VIII. BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ, PORQUE ELLOS SERAN LLAMADOS HIJOS DE DIOS (MT 5,9)

 P. Agustín Apaolaza o.s.b

 

       Es otra de las Bienaventuranzas de mucha actualidad. Lo mismo que la B. de los misericordiosos, ésta también supone el amor al prójimo. Es una B. del amor al prójimo. Insiste más en el actuar que en el ser. Ser pacificador es una manera de amar. Seguiremos el  mismo método que hasta ahora. Primero veremos quiénes son esos que trabajan por la paz. Después veremos en qué consiste el objetivo de la B.: qué hay que entender por la expresión: “Serán llamados hijos de Dios”. En tercer lugar: Cristo  ha realizado en su vida esta B., y finalmente preguntaremos a S. Benito si nos puede concretar algo esta B. para nuestra vida.

      

       1. Los que trabajan por la paz. ¿A  quiénes se dirige esta B.? Hay diversas traducciones:

  - Unos traducen pacificadores, en sentido de personas que tienen un poder, y gracias a ese poder, imponen a los demás el vivir en paz. En este sentido, se llamaban pacificadores a los emperadores romanos, que imponían la paz en su imperio y más allá de su imperio, con fuerza militar. No es éste el sentido auténtico de nuestra B.

  - No sería tampoco traducción exacta los pacíficos, en el sentido que le damos hoy en día: los que se dedican a vivir en paz con todo el mundo. Esta es una actitud importante, pero parece que nuestra B. quiere decir también trabajar por la paz, tratar de poner paz donde hay guerra, donde hay enemistad, odio, falta de armonía.

       En primer lugar, tendríamos que aclarar qué se entiende  por paz en la Biblia. Es un tema muy amplio. La palabra shalom en el AT significa estar sano, estar bien, ser feliz, tener plenitud de vida un poco en todos los campos. No se opone sólo a la guerra, al estado en que están los hombres cuando hay guerra, sino que es mucho más que eso: designa el bienestar de la existencia humana de cada día, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, consigo mismo y con Dios. Significa el bienestar completo de la persona.

       Esta paz es don de Dios según la Biblia: “Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6,26), pero el hombre puede y debe colaborar en crear las condiciones de paz. Y la paz como don ofrecido por Dios es Cristo (Ef 2,14-17), realizada por la sangre de su cruz: “Reconciliar por él (Cristo) y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de la cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1,20). Cristo nos ofrece su paz de resucitado, su plenitud de vida (Jn 20,19-23), en el Espíritu (Ga 5,22).

        Esta paz de Dios que recibimos por la fe en Cristo, es una paz que hemos de vivir y comunicar. No se recibe para tenerla en el museo. Aquí tenemos un campo inmenso. Se trata de trabajar para que cada uno de nosotros tengamos paz en nuestro interior, y se trata de trabajar para que los demás tengan esa paz: servicio a los hermanos divididos.

       Nuestra B. insiste más en la segunda dimensión: Trabajar para que los demás tengan paz, ayudar a los demás. Pero la Comunidad cristiana primigenia ha insistido mucho en la necesidad de trabajar por la paz interior de cada uno. Por ejemplo:

  • Rm 12,17-18: “Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres”. Ausencia de agresividad, de disputas y de riñas.
  • 2 Tm 2,23: “Evita las discusiones necias y estúpidas, tú sabes bien que engendran altercados”. Es la actitud de los pacíficos. Se trata de trabajar por la paz, procurando primero convertirse uno mismo. La causa principal de las guerras y falta de armonía está en uno mismo. Es necesario trabajar para crear en mí unas disposiciones interiores de paz.

        Unas palabras de un escritor, (Patricio García, claretiano), nos aclaran este tema: “Hay una sensibilidad emergente que no desea otra cosa que paz. Y estos bienaventurados la traen. No son pacifistas que pidan una paz que no tienen, son pacíficos que ofrecen una paz que poseen, porque todo su ser está apaciguado. Se han calmado todos sus deseos porque el misterio que han acogido les ha colmado sobreabundantemente. El mensaje de la paz no es una palabra, es la llegada de una persona pacífica. La persona llena de confusión, agitada por la prisa y por lo mismo desatenta con las personas, no es mensajera de paz…La paz no se vende, se irradia. Y un corazón pacífico es una realidad empapada de la paz de Dios que, sin ser notada, deja todas las cosas sosegadas”.

        Nuestra B. supone esta actitud interior pacífica, pero supone también algo más. Si no existe una paz interior en cada uno de nosotros, será difícil vivir nuestra B., pero esta B. supone también que somos capaces de llevar la paz a los demás, comunicar la paz, ser colaboradores de Dios en la construcción de la paz, trabajar por la paz sin limitarnos a nuestra paz interior. Una cosa es evidente: el que tiene la paz interior, la comunica, y encontrará los medios para ello.

        Nuestra B. se refiere, pues, no sólo a las personas que viven en paz con todos, los pacíficos, sino que se refiere sobre todo a los que no dudan en lanzarse a la ayuda de los que viven divididos, en guerra, con odios, en desarmonía con Dios y con los demás, personas que viven desgarradas. Se trata, por lo tanto, de ana postura activa, buscando eficazmente la paz del otro. Es una actitud que se basa en el amor al prójimo. Es la prolongación de la B. de los misericordiosos. Las personas que están divididas, en lucha, sin paz, son personas desgraciadas: Hay que ayudarles a reconciliarse. Hemos visto con qué insistencia recomienda S. Mateo la misericordia con los necesitados. Pues, nada extraño que insista también en la necesidad de trabajar por la paz de manera activa.

       Os voy a recordar algún que otro ejemplo de la literatura de los rabinos que afirman esta interpretación de nuestra B., como servicio que se puede prestar a los demás, creando fraternidad:

    La mishna, hablando de los misericordiosos y de los artífices de la paz, dice: “Hay tres cosas cuyos frutos aprovechan al hombre en este mundo, y cuyo capital le queda adquirido para el mundo futuro:

  • honrar a su padre y a su madre
  • la práctica de la misericordia
  • hacer la paz entre un hombre y su prójimo”.

   Otro texto: “ Todas las mentiras están prohibidas, pero hay una mentira que se permite, la que tiene la finalidad de establecer la paz entre un hombre y su prójimo”. La literatura rabínica ha apreciado mucho el servicio que se puede prestar a los demás condiciéndolos  a la convivencia y a la fraternidad: es el servicio de los que trabajan por la paz. Sería sencillamente una práctica del amor al prójimo. Nuestra B. es una prolongación de la B. de los misericordiosos. Las personas divididas son personas necesitadas, y hay que ayudarles. Es una manera de amar. Se trata de vivir el amor de Dios que anima al cristiano.

 

       2. Ellos serán llamados hijos de Dios. Aquí Jesús nos recuerda la felicidad que tendrán los constructores de la paz: Serán llamados hijos de Dios. Este es el objetivo de la B. Unas breves notas:

    a. ¿Quién los llamará?. La forma pasiva “serán llamados” indica que el sujeto es Dios. Dios llamará “hijos-hijas” a los artífices de la paz. No se trata de la buena reputación que puede tener uno que trabaja por la paz. El premio es de Dios y no de los hombres.    

    b. ¿Cuándo recibirán este nombre? Dios les concederá este nombre el último día, el día de la intervención final de Dios, el mismo día en que los misericordiosos alcanzarán misericordia, en que los limpios de corazón verán a Dios. Dios los contará entre sus elegidos en su Reino escatológico.

    c. ¿Qué realidad les promete Dios? ¿Qué realidad conlleva consigo el nombre nuevo de hijos-hijas de Dios? No se trata sólo de un título honorífico: el nombre lleva consigo una realidad.

        Nosotros somos ya, desde nuestro bautismo, hijo-hijas de Dios, porque Cristo nos ha dado su vida y su Espíritu (Rm 8,14.17). Pero esta vida, esta relación filial nuestra con Dios por medio de Cristo, todavía no se ve, no se manifiesta: “Ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).

       En el fondo de este tema de hijos-hijas de Dios está el tema de la alianza en que Dios comunica su amor, su vida, su felicidad, su paz, su ser. Y nosotros nos comprometemos a aceptar este amor de Dios, nos comprometemos a comprenderle en un clima de alegría y agradecimiento. Nosotros sabemos que este clima de alianza se realiza para nosotros en la participación en el misterio de Cristo por medio del bautismo, porque se nos comunica el Espíritu. Pero su realización definitiva será en la Jerusalén del cielo. Entonces seremos definitivamente hijos-hijas de Dios. Entonces Dios nos concederá definitivamente su felicidad divina. Esta es la promesa que se hace a los trabajan por la paz.

       Pero esta B. la estamos viviendo ya desde ahora, estamos viviendo nuestra filiación divina, si procuramos crear armonía, paz, bienestar, amor, entre los hombres. Es algo que Dios quiere para todas las personas del mundo. Si procuro trabajar por la paz en este sentido, es señal de que estoy viviendo mi filiación divina, mi bautismo; es señal de que el amor de Dios está vivo en mí; estoy viviendo su amor en la medida en que amo a los que están divididos y procuro crear paz. Pero esto será posible, si amo de verdad a los demás, de lo contrario no.

 

       3. Nos queda por ver cómo ha vivido Jesús esta B. Sabemos que Jesús ha vivido una actitud filial toda su vida: es la actitud de decir constantemente “Abbá” a Dios. Una vida entregada para traer a los hombres la paz, el perdón, la salud física, y ha sido glorificado, resucitado por el Padre, constituido Hijo de Dios en plenitud, el hombre perfecto de donde dimana toda felicidad y toda paz. Y Jesús resucitado nos ha dado su paz: “La paz con vosotros” (Jn 20,19). Es la paz que ha recibido de Padre al ser resucitado, y nuestra paz será siempre una participación de esa paz de Cristo resucitado.

 

        4. ¿S. Benito nos habla de esta B.? Directamente no, pero nos recuerda que es necesario desarmar el corazón para que se dé paz. Desarmar el corazón en nosotros y trabajar para que se dé un desarme de corazón en los demás. S. Benito no tiene un capítulo dedicado a la paz, como tiene un capítulo dedicado al silencio, a la obediencia, pero supone en el monasterio un ambiente de paz donde se pueda vivir la vida monástica. Por algo se habla de “Paz benedictina”. Tenemos que decir que la paz es como el clima donde pueden desarrollarse las virtudes monásticas, y al mismo tiempo las prácticas monásticas, como la obediencia, el silencio, la escucha, la humildad, la oración, son el ambiente donde se desarrolla la paz, favorecen la paz.

   - En el Prol. 14-20 tenemos una llamada a la conversión. Cristo busca un obrero. Para seguir a Cristo es necesario cambiar de vida: “Si quieres gozar de una vida verdadera y perpetua, guarda tu lengua del mal”. S. Benito supone aquí una conversión, un cambio radical. Y continúa. “Busca la paz y corre tras ella” (v.17). Hace falta una búsqueda continua, no basta la búsqueda de un día. Supone un dinamismo diario. Además de esa búsqueda, S. Benito supone una pureza de corazón para con el prójimo: “No profieran tus labios dolo alguno” (17).  

   - En esta búsqueda de la paz, de la armonía, S. Benito tiene una frase que es de mucha eficacia: “Nadie busque lo que es útil para sí, sino más bien, para los demás” (72,7). Viviendo este consejo de S. Benito, podríamos evitar en el mundo todas las guerras, todas las violencias, agresividades. Se destruiría el germen de toda guerra y violencia en su origen, este germen que está en el interés personal en detrimento del bien de los demás. En todos los conflictos aparece  el egoísmo, el querer salir ganando. Si nos volcamos al bien de los demás, imitando a Cristo, se pueden evitar los conflictos.

    - Decía una vez el Patriarca Atenágoras: “Es necesario hacer guerra, y una guerra muy dura, contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante años, y ha sido terrible. No tengo ya más miedo a nada, porque el amor expulsa el temor” (F. Ephrem Yon, Le coeur désarmé ou idéal bénédictin de paix, en Vie Spirituelle, nº 659 (1984) 154-169)

    - Nos decía también el Papa Juan Paulo II: “La paz nace de un corazón nuevo” (Homilía de 1 de Enero de 1984).

 

       5. Dos anécdotas

       Un apotegma. Llegó un monje joven. El abad tenía un discípulo y varias lauras, y le dejó una al monje joven, que acababa de llegar. El nuevo tenía fama de santo y recibía muchas visitas. Le entró envidia al abad y envió a su discípulo para decirle al recién llegado que se marchara rápidamente de la laura. Fue el discípulo y le dijo que cómo se encontraba. Contestó el nuevo que le dolía el estómago, pero que le agradeciera al Abad su interés por él. Volvió el discípulo a su  Abad y le dijo que el monje le pedía que le dejara dos días más y se iría. Pero no se fue. El Abad volvió a enviar al discípulo para que se fuera inmediatamente y si no, iría con un garrote, y lo echaría a palos. Volvió el discípulo, que le preguntó al monje si se encontraba bien, y éste se lo agradeció mucho, y le dijo que diera muchas gracias al Abad por su interés y por sus oraciones que rezaba por él. El discípulo volvió al Abad y le dijo que el monje le pedía que le dejara dos días más, hasta el domingo, y se iría.

        El domingo, furioso el Abad, al ver que no se iba, cogió el garrote y se dirigió allí. El discípulo le dijo: Déjame ir por delante para prevenirle y que despida a sus visitantes, para que no se escandalicen. Y le pareció bien al Abad. Se adelantó y le dijo: Mi Abad viene  a visitaros. Salid a su encuentro, para agradecerle el haberos dejado la laura. Salió el monje nuevo y se tiró a los del Abad, y se los besaba agradecido, pues se había portado como un hombre de Dios y había rezado por él. Luego que el monje joven se fue a la laura, que por fin le regaló el Abad, éste dijo a su discípulo: Dime  la verdad, ¿le dabas mis recados? No me atrevía a replicar a su paternidad, pero no se lo daba, respondió el discípulo. Pues, ahora, dijo el Abad, yo seré tu discípulo y tú serás mi Abad, ya que estás mucho más cerca de Dios que yo. Al obrar con prontitud y moderación, con temor y amor de Dios, has librado mi alma y el alma de este monje nuevo de caer en las redes del pecado. Tú has sabido hacer paz entre dos hombres, y por eso serás bienaventurado, según la palabra del Señor: “Bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

 

       Una palabras de Gandhi: “Os diré en estas vísperas de Navidad qué impresiones ha producido en mí la historia de Cristo, en cuento he podido leerla en el NT. He conocido la Biblia hace aproximadamente cuarenta años. Al leer el NT, y particularmente la página de las Bienaventuranzas, empecé a comprender las enseñanzas de Cristo. Esta enseñazas eran de no vengarse, y de no devolver mal por mal. De lo que he leído, más que nada, se me fijó en la mente la nueva ley que Cristo venía a establecer: no ya ojo por ojo y diente por diente, sino propensión a recibir dos bofetadas en lugar de una, y a acompañar durante dos kilómetros a quien nos pide que le acompañemos durante uno.

        Profundizando mi contacto con unos verdaderos cristianos, o sea con hombres que vivían únicamente para Dios, me he dado cuenta de que en aquellas Bienaventuranzas estaba contenido todo el cristianismo para los que querían vivir una vida cristiana. Ha sido el sermón de la montaña el que me ha llevado a amar a Cristo… Leyendo toda la historia de lo que ha hecho Cristo, me parece que el cristianismo aun no ha sido realizado. Efectivamente, a pesar de que cantemos ‘Gloria a Dios en lo alto de los cielos y paz en la tierra…, hoy no hay en la tierra ni gloria ni paz. Hasta que el anhelo de paz no quede satisfecho, y hasta que no hayamos liberado civilización de la violencia, Cristo aun no ha nacido. Cuando la auténtica paz se haya firmado, podremos decir que Cristo ha nacido entre nosotros” (Todos los hombres son hermanos, pág. 126-127).

        Termino: El hombre que ama de todo corazón es el constructor de la paz, que nos viene de Dios. Cristo ha sido el que ha construido la paz, en completa armonía con Dios, con los hombres y consigo mismo. Nosotros tendemos. El último toque en busca de la paz será nuestra muerte. Y Dios al resucitarnos, nos dará la plenitud de esa paz que ahora buscamos y deseamos: somos llamados a ser hijos-hijas de Dios.