juan, porque Dios nos ha amado primero.

Sicológicamente parece que ésta es la forma correcta sin más. Nuestra actitud hacia los demás cambia a menudo porque hemos descubierto su actitud hacia nosotros. Tal vez alguien no nos gusta, éramos suspicaces, pero un buen día descubrimos que le caemos bien, que nos admira. Nuestra actitud cambia: nos entusiasmamos por él.

Y así pasa en la vida espiritual. Nuestra respuesta, nuestra actitud, depende de nuestra realización de la actitud de Dios hacia nosotros. Si experimento amor, o lo he experimentado, esta experiencia del amor es un medio por el que puedo explorar el misterio del amor de Dios. No se trata de que mi amor a Dios sea semejante al que experimento por otros, sin embargo, la misma experiencia me muestra lo que yo significo para Dios. Y el hecho de vivir con este pensamiento, de entretenerme con este pensamiento, revelará secretos y hará aumentar en mí la realización de la profundidad, la fuerza y el ardor de su amor. Es inevitable, como en los más importantes intereses humanos, que haya peligros y podamos caer en trampas: cuanto más preciosa es una cosa, tanto más tiende a ser frágil, tanto más necesita ser protegida.

Hay el peligro, por ejemplo, de enamorarse del amor, es decir, de la idea del amor, hasta el punto de hacer de Dios un objeto impersonal de amor o como si fuera alguien a quien ya conocemos. Por el contrario, mediante la buena voluntad de someternos a nosotros mismos, tendríamos que descubrir la posibilidad de conocer y relacionarnos con la naturaleza íntima de Dios como persona.

Debemos intentar comprender a Dios a través de la verdad que nos ha sido revelada por el Verbo hecho carne. Debemos intentar interpretar auténticamente los buenas noticias contenidas en el evangelio de san Juan. Me parece que esto es lo que algunos santos intentaban hacer cuando decían que es más importante amar a Dios que conocerlo. A partir de aquí, se puede desarrollar el tema de la oración de deseo, que para muchos de nosotros me parece que es la única oración de que somos capaces en determinados momentos de nuestra vida monástica: este simple deseo de responder al amor que, como se nos ha enseñado, nos ha sido dado primero.